19

Acababa de llegar al despacho cuando Maria Teresa me pasó la llamada de Colaianni.

Sin demasiados preámbulos, me dijo que tenía que hablar conmigo, pero mejor personalmente.

Por regla general, después de una frase como aquella habría hecho un ingenioso comentario acerca de la obsesión de los magistrados por los controles telefónicos. Sin embargo, el matiz de su tono de voz me lo impidió. Así pues, me limité a preguntar qué teníamos que hacer para hablar en persona, pues él se encontraba en Roma y yo en Bari. Me dijo que en cuestión de dos días se tenía que trasladar a Foggia para interrogar a un recluso en la cárcel de aquella ciudad. Si yo me reunía con él allí, después del interrogatorio nos podríamos ver, tomar juntos un bocado y hablar. De acuerdo pues, hasta pasado mañana. Adiós, hasta pasado mañana.

Tras haber cortado la comunicación, me invadió una extraña euforia. Después de tantos años entregado a mi tarea de abogado defensor, percibí por primera vez lo que experimentaban los investigadores cuando una investigación daba resultado. Porque no cabía duda de que Colaianni me iba a facilitar cierta información acerca del abogado Macrì. Cierta información importante.

Experimenté el impulso de llamar a Natsu.

Hola, Natsu, quería decirte que hay novedades. ¿Qué novedades? Pues bueno, la verdad es que esto no lo sé, pero lo sabré pasado mañana en Foggia. Ah, por cierto, ¿qué haces esta noche?

Por suerte, mi verborrea mental fue interrumpida por Maria Teresa, la cual me anunció que habían llegado las señoras Pappalepore. Unas clientes nuevas. Habían llamado la víspera para concertar una cita. Dije que las hiciera pasar, pero, en cuanto las vi cruzar el umbral, empezó a parpadear frenéticamente en mi cabeza la señal luminosa de «problemas a la vista».

La más joven era una ex chica de unos cincuenta y tantos años con unas ridículas gafas de color rojo, ropa estilo años setenta, carmín de labios color cochinilla y cabello amarillo. La otra era una señora mayor con el mismo carmín y las mismas gafas de cristales tan gruesos como unos fondos de botella de Coca-Cola.

Las invité a pasar, la más joven ayudó a la anciana a sentarse y después se sentó ella también y me sonrió con una expresión inquietante.

—¿En qué las puedo servir? —dije con una afable sonrisa vagamente idiota.

—¿Quién es este joven? —preguntó la vieja como si yo no estuviera presente, mirando en dirección a la otra.

—Es el abogado, mamá. ¿Te acuerdas que hemos venido para presentar una denuncia?

—Pero ¿es el primo de Raffaele?

—No, mamá, el primo de Raffaele murió hace diez años.

—Ah...

Pareció tranquilizarse. Transcurrieron unos cuantos segundos de silencio y yo me empecé a preocupar.

—Bueno, pues...

La misma sonrisa idiota de antes.

—Abogado Guerrini, nosotras tenemos que presentar una denuncia por unos hechos muy graves.

Reprimí el impulso de hacer una inútil aclaración. La de que yo me apellidaba Guerrieri y no Guerrini.

—En nuestra comunidad de propietarios existe un complot.

Ah, qué bien, me encantan los complots. Hoy me hacían falta precisamente estas dos chaladas.

—¿Quién es este joven? —preguntó la vieja, ahora mirando decididamente hacia el vacío.

—El abogado Guerrini, mamá. Por lo de la denuncia, ¿comprendes?

—¿Está casado?

—No lo sé, mamá. Son asuntos suyos. ¿Quieres un caramelo?

La vieja dijo que sí y la joven se sacó del bolso una bolsita de pastelería. Sacó un caramelo de color de rosa, le quitó el papel y se lo dio a su madre acercándoselo a la boca. Después me preguntó si me apetecía uno.

Volví a sonreír con los labios tirantes y contesté que no, gracias.

—Se han producido unos hechos muy graves, abogado Guerrini. En nuestra comunidad de propietarios se han organizado para destruirnos. Es como una especie de... ¿cómo lo llaman ustedes?

Cómo lo llamábamos nosotros, ¿qué?

—... como una asociación mafiosa.

Ah, claro, una asociación mafiosa. Cómo es posible que no se me haya ocurrido.

—Cometen atentados contra nosotras todos los días y ahora hemos decidido presentar una denuncia.

—Pero ¿este joven es el hijo de Marietta?

—No, mamá, el hijo de Marietta está en Busto Arsizio. Éste es el abogado.

—¿Y de quién es hijo?

—No lo sé, mamá. Es el abogado y nosotras hemos venido para lo de la denuncia.

En aquel momento, la vieja decidió inesperadamente dirigirse a mí.

—Joven, pero ¿usted es el sobrino de la señora Marzulli?

—No, señora —contesté educadamente.

—Es el abogado, mamá. El sobrino de la señora Marzulli es enfermero.

—Abogado. Tan joven. ¿No será por casualidad el primo...

¿De Raffaele? No, señora, no soy el hijo de Marietta que parece ser que está en Busto Arsizio; no soy el sobrino de la señora Marzulli, enfermero, según me dicen; y tampoco el primo de Raffaele que, a lo mejor, era abogado y, por lo que me dicen, incluso ha muerto. También me gustaría poder librarme de ustedes y conseguir trabajar un poco, pero me doy cuenta de que es una perspectiva irreal.

Eso no lo dije. En realidad, no dije nada porque me di cuenta de que la vieja había empezado a oscilar lentamente hacia la izquierda, apoyándose en el brazo de la silla. Por un instante, me pareció que se estaba cayendo a causa de un colapso o cualquier otra cosa. Me imaginé todos los problemas logísticos que provocaría la retirada del cadáver y me dije que aquella no era mi tarde de suerte.

Pero la vieja no se estaba muriendo. Tras haber oscilado durante unos treinta segundos, con un movimiento casi hipnótico, se arregló la falda y volvió a quedarse inmóvil.

La otra entre tanto me seguía hablando de la asociación mafiosa que se había instalado en aquella comunidad de propietarios de via Pasubio.

Las acciones intimidatorias del grupo criminal consistían en tendido ilegal de colada, tenencia ilegal de equipos estereofónicos, actos inmorales del aparejador Fumarulo que vivía solo y se llevaba a mujeres a casa, incluso de noche. Una vez en que había coincidido con él en el ascensor, ella le había dicho que tenía que terminar con todas aquellas cosas. Y él, para llevarle la contraria, le había contestado que no le tocara los cojones. Ella había replicado que tuviera mucho cuidado con su manera de hablar y que presentaría una denuncia contra él y contra todos los demás.

—Y entonces decidimos mamá y yo presentar una denuncia contra toda la comunidad de propietarios. Y, además —eso lo dijo inclinándose un poco hacia mí a través del escritorio con aire taimado y cómplice—, el dinero de la indemnización nos lo repartiremos con usted, abogado.

Mi cerebro trabajaba frenéticamente en un afán de buscar una salida. Sin conseguir encontrarla. Entre tanto, la vieja se había despertado.

—Pero ¿usted es dentista?

—No, señora, no soy dentista.

—... porque tengo un absceso aquí... —y abrió la boca introduciéndose un dedo en ella para que yo viera el absceso y todo lo demás.

—No es el dentista, mamá. Es el abogado. ¿Quieres otro caramelo?

La cosa duró por lo menos otra media hora en cuyo transcurso la vieja me preguntó otras cuatro o cinco veces más si yo era el hijo de Marietta o el sobrino de la señora Marzulli. Y, sobre todo, si estaba casado.

Cuando me hacía esta última pregunta, le guiñaba astutamente el ojo a su hija.

Finalmente, se me ocurrió una idea genial.

Con mucho gusto les prepararía aquella denuncia, dije. Desde luego, era un escándalo lo que estaba ocurriendo en su comunidad de propietarios. Habría que intervenir cuanto antes, y lo haríamos. Sólo se tenía que cumplir un pequeño trámite. Para presentar una denuncia, era necesario entregar —me pregunté qué cantidad podría resultar verdaderamente disuasoria— digamos unos cinco mil euros. Por desgracia, era la ley, mentí. Le rogaba por tanto a la señora Pappalepore the young que me entregara aquellos cinco mil euros para seguir adelante. Sería mejor en efectivo, pero también iría bien un talón. Pero me los tenía que entregar enseguida.

La joven adoptó una actitud imprecisa. Por desgracia, no llevaba el talonario y, como es natural, no llevaba encima todo aquel dinero. Dije que me los tendría que llevar cuanto antes al día siguiente o, como máximo, al otro. Mientras lo decía, traté de adoptar una expresión de famélico embaucador. Un sujeto del que huir lo antes posible para jamás regresar.

—¿Concertamos una cita para mañana? —dije con avidez.

—Lo llamo yo mañana o pasado mañana.

Ahora estaba preocupada. Había acabado en manos de un indigno especulador y ella quería huir cuanto antes.

—De acuerdo, pero, sobre todo, no más tarde que pasado mañana.

Me aseguró que no sería más tarde que pasado mañana. Y ahora la tendría que perdonar pero se tenían que ir corriendo, entre otras cosas porque había que cambiarle el pañal a mamá.

Pues entonces, no quería entretenerlas. Buenas tardes. Buenas tardes también a usted, señora.

Y no, no soy el hijo de Marietta y tampoco el sobrino de la señora Marzulli.

Y, gracias a Dios, no soy el dentista.