12
Cuando terminé de preparar la vista de aquel juicio y sólo me quedaban algunos detalles por examinar, le dije a Maria Teresa que llamara a la señora Kawabata y le preguntara cuándo podría acudir al despacho, a ser posible aquella misma semana, porque necesitaba hablar con ella.
Oficialmente, porque tenía que oír su versión acerca de los últimos días de las vacaciones, la travesía en el ferry y todo lo demás.
Maria Teresa se asomó a la puerta de mi despacho a los pocos minutos. Tenía a la señora Kawabata al teléfono. Podía ir enseguida si a mí me parecía bien.
Fingí pensar unos segundos y después le dije que muy bien, que podíamos vernos ahora mismo.
Mientras Maria Teresa desaparecía al otro lado de la puerta, me introduje en el cuarto de baño. Traté con medios improvisados de eliminar de mi rostro los efectos de las horas dedicadas a los informes químicos y verbales de los grupos ecológicos. Me enjuagué, me cepillé el cabello, me di unos cuantos pellizcos en la cara para adquirir color y, tras una leve vacilación, me apliqué una pizca del perfume que guardaba en el despacho y que raras veces había utilizado. Nunca, en todo caso, tras la partida de Margherita.
Al salir del cuarto de baño, pensé que, como me hubiera pasado con el perfume, haría un papel de mierda. Si al entrar en mi despacho, ella aspirara un empalagoso olor de agencia de colocaciones para gigolós, lo comprendería, estaba seguro.
Traté infructuosamente de volver a ponerme a trabajar. Abrí y cerré dos veces un código de legislación sobre el medio ambiente; hojeé el expediente, al final puse un cedé y, antes incluso de que la música empezara a sonar, apagué el aparato. Pensé una vez más que Maria Teresa empezaría a sospechar; qué sé yo: a imaginar que yo había puesto la música para crear una atmósfera o cosa parecida.
Al final, me sosegué, me senté en el borde de mi sillón giratorio con los codos apoyados en el escritorio, la barbilla apoyada en las manos y la mirada clavada en la puerta.
Finalmente, oí el zumbido del portero automático. Entonces me di cuenta de que el escritorio estaba desordenado y traté de retirar unos cuantos papeles y amontonar unos libros. Cuando oí el timbre de la puerta, me volví a sentar, me pellizqué la cara y adopté una postura desenvuelta. Por así decirlo.
Cuando Maria Teresa se asomó a la puerta de mi despacho para anunciar la llegada de la señora —me pareció que acentuaba la palabra— Kawabata, yo ya me había transformado en una mediocre imitación del protagonista de Tócala otra vez, Sam. Lo único que no había hecho era diseminar por ahí unos cuantos libros de filosofía teórica, así, para dar la impresión de ser un intelectual.
Natsu entró y, detrás de ella, agarrada a su mano izquierda, una niña. Tenía la cara de mamá, con los mismos pómulos, la misma boca, el mismo color más de vietnamita que de japonesa. Y, en medio de aquella cara, los ojos azules de su padre.
Era preciosa.
En el mismo momento en que la vi, experimenté una punzada de añoranza. Aguda e incomprensible.
—Ella es Anna Midori —dijo Natsu con una leve sonrisa en los labios. Por la cara que yo ponía, supongo. Después se volvió hacia la niña—: y él es...
Dudó por un instante.
—... Guido, soy Guido —dije mientras rodeaba el escritorio en un intento de esbozar una sonrisa del tipo: ya sé yo cómo hay que tratar a estas pequeñas criaturas adorables.
Un perfecto idiota.
Anna Midori me tendió la mano con una expresión muy seria, mirándome a la cara con aquellos increíbles ojos azules.
—¿Cuántos años tienes? —le pregunté con su mano todavía en la mía.
—Seis. ¿Y tú?
Por un instante, sentí la tentación de quitarme unos cuantos años.
—Cuarenta y dos.
Siguieron unos cuantos segundos de embarazoso silencio.
Natsu fue la primera en hablar.
—¿Cree que podríamos dejar unos minutos a Anna con su secretaria?
Creía que sí. Llamé a Maria Teresa y le pregunté si le apetecía pasarse un ratito con aquella niña tan guapa.
Aquella niña tan guapa. ¡Pero qué coño de manera de hablar! Hice ademán de presentarlas, pero Maria Teresa me interrumpió.
—Ah, pero si Anna y yo ya nos conocemos. Nos hemos presentado ahora mismo, ¿verdad, Anna? Anna Midori.
—Sí. Tenemos los ojos iguales.
Era verdad. Maria Teresa no era una chica muy guapa, pero tenía unos ojos extraordinarios. Azules como los de Anna Midori. Y los de Fabio Paolicelli.
—Vamos para allá, Anna. Te voy a enseñar un juego en mi ordenador.
La niña se volvió hacia su madre, la cual asintió con la cabeza. Maria Teresa le dio la mano y ambas se retiraron.
—¿De verdad tiene cuarenta y dos años?
—Sí, ¿por qué?
—No... no lo parece.
Reprimí el impulso de preguntarle cuántos años aparentaba y la invité a sentarse. Rodeé una vez más el escritorio y regresé a mi sitio.
—La niña... es preciosa. Jamás he visto una niña tan guapa.
Natsu sonrió.
—¿Usted tiene hijos?
La pregunta me pilló desprevenido.
—No.
—¿No está casado?
—Bueno, la historia es un poco larga y...
—Perdone, perdone. Siempre hago preguntas de más. Siempre he tenido este vicio.
No, no digas eso, no importa. Si quieres, te cuento mi historia. Es más, me encantaría contarte mi historia y oír la tuya, en lugar de hablar de trabajo y, por consiguiente, de tu marido.
Mierda, ¿en qué lío me estaba metiendo?
Meneé amablemente la cabeza. No hay problema, en serio.
—Estamos tratando de averiguar quién y cómo introdujo la droga en el coche de ustedes. Es fácil imaginar que los hechos ocurrieron cuando el automóvil se encontraba en el aparcamiento del hotel. ¿Usted recuerda quién era el conserje que estaba de servicio la última noche?
No lo recordaba. Estaba distraída y no prestaba demasiada atención a las personas.
Estupendo, la ayuda ideal para nuestras investigaciones.
—Aparte del conserje, ¿observó usted algo especial durante la estancia y durante el viaje de regreso? ¿Vio a bordo del ferry a alguien a quien ya había visto durante sus vacaciones, en su mismo hotel?
No había observado nada. Ni siquiera había prestado atención a aquel hombre que estaba en su hotel y que había viajado en el mismo ferry en la travesía de regreso. Me dijo que su marido, cuando le comentó la conversación que había mantenido conmigo, ya le había hablado de aquel sujeto y le había preguntado si lo recordaba.
Pero ella no lo recordaba, probablemente porque no lo había visto. Insistí un poco en el tema, le pedí que aportara algún detalle, si podía. Incluso detalles que le parecieran insignificantes y que, sin embargo, quizá nos pudieran ser muy útiles. Me parecía que un investigador tenía que actuar de aquella manera. En realidad, no tenía idea de lo que estaba haciendo y, fundamentalmente, estaba imitando a algún personaje indefinido de cine negro.
Al final, me rendí. Pero le dije que siguiera pensando en ello de todos modos, incluso más tarde. Si le viniera a la mente aunque sólo fuera el famoso detalle en apariencia insignificante, debía llamarme.
Fue mientras se lo decía cuando experimenté una fulminante sensación de inutilidad. Mezclada con vergüenza. Aquella especie de investigación era una tontería. Jamás conseguiría descubrir nada, sólo estaba intentando impresionar a Natsu y dando lugar a que tanto ella como aquel hijo de puta de su marido se hicieran injustamente ilusiones.
Me dije que mi obligación era acabar cuanto antes con aquella payasada. Esperaría el resultado de las averiguaciones de Colaianni relacionadas con Macrì, y de Tancredi sobre la cuestión de la lista de pasajeros y después, al ver que no obtenía ningún resultado, hablaría con los Paolicelli y les diría que, por desgracia, el acuerdo era inevitable.
Les diría que comprendía la dificultad de aceptar semejante solución, pero que, por desgracia, tendríamos que ser realistas. Con aquellas pruebas, sin ningún elemento favorable y sin nada a lo que agarrarse para invocar la duda razonable, el hecho de renunciar al acuerdo para afrontar un normal juicio de alzada, sería una locura. Era necesario limitar los daños.
Me levanté y ella también lo hizo tras vacilar un instante.
—A lo mejor le gustaría probar mis guisos.
—¿Cómo dice?
—Porque mañana por la noche se inaugura una exposición. —Mientras hablaba, se sacó del bolso un tarjeta de áspera cartulina blanca—. Hay una recepción y yo me encargo de las viandas. Todo comida japonesa con alguna variante de mi propia cosecha.
Me ofreció la tarjetita.
—Si le apetece, eso es una invitación para dos personas. Puede ir con su novia, una amiga o con quien usted quiera. La velada empieza a las nueve de la noche. Creo que será divertido, se hace en un garaje transformado en espacio para exposiciones.
Le di las gracias. Eché un vistazo a la tarjetita y vi que jamás había oído nombrar ni al artista —cosa normal, por otra parte— ni la calle. Y eso ya no era tan normal, tratándose de una dirección de Bari.
Dije que haría todo lo posible por asistir a aquella inauguración, si lograba librarme de un compromiso anterior.
Como es natural, no tenía ningún compromiso anterior y había contestado de aquella manera sólo para darme importancia. Quede bien claro que llevo una turbulenta vida mundana. No soy en modo alguno un desgraciado que se pasa las veladas en su despacho leyendo expedientes, en el gimnasio recibiendo puñetazos o, como mucho, solo en el cine tratando de no pensar en la novia que se ha ido.
Punzada. Negativo fotográfico de Margherita. Disolvencia.
Ahora Natsu se tenía que ir sin falta. Aceleró un poco los movimientos como alguien que se siente incómodo y se quiere ir para librarse de la sensación de incomodidad.
Nos estrechamos la mano, le abrí la puerta, y vi a la niña sentada entre los brazos de Maria Teresa delante del ordenador que emitía unos extraños gorgoteos y ruidos como de chapuzones.
La niña preguntó cuándo podría volver a jugar a bubbles and splashes. Maria Teresa le dijo que podría volver cuando quisiera y la niña le dio un beso antes de saltar al suelo y reunirse con su mamá. Antes de marcharse me saludó también a mí con la mano.
—Muy guapa la niña, ¿eh? —dije cuando se fueron.
—¿Guapa? Es una maravilla increíble —contestó Maria Teresa.
—Pues sí, es muy guapa —dije entrando de nuevo en mi despacho. Con aire distraído.
Fui a sentarme en mi sillón y allí me quedé por lo menos cinco minutos sin hacer ni decir nada.
Cuando me desperté, tomé el callejero para buscar aquella dirección.