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Me parece que el taxi va demasiado lento. No paro de insistir al hombre para que conduzca más rápido.

—Oiga, que por aquí no puedo ir a mucha velocidad. ¿Quiere que nos multen? –dice con voz ronca.

Eric se encuentra sentado a mi lado. He apreciado que en un par de ocasiones ha querido darme la mano, pero después de pensarlo la ha apartado. Yo no me atrevo ni a moverme un centímetro. Me he pegado a la puerta y no hay manera de sacarme de ahí. Él está en la otra punta, también muy tieso.

Mi mente trata de darle vueltas a todo lo que ha ocurrido en apenas una hora. Pero no da abasto. Va a sufrir un cortocircuito de un momento a otro. Me duele el pecho tanto que parece que vaya a explotar. El nudo en la garganta no desaparece porque ni siquiera me salen las lágrimas.

Cuando me quiero dar cuenta, el taxista está girado hacia mí, hablándome con mala cara.

—Yo le pagaré –interviene Eric en ese momento.

Yo niego con la cabeza, apoyo una mano en su brazo y se lo aparto. Saco mi monedero y me quedo mirando al hombre para que me diga el precio.

—Veinte euros, chica.

Saco el billete y se lo entrego. Sin esperar un segundo más, abro la puerta y me lanzo a la carrera. Cuando estoy a punto de entrar en la estación, recuerdo que no he cogido la maleta del taxi. Por suerte, Eric está mucho más atento que yo y viene con la suya y con la mía. Se ha empeñado en acompañarme a Valencia. También está preocupado por Abel. He llamado a Marcos y a Cyn un par de veces, pero tienen el móvil apagado. Quizá estén en consulta o quién sabe. Pero yo necesito saber cómo está. Marcos tan sólo me ha dicho que no lo habían visto todavía, así que no estaban seguros de su estado. Y ni siquiera les he preguntado por el hospital.

Corro hacia la ventanilla en la que hay una mujer con rostro somnoliento. Me detengo con la respiración agitada y ella se me queda mirando un tanto confundida.

—¿Sí?

Hurgo en mi bolso con nerviosismo. Saco el billete de tren y lo pongo encima del mostrador. Eric está a mi espalda sin decir ni mu.

—Por favor, necesito cambiarlo. Tengo la salida para mañana, pero quiero coger un tren ahora.

La mujer me observa con hastío. Yo le devuelvo una mirada suplicante. Coge el billete y le echa un vistazo.

—Tendrá que pagar un extra por el cambio.

—No importa. Lo que sea –respondo con impaciencia.

Se pone a teclear ante el ordenador. La pantalla le ilumina el rostro. Suelta un bostezo y a continuación se gira hacia mí:

—No quedan plazas.

—¿Qué? –pregunto, con los ojos muy abiertos y el estómago ardiendo–. Pero necesito salir en el próximo tren…

—El próximo será el de las nueve y cinco de la mañana –Ella me mira con impaciencia.

—¡No puedo esperar tanto! –grito, pensando en que quizá cuando llegue Abel ya esté muerto. ¡No, no! ¿Cómo se me ocurre imaginar eso? ¡Por nada del mundo le va a pasar eso!

—Por favor, no me grite que no soy sorda… –se queja ella, mostrándose un poco enfadada.

Las lágrimas se me empiezan a saltar. Son las tres de la madrugada. No puedo aguantar aquí en Madrid durante seis horas sin saber cómo está Abel. Sin poder tocar su mano. ¿Y si no lo vuelvo a ver? ¿Y si no puedo despedirme de él después de la discusión que hemos tenido? Jamás podría volver a vivir de la misma forma. Es más, no sé si podría vivir sin él.

—Sara –interviene Eric en ese momento. En realidad se lo agradezco, porque así me saca de todos estos pensamientos terribles–. Aunque cogiésemos el tren ahora, tampoco sabemos en qué hospital están. Y el móvil de Marcos continúa apagado.

—¡Pues vayamos al aeropuerto por un vuelo! –chillo, girándome hacia él.

—Sara, Sara, tranquila, por favor. –Me aparta con suavidad y se dirige a la mujer de la ventanilla–. ¿Seguro que no hay ni una plaza en un tren anterior? Yo puedo quedarme, pero ella…

La trabajadora de RENFE niega con cara de bulldog. En un arrebato, me entran ganas de contarle toda la historia y gritarle a su feo rostro que si llego cuando mi novio haya muerto, ella será la culpable y la perseguiré toda la vida para hacerla infeliz. Pero consigo contenerme al reflejarme en la cálida mirada de Eric.

—Entonces denos dos billetes para el tren de las nueve –le pide a la mujer.

Yo le tiendo mi dinero con manos temblorosas, a lo que él hace un gesto de rechazo. Insisto, ya que no quiero que me vuelva a pagar nada, mucho menos después de lo que ha sucedido hace un rato.

Una vez hemos pagado y la mujer nos entrega los billetes, me dirijo a las sillas. Necesito tomar asiento o me caeré. Estoy muy mareada y a punto de explotar. Mis lágrimas van a salir en torrente de un momento a otro. Eric me acompaña en silencio a mi espalda, y una vez me he sentado, se planta ante mí y me dice:

—¿Puedo dejarte sola unos minutos?

Asiento con la cabeza.

—Voy a ir a comprar un café para mí y algo que pueda relajarte para ti, ¿de acuerdo?

Inclino la cabeza una vez más. Él se queda observándome unos segundos hasta que por fin me deja sola. Aprovecho para sacar el móvil, dispuesta a intentar comunicarme con Marcos o Cyn. Me tiemblan tanto las manos, que se me cae al suelo.

—¡Mierda! –exclamo.

Un señor con barba que está durmiendo enfrente de mí da un brinco y abre los ojos para observarme con una mezcla de susto y curiosidad. Yo le señalo el móvil y le pido disculpas con la mano. Él asiente con la cabeza y se vuelve a quedar dormido antes de que yo haya recogido el teléfono.

Se ha apagado con el golpe. Intento encenderlo una y otra vez, pero no hay manera. Suelto un sollozo de frustración. Miro a un lado y a otro buscando a Eric. Hay una cafetería al fondo a la derecha, así que supongo que ha ido allí. Tarda mucho. O es que a mí se me hace eterno cada minuto. Las piernas se me empiezan a mover como si tuviesen vida propia. Me como las uñas. Y por fin lo veo salir con dos vasitos en las manos. Lo espero con impaciencia.

—Sólo tenían manzanilla –me dice cuando llega a mi altura–. Pero te irá mejor que un té o un café. –Me tiende el vaso de plástico.

Yo lo cojo y me caliento las manos. Le doy un sorbo y arrugo la nariz a causa del sabor. Nunca me han gustado las hierbas, pero es verdad que ahora tengo el estómago como si me hubiesen dado cientos de patadas. Dejo el vasito en el asiento de al lado y le muestro el móvil a Eric, el cual me mira sin comprender.

—Se me ha caído y no se enciende.

Me lo quita de las manos y trastea con él. Lo abre, extrae la SIM, sopla en ella, también en la batería. Pero el teléfono sigue sin dar señales de vida.

—Por favor, llama a Marcos –le suplico, cogiéndolo de la muñeca.

Él se muerde los labios y se queda pensativo. Segundos después se saca el móvil del bolsillo y busca el número en la agenda. Pone el altavoz y el estómago se me contrae en cuanto sale el buzón de voz.

—¿Pero qué pasa? –grito, desesperada.

El hombre de la barba se despierta otra vez y me mira enfadado. Yo me encojo y me disculpo, pero al final él agarra sus bártulos, se levanta, y nos deja allí solos.

—Llama a Cyn. –Pero sin esperar su respuesta, le cojo el aparato y telefoneo a mi amiga. Ni siquiera da señal. Lo único que se me ocurre pensar es que todos han sufrido un accidente, ¡que todos han muerto! Se me escapa un gemido.

—Sara –me llama Eric, al que hago omiso. Me coge de la barbilla y me obliga a mirarlo–. No puedes hacer nada más que esperar. Lo sabes, ¿verdad?

—Tengo miedo –le confieso.

—Lo sé –asiente con la cabeza. Me suelta la barbilla y añade–. Yo también. Recuerda que es mi amigo. –Y no sé bien por qué, le tiembla la voz al pronunciar esa palabra.

Me recuesto en el asiento sin poder pensar en otra cosa que en mi fotógrafo. En las últimas palabras que me ha gritado antes de marcharme. ¿Entonces se refería a eso? ¿No ha sido un accidente? ¿Acaso lo ha forzado él? Me echo a llorar sin poder evitarlo. Eric se inclina sobre mí, supongo que para calmarme en sus brazos, pero al final se lo piensa mejor y tan sólo apoya su mano en mi hombro y me lo frota.

—Todo va a ir bien, Sara.

—Quiero hablar con Marcos o con Cyn –digo entre hipidos.

—Lo sé, pero ahora debes tener más paciencia que nunca. –Me acaricia la espalda.

Sé que no está bien, después de lo que ha ocurrido, pero mi cabeza y mi cuerpo no dan para más. Apoyo la mejilla contra su pecho. Él ni siquiera me toca, se queda muy quieto, tenso, incómodo. Pero no quiero apartarme porque necesito su calor humano. Me noto tan fría por dentro.

—Ha sido mi culpa, Eric –murmuro, secándome las lágrimas.

—¿Por qué dices eso?

Levanto la cabeza y lo miro con solemnidad. Él fuerza una sonrisa.

—Vine aquí a sabiendas de que él no quería. Estaba muy enfadado y no entiendo por qué. Primero pensé que eran celos, pero ahora no estoy segura de nada.

—A veces es difícil comprender a Abel –reconoce, mirando al frente–. Me costó muchísimo convertirme en su amigo y que confiara en mí. Es así de cerrado porque tiene miedo a sufrir tanto como antes.

—Lo sé, pero estoy ahí para ayudarlo –digo con la cabeza apoyada en su pecho una vez más–. No entiendo por qué no se da cuenta.

—También es testarudo. –Noto cierta nostalgia en su tono.

Siento que la manzanilla me está empezando a hacer efecto. Me froto los ojos con tal de mantenerme despierta, pero el cansancio que arrastro de todo el día y el que me ha entrado a causa del llanto, me están llevando hacia el sueño. Eric continúa tan callado como antes. Tengo ya los ojos cerrados cuando noto que su corazón se está acelerando. Acerca una mano a mi cabello y lo roza.

—Sara…

—¿Mmmm?

—Abel y tú sois mis amigos –dice.

—Sí… –murmuro, a punto de quedarme dormida.

—Yo nunca…

—No pasa nada, Eric. Todos nos equivocamos… –lanzo un suspiro.

Su corazón se acelera aún más. Su pecho se alza, y al mismo tiempo mi cabeza. Si no estuviera tan cansada, intentaría calmarlo, pero ahora mismo lo único que quiero es dormir un poco y olvidarme del accidente al menos hasta que salga el tren.

—No, es que…

No escucho nada más. Me he perdido en un sueño oscuro.

Me despierto sobresaltada. Estoy empapada en sudor y, sin embargo, tengo frío. Al principio no alcanzo a comprender dónde me encuentro, hasta que por fin recuerdo que estoy en la estación de tren. Eric da cabezadas a mi lado. Le quito el vasito vacío y me levanto para llevarlo a la papelera. Echo un vistazo a la pantalla de los trenes: el nuestro saldrá en media hora. Me fijo en que ya hay gente haciendo cola para subir, así que regreso adonde está Eric y le froto con suavidad el brazo. Abre los ojos y parpadea un tanto confundido.

—El tren saldrá dentro de nada –le digo en un susurro.

Él asiente, se despereza y ambos nos dirigimos a la cola. Una vez en el tren ya no nos podemos volver a dormir. Mi cabeza no cesa de dar vueltas. Mi corazón palpita y se encoge ante los terribles pensamientos que me sacuden.

Me paso el viaje llamando a Marcos y a Cyn, pero no hay respuesta en ningún momento. Cuando estamos entrando en Valencia, intento comunicarme una vez más, y el teléfono de Marcos da señal, pero nadie lo coge. Se me pasa por la cabeza que están intentando ocultarme algo. Y yo necesito acudir al hospital en el que Abel se encuentra.

Eric me acompaña fuera de la estación. Ambos nos quedamos plantados sin saber qué hacer. Me mira con expresión interrogativa y yo le dedico un gesto nervioso.

—Vayamos primero al Peset –propongo.

Él asiente. Cruzamos el semáforo, pasando por delante de la plaza de toros. Por suerte, hay un par de taxis en la parada. Tenemos menos suerte con el tráfico, pues a estas horas Valencia ya empieza a estar llena. Cuando llegamos al hospital, a mí me parece que ha pasado un día entero. Me entran ganas de llorar porque en recepción me informan de que no hay ningún Abel Ruiz. Eric me mira en silencio; yo lo cojo de la mano y ambos corremos a otro taxi con las maletas detrás. El vestido se me enreda entre las piernas, pero hago caso omiso.

—A la Fe –le pido al taxista.

Otro día más que parece que dejamos atrás, a pesar de que tan sólo hemos tardado unos quince minutos. Atravieso las puertas a toda velocidad, y a punto estoy de chocarme con una anciana que se desplaza en silla de ruedas. Ella me regaña, y yo me disculpo, aunque sin detenerme. Me detengo en la recepción con la respiración agitada.

—Lo siento, señorita, pero no ha ingresado ningún Abel Ruiz –me dice la mujer que hay tras el mostrador.

Se me cae el alma a los pies. Meneo la cabeza de un lado a otro como si no me lo creyese. Insisto a la señora para que busque una vez más, y así lo hace, provocando que pierda la poca paciencia que me queda. Estoy tan cansada. No voy a poder ir a ningún lugar más. ¿Y si él ha…?

—Vamos, Sara. Tiene que estar en el Clínico. –Eric me agarra de la mano y me saca de allí. Yo me dejo arrastrar como si no tuviese voluntad.

Estamos buscando otro taxi cuando su teléfono empieza a sonar. Suelto un grito y se lo quito de las manos. Es Marcos.

—¿Eric?

—¡Soy Sara! –exclamo.

—Tienes el móvil apagado.

—Se me ha caído al suelo y no me funciona –le explico–. ¡No he podido contactar con vosotros en toda la noche!

—A Cyn se le acabó la batería y yo no sé por qué no tenía cobertura. Tendré que cambiar de compañía…

—¿Y Abel? –pregunto sin dejar que termine.

Él se queda en silencio unos segundos. El corazón se me detiene en ese breve lapso de tiempo hasta que dice:

—Está aquí con nosotros, en el estudio.

—¿Pero está bien? –pregunto a gritos.

—Tiene alguna contusión que otra. Pero ha pasado toda la noche en observación y no hay ningún daño interno.

—Voy ahora mismo. No os vayáis.

—¿Adónde quieres que nos vayamos? –dice, con una risita.

Cuelgo sin añadir nada más. Le entrego el móvil a Eric, el cual me escruta sin decir nada.

—Debo ir sola.

—Claro, Sara –responde en voz baja.

—En cuanto pueda, te llamamos para que vengas a verlo, ¿vale?

—No sé si es una buena idea. Al menos de momento.

Tras pensarlo unos segundos, llego a la conclusión de que tiene razón. Asiento con la cabeza y le doy un fuerte abrazo. Le agradezco que me haya acompañado durante toda la noche. Estoy a punto de subir en un taxi cuando recuerdo algo.

—¿Me querías decir algo en la estación? Me quedé dormida.

A él se le oscurece la mirada. Se muerde el labio inferior. Siento que duda, como si le ocurriese algo. Niega, inseguro. Como no quiero perder más tiempo, me encojo de hombros y me meto en el coche, despidiéndome con la mano.

Por el camino lloro una vez más, aunque esta vez de alegría, porque no le ha pasado nada a Abel. Porque continúa vivo. Pago al taxista y no espero ni siquiera a que me dé el cambio. Los segundos que Marcos tarda en abrirme se me hacen eternos. Cyn y él me esperan en la puerta una vez llego al rellano.

—Nosotros nos vamos –dice él, dedicándome una mirada seria–. No seas muy brusca –me pide.

Cyn me abraza con fuerza y me da un beso. A continuación, Marcos la coge de la cintura y ambos bajan las escaleras. Yo entro en el estudio y cierro la puerta. Atravieso el pasillo con lentitud. Tan sólo escucho el palpitar del pulso contra mi piel. Las luces me hieren en los ojos. Al entrar en su dormitorio, se me encoge el estómago. Está recostado en la cama, con un ojo morado, la nariz hinchada, y el brazo izquierdo escayolado. Alza la mirada y la clava en mí. Triste, dolorida… y arrepentida.

Me lanzo a sus brazos con un sollozo.

Tiéntame sin límites
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