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La tarde anterior a la segunda vista fui a ver a Paolicelli a la cárcel. Le expliqué lo que iba a ocurrir a la mañana siguiente —empezaría con la declaración de su mujer y, a continuación, procederíamos a su interrogatorio—, le dije cómo tendría que comportarse, recapitulamos las preguntas que yo le haría y las respuestas que él me tendría que dar.

No se trató de un asunto muy largo y terminamos en menos de media hora.

Cuando me estaba guardando los papeles en la cartera y preparándome para marcharme, Paolicelli me preguntó si me molestaría quedarme todavía unos diez minutos para charlar un poco con él. Me lo dijo exactamente así: «No le apetecería quedarse a charlar un poco conmigo, ¿verdad?»

No conseguí dominar el asombro que se reflejó súbitamente en mi rostro y, obviamente, el otro se dio cuenta.

—Perdón, perdón. Es absurdo, no sé cómo se me ha ocurrido...

Lo interrumpí con un torpe gesto de la mano, como para decirle que no se justificara.

—No es absurdo. Sé muy bien lo terriblemente solo que se puede sentir uno en la cárcel.

Me miró a los ojos; por un instante, se cubrió la cara con las manos; lanzó un suspiro casi violento, preñado de sufrimiento, pero también de una especie de alivio.

—A veces, me parece que me estoy volviendo loco. Creo que jamás saldré de aquí. Ya no volveré a ver a mi niña, mi mujer conocerá a otro y se hará una nueva vida...

—Vi a su niña. Una tarde su esposa la llevó consigo a mi despacho. Es tan bonita que te corta la respiración.

No sé por qué lo dije. Tal vez fuera una manera de interrumpir aquella frase y hacer más soportable mi sentido de culpa. O tal vez fuera otra cosa. El caso es que las palabras se me escaparon independientemente de mi control.

Toda la situación era independiente de mi control.

El otro buscó unas palabras para contestar, pero no las encontró. Entonces frunció los labios mientras un destello se encendía en sus ojos. No aparté la mirada tal como hubiera hecho habitualmente. En su lugar, alargué un brazo a través de la mesa y le apoyé la mano en el hombro. Mientras lo hacía, pensé con toda claridad en las veces en que había soñado con ponerle las manos encima algún día.

Todo esto no tiene sentido, me dije.

—¿Cómo se entretiene aquí dentro? —le pregunté.

Antes de contestar, se frotó los ojos e inspiró con la nariz.

—He tenido bastante suerte. Trabajo en la enfermería y esto me ayuda. Una parte del día pasa bastante rápido. Después, durante el tiempo libre...

Se dio cuenta de la paradoja mientras pronunciaba aquellas palabras. Tiempo libre. Me pareció que estaba a punto de hacer un comentario ingenioso, pero después debió de pensar que no sería divertido y ni siquiera original. Entonces se limitó a hacer un gesto de cansancio antes de seguir adelante.

—... en fin, cuando no trabajo, procuro hacer un poco de ejercicio, ya sabe, flexiones, estiramientos, cosas de este tipo, y después leo.

Vaya, hombre, pensé. Lo que faltaba. Un fascista que lee. ¿Tienen a Julius Evola aquí en la cárcel? ¿O tal vez una antología de párrafos escogidos de Mein Kampf?

—¿Qué lee?

—Todo lo que encuentro. Ahora estoy leyendo la biografía de Nelson Mandela. El largo camino hacia la libertad. Suena bien para alguien que se encuentre en mi situación. ¿A usted le gusta leer, abogado?

Pensé que hubiera tenido que decirle que nos tratáramos de tú. Que aquel «usted» era absurdo, teniendo en cuenta todo lo que había y había habido entre nosotros. Sólo que él no sabía lo que había y lo que había habido entre todos nosotros. Ni jamás lo sabría, probablemente.

—Sí, me gusta mucho.

—¿Y qué está leyendo ahora?

La traducción italiana de la obra de Robert Hopke There are no Accidents, estaba leyendo. Y, en el preciso instante en que contestaba a su pregunta y pronunciaba aquel título, me pareció que todo adquiría un claro y nítido significado. Es más, me pareció que aquel significado claro y nítido siempre había estado ahí, como la carta robada de Poe, y que yo simplemente no había sido capaz de captarlo. Porque era demasiado evidente.

Su voz lo disolvió todo antes de que yo consiguiera encontrar las palabras para fijar aquel significado y recordarlo.

—¿Es una novela?

—No, es un ensayo de un psicoanalista jungiano. Habla de las casualidades, de las coincidencias y de las historias que nos contamos. Precisamente para conferir un significado a las casualidades y a las coincidencias. Es un libro muy bonito, un libro acerca de la investigación del significado y acerca de las historias.

Y después, tras una breve pausa, añadí:

—A mí me gustan mucho las historias.

¿Por qué le estaba diciendo aquellas cosas? ¿Por qué le decía que me gustaban las historias? ¿Por qué le contaba mis asuntos?

Seguimos hablando. Todavía un poco acerca de los libros y después de deporte. Él jamás hubiera adivinado la cuestión del boxeo —dijo—, yo no daba la imagen y, además, ni siquiera tenía la nariz rota. Él, en cambio, jugaba al tenis, y bastante bien, por cierto. Sólo que en la cárcel no había canchas y puede que por eso su revés no estuviera ahora en su mejor momento. Ahora estaba más relajado y el comentario le salió con cierta soltura. Recordé que en nuestra primera reunión me había dicho que en la cárcel había vuelto a fumar, aunque yo jamás lo había visto encender un cigarrillo.

¿Cómo era posible?, le pregunté. No quería que yo me sintiera incómodo —contestó—, sabiendo que yo había dejado de fumar. Le dije que muchas gracias, pero que, a aquellas alturas, el humo ya no me molestaba. Casi nunca, pensé sin decirlo. Él asintió con la cabeza y después añadió que, de todos modos, seguiría sin fumar durante nuestras entrevistas. Lo prefería así.

Del humo pasamos a la música.

—Es una de las cosas que más echo de menos, la música.

—¿Quiere decir escucharla o tocarla?

Él sonrió, encogiéndose ligeramente de hombros.

—No, no. Escucharla. Me hubiera gustado mucho saber tocar, pero jamás lo intenté. Hay tantas cosas que jamás he intentado, pero, bueno, dejémoslo correr. No, me gusta escucharla. Me gusta el jazz.

—¿Qué jazz le gusta?

—¿A usted también le gusta la música?

—Un poco. Escucho mucha, aunque no siempre estoy seguro de entenderla.

—Me gusta todo el jazz, pero aquí en la cárcel echo de menos sobre todo ciertas piezas clásicas que ya escuchaba de chico.

¿Quieres decir cuando hacías de mamporrero fascista y pintabas cruces gamadas por las paredes? Pero ¿es que no sabías que el jazz es la música de los negros? ¿Y eso cómo lo combinamos con lo de la raza elegida y todas las demás chorradas?

—Mi padre era un gran aficionado al jazz y tenía una colección increíble de discos antiguos. Incluso grabaciones muy raras de los años cincuenta. Ahora son mías y todavía tengo un tocadiscos auténtico para oírlas.

Debía de ser en una de las habitaciones donde yo no había entrado, pensé mientras me volvía dolorosamente a la nariz el perfume de aquella casa.

—¿Tiene alguna composición preferida?

Volvió a sonreír con la mirada perdida en la distancia, asintiendo con la cabeza.

—Sí, la tengo. On the sunny side of the street. Si salgo de aquí, una de las primeras cosas que haré será irme a escuchar una vieja grabación radiofónica de esta pieza. Satchmo, tocando y cantando en los estudios de la RAI de Florencia en 1952, creo. Pienso en aquella pieza con los crujidos de tantos años atrás y siento escalofríos.

Con un suave silbido perfectamente modulado, entonó On the sunny side of the street y, por un instante, se olvidó de mí y de todo mientras llenaba de notas aquella sala mísera y silenciosa. Y mientras las preguntas rebotaban en mi cabeza como bolas de billar.

¿Quién coño eres tú? ¿De veras estabas allí cuando aquel chico murió a navajazos? ¿Y sigues siendo fascista? ¿Cómo es posible que fueras fascista y te gustara el jazz? ¿Cómo es posible que te gusten los libros? ¿Quién eres?

La música se desvaneció sin que yo me diera cuenta, lo mismo que mis pensamientos y mis preguntas sin respuesta. Algunas de mis certezas ya se habían disipado hacía un rato.

Paolicelli me dijo que me fuera, que ya había abusado demasiado de mi amabilidad y que me agradecía mucho que hubiera hablado con él. Le había gustado mucho.

Le contesté que a mí también me había gustado.

Y no mentía.

—Bueno, pues nos vemos mañana en la sala.

—Hasta mañana. Y gracias. Por todo.

Ya, por todo.