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Unos cuantos minutos antes de las nueve Maria Teresa entró para preguntarme si necesitaba algo más, pues ella ya estaba a punto de irse. Le rogué que me pidiera una pizza y una cerveza antes de marcharse. Me miró con una expresión que decía: viernes por la noche, ¿te parece normal quedarte en el despacho a comer una mísera pizza y a beber una mísera cerveza y seguir trabajando?
Yo la miré a mi vez, y mi rostro le dijo: pues sí, me parece lo más indicado, entre otras cosas porque no tengo otra cosa mejor que hacer. Y, en todo caso, no me apetece hacer otra cosa mejor.
Y, si quieres que te diga la verdad, ni siquiera me apetece pensarlo.
Ella hizo ademán de contestar, pero renunció a hacerlo, dijo que me iba a pedir la pizza y que ya nos veríamos el lunes por la mañana.
Me comí la pizza, me bebí la cerveza, puse en el reproductor de cedés el último de Leonard Cohen —Dear Heather— y me dediqué a los papeles que me había llevado la señora Natsu Kawabata.
Se llamaba Kawabata, como el escritor, pensé. ¿Cuál era el título de aquel cuento? La casa de las bellas durmientes, me parecía. Yasunari Kawabata. Era triste y bellísimo. Pensé que tenía que volver a leerlo. Quién sabe si Natsu sería familiar —qué sé yo, sobrina tal vez— del Kawabata Premio Nobel.
Un pensamiento muy inteligente, me dije. Verdaderamente inteligente. Como si un japonés que conociera a un tal señor Rossi se preguntara: «Ah, Rossi, quién sabe si es familiar del corredor de motos Valentino Rossi».
Vamos a leer este expediente, que es mejor.
No me llevó mucho rato. Las cosas estaban tal como Paolicelli las había contado. En el acta de la detención y en la del embargo figuraban las declaraciones del detenido.
Acta de las declaraciones voluntarias efectuadas por el detenido, decía el encabezamiento. Voluntarias con toda seguridad. El acta era muy corta y, aparte los preámbulos, la esencia se condensaba en esta frase:
«Tomo nota de la presencia de 40 kilos de cocaína en el interior de mi automóvil. A este respecto, declaro voluntariamente que la droga es de mi exclusiva propiedad y que mi esposa, Natsu Kawabata, cuyos datos personales constan debidamente en otras actas, es totalmente ajena a la ilegal operación de tráfico de droga, atribuible tan sólo al infrascrito. Introduje el estupefaciente en el vehículo a espaldas de mi esposa. No tengo intención de identificar a los individuos de quienes adquirí la citada cantidad de droga ni a aquellos a quienes se la tenía que entregar. No tengo nada más que añadir».
Leído, confirmado y suscrito.
En la hoja de los apuntes anoté: ¿posibilidad de utilización de las declaraciones voluntarias?
Se refería a las serias dudas acerca de la validez y la posibilidad de utilización de aquellas declaraciones que se habían hecho constar por escrito en ausencia de un abogado. Era un principio débil, pero, teniendo en cuenta la situación, nada se podía pasar por alto.
Pasé rápidamente al informe de la Policía en el que figuraban los mismos datos que en las actas de la detención y el embargo.
Después al interrogatorio en presencia del juez con vistas a la investigación preliminar en el que mi —tal vez— cliente se acogía al derecho de no contestar. En aquel acta hacía por primera vez su aparición el abogado Corrado Macrì.
En la hoja de mis notas, escribí: abogado Macrì: ¿quién coño eres?
Lo bueno de las notas personales es que uno escribe lo que le da la gana, guarrerías incluidas. Por lo que a mí respecta, las palabrotas me ayudan a pensar. Si en mis anotaciones escribo alguna bonita frase llena de guarradas, es más fácil que se me ocurran buenas ideas.
Pero a veces me dejo estas notas donde no debería. Por ejemplo, entre los documentos que adjuntar al acta del recurso o al de una constitución en parte civil.
Por regla general, Maria Teresa revisa todo, descubre estas amenas hojitas, las elimina y salva mi reputación. Por regla general.
Una vez ella se puso enferma y durante un par de días me vi obligado a hacer de abogado y secretario. Entre otras cosas, en el transcurso de aquellos dos días presenté una petición de arresto domiciliario para un cliente mío. Un señor que había creado toda una serie de sociedades financieras fantasma, a través de las cuales había hecho desaparecer como por arte de magia varios millones de euros. La Fiscalía y la Policía se habían interesado por su caso y lo habían enviado a la cárcel tras haber descubierto el chanchullo. Un abogado no debería decir estas cosas, pero, bueno, está claro que hicieron muy bien. En mi petición se hacía referencia a ciertos documentos de los cuales se deducía que la responsabilidad de mi cliente —el señor Saponaro, contable, perito mercantil y notorio homosexual— era menos grave de lo que había parecido al principio. Se hacía referencia al período que ya había pasado mi cliente en la cárcel —tres meses—, a la atenuación de las exigencias cautelares, al carácter «no indispensable de una medida preventiva tan dolorosa como la permanencia en la cárcel». El consabido repertorio.
Unos días después de la presentación de la petición, se recibió en mi despacho una llamada de la secretaría de aquel juez. ¿El juez quería hablar conmigo? Por supuesto que iría aquella misma mañana, pero, ¿sería posible saber de qué se trataba? Para estar preparado. Ah, el juez no había dicho de qué me quería hablar. Bueno, pues, justo el tiempo de salir de mi despacho y llegar al juzgado.
Media hora después ya estaba en el despacho de aquel juez.
—Buenos días, señor juez. Me ha mandado llamar.
—Buenos días, abogado. Sí, lo he mandado llamar porque le quería mostrar un documento.
Mientras lo decía sacó una hojita de papel de una carpeta de color rojo.
—Creo que esto es suyo. ¿Tengo que considerarlo un documento adjunto a la petición por cuenta del señor Saponaro?
Me alargó la hojita. Eran las notas que yo había tomado mientras redactaba la petición. Oí en mi cabeza un lejano retumbo, una especie de gigantesca oleada o una manada de búfalos al galope. Me puse colorado como un tomate. La esencia de aquellas anotaciones giraba en torno a los poco jurídicos conceptos de «reinona, cerdo y ladrón». Hasta el más mediocre intérprete de aquel manuscrito habría podido comprender rápidamente que la reinona, el cerdo y el ladrón era el señor Saponaro y que su abogado —yo— no estaba convencido en su fuero interno de que su cliente fuera inocente.
Traté de encontrar algo que decirle al juez para intentar justificar aquella catástrofe. Pero, como es natural, no encontré nada.
Le pregunté tan sólo si, a los efectos de mi inminente expulsión del colegio de abogados, deseaba encargarse personalmente de comunicar los hechos al Consejo del Colegio de Abogados o prefería que yo me autodenunciara. A mí me daba lo mismo, aclaré. Le rogaba simplemente que no diera publicidad a mi infeliz expresión —reinona—, crípticamente alusiva a las inclinaciones sexuales de mi cliente. Hubiera querido evitar, en la medida de lo posible, que, aparte de mi reputación de abogado, la de hombre de izquierdas quedara también dañada por aquella vulgar desgracia.
El juez era una persona de mucho ingenio. Me devolvió la hojita y no me denunció.
No aceptó mi petición en nombre del señor Saponaro, pero eso habría sido pedir verdaderamente demasiado.
El expediente no contenía muchas otras cosas importantes.
Estaba el resultado del examen toxicológico de la sustancia estupefaciente. La pureza de la cocaína era del sesenta y ocho por ciento, o sea, que era de excelente calidad. Se habrían podido obtener, escribía el experto, centenares de miles de dosis para el trapicheo.
Estaban los listados de los móviles de Paolicelli y de su mujer. La policía los había obtenido para ver si se podía descubrir algún contacto interesante, inmediatamente antes o inmediatamente después del control que había conducido al hallazgo de la droga. Estaba claro que no había nada que fuera interesante porque los listados se habían transmitido a la Fiscalía con una nota muy breve: «Ningún contacto significativo se ha podido descubrir en los listados de las llamadas telefónicas obtenidos». Fin.
Estaba el auto de detención preventiva, con no más de diez líneas de considerandos, y estaba la sentencia, a decir verdad, no muy larga tampoco. Por lo demás, qué otra cosa se habría podido escribir, aparte el hecho de que «ha quedado demostrada la responsabilidad penal del acusado dentro de un marco altamente tranquilizador». El acusado transportaba la droga a bordo de su automóvil y, por otra parte, había reconocido voluntariamente su responsabilidad antes de la detención. Sobre tales bases resulta literalmente imposible plantear cualquier hipótesis verosímil alternativa, por otra parte, no prevista tampoco por Paolicelli, el cual, en el transcurso del preceptivo interrogatorio, se acogió —comprensiblemente, dado el carácter insostenible de su situación— al «derecho de no responder».
Busqué con la pluma aquella expresión. Hipótesis verosímil alternativa. El problema era ése. Es siempre el mismo en los procesos penales. Facilitar una explicación alternativa, verosímil, de las pruebas aportadas por la acusación.
¿Qué hipótesis alternativa se podía ofrecer en un caso como aquél?
La única era la de que Paolicelli me hubiera dicho la verdad y la droga del coche la hubiera colocado —cualquiera sabía cómo y cualquiera sabía cuándo— otra persona. Pero, si la historia fuera cierta, Paolicelli estaba metido en la mierda hasta el cuello.
¿Cabía la posibilidad de que alguien hubiera querido comprometer a Paolicelli? ¿Colocarle la droga en el coche y después soplarle la noticia a la policía?
Descarté inmediatamente semejante hipótesis. No se arrojan por la borda cuarenta kilos de cocaína para comprometer a alguien. Si quieres comprometer a alguien, le metes diez gramos divididos en cuarenta dosis; nadie podrá dudar de que están destinadas al trapicheo y la operación se lleva tranquilamente a cabo. Eficaz y con un coste moderado.
No, era imposible que le hubieran colocado cuarenta kilos sólo para que lo detuvieran. Era ciertamente probable que alguien le hubiera dicho a la policía que en aquel coche procedente de Montenegro había un buen alijo de cocaína pura. Pero el responsable del soplo no podía ser el propietario de la droga o alguien que la hubiera colocado sólo para causarle la ruina al señor Fabio Raybán.
Descartemos la hipótesis según la cual el que colocó la droga en el coche fue la misma persona que le sopló la noticia a la policía. Y admitamos que Paolicelli diga la verdad. Si de veras es inocente, ¿qué demonios se puede hacer llegados a este punto?
Descubrir quién colocó la droga, me dije.
Ah, bueno, pues entonces es un juego de niños. Descubro la red de traficantes internacionales que ha colocado la droga, los llevo a rastras a declarar en el recurso de apelación y ellos, dominados por el remordimiento, confiesan y exculpan a mi cliente. Lo absuelven, la justicia sale triunfante, y el mito del abogado Guerrieri se consolida.
Si de veras Paolicelli era inocente, aquel era el peor caso que me hubiera caído encima en toda mi carrera, me dije mientras hojeaba las últimas páginas. Desde el fondo de la carpeta saltó la copia de los antecedentes penales de Paolicelli. Unos antiquísimos antecedentes de menor de edad por reyerta, lesiones, tenencia ilegal de armas. Todo cosas de los años de las palizas y de las malditas escuadras fascistas. Y, en cualquier caso, ya no había nada a partir de 1981. Mientras examinaba aquellos antecedentes penales, me sorprendí pensando que, hasta unas pocas horas antes, yo estaba decidido a no aceptar aquel encargo.
Hasta que había entrado en mi despacho la señora Natsu Kawabata.