
Me quedo observando la pantalla como una tonta. Al cabo de unos segundos, me doy cuenta de que estoy llorando. ¡De la rabia que me anda en el estómago! Ahora mismo no puedo entender nada. Me estoy mareando. ¿Qué es esto? ¿Por qué las fotos en las que posé para él están expuestas por Internet? ¡Unas fotos tan íntimas y las va a ver todo el mundo! ¿Cómo voy a acudir a la Universidad después de esto? ¿Y si las ve mi madre? No, no es posible, no sabe usar un ordenador. Pero ¿y si alguien se las enseña? «Mira lo que va haciendo tu hija por ahí», le dirán las vecinas chismosas. Ya puedo escuchar a mi madre llorando y gritando que me he perdido, como si fuese una fresca. ¡Pero no lo soy! ¡Sólo estaba posando para él! Era algo que compartimos los dos. Se supone que son una parte de mí. Me expuse a él, le mostré mi alma en esas fotos. ¡Y la ha vendido! ¡Me ha vendido a mí!
Así que era esto a lo que se refería cuando dijo que era un hombre con ases en la manga. No puedo dejar de llorar pensando que así me demuestra que no es alguien en quien confiar. Me he entregado toda, y él sólo se ha ocultado más y más, para después traicionarme. ¡Esto es un golpe muy bajo! Al menos me podría haber preguntado. ¿Es que no pinto nada en sus decisiones? ¡Soy yo la que sale medio desnuda en esas fotos!
Puedo imaginarme sus excusas: es arte, aquellos que te miren no pensarán en ti como una mujer en cueros, es belleza a través de una imagen, te daré la mitad del dinero, todas las modelos han posado alguna vez así, esto no es para ese tipo de hombres que tú imaginas. Suelto un grito furioso y salgo al escritorio para dejar de mirar las fotos. No obstante, dos minutos después abro la página de nuevo. ¡Joder, mira, pero si es que se me ven los pezones! ¿Y si Gutiérrez no me permite pertenecer a su equipo por esto? No, no, tranquila, él no se va a enterar de esto, que salga en Internet no quiere decir que todos me vean, tan sólo aquellos interesados en la fotografía. ¡Y espero que no sean muchos!
Me tapo la cara con las manos y me echo a llorar con más fuerza. Me siento ridícula. He confiado demasiado pronto en alguien que no es nada claro conmigo. En ese momento escucho unos pasos acercándose al comedor. Cuando levanto la vista, me encuentro a Abel con tan sólo unos pantalones sueltos y el pelo húmedo. Pero no siento nada. No puedo. Me mira con expresión asustada y, sin atreverse a acercarse, pregunta con cautela:
—Sara, ¿qué te pasa? ¿Estás bien?
Como un basilisco, doy un brinco y me planto ante él con los puños en alto. Le intento golpear en el pecho, pero me coge de las muñecas y me frena. Forcejeo un poco más, pero al final me canso y me derrumbo con un suspiro. Me suelta una mano para apartarme el cabello de la cara. Yo continúo con la cabeza gacha, observando sus pies desnudos. Una de mis lágrimas cae en uno de ellos.
—Mírame –me ordena.
Niego con la cabeza. Me coge de la barbilla e intenta levantarme el rostro sin resultados.
—¿Por qué no?
—Eres un traidor –murmuro.
—¿Qué? ¿Por qué dices eso, Sara?
En unos segundos se me acumula tanta furia que las mejillas me arden. Al fin levanto la cara y le espeto:
—¿Te ha venido bien el dinero?
Me mira confundido. Frunce el ceño y ladea la cabeza, interrogándome con sus ojos azules, que se le empiezan a oscurecer, esta vez de inquietud.
—¿De qué dinero hablas?
—¡Deja de fingir como si no lo supieras! –exclamo con los puños apretados. ¡Uf, cómo me gustaría cruzarle la cara para que quitara esa expresión de tonto!
—No, no lo sé. Así que deja de ser tan críptica y explícame lo que sucede.
Decido mostrárselo. Una imagen vale más que mil palabras. –Nunca mejor dicho–. Doy un par de zancadas y me coloco ante el ordenador, abriendo la página. En cuanto me veo con tan sólo las braguitas, me tengo que sentar porque se me doblan las piernas.
Abel se coloca a mi lado en silencio. Y así se queda unos minutos eternos. Yo lo miro, y lo miro, y lo vuelvo a mirar. Y no dice nada. ¡Se ha quedado sin palabras!
—¿Creías que no me iba a enterar? –le grito.
Me echa a un lado y coge el ratón para deslizarse por la página. Su expresión es de sorpresa. ¡Hala, ya ha vuelto el actorazo! Le he estado creyendo todos estos meses a pesar de lo mal que empezamos. He sido una ingenua al pensar que le interesaba realmente. No, tan sólo vive para su trabajo. No le importa pisotear a los demás o manejarlos a su antojo si al final consigue lo que quiere. En realidad es como Nina; son tal para cual. He estado muy loca al pensar que era yo la adecuada para él. He sido una tonta al creer que era mío.
—¿Es una broma? –Aparta los ojos de la pantalla y los clava en mí. Parece muy enfadado. Tanto, que le crujen los huesos de la mandíbula. Soy yo la que debería estarlo. ¡Y lo estoy, vaya que sí!
—¿Lo es para ti? –Le sostengo la mirada unos segundos, hasta que la aparta.
—¿Qué hacen tus fotos ahí?
—¡Eso es lo que tienes que decirme tú a mí!
No me lo puedo creer. Ahora quiere tergiversar la historia. Este se cree que puede darle la vuelta a la tortilla y quedarse tan ancho.
—Me has vendido, Abel. No sé por cuánto dinero, pero...
—No he hecho eso que dices –niega muy serio.
—¿Ah, no? ¿Y esto qué es? ¿Han aparecido mis fotos ahí por arte de magia?
—Esto tiene que ser un malentendido, de verdad. –Se acerca y me aparto de inmediato, con un gesto de asco. Me mira con los ojos muy abiertos–. Sara, ¿cómo puedes pensar que haría algo así? –Vuelve a mirar el ordenador y se le nubla la mirada. ¡Ahí está la prueba de su traición, en esos ojos oscuros!
—He sido una gilipollas –susurro, negando con tristeza. Las lágrimas se me vuelven a acumular. Al observarlo tan serio y preocupado, se me revuelve el estómago, acumulando rabia. Exploto–: ¡He confiado en ti, Abel! No sólo desnudé mi cuerpo, sino también mi corazón. –Ya me he ido al otro tema, pero es que no puedo remediarlo–. Lo he hecho desde el principio. Te acostaste conmigo y conseguiste lo que querías, luego continuaste yendo detrás de mí y también tuviste lo que deseabas. ¿Y qué me has dado tú, eh? ¿Cenas en restaurantes caros? ¿Habitaciones lujosas de hotel? ¿Qué es todo eso si después antepones tu trabajo, y uno que ni siquiera necesitabas, a esta relación que no lo parece? –Me quedo callada unos instantes, intentando recuperar la respiración.
Él no dice nada, tan sólo me observa sin parpadear, con la boca entreabierta.
—Sara, por favor. –Reacciona, dando un paso hacia delante. Automáticamente vuelvo a echarme hacia atrás y me tropiezo con la alfombra. Me coge del brazo para que no caiga. Su tacto se me antoja irreal, desconocido, a pesar de que anoche estuvimos haciendo el amor.
—¿Por favor qué?
—Lo otro no tiene nada que ver con esto. –Señala el ordenador con un dedo, sin dejar de mirarme–. He hecho cosas malas en la vida, no lo niego. Pero no soy un mentiroso. No tengo nada que ver con eso.
—¡Venga ya! –exclamo, dando vueltas por la habitación, totalmente desquiciada.
—Te lo juro. –Intenta detenerme, pero yo me muevo como un animal enjaulado–. ¿Por qué iba a vender esas fotos?
—¡Porque tu queridísima Nina te ha dado la espalda! –Me giro a él echando chispas por los ojos.
—¿Y qué? No la necesito.
Me limpio las lágrimas con los dedos.
—¿Crees que quiero que todo el mundo te vea así, Sara? Yo también estoy furioso.
—Ah, pero es arte, ¿no? –me mofo.
—¡Eres tú desnuda, y eso sólo tenía que ser para mí! –ruge. Me coge de la cintura con violencia y me arrima a él.
Realmente está muy cabreado, incluso respira con dificultad. Es demasiado buen actor. Eso, o está diciendo la verdad. No sé qué creer. Nadie más tenía las fotos excepto él, ¿no?
—¿Existe la posibilidad de que te las hayan robado?
—No expuse esas fotos en ningún lugar –niega, confundido–. No sé cómo ha podido pasar. No soy tan gilipollas como para mostrarlas.
Joder, no tengo que caer. Si él mismo dice que es imposible, entonces sólo hay un autor de los hechos. Y es él. Lo miro con tristeza. Intenta abrazarme, y yo me revuelvo en su pecho desnudo. El corazón le late muy rápido.
—Por favor, Sara, por favor. Tienes que creerme.
—¿Cómo voy a hacerlo si eres tan cerrado?
—¿Otra vez con eso? ¡Las fotos no tienen nada que ver!
—Llévame a casa –le pido, apartándolo de mí.
—Espera, espera –dice de repente, con la vista perdida a saber en qué lugar–. Llamaré, llamaré a la revista. Los conozco.
—Ya… –sonrío de forma amarga.
—No, no me refiero a eso. Es una revista para principiantes, ni siquiera tienen buenos contenidos.
Me encojo de hombros como demostrándole que toda esa información no me interesa.
—Voy a llamar. –Va en busca de su móvil y parece totalmente decidido. ¿Me estaré equivocando?–. Te demostraré que soy de fiar.
En cuestión de segundos vuelve con el teléfono en la mano. Se acerca a la pantalla del ordenador y busca el número de contacto de la revista. Me lo muestra a medida que lo marca. A continuación pone el manos libres para que yo también pueda escuchar. Me pide silencio. Un tono, dos tonos, tres. Alguien descuelga. El corazón me va a mil por hora.
—New Photography. –Se oye la voz extrañamente aguda de una chica.
—Soy Abel Ruiz.
Un segundo de silencio.
—¿El fotógrafo? –pregunta ella con nerviosismo.
—¿Me puede pasar con alguno de sus superiores, señorita…?
—Marta –responde de inmediato.
Hasta por teléfono las tiene a sus pies. Aunque lo entiendo, tiene una voz demasiado sensual.
—Marta, ¿me pasa con el director o directora de la revista?
—No se encuentra en estos momentos. –La voz de pito de la muchacha empieza a molestarme.
—De acuerdo –responde él con impaciencia–. ¿Y el redactor? ¿Alguien que esté a cargo de los contenidos?
—Espere un momento. Ahora le paso con Maribel.
La chica nos deja con una musiquita ambiental. Cruzo los brazos en el pecho, deseando que la espera no sea muy larga. Dos o tres minutos más tarde, otra voz de mujer, aunque más seria y adulta, dice:
—Maribel San Juan, encargada de contenidos. ¿En qué puedo ayudarle?
—Soy Abel Ruiz. –Vuelve a presentarse.
—¡Sí! Por fin puedo escuchar su voz. –Abel y yo nos miramos confundidos al escuchar esto–. Déjeme decirle que las fotos son fantásticas y que le agradecemos que haya confiado en nosotros para…
—Verá, precisamente llamo por las fotos. –Me mira con fijeza–. No sé cómo lo han hecho, pero ustedes han publicado uno de mis trabajos sin mi permiso.
La mujer se calla al otro lado de la línea. ¿Entonces era verdad?
—Señor Ruiz, ¿qué está diciendo? –Suena ofendida–. No somos muy célebres, pero robar fotos no entra en la política de nuestra empresa.
—¿Entonces cómo puede ser que tengan mi trabajo?
—Señor Ruiz, fue usted el que contactó con nosotros por correo electrónico y nos cedió los derechos –continúa ella, muy seria.
Yo lo miro con los ojos muy abiertos. Le insto a que se conecte a su correo. Se acerca y pone la dirección y contraseña.
—¿Puede esperar un minuto, señorita San Juan?
—Por supuesto.
Se mete en la bandeja de enviados. Hay un correo de hace un par de semanas que va dirigido a la revista. El corazón me vuelve a latir con fuerza. Cuando lo abre, el mundo se me cae encima.
Estimados:
Les remito mi nuevo trabajo con la intención de que lo usen en su revista. Me parece que hacen una labor estupenda y considero que este intercambio puede beneficiarnos a ambos.
A. R.
—¡Yo no he escrito eso! –exclama, lanzando el ratón al fondo de la mesa.
Lo miro disgustada, negando con la cabeza.
—Abel, por favor…
—Señorita San Juan –vuelve a dirigirse al teléfono–. Yo no he firmado ningún contrato. ¿Sabe que puedo demandarlos?
Otro silencio en la línea. La mujer carraspea y al fin contesta:
—No sé si usted es el verdadero señor Ruiz, si esto es una broma o si se está confundiendo, pero nos reenvió el contrato firmado.
Abel se lleva una mano a la cara y se la restriega con nerviosismo. Mira el ordenador, el teléfono, y a continuación a mí.
—No se han molestado en comprobar si era yo realmente –le dice a la mujer–. Les voy a demandar.
—Disculpe, señor Ruiz, es usted el que tiene problemas de…
No la deja terminar. Tras colgar, lanza el móvil contra el sofá y alarga los brazos para detenerme. Consigo escabullirme y voy directa a la habitación para recoger mis cosas. Me sigue; le escucho respirar.
—¿Qué haces?
—¿No lo ves? Me marcho.
—Ni hablar. –Me quita las camisetas que había cogido del armario–. No lo voy a permitir.
—¿Ah, no? ¿Y qué vas a hacer? ¿Me vas a atar a la cama? –Le planto cara.
Por un momento pienso que va a decir que sí, pero lo único que hace es mirarme con tristeza.
—Sara, ¿cómo es que no me crees? ¡Yo no he firmado ningún contrato! Me han jugado una mala pasada.
—Ya basta. –Termino de meter lo poco que había traído conmigo. Cojo la maleta y me dirijo al salón–. ¿Me llevas a Valencia?
—¡No! –Me coge del brazo con una inmensa fuerza–. Habíamos quedado en que pasarías aquí el verano y que haríamos un viaje.
—¿Crees que quiero después de lo ocurrido?
Una sombra que no puedo descifrar cruza por sus ojos. Al fin me suelta el brazo, pero no me deja pasar.
—¿Me vas a llevar o no?
Niega con la cabeza; las mandíbulas tan apretadas que se le marcan los huesos. Puedo ver cómo se le mueven a causa de la rabia.
—Bien, entonces llamaré a Eva.
Media hora después, mi amiga me hace una llamada perdida para avisarme de que ya ha llegado. Abel me sigue hasta la puerta. Quería mostrarme dura y enfadada, pero lo cierto es que tengo una bola de acero que me oprime demasiado el estómago.
—Sara… –Intenta darme la vuelta, pero una vez más me revuelvo. No quiero mirarlo; sé que lloraré. Su voz suena demasiado dolida, como aquella vez en que sentí que me mostraba un Abel diferente… Quizá se está dando cuenta de que la ha cagado, pero es demasiado tarde.
Abro la puerta. Su sombra se cierne sobre mí.
—Que te vaya bien, Abel. –Me despido. Y murmuro de forma amarga–: Espero que te aprovechen las fotos.
Salgo sin mirar atrás. Sé que él no se mueve de la entrada, que sigue cada uno de mis movimientos.
En cuanto entro al coche, me derrumbo y me echo a llorar una vez más.