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Natsu se levantó y yo me acerqué y le estreché la mano para hacer un poco de teatro. Me sentía encima los ojos del mundo y de Paolicelli en particular. Le sostuve la mano durante un breve instante, evitando mirarla a los ojos.

Después le pedí disculpas, le dije que tenía que hablar con una persona y me reuní con Tancredi, observando que el-que-se-sabía-comportar había desaparecido. Lo cual me hizo experimentar simultáneamente una sensación de alivio y una especie distinta de inquietud.

—¿Qué haces tú aquí? —le pregunté.

—He ido a la Fiscalía, he despachado mis asuntos antes de lo previsto y entonces, puesto que tú me has metido en esta historia, he venido a ver qué ocurría. ¿Qué hará el tribunal? ¿Le ordenará que responda?

—No lo sé. Y tampoco sé, a decir verdad, qué es lo que más nos conviene.

—¿Qué quieres decir?

—Si el tribunal le ordena responder y ése nos cuenta unas trolas en las que no haya demasiadas contradicciones, tendremos la palabra de Paolicelli contra la suya.

—¿Y si, en cambio, le dicen que puede invocar el secreto profesional?

—Siempre me quedará jugar con esta reticencia en el momento del alegato. Ya lo han visto ustedes, señores jueces, el testigo Macrì se ha negado a hablarnos de sus entrevistas con su ex cliente. Ha invocado el secreto. Formalmente, todo es correcto de acuerdo con su decreto. Pero nosotros nos tenemos que preguntar: ¿por qué? ¿Por qué, si el mismo cliente quería que revelara el contenido de aquellas entrevistas, él no ha querido hacerlo? Evidentemente porque había unas informaciones que él no tenía ningún interés en revelar.

Una vez finalizada la explicación técnica, pensé que haría bien en hablarle del sicario que Macrì había llevado consigo.

—En cualquier caso, el señor Macrì no ha venido solo.

Tancredi volvió ligeramente la cabeza para inspeccionar la sala. Pero el amigo de Macrì ya se había largado y, por consiguiente, yo le conté a Tancredi lo que había ocurrido antes del comienzo de la audiencia.

—Ahora mismo llamo a uno de los míos. Cuando termine la declaración, nos ponemos a seguir a tu simpático compañero y a su amigo. Si se van en coche, los mandamos detener en la autopista por la policía de tráfico. Nos encargaremos de que parezca un control rutinario para no levantar sospechas. Lo mismo haremos con la policía de fronteras si regresan a casa en avión. De esta manera, lo identificamos y comprobamos si este señor es sólo un chófer y mozo de equipajes o algo peor.

Bueno, ahora ya me encontraba un poco mejor. Un poco tranquilizado, diría. Tancredi siguió adelante.

—Y, de esta manera, si alguien te hace desaparecer, puedes estar tranquilo, la cosa no quedará impune. Esos dos serán los primeros a quienes vayamos a detener.

No sé por qué no conseguí captar el lado gracioso de la frase. Estaba buscando una respuesta eficaz cuando sonó el timbre y el tribunal entró de nuevo en la sala.