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Reordené las notas y, sobre todo traté de reordenar las ideas.
Para que Paolicelli tuviera alguna posibilidad de salir bien librado —cosa muy improbable— era necesario llevar a cabo alguna investigación y ahí empezaban los problemas.
En el pasado, sólo un par de veces había recurrido a investigadores privados, con resultados catastróficos. Y se trataba de asuntos, ¿cómo diría?, mucho menos problemáticos que el caso Paolicelli. Después de la segunda experiencia, me juré a mí mismo que también sería la última.
Me dije que hubiera tenido que hablar de ello con Carmelo Tancredi.
Carmelo Tancredi es un inspector de policía especializado en la caza de los peores desechos de la humanidad: los violadores, los maltratadores, los traficantes de niños.
Tiene el aspecto humilde y un tanto abatido de los peones mexicanos de ciertas películas del Oeste de serie B, una intuición que normalmente sólo poseen algunos policías de novela y muerde como un pitbull cabreado. Hablaría con él y le preguntaría qué pensaba de todo aquel asunto. Si de veras era posible que alguien en Montenegro hubiera colocado la droga en el coche de Paolicelli con la intención de recuperarla en Italia. Y después le preguntaría si para él tenía sentido llevar a cabo una investigación para tratar de exculpar a mi cliente.
Después tendría que hacer alguna llamada por ahí, para ver si alguien conocía al tal abogado Macrì. Y buscar su lugar en el mosaico.
Admitiendo, naturalmente, que existiera un mosaico en el cual las cosas no estuvieran colocadas de la manera más sencilla. Es decir, que la droga perteneciera a Paolicelli y a algún ignorado compinche suyo, que el abogado —tal como suele ocurrir en tales casos— hubiera sido contratado y pagado por los cómplices, y que la mujer, naturalmente, no supiera nada al respecto.
La idea de tener un programa —hablar con Tancredi, hacer indagaciones sobre el tal Macrì— me infundió la sensación de haber hecho algo. Miré el reloj y me di cuenta de que eran las dos.
Por un instante, sólo por un instante, me vino a la mente la imagen de Margherita. Antes de que se desvaneciera en el negativo fotográfico de aquella tarde de septiembre para perderse a lo lejos, hacia el oeste.
Menuda noche de viernes, me dije, abandonando el despacho para regresar a casa.