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Saludé mecánicamente al fiscal general sustituto que seguía siendo el calamar gigante y después, tras haberme puesto la toga y haberme sentado en mi sitio, mantuve los ojos obstinadamente clavados en el estrado del tribunal. Los mantuve clavados cuando los jueces aún no habían entrado y los mantuve clavados —en la madera del estrado, no en los jueces— incluso después de la entrada del tribunal y el comienzo de la audiencia. Sin darme la vuelta en ningún momento.

Me preguntaba qué nombre les hubiera podido dar a los distintos matices de la madera. Me preguntaba a qué se debían algunas manchas negras que se formaban en el entrecruzamiento de las vetas de la madera. No pensaba en nada más e imagino que debía de ser una forma de autodefensa mental. Vaciar la mente y mantenerla vacía para que no entrara el miedo.

Como en el boxeo. La única parte de mi vida de la cual conseguía extraer principios de sabiduría y cosas dotadas de sentido. Metáforas.

Me interrumpí sólo unos segundos, el tiempo de corresponder con la mano al saludo de Paolicelli cuando la escolta policial lo acompañó a la sala. Después volví a fijar mi atención en los dibujos de la madera en el estrado del tribunal.

Estaba tan concentrado en las vetas de la madera que no oí al presidente que se dirigía a mí. O, mejor dicho: oí su lejana voz; una cosa que no tenía nada que ver conmigo en el leve trance hipnótico en el que me había sumido.

—Abogado Guerrieri, ¿está con nosotros? —preguntó el presidente, levantando ligeramente el tono de voz.

Así, simplemente para aclarar de una manera educada que aquella era su sala y no un templo para meditaciones zen.

—Sí, señor presidente, le pido disculpas. Estaba reorganizando unas cuantas ideas y...

—De acuerdo, de acuerdo. ¿Está preparado para empezar el interrogatorio del testigo cuya citación nos había solicitado?

—Sí, señor presidente.

—...porque, en buena lógica, primero lo tendría que interrogar el tribunal, siendo así que la declaración se ha dispuesto de conformidad con el artículo 603 coma tercero del código procesal penal, pero yo diría que podríamos evitar este paso formal y permitir que empiece usted, que es el que sabe en concreto lo que hay que preguntarle al testigo. Si las partes están de acuerdo, naturalmente.

Las partes estaban de acuerdo. En el sentido de que yo estaba de acuerdo y el ministerio público estaba en otro sitio. Desde hacía por lo menos diez años.

El presidente le dijo al ujier que llamara al testigo Corrado Macrì.

Éste se presentó con el impermeable colgado del brazo, saludó cortésmente al tribunal, se sentó y leyó con calma la fórmula de la promesa de decir la verdad. Transmitía una sensación de seguridad y dominio.

—Usted es abogado y, por consiguiente, no le tengo que explicar nada —le dijo el presidente—. La defensa del acusado ha pedido su interrogatorio acerca de algunas circunstancias específicas y ahora le formulará sus preguntas. Como es natural, si a propósito de algunas de estas preguntas usted considera la necesidad de invocar el secreto profesional, teniendo en cuenta el papel que usted ha desempeñado en las fases anteriores de este juicio, hágalo y valoraremos cada vez la situación. ¿Le parece bien?

—Sí, señor presidente, gracias.

Mirenghi se dirigió a mí y dijo que podía proceder al interrogatorio. Macrì miraba fijamente hacia delante.

Yo lo miré a la cara unos segundos. Después me dije que tenía que empezar.

—Abogado Macrì, ¿usted ha sido el defensor del señor Paolicelli en la primera fase del proceso que ahora estamos celebrando ante el Tribunal Superior de Justicia?

Pregunta totalmente inútil puesto que el detalle constaba claramente en acta. Pero por algún sitio tenía que empezar. Él no hizo ningún comentario ni trató de dar respuestas sarcásticas.

—Sí —se limitó a contestar.

—¿Cuándo conoció al señor Paolicelli?

—La primera vez que fui a verlo a la cárcel.

—¿Recuerda cuándo fue esa primera vez?

—No recuerdo la fecha exacta, pero a él lo habían detenido dos días antes y tenía que responder al preceptivo interrogatorio. Es fácil remontarse a la fecha a partir de estos elementos. Admitiendo que el detalle tenga alguna importancia.

Apenas un matiz agresivo en la voz. Ignoré el intento de provocación. Macrì seguía mirando hacia delante.

—¿Fue el señor Paolicelli quien lo nombró?

—No, fue la esposa del señor Paolicelli.

—¿Usted conoce a la esposa del señor Paolicelli?

—La conocí personalmente tras haber sido nombrado en ocasión de mi segunda visita a Bari, cuando se celebró la vista en el Tribunal de la Libertad. Esta información también se puede obtener en las actas.

—¿Usted conoce el motivo por el cual la señora Paolicelli lo nombró precisamente a usted?

—Supongo que eso se lo tendría que preguntar a la señora.

—De momento, se lo pregunto a usted. ¿Conoce el motivo...?

—Puedo plantear la hipótesis de que algún conocido le facilitara mi nombre. Usted también es abogado y sabe muy bien cómo funcionan estas cosas.

—Déjeme ver si he comprendido bien. Usted es nombrado por una persona a la que no conoce, de una ciudad que dista cuatrocientos kilómetros de la suya... Por cierto, usted ejerce en Roma, ¿verdad?

—Sí.

—¿Siempre ha ejercido en Roma?

Lo estaba mirando fijamente a la cara y, de esta manera, pude observar la ligera contracción de la mandíbula mientras yo formulaba mi pregunta. El hombre estaba seguro de que, en cuestión de nada, yo pasaría a preguntarle acerca de sus desventuras judiciales. No es tan fácil, amigo mío, te vas a quedar mucho más tiempo encima de esta parrilla, maldito hijo de la gran puta, y lo de hijodelagranputa me lo dije en voz alta en el cerebro.

—No.

—Muy bien, pues vamos a recapitular: usted es nombrado por una desconocida que vive en Bari, lejos de su lugar de trabajo, para una emergencia: su marido acaba de ser detenido por un delito gravísimo. Usted se traslada rápidamente a Bari, establece contacto con el detenido, plantea la defensa y, en el transcurso de la segunda visita, conoce también a la esposa. Y no experimenta la curiosidad de preguntar por qué lo han nombrado precisamente a usted y ni siquiera comenta el tema con la esposa o con el cliente. ¿Es así?

Fingió pensar y dejó pasar unos veinte segundos.

—Es posible que lo comentáramos. No lo recuerdo, pero es posible. Me debieron de decir que fue alguien que me conocía quien les mencionó mi nombre.

—Pero ¿usted había tenido anteriormente algún cliente de Bari?

—Probablemente sí, pero ahora no lo recuerdo.

—O sea ¿que usted tiene muchos clientes?

—Pues sí, muchos.

—Un bufete muy bien montado, vaya.

—No me puedo quejar.

—¿Cuántas personas trabajan en su bufete?

—Tengo un secretario, pero, por lo demás, siempre he preferido trabajar por mi cuenta.

Y, a lo mejor, el secretario es el gorila que te ha acompañado, ¿verdad?

—¿Cuál es la dirección de su bufete?

El presidente intervino. Como era de prever.

—Abogado Guerrieri, ¿qué tiene que ver la dirección del bufete del testigo con el objeto de la prueba?

Me pareció captar un ligerísimo movimiento en el rostro de Macrì, como un principio de perversa sonrisa.

—Señor presidente, me doy cuenta de que la pregunta puede suscitar una cierta perplejidad. En efecto, es un detalle que me servirá para aclarar otras cosas más inmediatamente relacionadas con el objeto de la prueba.

Mirenghi puso imperceptiblemente los ojos en blanco. Girardi parecía seguir la escena con atención. Russo —y esto era lo más curioso— aún no se había quedado dormido.

—Siga adelante, abogado. Teniendo en cuenta que tenemos otros juicios para esta audiencia y que más tarde o más temprano quisiéramos volver a ver a nuestras familias.

—Gracias, señor presidente. —Me dirigí de nuevo a Macrì. El amago de sonrisa había desaparecido o quizá yo me lo había simplemente imaginado—. ¿Nos quiere facilitar la dirección de su bufete... y, ya que estamos, también el número del teléfono y el del fax?

Esta vez se volvió hacia mí antes de contestar. Su mirada estaba llena de auténtico odio reconcentrado. Atrévete, me dije mentalmente. Atrévete, hijoputa.

Facilitó la dirección del bufete. Y después, en un momento de titubeo que seguramente capté sólo yo, dijo que no tenía teléfono fijo porque prefería utilizar el móvil para todo.

—Disculpe, si no he entendido mal, ¿usted no tiene un teléfono fijo y, por consiguiente, tampoco un fax?

—Tal como ya le he dicho —ahora hablaba deletreando las palabras y el esfuerzo de controlar su irritación era más perceptible—, prefiero utilizar el móvil para todo. Tenemos unos ordenadores con tarjeta de conexión a internet y, para los faxes, cuando hace falta, utilizamos el ordenador y la impresora.

Tras haber terminado de hablar, se dirigió al presidente.

—Señor presidente, yo no sé adónde quiere ir a parar el abogado Guerrieri, y ni siquiera me interesa demasiado. Debo decir, sin embargo, que me choca este tono inútilmente agresivo e intimidatorio. No creo que sea el tono más adecuado para utilizar con un compañero...

—De acuerdo, abogado Macrì. Acerca de la interpretación del tono nos podríamos pasar muchas horas sin llegar a un resultado aceptable. Hasta ahora las preguntas han sido admisibles y, en opinión del tribunal, no lesivas para la dignidad del testigo, es decir, la suya. Si usted piensa otra cosa, podrá dirigirse al Consejo del Colegio de Abogados para solicitar su tutela. Ahora el abogado Guerrieri puede seguir adelante, teniendo siempre en cuenta mi anterior advertencia y nuestro deseo de que se llegue cuanto antes a una conclusión.

Mirenghi se había puesto nervioso con Macrì. No era necesariamente una buena señal. Cuando se ponía nervioso, tendía a hacérselo pagar a quienquiera que tuviera a mano, independientemente de quién hubiera sido el primer causante del fenómeno. Pensé que tendría que abreviar.

—Usted nos ha dicho que no siempre había ejercido en Roma si no he entendido mal, ¿verdad?

Me di cuenta de que repetía «¿verdad?» al final de las preguntas, tal como había hecho él poco antes cuando hablábamos por los pasillos.

—Sé muy bien adónde quiere ir a parar.

—Me complace. En tal caso, quizá me podría ahorrar la molestia de las preguntas. ¿Nos quiere decir dónde ejercía antes de establecerse en Roma y por qué motivo, en ocasión de qué acontecimiento se trasladó?

—Me trasladé desde Reggio Calabria por motivos muy personales, sentimentales para entendernos.

—Ah. ¿Había ocurrido algo antes de...?

Me interrumpió, hablando muy rápido.

—Tuve un proceso penal, del cual fui absuelto por no haber cometido los hechos. Pero eso no tiene nada que ver con mi traslado a Roma.

En aquel momento, me pareció observar con la visión periférica que hasta Porcelli había revivido y manifestaba un primordial interés por lo que estaba ocurriendo.

—¿Sufrió una restricción de la libertad personal?

—Sí.

—¿Arrestos domiciliarios, detenciones carcelarias, alguna otra cosa?

—Me detuvieron y después, tal como ya le he dicho (aunque me imagino que usted ya lo sabía muy bien), me absolvieron de todas las acusaciones. Por no haber cometido el hecho, repito.

—¿Nos puede decir cuáles fueron las acusaciones?

—Las acusaciones fueron de asociación mafiosa y asociación para el tráfico de estupefacientes. Y por esta falsa acusación y por toda esta historia recibí también del Estado una indemnización en concepto de daños por la injusta detención. Así su información será más completa.

Estaba a punto de preguntarle en qué elementos se habían basado para haberlo detenido y basándose en cuáles había sido absuelto posteriormente. Pero me di cuenta de que el presidente no me habría dejado llegar hasta ahí y de que corría el riesgo de echarlo todo a rodar. Ya era hora de llegar a una conclusión.

—¿Le dijo alguna vez al señor Paolicelli que usted sabía que era inocente?

—Es posible. Les decimos tantas cosas a los clientes, sobre todo a los que se quejan más que los otros y no soportan la cárcel. Paolicelli era así. Se quejaba constantemente, lo recuerdo muy bien.

—¿Nos quiere revelar el contenido de sus conversaciones con Paolicelli? En primer lugar, ¿cuántas veces se reunieron?

—No recuerdo cuántas veces nos reunimos, cinco, seis, siete. Pero ya desde ahora le digo que no tengo intención de responder, invocando el secreto profesional.

Mirenghi se volvió hacia mí, lanzándome una mirada interrogativa.

—Señor presidente, yo creo que la norma acerca del secreto profesional del defensor está encaminada a proteger el libre ejercicio de la profesión y, más concretamente, a la protección del cliente. No se trata de un privilegio personal de los distintos abogados. Intentaré explicarme. La ley permite a los defensores negarse a declarar acerca de lo que puedan haber averiguado en contextos profesionales por una razón determinada. La norma pretende garantizar a los clientes de los abogados la máxima libertad para confiarles cualquier cosa sin temor a que éstos puedan ser obligados posteriormente a declarar acerca del contenido de aquellas conversaciones. La razón de la facultad de abstenerse de responder por parte de los defensores está toda ahí, sintetizando al máximo. Un medio de protección del cliente, del carácter reservado de su relación con el defensor, y no un privilegio indiscriminado para los abogados.

Me estaban escuchando los tres. Russo me miraba y su rostro parecía, ¿cómo diría?, distinto.

—Si este planteamiento es correcto tal como yo creo, la facultad de abstenerse de declarar invocando el secreto profesional es aplicable cada vez que el cliente en defensa del cual la ley ha establecido la citada facultad, declara exonerar a su defensor (o a su ex defensor) del vínculo de la reserva. En este caso, el señor Paolicelli, a quien usted podrá en este mismo momento interpelar en demanda de confirmación, exonera al abogado Macrì del susodicho vínculo. Una vez efectuada esta comprobación, le ruego declarar nula la facultad de abstención y le ruego ordenar responder al testigo.

Macrì intentó decir algo.

—Señor presidente, quisiera hacer algunas observaciones a lo que ha dicho el abogado Guerrieri.

—Abogado Macrì, en esta sede usted es un testigo y no está facultado para intervenir acerca de las peticiones o las observaciones de las partes. Paolicelli, ¿confirma usted lo que ha dicho el abogado Guerrieri, es decir, que, por lo que a usted respecta, declara exonerar a su ex defensor del vínculo de la reserva acerca de las conversaciones que tuvieron lugar entre ustedes a propósito de los hechos objeto del juicio?

Paolicelli lo confirmó. El presidente le preguntó al fiscal general sustituto si tenía alguna observación. Éste dijo que se remitía al tribunal. El presidente le dijo a Macrì que pasara a la sala reservada a los testigos.

A continuación, los tres jueces se levantaron y se dirigieron a la sala de deliberaciones.

Yo también me levanté y, al volverme, me di cuenta de que en la sala, separados el uno de la otra por varios asientos, se encontraban Tancredi y Natsu.