27
Fui a ver a Paolicelli la víspera de la vista. Cuando entró en el locutorio, observé que su aspecto era particularmente abatido.
—He venido para poner a punto los detalles. Y, en primer lugar, para decidir definitivamente lo que vamos a hacer. Hasta mañana por la mañana, todavía estamos a tiempo para un acuerdo sobre la pena que aplicar.
—Estoy haciendo una chorrada, ¿verdad? Tendría que pactar y limitar los daños, ¿es así? Me caerá encima una confirmación de la condena y saldré cualquiera sabe cuándo.
—Bueno, no es así exactamente. Pero, claro, la situación es la que ya hemos comentado varias veces. Con el acuerdo, usted saldrá dentro de unos cuantos años, por lo menos en libertad vigilada.
—En las últimas semanas estaba deseando que llegara el momento del juicio y me parecía que no tenía ninguna duda. Ahora no sé qué hacer y me muero de miedo. ¿Qué tengo que hacer?
Pues mira, lo siento, pero comprenderás que no puedo ser yo quien te lo diga. Yo soy un profesional, tengo que exponerte las alternativas desde un punto de vista técnico, pero con cierto distanciamiento. Tengo que plantearte las probabilidades de un resultado en comparación con las de otro. Pero después la elección la tienes que hacer tú. Yo no puedo asumir esta responsabilidad.
No dije nada de toda esta mierda. Permanecí sólo unos cuantos segundos en silencio antes de contestarle. Y, cuando hablé, me pareció que la voz y las palabras no eran mías.
—Yo digo: vamos a juicio. Si la droga no era suya (y yo le creo), no es justo que usted esté en la cárcel y lo tenemos que sacar, lo tenemos que intentar, utilizando todos los medios posibles. Si la droga era suya, éste es el último momento bueno para decírmelo. Yo no estoy aquí para juzgarle. Dígamelo, y mañana llegamos al mejor acuerdo posible acerca de la pena que aplicar.
El otro me miró a los ojos. Yo le devolví la mirada y me pareció que un brillo se encendía en los suyos.
—Vayamos a juicio.
Eso fue todo.
Le expliqué brevemente lo que ocurriría al día siguiente y le dije que el interrogatorio tendría lugar en la vista sucesiva. Después le pregunté si tenía alguna pregunta, pero, por suerte, no tenía ninguna. Así pues, me despedí de él —nos vemos mañana en el juzgado— y me fui.
Al salir de la cárcel, estaba a punto de volver a encender el móvil, pero lo pensé mejor. Mejor evitar cualquier riesgo, cualquier tentación, por lo menos aquella noche. Para lo que pudiera servir.