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La semana del aplazamiento pasó muy rápida, sin que yo me diera cuenta.
La víspera de la vista, mientras repasaba los documentos y trataba de redactar un esquema de lo que pensaba decir en el debate, un pensamiento ajeno e incongruente se materializó en mi cabeza.
Pensé que el resorte de mi tiempo ya había sido empujado hasta el límite de la resistencia y ahora ya estaba preparado para que finalmente lo soltaran. Y para lanzarme a mí cualquiera sabía adónde.
Me pregunté qué significaría aquella imagen que había surgido sin una razón y de una manera tan viva, repentina y enigmática en mi cabeza, y no conseguí hallar una respuesta.
Por la tarde, hacia las ocho, Natsu se presentó en el bufete. Sólo una escapada para saludarme y saber cómo iba la preparación para el día siguiente, dijo.
—Te veo cansado. Tienes la cara desmejorada.
—¿Quieres decir que estoy menos guapo que de costumbre?
Un mediocre intento de hacerme el gracioso. Ella contestó hablando en serio.
—Así estás todavía más guapo.
Estaba a punto de añadir algo más, pero después decidió que mejor no.
—¿Tienes que trabajar todavía mucho rato?
—Creo que sí. Estamos caminando sobre la cuerda floja y el problema es seleccionar entre las distintas cosas que se podrían decir, los razonamientos más apropiados. Los que podrían surtir efecto en los jueces. En un juicio como éste no está claro cuáles pueden ser estos razonamientos.
—¿Cuántas posibilidades hay de una absolución?
Vaya por Dios, justo la pregunta que faltaba, a pocas horas del maldito debate mientras mi cabeza estaba creando unas imágenes incomprensibles y ligeramente inquietantes.
Hay juicios en los que sabes con toda seguridad que el cliente será condenado y sólo trabajas para limitar los daños. Hay otros en los que sabes con toda seguridad que será absuelto, independientemente de tu trabajo e independientemente de la existencia misma de un abogado. En estos juicios trabajas tan sólo para hacerle creer al cliente que la absolución depende de una extraordinaria habilidad y para justificar los honorarios.
En todos los demás casos, es mejor, mucho mejor, no arriesgarse a hacer pronósticos.
—Es difícil contestar. Está claro que no salimos favoritos.
—¿Sesenta cuarenta? ¿Setenta treinta?
Digamos noventa diez. En la más optimista de las previsiones.
—Sí, yo diría que setenta treinta es una aproximación realista.
Puede que me creyera y puede que no. Por su rostro no era posible adivinarlo.
—¿Puedo fumar?
—Sí. Pero, cuando te vayas, dile a Maria Teresa que has sido tú. Por el olor, ¿sabes? Desde que dejé de fumar, me controla como un oficial del Ejército de Salvación.
Esbozó una sonrisa. Después encendió un cigarrillo y lo fumó hasta la mitad, antes de volver a hablar.
—Muchas veces me sorprendo pensando en cómo habría podido ser lo nuestro. En otras circunstancias.
No dije nada, traté de mantener un rostro inexpresivo. No sé si lo conseguí, pero no cabe duda de que fue un esfuerzo inútil porque ella no me estaba mirando. Miraba desde algo de su interior y más allá de aquella estancia.
—Y pienso a menudo en aquella noche en que viniste a casa. Cuando Midori tenía pesadillas y tú le tomaste la mano. Es extraño, ¿sabes? Cuando pienso en ti me vuelve a la mente sobre todo aquella noche. Mucho más que las veces en que hemos estado juntos en tu casa.
Bueno, pues estupendo. Gracias por la aclaración. Mi orgullo masculino sale fortalecido.
No lo dije de esta manera.
Contesté que a mí me ocurría algo parecido y que, aparte aquella noche, pensaba muy a menudo en aquel domingo por la mañana en el parque. Ella asintió con la cabeza, como si yo le hubiera dicho algo que ya sabía. Una cosa a la que ninguno de los dos podía añadir nada más.
—Tengo que hacerte otra pregunta, Guido, y tú me tienes que decir la verdad.
Le dije que me la hiciera y entretanto me vino a la memoria, de manera totalmente independiente de mi voluntad, una cosa que había leído años atrás en un libro acerca de las paradojas.
La palabra que surge del anagrama del término italiano la verità, la verdad, es «relativa».
La verdad-relativa.
—¿Fabio es inocente? Con independencia del juicio, los documentos, tus investigaciones, la defensa. Quiero saber si tú estás convencido de su inocencia. Quiero saber si me ha dicho la verdad.
No, eso no me lo puedes preguntar. No puedo contestar a esta pregunta. No lo sé. Probablemente ha dicho la verdad, pero yo no puedo descartar con seguridad que estuviera de acuerdo con Romanazzi, con Macrì y quién sabe con qué otros traficantes. Ni siquiera puedo descartar que, es un decir, haya hecho cosas todavía peores en su lejano pasado de joven fascista.
Habría tenido que contestarle así y que no entraba dentro de mis obligaciones como abogado descubrir si un cliente decía la verdad. Pero había otras cosas que yo había hecho y que tampoco entraban dentro de mis obligaciones como abogado.
—Te ha dicho la verdad.
En aquel preciso instante vi que nuestras trayectorias, que habían seguido un curso paralelo durante aquel breve período, se separaban en dos direcciones distintas hacia unos puntos cada vez más lejanos del espacio. Transcurrieron varios minutos sin que ninguno de los dos dijera una sola palabra. Puede que ella también hubiera tenido una percepción similar a la mía o puede que sólo pensara en la respuesta que yo le había dado.
—¿Pues entonces nos vemos mañana en la sala?
—Sí —contesté.
Mañana en la sala. Repetí en voz alta en cuanto me quedé solo.