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Cámara lenta.

Un fotograma a la vez.

El ministerio público concluye su requisitoria y se sienta. El presidente me dice que puedo proceder a mi discusión. Me levantó muy despacio tras haberme entretenido un poco. Me arreglo la toga sobre los hombros con el consabido gesto. Después me arreglo el nudo de la corbata. Tomo la hoja donde están mis notas. A continuación, lo pienso mejor y la dejo en el banco entre los demás papeles. Empujo la silla hacia atrás y rodeo el banco hasta dejarlo situado a mi espalda.

Los jueces se encuentran delante de mí y me miran.

Yo pienso en muchas cosas que no tienen nada que ver con el juicio. O puede que sí, pero de una manera difícil de explicar, incluso a mí mismo.

Pienso que cualquiera que sea la manera en que vayan las cosas, después del juicio me sentiré solo. Pienso que jamás volveré a ver a la niña.

Jamás como niña por lo menos.

Quizá me la encontraré casualmente por la calle dentro de muchos años. La reconoceré sin ninguna duda. Tendré el cabello blanco —un poco ya lo tengo ahora, por otra parte— y ella pasará por delante de mí sin fijarse tan siquiera. Pero, además, ¿por qué tendría que fijarse?

¿Dónde está Margherita ahora? ¿Qué hora es en Nueva York?

Cámara lenta.

El presidente carraspeó con un pequeño acceso de tos. Y, de repente, el tiempo volvió a ponerse en marcha con toda normalidad. Las personas y los objetos de aquella sala recuperaron una consistencia real.

Eché un vistazo al reloj y empecé a hablar.

—Gracias, señor presidente. El ministerio público tiene razón. Hay que decidir, aplicando, como siempre, un riguroso criterio de evaluación de las pruebas. Tiene razón cuando habla, en términos teóricos, de método. Trataremos ahora de comprobar en concreto, con respecto al caso específico que nos ocupa, si, desde unas premisas compartidas, ha llegado a unas conclusiones aceptables.

Me volví hacia el banco y recogí la hojita de mis notas.

El ministerio público, citando al Tribunal Supremo, nos ha dicho... me he anotado sus palabras... El Tribunal Supremo ha aclarado repetidamente que la prueba indiciaria tiene que permitir la reconstrucción de los hechos y de las correspondientes responsabilidades en términos de certeza suficientes para descartar las probabilidades de cualquier otra solución razonable. No debe descartar, por el contrario, ni siquiera las posibilidades más abstractas y remotas, fruto de conjeturas. Si así fuera, ya no se debería hablar de prueba indiciaria sino de demostración per absurdum conforme a unas normas que son propias exclusivamente de las ciencias exactas cuya observancia no puede ser exigida en el ejercicio de la actividad jurisdiccional.

»Exactamente.

»No es posible esencialmente, para descartar la solidez de una hipótesis de acusación, concebir alternativas de naturaleza fantástica o, en cualquier caso, fruto de la simple conjetura. El ministerio público, desarrollando este concepto, ha afirmado que, en presencia de una abstracta pluralidad de explicaciones, es necesario dar la preferencia a aquella que sea capaz de englobar todos los indicios de manera coherente. Es decir, descartando las reconstrucciones fantásticas o meramente conjeturales sobre la base (cuidado porque es aquí donde anida la debilidad de la argumentación de la acusación) de un criterio de admisibilidad elaborado en términos estadísticos, es decir, de probabilidad.

»La admisibilidad, en la acepción del ministerio público, significa compatibilidad con una especie de guión de la normalidad, elaborado sobre la base de lo que ocurre por regla general o, mejor dicho, habitualmente.

»Lo que ocurre habitualmente, en presencia de determinados hechos, se convierte por tanto en el criterio para establecer en un ulterior caso específico lo que puede haber ocurrido.

Me estaban escuchando los tres. E, increíblemente, el que más prestaba atención parecía ser Russo.

Pasé a recapitular, en presencia del tribunal, todo lo que había salido a la luz durante la instrucción. No tardé mucho. Eran pruebas obtenidas en su presencia, los jueces las conocían tanto como yo, y aquella recapitulación sólo me servía para introducir mi argumento principal.

—¿Qué hacemos a fin de cuentas en los procedimientos penales? Todos nosotros, quiero decir. ¿Policías, carabineros, fiscales, abogados, jueces? Todos contamos historias. Tomamos la materia prima constituida por los indicios, la mezclamos, le otorgamos estructura y sentido en unas historias que cuenten de manera plausible unos hechos del pasado. La historia es aceptable si explica todos los indicios, si no excluye ninguno y si está construida sobre la base de criterios de coherencia narrativa.

»Y la coherencia narrativa depende de la fiabilidad de las normas experimentales que utilizamos para remontarnos desde los indicios a las historias que cuentan unos hechos del pasado. Unas historias que, en cierto sentido (en sentido etimológico) nos tenemos que inventar.

»Veamos brevemente a continuación cuáles son las dos historias que se pueden contar sobre la base del material narrativo que ha aflorado a la superficie en el proceso.

»La historia contada en la sentencia de primera instancia es muy sencilla. Paolicelli obtiene una importante cantidad de droga en Montenegro; trata de introducir dicha droga en el territorio nacional tras haberla ocultado en su automóvil. Es descubierto y detenido. Y, entre otras cosas, confiesa.

»Esta historia se construye sobre la base de un solo dato significativo: el descubrimiento de la droga en el puesto fronterizo. Para pasar del dato cierto (presencia de la droga en el vehículo de Paolicelli) a la secuencia incierta de unos datos del pasado que constituyen la historia contada en la sentencia de primera instancia, es necesario efectuar una operación lógica.

»¿Qué hago para decir que la historia acontecida en el pasado es la que he contado? Aplicando al dato cierto del hallazgo de la droga en el vehículo de Paolicelli, una norma empírica que podríamos sintetizar de la siguiente manera: si alguien lleva una cantidad de droga a bordo de su automóvil, esta droga es suya.

»Se trata de una norma empírica altamente fiable. Corresponde al sentido común. Normalmente, si yo llevo algo a bordo de mi automóvil (y, en particular, algo de gran valor), este algo me pertenece. Es una norma empírica. Pero no es una ley científica, y admite alternativas.

»La acusación pública añade después, y con toda razón, que los nuevos elementos surgidos en el debate del recurso, no son incompatibles con esta historia.

Dirigí una mirada al ministerio público antes de seguir adelante.

—Veamos ahora qué otra historia es posible contar sobre la base de los elementos que tenemos a nuestra disposición.

»Una familia se va a pasar una semana de vacaciones a Montenegro. De noche su automóvil se queda en el aparcamiento del hotel y (por si fuera necesario apartarlo) se le dejan las llaves al conserje. La víspera de su partida, alguien se apodera de las llaves.

»Alguien que sabe con toda certeza que Paolicelli y su familia regresarán al día siguiente a Italia con aquel automóvil.

»Este alguien desmonta con sus cómplices la carrocería del automóvil de Paolicelli —(de la esposa de Paolicelli para ser más exactos) y lo llena de droga. Después lo vuelve a dejar todo en su sitio, coche y llaves. Es un buen sistema para llevar a cabo una operación muy lucrativa, reduciendo al mínimo los riesgos. Una operación que implica a un grupo organizado especializado en estos tráficos, con reparto de papeles y tareas. Y no cabe duda de que entre estas tareas se incluye la de comprobar que el transporte no sufra ningún contratiempo, seguir al correo inconsciente y encargarse de la recuperación de la droga en cuanto llegue a Italia. Una recuperación que probablemente tendrá lugar mediante el robo directo del mencionado automóvil.

»En el puesto fronterizo de Bari, se produce un imprevisto. La Guardia di Finanza localiza la droga, detiene a Paolicelli, el cual, dicho sea de paso, presta una declaración en ausencia total de garantías y, por consiguiente, absolutamente inutilizable, con el claro y exclusivo propósito de evitar por lo menos la detención de su mujer.

»Inmediatamente después de la detención, alguien, en circunstancias cuando menos extrañas, sugiere a la esposa de Paolicelli el nombramiento de un abogado de Roma. Este abogado ha sido protagonista de una desagradable historia procesal en cuyo transcurso ha sido detenido, acusado y posteriormente absuelto de un delito de asociación dirigida al tráfico de estupefacientes. Este mismo abogado mantiene unas relaciones privadas poco claras con un señor que (en palabras del propio Macrì) está implicado en procedimientos judiciales por tráfico de estupefacientes. Este señor, por una curiosísima coincidencia, viajaba en el mismo ferry que Paolicelli.

»Cabría ciertamente la posibilidad, tal como plantea la hipótesis del ministerio público, de que este señor y Paolicelli fueran cómplices en dicho tráfico ilegal.

»Si bien tenemos que decir que existe por lo menos un poderoso elemento que contradice esta hipótesis. El expediente contiene los listados telefónicos del teléfono móvil del acusado y también los del móvil de su esposa, correspondientes a la semana anterior a la detención. Dichos listados se obtuvieron precisamente para tratar de identificar a los posibles cómplices, pero el correspondiente examen no permitió averiguar nada de interés a este respecto. Hay muy pocas llamadas correspondientes a aquella semana, sobre todo entre los teléfonos de ambos cónyuges, y ninguna a números montenegrinos. Y ninguna tampoco a usuarios relacionados con Romanazzi, pues, de haberlas identificado y siendo Romanazzi un individuo fichado por cuestiones relacionadas con la droga, la Guardia di Finanza no habría dejado de señalarlo. En cambio, en la nota de transmisión a la Fiscalía de aquellos listados figura escrito simplemente que el correspondiente examen no ha permitido descubrir nada significativo.

»Es posible por tanto explicar la presencia de Romanazzi a bordo de aquel ferry con la necesidad de vigilar de cerca y sin riesgos el transporte de la droga por parte del ignorante Paolicelli para pasar después a las fases de la recuperación.

»Y también sería posible que hubiera sido el propio Romanazzi, sirviéndose de alguna especie de mensajero, el que hubiera sugerido a la esposa de Paolicelli el nombramiento de Macrì.

»¿Por qué habría tenido que hacerlo? Por ejemplo, para seguir y controlar de cerca mediante una persona de su máxima confianza el desarrollo de todo el proceso. Para evitar que Paolicelli prestara a los investigadores unas declaraciones peligrosas para la organización, a propósito, por ejemplo, del hotel de Montenegro, de la persona a la que había encomendado las llaves del automóvil, etc. Y, en efecto, Macrì aconseja a Paolicelli servirse de la facultad de no responder y, de esta manera, todo el proceso se desarrolla en primera instancia sin ninguna declaración por parte del acusado, a excepción de la seudoconfesión efectuada inmediatamente después de la detención.

»No olvidemos que Macrì se encarga de conseguir el desembargo del vehículo, propiedad de la esposa de Paolicelli. Y, sobre todo, se encarga de ir a retirar personalmente el automóvil en el depósito donde éste se encontraba bajo custodia judicial.

»¿Qué abogado hace algo semejante? ¿Y por qué lo hace? Normalmente, tal como todos sabemos, el abogado obtiene la resolución de desembargo y después el cliente se encarga de ir a retirar físicamente el automóvil.

»Macrì se comporta de una manera inusual, por cuyo motivo tenemos por lo menos que plantear la hipótesis de una explicación razonable. ¿No es posible que en el automóvil hubiera algo que los investigadores no habían encontrado y que los responsables de la expedición estaban extremadamente interesados en recuperar? Más droga, tal vez. O, por ejemplo, un GPS instalado en el vehículo simultáneamente a la colocación de la droga. Estoy convencido de que ustedes saben muy bien lo que es un GPS.

Como es natural, estaba convencido de que no lo sabían.

—Un GPS es un navegador vía satélite. Se utiliza para los dispositivos antirrobo de los automóviles y lo utilizan las fuerzas del orden para controlar los automóviles de individuos sometidos a investigación. Con un GPS es posible, desde una posición remota, localizar un vehículo con una aproximación de pocos kilómetros. Y la operación se lleva a cabo utilizando líneas telefónicas móviles. Si se retira el aparato instalado en el vehículo es posible remontarse a los usuarios de móviles utilizados para la localización. ¿Hace falta añadir más? ¿No tiene verdaderamente ningún sentido plantear la hipótesis según la cual la banda de traficantes que colocó la droga en el automóvil de Paolicelli se encargara, para mayor seguridad, de instalar también un navegador GPS, que la policía no encontró? ¿No tiene ningún sentido plantear la hipótesis de que Macrì se encargó de ir a retirar personalmente el automóvil para recoger una eventual y ulterior cantidad de droga o aquel aparato comprometedor? ¿Aquel aparato que, si los investigadores hubieran encontrado, les hubiera permitido remontarse a las líneas telefónicas de los traficantes? ¿Y cómo explicar de otra manera el comportamiento de un abogado que se encarga de obtener no sólo la resolución de desembargo (cosa totalmente normal) sino también de recoger materialmente el vehículo, cosa, en cambio, totalmente anormal?

Fue al llegar a este punto cuando tuve que reprimir el impulso de volverme para ver quién estaba presente en la sala. Para comprobar si había algún rostro desconocido y sospechoso. Alguien enviado por Macrì para controlar lo que yo decía. Para comprobar lo estúpido que era y lo mucho que me gustaba el riesgo. A los que escuchaban les debió de parecer seguramente una pausa técnica, de esas que sirven para mantener viva la atención.

No me volví, obviamente. Pero, cuando retomé el discurso, me quedó una desagradable música de fondo, una sensación de malestar. Un temor rastrero.

—¿Es una historia fantástica? Tal vez, en el sentido de que es el resultado de una secuencia de hipótesis razonables. ¿Es una historia absurda? De ninguna manera. Y, sobre todo, es una historia que (por lo menos en cuanto al transporte de droga con las modalidades que estamos planteando) ya se ha contado en el pasado, en otras investigaciones. En otros casos, nuestros investigadores y los de otros países han descubierto operaciones análogas de transporte ilegal de estupefacientes con estas mismas modalidades.

»Pero se me podría responder: esto lo dices tú, Guerrieri.

»Es cierto, lo digo yo, pero no cabe duda de que allí donde alberguen ustedes alguna duda acerca de la existencia de semejante modus operandi, siempre llegarán a tiempo, incluso después de haber entrado en la sala de deliberaciones, para decretar una ulterior ampliación de la instrucción, asumiendo (es un decir) la declaración del jefe de la sección de narcóticos de la brigada móvil de Bari o de cualquier otro funcionario de la policía judicial adscrito a unidades operativas antidroga, el cual les podrá confirmar haber llevado a cabo investigaciones acerca de prácticas criminales semejantes.

Fue entonces cuando consulté el reloj y me di cuenta de que llevaba una hora hablando. Demasiado.

A juzgar por sus rostros, parecía que todavía me estaban escuchando, pero seguro que ya no me quedaba mucho tiempo de atención. Tenía que intentar terminar. Regresé rápidamente a los temas generales, al método; a mi interpretación, a la del ministerio público.

—Siempre que sea posible construir una pluralidad de historias capaces de englobar todos los indicios en un cuadro de coherencia narrativa, habrá que rendirse ante el hecho de que la prueba es dudosa, de que no existe seguridad procesal y de que hay que dictar una sentencia de absolución.

»Huelga decir que en este campo no se trata de una competición entre niveles de probabilidad de las historias. Para expresarlo en otros términos: al ministerio público no le basta con proponer una historia más probable para ganar el proceso.

»El ministerio público para ganar el proceso, es decir, para obtener la condena, tiene que proponer la única historia aceptable. O sea, la única explicación aceptable de los hechos que se juzgan. A la defensa le basta con proponer una explicación posible.

»Lo repito: no se trata de un enfrentamiento entre niveles de probabilidad. Sé muy bien que la historia del ministerio público es más plausible que la mía. Sé bien que la regla empírica que constituye la base de la historia del ministerio público es más fuerte que la mía. Pero esta regla empírica no es la vida. Es, como todas las reglas empíricas, una manera de interpretar los hechos de la vida en un intento de darles un sentido. Pero la vida, también y sobre todo aquellos pedazos de vida que acaban en los juicios, es más complicada que nuestros intentos de reducirla a reglas clasificables y a historias ordenadas y coherentes.

»Un filósofo ha dicho que los hechos, las acciones en sí mismas, no tienen ningún sentido. Sólo puede tener sentido el texto de la narración de los acontecimientos y de las acciones realizadas en el mundo.

»Nosotros, y no sólo en los juicios, construimos historias para conferir sentido a unos hechos que en sí mismos no tienen ninguno. Para tratar de poner orden en el caos.

»Las historias, si bien se mira, son lo único que tenemos.

Me detuve, traspasado por un pensamiento repentino. ¿A quién le estaba diciendo aquellas cosas? ¿A quién le estaba hablando realmente?

¿De veras les estaba hablando a los jueces que tenía delante de mí? ¿O a Natsu, que se encontraba a mi espalda aunque yo no pudiera verla? ¿O a Paolicelli que, cualquiera que fuera el final, jamás conocería el sentido de aquella historia? ¿O me estaba hablando a mí mismo y todo lo demás —todo— era sólo un maldito pretexto?

Por unos pocos instantes me pareció comprender y se me escapó una sonrisa, leve y melancólica. Sólo por unos pocos instantes. Después, aquel sentido, si es que de veras había encontrado alguno, desapareció.

Me dije que tenía que seguir hablando y tenía que terminar. Pero ya no sabía qué decir. Es más, no, no me apetecía decir nada. Sólo me quería ir, y basta.

De esta manera, mi silencio se prolongó, demasiado. Vi un matiz interrogativo, un principio de impaciencia en las expresiones de los jueces.

Tenía que terminar.

—La vida no funciona a través de la elección de la historia más probable, más verosímil y más ordenada. La vida no está ordenada y no responde a nuestras reglas empíricas. En la vida hay golpes de suerte y desgracias. Se gana en la lotería o se contraen enfermedades rarísimas y fatales.

»O te detienen por delitos no cometidos.

Lancé un profundo suspiro mientras experimentaba la sensación de que todo el cansancio del mundo me había caído encima.

—El ministerio público y yo les hemos dicho muchas cosas. Unas cosas que seguramente sirven para discutir las causas y para redactar las sentencias. Sirven para justificar nuestros argumentos y nuestras decisiones, para otorgarnos la ilusión de que son argumentos y decisiones racionales. Algunas veces lo son y otras no, pero no es esto lo que verdaderamente importa. Lo más importante es que, en el momento de decidir, ustedes están (nosotros estamos) solos ante la pregunta: ¿estoy seguro de que este hombre es culpable?

»Estamos solos ante la pregunta: ¿qué es lo que es justo hacer? No en abstracto, en el respeto del método y de la teoría, sino en concreto, en este caso, por la vida de este hombre.

Había pronunciado las últimas palabras casi en voz baja. Y después había permanecido de pie, en silencio. Persiguiendo un pensamiento, creo. Quizás estaba buscando una frase para terminar. O quizá buscaba el sentido de lo que había dicho, dejando que las palabras siguieran su camino por su cuenta.

—¿Ha terminado, abogado Guerrieri?

El tono del presidente era cortés, casi precavido. Como si se hubiera dado cuenta de algo y no quisiera parecer inoportuno o poco delicado.

—Gracias, señor presidente. Sí, he terminado.

Entonces él se dirigió a Paolicelli, que permanecía con las manos agarradas a los barrotes y la cabeza apoyada contra ellos.

Le preguntó si tenía alguna declaración que hacer antes de que el tribunal se retirara a la sala de deliberaciones para el veredicto. Él se volvió hacia mí y después de nuevo hacia los jueces. Parecía que estuviera a punto de decir algo. Pero al final, meneó la cabeza y dijo que no, gracias señor presidente, no tenía nada más que decir.

Fue en aquel momento, mientras los jueces recogían sus papeles para retirarse a la sala de deliberaciones, cuando experimenté la sensación de estar en vilo entre el sueño y la realidad.

¿Los acontecimientos de los últimos cuatro meses habían ocurrido realmente? ¿Natsu y yo habíamos hecho realmente el amor dos veces en mi casa? ¿Había paseado por el parque de Largo Due Giugno con Natsu y la pequeña Midori, interpretando ilegalmente durante unos cuantos minutos el papel de padre, o simplemente lo había imaginado? Y más todavía: ¿el acusado Fabio Paolicelli era realmente el Fabio Raybán que había obsesionado mi adolescencia? ¿Y de veras me seguía importando descubrir la verdad acerca de los acontecimientos de aquel remoto pasado, admitiendo que hubiera habido alguna vez una verdad por descubrir? ¿Sobre qué base podemos decir con certeza que una imagen de nuestra cabeza es el resultado de una percepción o de un acto de imaginación? ¿Qué distingue realmente ciertos sueños de ciertos recuerdos?

Duró unos cuantos segundos. Cuando los jueces desaparecieron en la sala de deliberaciones, mis pensamientos regresaron a la normalidad.

Lo que sea que signifique la palabra.