XLIII
Transcurre el mes de noviembre. Papá David le comunica que le dieron cita para poco antes de las fiestas navideñas, el 8 de diciembre. Hay que presentarse en ayunas y con unas muestras de materias fecales y orina a las 6 de la mañana en el consultorio del doctor Espinosa en la ciudad de Oaxaca.
Disciplinado como es, Macho Viejo llega puntual y con todos los requisitos solicitados.
El doctor Espinosa, un hombre mayor, de cabello tupido y barba blanca en forma de candado, nariz aguileña, ojos alertas e inquisitivos, boca pequeña, de buena estatura y vestido impecablemente, lo recibe con su bata blanca.
—Dígame en qué le puedo servir.
Macho Viejo le habla de lo que le sucedió el día de muertos y de los mareos y dolores de cabeza que ha empezado a sufrir desde el día que fue a depositar a Isaías en el fondo del mar.
El doctor Espinosa lo escucha atento y anotando sin hacer mayor comentario de los síntomas descritos. Cuando Macho Viejo termina de hablar le dice:
—A ver, abra la boca y diga ahhh.
—Ahhh.
—Mmmhh… tiene la lengua un poco pastosa. ¿Padece sed frecuente?
—Sí, pero tomo mucha agua…
Le toca los ganglios del cuello, le da un vaso de agua y le pide que tome un trago y él aprovecha para palparle la tiroides; le toma el pulso y le mide la presión:
—Lo encuentro hipertenso, doctor, su presión es de 110/190. Vamos a ver: quítese la camisa, desabróchese el cinturón y bájese un poco los pantalones —el doctor Espinosa empezó a examinarle el vientre y a palpar el hígado—. ¿Bebe usted?
—Sí, doctor.
—¿Qué acostumbra tomar?
—Pues cerveza y mezcal, lo único que se consigue por los rumbos donde vivo, doctor, además no alcanza para otra cosa…
—Mmmm…
—¿Y cuántos mezcales se toma usted?
—Diario, doctor, eso sí siempre después de la consulta…
—¿Cuántos?
—Dos antes de la comida…
—Mmmmh, no está mal, le abre el apetito y además es vasodilatador…
—¿Alguna otra molestia cotidiana, además de lo que ya me contó?
—Un poco de insomnio… Sabe, me duermo sin problema y al cabo de unas horas despierto sin sueño… y luego nada más dormito pensando y preocupándome por cosas que no siempre valen la pena.
—¿Cómo orina? ¿Buen chorro o como regadera?
—Antes orinaba en chorro fuerte, ahora con menos presión.
—En la noche, ¿cuántas veces se levanta al baño?
—Depende, doctor, pero dos o tres, a veces hasta más.
—Mmmmh… a medida que uno envejece lo primero que empieza a fallar son las cañerías. ¿Come bien, doctor?
—Con moderación, pero disfruto la comida.
—Somos lo que comemos, ¿qué come usted?
—Lo que me pongan enfrente.
—¿Chicharrón, frituras, carnes rojas, barbacoa, vísceras, grasas?
—Cuando la ocasión lo amerita, doctor, pero por lo general como sano: pollo, pescado, fruta, de vez en cuando carne de cerdo y res, pero sin exagerar…
—¿Algún alimento que le caiga pesado?
—Las calabazas, no me gustan ni en verdura.
El doctor sonríe.
—Trato de comer de acuerdo con lo que pide mi cuerpo.
—Hay que saberle dar gusto a lo que nos pide, no hay por qué ser tan exagerados… ¿Y su vida sexual?
—Soy viudo, doctor.
—¿Pero tiene apetito?
—Sí, doctor, aunque me parece que ha ido disminuyendo con los años, y el otro día…
Macho viejo le relató la experiencia con Lucero. El doctor Espinosa se quedó pensando.
—Dígame, ¿hace cuánto que murió su esposa?
—Diez años, doctor.
—¿De qué murió?
—Cáncer en el colon.
—¿Qué edad tenía?
—Cincuenta años.
La sola mención a la muerte de Rosa lo hace recordar ese trago amargo.
—¿Cómo se le manifestó?
—Un día me comentó que había obrado sangre…
—¿Y qué hizo usted?
—Me asusté y quise llevarla al médico, pero ella me disuadió diciendo que no me alarmara, que ya le había pasado antes y que después de unos días se le quitaba…
—¿Y qué sucedió?
—Que cuando aceptó entrar al tratamiento ya era demasiado tarde…
—Lástima. El mismo día en que le dijo lo de las hemorragias debió haberse internado. Si lo hubiera hecho, tal vez seguiría viva… ¿Tiene hijos?
—Sí, doctor, dos: un varón y una chica, ambos casados.
—¿Viven con usted?
—No, doctor, ambos viven en el extranjero, él en Estados Unidos y ella en Alemania. Solo los veo de vez en cuando.
—¿Y usted, qué edad tiene?
—Sesenta y cinco años, doctor.
—¿Tiene amigos?
—Cada vez menos, doctor, algunos murieron ya, he perdido a otros por haberlos dejado de ver, porque la vida nos ha separado, y otros más, muy pocos, por celos, envidias o desacuerdos, pero por lo general me precio de haber sabido conservar a mis amigos, entre otras razones porque no poseo la virtud de la envidia. Contra lo que uno piensa, la auténtica amistad es un arte, y un arte muy delicado. Conservar una amistad es cuestión de aprecio, respeto mutuo, esfuerzo, paciencia y tolerancia. Intento procurar a mis amigos lo más que puedo, me gusta admirarlos y sentirme orgulloso de ellos y de nuestros vínculos. Nunca me he negado a hacer nuevas amistades… Lo único que pido a cambio a mis amigos es la verdad, el afecto, la reciprocidad y que no caigamos en resentimientos… Amigo que no se alegra de lo que le pasa al otro para su bien, no es amigo.
—La principal desgracia de los hombres y mujeres mayores sobreviene con la soledad. Es muy raro que una pareja llegue junta a la vejez. Inevitablemente uno se va antes que el otro, por lo general el hombre, pero a veces, como en su caso, se va primero ella… ¿De qué murieron sus padres y a qué edad?
—Mi padre murió a los 57, cáncer en la próstata.
—¿Y su madre?
—Ella vivió hasta los setenta y murió de una embolia. Padecía de presión alta.
—La carga genética es muy importante para hacer un buen diagnóstico. Voy a revisar su próstata —se puso unos guantes de hule y Macho Viejo se recostó en la mesa de exploración—. Ya sabe usted cómo es esto. Le va a molestar un poco sentir un reflejo de evacuación, pero hay que aguantar un momento.
El doctor procede en lo que a Macho Viejo le parece una eternidad, pues además de dolor siente unas insoportables ganas de defecar. Macho Viejo conoce bien las bromas nerviosas que todos los hombres hacen cuando son sometidos a semejante prueba, pero nunca le había tocado ser el paciente.
—Bien, ya puede incorporarse —dijo el doctor Espinosa mientras se quitaba los guantes—. En efecto, tiene la próstata un poco crecida y también un poco dura. Hágase unos análisis de antígeno prostático para saber exactamente en qué nivel se encuentra, así como una biometría hemática en la que le voy a señalar los estudios que debe hacerse.
—¿Cree que necesite cirugía?
—No lo sé, vamos a esperar el resultado de los análisis. No se le olvide que la próstata es la revancha y el consuelo que les dio Dios a las mujeres para compensar sus problemas de senos y matriz… Observo que está usted fuerte, ¿qué deporte practica?
—Me gusta bucear, doctor.
—¿Cada cuándo?
—Dos o tres veces a la semana… a veces más, cuando no me lo impide el trabajo.
—Ya entró usted en la tercera edad y es natural que tenga algunos achaques. Su presión alta puede deberse, en buena parte, al buceo. Pero por lo pronto baje su consumo de sal.
—¿Tengo que dejar la bebida?
—No necesariamente. La cerveza no es problema porque está elaborada con agua hervida, productos naturales y no contiene sodio. Puede tomar cerveza, vino y sus dos copitas de mezcal, pero ni una más. Modérese con las grasas, la piel de animales y las carnes rojas, pero en compañía de amigos y si se le apetece, dese el gusto sin exagerar.
—Mire, doctor, como colega y espero que amigo a partir de hoy, siempre he creído que la salud es como el dinero: se usa cuando hay y cuando empieza a escasear se empieza a administrar y se ahorra. No quiero llegar a la muerte sano, pero muerto en vida, doctor… prefiero llegar vivo y haber disfrutado aunque pague las consecuencias. Pero esté usted seguro de que, a partir de ahora, seguiré sus indicaciones.
—No está mal —dijo el doctor Espinosa y sonrió por segunda vez—. Vamos a averiguar qué tal van esos ahorros y qué tanto puede usted seguir gastando. Usted y yo sabemos que nuestros pacientes no nos obedecen a nosotros como médicos sino a los padecimientos de su propia enfermedad: son ellos los que los convencen de seguir los tratamientos. Hágase sus análisis y venga a verme cuando le den los resultados, estoy a sus órdenes, doctor Villamonte, y salúdeme mucho por favor a Papá David.