IV
Una tarde, en una de las tantas fiestas que solían prolongarse durante días, entre los hombres que se vanagloriaban de ser los más valientes de Puerto Marinero había dos muy pendencieros y totalmente ebrios que empezaron a mirarse retadoramente y a hacerse de palabras.
—Yo los tengo mejor puestos que tú —dijo uno y el otro le contestó:
—En este pinche pueblo ya no cabemos dos machos, así que uno de los dos sale sobrando.
—Pues vámonos yendo pafuera a ver quién los tiene más grandes.
—Paluego es tarde. ¿Machete o pistola?
—Paqué nos vamos a entretener con pendejadas, vamos a sacar el cuete y lo que sea que truene.
—Ya vas.
Salieron de la casa donde se efectuaba la fiesta y acompañados de una gran turba caminaron por la calle ante el horror y la fascinación de los curiosos. Alguien dijo que pidieran ayuda y fueran por los gendarmes y trajeran al doctor. Llegaron a su consultorio y le suplicaron que los acompañara, pues dos tipos se iban a agarrar a balazos. Macho Viejo salió a toda prisa y al llegar vio a los dos duelistas que, como en las películas del Oeste, se habían separado, cada quien en un extremo de la calle con su pistola a una distancia no mayor de veinte metros. La gente observaba la acción desde las ventanas de las casas cercanas, donde se habían refugiado para que no les fuera a tocar una bala perdida.
—¡Un momento! —gritó Macho Viejo, caminando rápido para situarse en medio de los duelistas y alzando la mano para que no dispararan—. Los verdaderos hombres no se matan así como así solo porque se les pasaron las copas. Si no saben beber, pa qué chingaos toman. Guarden sus pistolas y lárguense a sus casas a curarse la peda.
Se hizo un silencio. Los tipos, pistola en mano, masticaron un instante las palabras del doctor. Pero uno de ellos le espetó:
—Quítese, doctorcito, si no quiere que a usted también se lo lleve la chingada.
Y en ese momento sonó el primer disparo. El doctor se lanzó pecho a tierra y se inició la balacera. No tardó mucho en que uno cayera y el otro quedara mal herido. Los condujeron a su consultorio. Con uno de ellos ya no había nada qué hacer; el otro estaba agonizante.
«Cuánto daño hace el alcohol cuando no se toma como los hombres», se dijo el doctor cuando el herido falleció. Según ellos, en el pueblo no había cabida para dos machos y se habían quedado sin ninguno de los dos. Con los huevos bien puestos o no, juntos se habían ido a la chingada. Así es la ley de la vida: siempre habrá alguien más bragado, más diestro o con más suerte para que luego la muerte, que está siempre al acecho del que se cree más pintado, nos recuerde que al final no hay regreso y todos, tarde o temprano, estamos condenados a perder.