
El último día de la campaña lo paso en la habitación de Abel. Ambos nos quedamos hasta bien entrada la tarde tumbados en la cama, abrazados, sin siquiera hablar. La inquietud no me abandona, pero no puedo separarme de él. A regañadientes bajamos para la última reunión con el equipo. Todos me aplauden al entrar en el bar y Thomas me abraza con lágrimas en los ojos.
—Honey, has sido una modelo magnífica. –Me mira con un brillo especial en los ojos–. Y creo que al jefazo de Pieces of Dreams le has encantado. Puede que dentro de poco recibas una llamada mía.
—No sé si quiero continuar con esto –respondo, con los hombros encogidos.
—¿Pero cómo que no? Tú lo vales, Sara. Te lo aseguro. –Me da un beso en la mejilla.
El resto del equipo también se despide de mí. Me da un poco de pena, aunque nos veremos en un mes. El acto de presentación de la campaña se celebrará el primer fin de semana de noviembre. Por suerte, no tendré que faltar a las primeras clases del máster.
Cuando estoy sacando las maletas de la habitación, aparece África. La miro sin saber qué decir. Ella tampoco, ni siquiera se atreve a mirarme. Al final, la tomo de una mano, la acerco a mí y la abrazo. Algo totalmente inusual en mí, ya que no suelo ser afectuosa con la gente que apenas conozco. Pero esta chica despierta en mí un instinto maternal. Hace que quiera protegerla. ¡Maldita sea! Es ese carácter mío de querer salvar a los demás.
—No sé si he hecho algo malo, Sara –dice con la barbilla apoyada en mi hombro. Es tan alta que tiene que arquear la espalda–. Abel me dijo que no me metiera donde no me llaman y que siente la cabeza de una vez. –Me mira con ojos llorosos–. Pero no recuerdo nada.
—No te preocupes. –Le acaricio la espalda. Esta chica es amable y buena. No es como Nina.
—Ya sabes mi problema, ¿no? –Esboza una triste sonrisa. Una lágrima se desliza por su mejilla.
Asiento con la cabeza. No sé qué responder. Tan sólo puedo mirarla e intentar comprenderla.
—Me gustaría no ser así. Pero este mundo es difícil. Si te descuidas, te despedazan con sus garras.
—A mí me gusta cómo eres, África. –Le doy un nuevo abrazo y ella me aprieta fuerte.
—Hubo un tiempo, hace bastante, en que estuve enamorada de Abel. –Suelta una risita mientras se seca las lágrimas–. ¿Pero quién no? Aunque volvió con Nina. Siempre regresaba a ella. Yo creo que ella fue la que le arrastró cada vez más a… –Se tapa la boca.
—Tranquila, si ya lo sé.
—¡Oh! –Se señala a sí misma y yo asiento con la cabeza. Suelta un suspiro. A continuación me agarra de las manos y las aprieta en un gesto cariñoso–. Tienes suerte, Sarita. Es un hombre increíble, ¿verdad?
—Sí –asiento con una enorme sonrisa, aunque el corazón me vuelve a latir desbocado.
—Me alegro de que esté contigo y no con esa… –suelta un bufido. Vaya, tampoco le cae nada bien Nina–. En fin, Sara, mucha suerte si decides seguir en este mundo.
—Si algún día necesitas algo… No dudes en llamarme, ¿vale?
Ella saca el móvil y me lo entrega. Anoto en él mi número de teléfono. Me da un beso en la mejilla y otro abrazo con el que casi me rompe los huesos. Mientras me alejo por el pasillo, siento que estoy feliz de haber conocido a una chica como África. La observo plantada ante la puerta de la habitación, tan hermosa y desvalida.
Antes de ir a la habitación de Abel, me paro en la de Rudy y Eric. Por suerte se encuentran los dos haciendo sus maletas. Mi compañero me abraza con fuerza, me da dos besos y sonríe.
—Espero trabajar contigo en el futuro.
Yo no respondo porque tengo que pensar sobre esto. ¿Lo podría compaginar con mi doctorado? No estoy segura. Eric no me da tregua, me coge en brazos y me da una vuelta por la habitación. ¿Por qué está tan feliz?
—A Thomas le ha encantado mi trabajo. Quiere que me una a otro de sus proyectos –me anuncia con una sonrisa.
—Eso es maravilloso. –Le sonrío. Me alegro de que las cosas le vuelvan a ir bien.
—Nos vemos en noviembre, ¿no? –Mira hacia atrás, pero Rudy se ha marchado a su alcoba para continuar con la maleta, así que estamos solos–. O quizá antes. –Me encojo de hombros–. Bueno, si vas a estar muy ocupada no pasa nada.
—No te preocupes, que te mandaré mensajes o te llamaré. –Le doy una palmadita en el brazo.
—Sí, hazlo. –Me mira con intensidad y yo doy un paso atrás porque he sentido un calambre al rozarme su mano–. Estos días han sido estupendos. Aunque hayas pasado tanto tiempo con Abel, te he tenido mucho más cerca.
Me quedo callada. El corazón se me ha desbocado. Miro sus ojos sin entender a qué viene todo eso. Hay algo en ellos tan familiar… ¿Acaso es el mismo sentimiento que vi en los de Abel la otra noche? Él parece que va a decir algo, pero antes de que pueda, cojo la maleta y corro a la puerta.
—Adiós, Eric. Hablamos. –Me despido y salgo de la habitación sin darme la vuelta. ¿Estoy haciendo algo mal? ¿Por qué siento que se comporta de forma extraña cada vez que estamos a solas?
No puedo creer que esto se vaya a convertir en un triángulo amoroso. Sólo existen en las películas románticas y en los libros para adolescentes. No en la vida real, ¿verdad? Nadie se enamora de la novia de su amigo, ¿no? Al menos yo nunca he tenido un caso cercano. Me va a tocar hablar con Cyn y preguntarle.
Abel me está esperando en la puerta de su habitación con una maleta pequeña. Me fijo en que su aspecto no es nada bueno. Está pálido y tiene unas profundas ojeras.
—¿Ocurre algo? –pregunto preocupada.
—Me habrá sentado mal alguna comida. –Se inclina para recoger mi maleta, pero entonces se tambalea.
—¡Abel! –exclamo, sosteniéndolo entre mis brazos.
Se lleva una mano a los ojos y se los frota. Me indica con un gesto que espere. Se apoya en la pared con la mirada perdida. Un par de minutos después esboza una sonrisa forzada.
—Tranquila, Sara. Estoy bien. –Alarga un brazo y me acaricia la barbilla. Yo lo abrazo, le doy un profundo beso.
Como sabe de mi reciente pánico a las alturas, hemos comprado billetes de barco. Pero en cuanto mi trasero toca el asiento, el estómago se me revuelve. Me paso todo el viaje vomitando. Abel no me puede acompañar al baño porque aún está mareado. Va a ser verdad que nos ha sentado mal algo. Al llegar a Valencia insiste en que nos quedemos en su casa, pero yo prefiero estar en mi piso con Cyn, así que él opta por ir a su estudio para mantenernos cerca.
Gutiérrez me ha enviado varios correos. Quiere que vaya al despacho todos los días hasta que empiece el máster. Cuando Abel se entera, se muestra nervioso y se ofrece a acompañarme. Insisto en que se quede en el estudio trabajando o simplemente descansando, pero se pone tan pesado que al final accedo para no volver a discutir.
—Te esperaré en aquella cafetería –dice cuando llegamos a la Facultad.
—Voy a estar toda la mañana aquí, Abel. –Le recuerdo.
—No importa. He traído mi portátil. –Se gira al asiento trasero, en el que descansa un maletín negro–. Yo también trabajaré.
Suelto un suspiro. Me coge de la nuca y atrae mi rostro al suyo para unirnos en un intenso beso.
—Te quiero, Sara.
Salgo flotando del coche. Aún me cuesta creer que me lo diga, que yo misma lo compruebe al reflejarme en sus ojos, al sentir sus abrazos y besos. Pero es real.
Como es de esperar, Patri también se encuentra en el despacho. Al entrar y sentarme en el escritorio que Gutiérrez me ha cedido, se dirige a mí con una falsa sonrisa porque él nos está mirando.
—¿Qué tal, Sara?
—Bien, gracias. –Saco los textos de trabajo sin mirarla.
Durante toda la mañana trabajo de forma ininterrumpida. Patri no me quita ojo de encima, así que al terminar la jornada yo he avanzado mucho y ella nada. Gutiérrez admira mis transcripciones y me explica que el resto del departamento está muy interesado en mis ideas. Después se gira a Patri y le dice:
—Tienes que esforzarte más. ¿No quieres la beca?
Ella pone cara de susto y agacha la cabeza. Cuando estoy saliendo, la alza y me dirige un gesto hosco. Pero ya no me da miedo, así que le dedico una sonrisa triunfal. «Hala, bonita, ya puedes tirártelo esta tarde», pienso mientras bajo en el ascensor.
Los días siguientes son perfectos, si no tengo en cuenta los prontos extraños de mi novio, que aún no comprendo del todo. Me cuida, me mima, se preocupa por mí. Cada día me demuestra que quiere estar conmigo. No se despega ni un minuto, pero en el fondo, yo también lo necesito cerca aunque a ratos me agobie. Podría vivir en esta rutina: me recoge por las mañanas y me lleva a la Facultad. Cuando termino, viene por mí. Comemos en algún bar o en mi piso, por las tardes vemos series o películas, salimos a pasear o corremos por el parque. Incluso visitamos a Eva en el trabajo familiar. Alguna que otra noche Abel se queda a dormir, hacemos el amor, jugamos con las bolitas y me descubre nuevos placeres. Cyn casi nunca está en casa porque Abel les ha cedido el estudio a Marcos y a ella.
Una mañana salgo más tarde del despacho de Gutiérrez. En el instante en que la puerta del ascensor se abre, aparece Abel con el rostro desencajado. Me coge de la barbilla y me mira como si no fuese real. Me abraza, me besa con ímpetu.
—¿Estás bien?
—Claro. ¿Por qué no iba a estarlo?
El que parece no sentirse muy bien es él desde que dejamos Ibiza. No sé si está preocupado, estresado, o todo al mismo tiempo. Quizá los recuerdos del pasado le están poniendo enfermo. Yo le repito cada día que acuda al médico, ya que me empieza a preocupar. Alguna vez lo pillo con la mirada vacía, perdida, y al acercarme tiene las pupilas tan dilatadas que me asusto. Y entonces gira el rostro hacia mí y me observa como si no me reconociese, como si hubiese estado muy lejos, en algún otro lugar desconocido para mí.
En ocasiones su control se me antoja preocupante. No obstante, cuando se lo voy a decir, me descubro reflejada en el mar tormentoso que es su mirada, y olvido todo. Me mojo y nado en él y dejo atrás todos los miedos. Ya no quiero saber nada más… Tan sólo dormir cada madrugada de mi vida a su lado.
—Espero que pasado mañana todo salga bien –le digo dos noches antes de mi cumple.
—Saldrá perfecto. –Me da un tierno beso en la frente.
Estamos tumbados en mi cama tras haber disfrutado de una sesión de sexo genial. Seguro que Cyn se ha escandalizado con mis gemidos, a pesar de que ella está acostumbrada a casi todo. Acaricio el pecho de Abel y le pregunto de forma pícara:
—¿Qué me has comprado?
—El regalo soy yo. –Se señala el escultural cuerpo desnudo–. ¿Qué más quieres?
Me echo a reír y le intento hacer cosquillas. Él me coge de las muñecas y se coloca encima de mí.
—Quiero muchas cosas –contesto, agitándome bajo sus fuertes brazos. Me paso la lengua por los labios–. Pero tranquilo, todas están relacionadas contigo.
Consigo desembarazarme de su apretón y me levanto de la cama. Le hago un gesto para que se esté quieto. Entonces voy a la cómoda y rebusco en el cajón. ¡Oh, ahí están! Saco las esposas y las agito en el aire con una sonrisa juguetona en la cara. Abel me la devuelve. Se le oscurece la mirada. Su sexo palpita en cuanto me empiezo a acercar a él sinuosamente. Como sé que le gusta verme bailar, me paro frente a él y canto casi con gemidos:
—«It’s so hot in here and I need some air…». –Paso las esposas por mis pechos. Él se muerde los labios, mirándome con intensidad.
—Yo te doy el aire que quieras –dice, divertido. Se echa hacia delante con los brazos extendidos. Pero no permito que me coja. Doy un saltito hacia atrás y me escapo de él.
Me doy la vuelta y le muestro mi espalda y mi trasero desnudos. Me lo acaricio con las esposas. El terciopelo es tan suave que me hace cosquillas.
—«And boy, don’t stop cause I’m halfway there…». –Giro la cabeza y lo miro. Me llevo un dedo a los labios y lo chupo.
Se está excitando cada vez más con mis sensuales movimientos. Se recuesta en la cama, dispuesto a disfrutar del espectáculo que le estoy ofreciendo. Me vuelvo a colocar de cara a él y paso las esposas por mi vientre, hasta llegar al pubis. Él me observa con expresión lujuriosa. Su pecho sube y baja cada vez más rápido.
—«Two bodies synchronizing. Don’t even need to touch me. Just breathe on me…». –Suspiro y me subo a la cama colocándome a horcajadas encima de él.
Estira las manos para cogerme del trasero, pero yo se las aparto, y se las coloco en el cabezal de la cama mientras niego con la cabeza.
—No, cielo, no –digo, poniendo cara de traviesa. Él me mira sin borrar la sonrisa del rostro. Las pupilas se le dilatan. Sus ojos azules no pueden estar más oscuros. Meneo las esposas delante de su nariz–. Hoy vas a ser tú el que no pueda tocar nada.
Y dicho esto, le cojo las muñecas y lo esposo. Él me observa con una mezcla de asombro, curiosidad y deseo. Debajo noto su sexo, cada vez más ansioso de mí. Yo también estoy ya húmeda y preparada. Clavo mi mirada en la suya al tiempo que me llevo dos dedos a la boca, los lamo, y a continuación los pongo sobre su excitación y hago círculos en ella. Se arquea a causa del placer, mordiéndose los labios. Entonces me acerco a él, me cojo un pecho y lo arrimo a su boca.
—Es para ti. Juega con él –le ordeno.
Él me mira muy serio, de esa forma lujuriosa que me excita tanto. Saca la lengua y rodea mi pezón con ella. Lo lame despacio, a continuación aumenta el ritmo, y por último lo mordisquea. Me muevo encima de él hacia delante y atrás, rozando mi sexo con el suyo. Suelta un gemido cuando me coloco para que entre en mí. Me encanta hacerlo rabiar.
—Vamos, Sara, joder… –Echa la cabeza hacia atrás. Su excitación tiembla contra mi carne.
Entonces me dejo caer, ayudándome apoyada en su pecho, y dejo que se meta todo dentro de mí. Gimo en el momento en que llega hasta el final. Él me mira con la boca medio abierta, la punta de su lengua asomada a los labios. Me inclino y se la cojo con los dientes, juego con ella. Me balanceo hacia delante, luego hacia atrás, subo y bajo.
—Dios, pequeña, te estás volviendo insaciable –suspira. Le hago callar poniendo mis pechos en su boca. Él los acoge con deleite. Me estremezco de placer con cada uno de sus mordiscos.
—Eres tú, Abel. Haces que quiera gozar contigo en cada momento –le digo con voz entrecortada, apoyando mi frente en la suya.
Estoy volviéndome loca de placer, moviéndome como yo quiero. Deteniéndome para hacerlo sufrir, acelerando cuando me apetece. Me siento su dueña en este mismo instante y me gusta. Pero ansío también sus manos por mi piel, así que cuando noto que no me falta mucho para llegar al orgasmo, le quito las esposas. De inmediato, él me coge de las caderas y me ayuda a moverme con mucha más violencia. Su sexo se introduce en mí a una velocidad increíble. Echo la cabeza hacia atrás, perdida en el devastador placer que me provoca.
—Te quiero, Sara.
Las olas me arrastran. El huracán me envuelve. La tempestad me hace volar. Grito una y otra vez con cada calambre de placer. Él se derrama dentro de mí, repitiendo mi nombre entre gemidos. Cuando consigo una tregua, detengo los movimientos y me inclino sobre él, recostándome en su pecho.
—Yo también te quiero.
Cierro los ojos, reteniendo en mi mente su expresión de felicidad cuando he pronunciado esas palabras.