XIX

El segundo intento de encontrar al pargo lo realizó de mañana, aprovechando que había un sol radiante y el mar estaba bello y calmado. «El mar alegre, la tierra jocunda, el aire claro», había leído en Cervantes cuando Sancho y don Quijote conocen por primera vez el mar. Así estaba ese día Puerto Marinero. Macho Viejo tomó la provisión de llevarse dos tanques de oxígeno para permanecer más tiempo bajo el agua. Continuó su búsqueda donde la había abandonado la vez anterior y prosiguió su indagación. Dio con una nueva cueva de amplia entrada y se introdujo en ella. Desde la parte de arriba se filtraba un haz de luz que iluminaba el interior de la gruta pintándola de azul. Era un hermoso recinto submarino. Entre la multitud de peces que nadaban en la gruta, de pronto sintió que un par de ojos lo observaban. Macho Viejo dudó si el pez que lo miraba con tanto denuedo sería el que logró salvarse aquella memorable tarde en que venció a Jonás el pescador. El pez se desplazó un poco alejándose de él y entonces Macho Viejo notó que se trataba de un pargo que traía un anzuelo trabado en el cogote con un pedazo de línea como de dos metros de largo en la boca. Parte de su cuerpo estaba lastimado con heridas y raspones que le habían arrancado algunas escamas. No había duda: era él. Macho Viejo traía el arpón preparado en caso de que el pez lo acometiera. Pero a pesar de la amenazadora presencia del hombre que tenía frente a sí, el pez parecía mirarlo más bien con curiosidad, con sigilo, en aparente calma aunque con ojos dubitativos, casi humanos, que lo mantenían a la distancia. Macho Viejo bajó el arpón, salió de la gruta y emergió a la superficie. Antes de volver a internarse en la cueva atrapó un par de langostas y se dirigió a la madriguera donde había visto al pargo. Ahí estaba todavía: el pez había permanecido quieto donde lo había dejado, y notó que no le quitaba los ojos de encima. Seguro que por ahí tendría su madriguera. Sin saber por qué Macho Viejo sintió una enorme simpatía por el animal aquel. Eres un pez solitario de los que viven aislados en las profundidades. Por tu tamaño y tu peso imagino que ya tienes cierta edad. Mínimo diez años, ¿no es cierto? Somos dos sobrevivientes.

Cauteloso, Macho Viejo se acercó a él y viéndolo de frente le soltó una de las langostas. «Ten», dijo. El pargo vio nadar a la langosta, se acercó con cautela y la engulló de una tarascada. Dio una vuelta en círculo, se volvió a alejar. Macho Viejo soltó la otra langosta y el pargo la deglutió en un santiamén para luego desaparecer por entre las rocas y las oquedades.