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Los dos últimos días los he pasado documentándome para el trabajo de Gutiérrez, lo que ha supuesto trasnochar y no tener apenas vida social. Sólo he hablado cinco minutos con Eva, porque al sexto ya le he empezado a gruñir. Sin embargo, he quedado con mi madre para comer, con lo que el domingo tengo que hacer de tripas corazón y levantarme a una hora razonable para acudir a la cita. Antes de salir de casa, envío el ensayo a mi tutor.

Cuando llego a casa de mi madre me informa de que mi padre se ha ido a comer con un amigo. Me muerdo la lengua con tal de no confesarle lo mal que me parece que la deje sola de forma constante, que ni siquiera la lleve un sábado a cenar a un bonito restaurante. Ella apenas tiene tiempo libre por culpa del trabajo. Me angustia que no disfrute de la vida. A pesar de todo, la comida transcurre con más tranquilidad estando nosotras dos solas.

—¿Cuándo vas a traer a tu novio? –Una de sus constantes preguntas. Me tiende el cucurucho que ha traído de la cocina.

—Cuando tenga menos trabajo –miento, mientras desenvuelvo el helado.

—Tráelo para tu cumpleaños. Haré una buena comida. O si lo prefieres, podemos ir a algún restaurante.

Paro de lamer la nata. ¡Joder, sí! No recordaba que a finales de octubre es mi cumple. Vaya, pues entonces no tengo excusa. En el fondo, no está tan mal celebrar tu vigesimoquinto aniversario con la familia y el novio. Bueno, ahora que lo pienso más detenidamente, no es tan agradable cuando esa familia y ese novio son los que yo tengo.

Mientras nos terminamos el helado, decido contarle que me han elegido para una campaña, por si acaso me ve algún día en un anuncio. Quién sabe. No quiero que le pille por sorpresa.

—Mamá, voy a posar como modelo.

—¿En serio? –me pregunta, limpiándose la nata de la barbilla–. ¿Como la exnovia delgaducha de Abel?

—Más o menos –respondo un tanto pensativa. Por favor, ¡no quiero que me comparen con ella! Aunque posiblemente sea inevitable después de todo lo ocurrido.

—¿Abel quiere hacerte fotos?

—No son para él, sino para una campaña de una firma de relojes muy importante.

—¡Que mi hija se me hace famosa! –Suelta a voz en grito, esbozando una ancha sonrisa–. Si es que mira que eres guapa. Todos se dan cuenta de lo que vales.

—No digas tonterías, mamá –la regaño–. No voy a hacerme famosa. Todo esto ha sido por pura casualidad –Y una casualidad que, como es de esperar, no le voy a contar. Mi madre jamás sabrá lo que su hija hace en la intimidad de la alcoba. Me levanto para retirar los envoltorios de los helados–. Pero oye, me pagan bastante bien, por no decir muy bien. Te daré algo, pero tienes que guardarlo –la hablo como si fuese una niña pequeña, pero no lo puedo evitar.

No quiero que se lo entregue a mi padre, y mucho menos para que se lo gaste en bebida o en alguna otra cosa peor como tantas otras veces.

—No, tú no me tienes que dar nada –rechaza ella, poniéndose muy seria, casi ofendida.

Nunca le ha gustado que le deje dinero. Pero sé que muchas veces les cuesta llegar a final de mes, así que prefiero que tengan algo ahorrado, por si las moscas. Cuando estoy en la puerta dándole dos besos de despedida me dice en voz bajita, aunque no hay nadie más que nosotras:

—No le voy a decir a tu padre lo de posar, ¿vale? Ya sabes lo raro que es él para esas cosas.

Asiento con la cabeza. Sí, supongo que pensaría que soy una mujer libertina o algo por el estilo. Su mentalidad es demasiado arcaica. Le gusta criticar a las mujeres, pero después es el primero al que se le van los ojos cuando ve por la calle a alguna con la falda corta.

Nada más llegar al piso me doy una buena ducha. Después me preparo algo de merienda cena y me echo en el sofá para ver la televisión. Sin embargo, mientras picoteo la ensalada, hay algo que me inquieta. Se trata del Marqués de Sade, que parece llamarme desde la profundidad del cajón. Al final decido ir por él con un nudo en la garganta. Una vez lo tengo en mis manos retorno al sofá, dispuesta a leerlo. Vale, estoy preparada.

Al principio me sorprendo con lo que Sade me cuenta, pero acabo tan fascinada que casi está amaneciendo cuando me quedo dormida. Al día siguiente Cyn me sorprende con el libro entre las manos, sumergida de lleno en sus palabras, las cuales me sacuden y al mismo tiempo me hacen reflexionar. No presto atención a mi amiga y ella acaba dejándome tranquila porque sabe cómo me pongo cuando estoy leyendo algo que me gusta. Al caer la noche ya casi he terminado con los infortunios de Justine. Cyn me trae un pequeño bocadillo vegetal y lo pone ante mí. Yo cierro el libro, lo apoyo en el pecho como una colegiala enamorada y suelto un suspiro. Cyn me mira sorprendida.

—Es maravilloso –le digo con voz soñadora.

—¿No decías que era una guarrada? –Arquea una ceja.

—Estaba equivocada –contesto, mirando la portada con embeleso.

—¿Entonces ya no piensas que Abel sea un pervertido? –Le da un mordisco a su bocadillo.

Giro la cabeza con lentitud. Hasta unos segundos después no comprendo lo que me ha preguntado. El libro me ha encantado, pero ahora me reafirmo en que Abel no es que sea un pervertido, sino que es un sádico. Eso o que tan sólo quiere asustarme. Y por su bien y el mío espero que sea lo segundo, ya que soy capaz de comprarme un spray de esos para protegerte de violadores y lanzárselo en los ojos hasta que grite de dolor.

—En este libro hay tanta filosofía… –explico a Cyn, la cual me mira distraída.

—¿Ah, sí? –Pregunta con la boca llena.

Me inclino para coger mi bocadillo y le empiezo a revelar todo lo que he sentido y pensado al leer el libro. Como es de esperar, al cabo de diez minutos ella se ha perdido por completo y pone cara de aburrimiento total. Así que, para que esté contenta, dejo que me cuente sus días con Marcos. Todo son arcoíris y nubes de caramelo. Madre mía, a este paso voy a vomitar. Con lo que ella ha sido con los hombres. El paso de los años ha hecho que se vuelva una ñoña por completo. Aunque quizá a mí me pasa lo mismo cuando estoy con Abel, sólo que yo misma no me doy cuenta.

Esa noche, ya en la cama, recibo un mensaje suyo que me estremece. Aunque no sólo de inquietud, sino también de placer.

«Un día más, mi pequeña Justine. ¿Tienes tus muñecas listas? A».

Después de eso, tengo un peculiar sueño en el que Abel me anuda las manos con una cuerda, la cual me hace bastante daño. Cada vez la tensa más y más, y el roce hace que me excite. Mientras él me penetra con salvajismo, las cuerdas me arañan la carne y me hacen gritar de goce y dolor al mismo tiempo. Me despierto toda sudada, con el corazón al galope en el pecho, y un tremendo calor entre las piernas. Me sorprende estar tan excitada por un sueño que en algunos momentos parecía más bien una pesadilla. Me traiciona el subconsciente. O quizá el Marqués tenía razón en sus escritos y el ser humano no se atreve a encontrarse con su yo oscuro. ¿Y si de verdad le tengo que llamar amo? ¿Me pedirá que gatee por el suelo y agache la cabeza ante sus zapatos mientras me ordena cosas peores? ¿Me tumbará bocabajo en sus piernas y me dará azotes en el trasero? Me paso un rato pensando en la posibilidad de que las prácticas sexuales de sadismo me gusten e incluso llego a avergonzarme un poco. Al fin logro conciliar el sueño de nuevo, aunque un poco asustada con la idea de tener más pesadillas de ese tipo. Sin embargo, el resto de la noche transcurre tranquila y al parecer no sueño más, porque al día siguiente tan sólo puedo recordar ese. Tengo en mi mente las cuerdas y las marcas de las muñecas.

Cuando termino de ducharme y vestirme, Cyn todavía no se ha levantado. Yo bajo a comprar porque la nevera está vacía. Me cojo unos cuantos bollos de chocolate para pasar el día. Estoy segura de que a media tarde me habrá entrado la ansiedad y necesitaré azúcar. Al pasar por una joyería me detengo. Tienen muchas marcas de relojes, entre ellas Brein Gross. La chica de la foto abraza a su compañero, un tío espectacular. Ella es guapísima y mira a la cámara con ojos seductores de tigresa. Si yo intento poner esos morritos pareceré gilipollas. Giro la esquina del escaparate y me topo con toda la jeta de Nina. Joder, ¿es que está por todas partes? Me fijo en que está promocionando unos colgantes preciosos con forma de lágrima. En la foto salen dos chicas con ella. Al acercarme un poco más, descubro que son dos de sus amiguísimas, las cuales se rieron de mí en la fiesta. ¡Cómo las odio! Se creen maravillosas, pero en realidad no son más que unas mujeres envidiosas, incluso entre ellas, a pesar de fingir que se llevan muy bien.

Regreso a casa muy enfadada. El ver a esas tres brujas me ha fastidiado el día. No me aguanto hasta media tarde: rasgo el envoltorio de una chocolatina y me la llevo a la boca. Me pongo a hablar yo sola con la boca llena y la gente que pasa por mi lado se me queda mirando. ¡Me da igual! Entre estas y Patri, estoy perdiendo la fe en la humanidad.

Cuando llego a casa me meto directamente en la cocina y guardo la compra soltando toda mi mala leche. Cyn se asoma con el cabello mojado y tan sólo el albornoz cubriendo su cuerpo. Arruga las cejas, preguntándome qué sucede.

—He visto a Nina –digo sin más, dando un portazo a la nevera.

—¿Dónde? –Cyn parece asustada.

—En unas fotos. Y también a sus dos queridas amigas divinas.

—Me habías asustado, creía que estaba por aquí. –Se acerca para ver qué he comprado–. Bueno, ahora tú vas a formar parte de ese mundo y será ella la que entre en cólera cuando te vea.

—No quiero ni imaginarlo. –Guardo las chocolatinas y los bollos en mi cajón.

Comemos juntas, pero a las cinco me avisa de que ha quedado con Marcos y me propone ir, a lo que me niego en rotundo. Media hora después me arrepiento de no haberme marchado con ellos, pues así no habría visto el miserable correo que Gutiérrez me ha enviado:

Estimada Sara:

Su ensayo es aceptable, pero debe mejorarlo. Le faltan referencias bibliográficas y el estilo en el que está escrito no es demasiado bueno. No se preocupe, tiene tiempo para rehacerlo. ¿Cree que puede pasarse la semana que viene por el despacho? Patri está trabajando conmigo esta semana, y me gustaría que lo hiciera usted la próxima.

Gutiérrez

Entre el reencuentro con Nina y este mensaje me dan ganas de cortarme las venas. ¡Claro que no hay mucha bibliografía! Apenas han estudiado mi tema. ¿De dónde voy a sacar referencias entonces? Tampoco entiendo por qué dice que el estilo no es bueno. Nunca he tenido problemas a la hora de redactar. ¿Y qué significa que la trepa está trabajando allí con él? ¿Por qué nadie me avisa a mí? De lo rabiosa y estresada que estoy, le envío un mensaje a Abel diciéndole que no venga mañana. No ha estado aquí cuando lo he necesitado, así que paso de quedar con él cuando le venga en gana. No recibo ninguna respuesta y empiezo a pensar que se ha enfadado cuando pasan tres horas y sigue sin contestar.

A la hora de la cena se presenta Cyn para coger una chaquetita. Ha empezado a refrescar y ella se va a un bonito restaurante que han abierto hace poco. Me ve la cara de muerta y me pregunta lo que me sucede, pero le hago un gesto para que se vaya tranquila. Se encoge de hombros y se despide con un beso en el aire.

—¡Oh! –La escucho cuando abre la puerta.

Me giro extrañada y lo descubro tras ella, con una mano apoyada en el marco y la otra metida en el bolsillo del pantalón blanco. Lleva un suéter de media manga que no sé por qué, le hace un cuerpo sencillamente espectacular. Doy un brinco del sofá y me acerco a ellos diciendo:

—Oye, ¿no te he dicho que no vinieras? Además, ¡se supone que era mañana!

Me mira durante unos segundos con los ojos entrecerrados. A continuación, pasa de mí y se dirige a mi amiga:

—¿Qué tal, Cyn?

—Muy bien, a punto de irme con tu hermano a cenar –responde ella, con una sonrisa de oreja a oreja. ¡Míralos, ahí hablando e ignorándome tan felices!–. ¿Y tú?

—Un poco enfadado. –Retorna su mirada a mí. Le brilla–. Y bastante excitado.

—¡Oh! –exclama Cyn, girándose a mí con sonrisa de tonta.

Yo abro la boca sin saber qué decir. Le hago un gesto para que se vaya y nos deje solos. Una vez escucho la puerta del portal, para asegurarme que no va a estar cotilleando, me encaro a él:

—¿Esto va a ser como antes, cuando aparecías siempre que te daba la real gana?

—Habría venido mañana si no me hubieses enviado ese mensaje tan borde. –Se inclina sobre mí, acercando su rostro recién afeitado al mío. Aspiro el aroma mentolado y me tiemblan hasta los intestinos–. Menos mal que hoy he terminado de prepararlo todo.

—¿Eh? –pregunto, sin entender lo que dice.

—¿Has leído el libro, Sara? –Sus ojos sonrientes lo dicen todo. ¡Está contentísimo! Se cree el gato que pilla al ratón. ¡Va listo!

—Claro que sí –anuncio, con la barbilla en alto.

—¿Y no te has arrepentido de nada? –Arrima más el rostro. Su nariz roza la mía y me hace cosquillas. Me muero por lanzarme a su cuello y besarlo, pero logro contenerme.

—No –respondo, con los labios apretados y cara de enfado.

Suelta una risa. Aparta la mano del marco y me agarra la mía. Yo lo miro con el ceño arrugado. ¿Qué pretende?

—Nos vamos a mi casa –me informa, al ver mi cara.

—¡No! –exclamo, intentando soltarme. ¿Y si tiene allí una habitación de torturas?

—He preparado algo para ti –me dice, sin borrar la sonrisa misteriosa. Se acerca mi mano a los labios y la besa. A continuación me lame un dedo con lentitud, sin apartar los ojos de los míos. Yo lo miro boquiabierta–. ¿No te apetece jugar, Sara?

Trago saliva. Noto la cosquilla en mi entrepierna debido al roce de su lengua en mi dedo. Oh, Dios mío. Tiene una mirada tan caliente. Y unos labios tan excitantes. Y un cuerpo tan hecho para el pecado. Quiero jugar, quiero jugar. ¡Por supuesto que quiero! Asiento con la cabeza y a los pocos segundos me está arrastrando escaleras abajo. Él mismo se ha encargado de coger mi bolso, el móvil y las llaves. Yo sólo me dejo arrastrar por el torbellino de pasión que va soltando a medida que corremos. Me lleva calle abajo hasta llegar a su magnífico coche y me sube en él sin perder ni un minuto. Una vez ha arrancado me doy cuenta de algo.

—No hemos cogido las esposas –digo.

—¿Entonces te han gustado? –Se echa a reír.

Me pongo coloradísima. Para disimular, busco en la guantera algún disco. Como estoy tan nerviosa, se me caen al suelo. Él chasquea la lengua, pero en lugar de regañarme, me acaricia el cuello y dice:

—Mi patosilla.

No digo nada ante esa inquietante muestra de cariño. Mientras escucho la música de la radio, ya que paso de que se me caigan otra vez, pienso en lo sometida que me tiene. No necesita ser ningún amo para que yo corra detrás de él. Si esto es amor, creo que es un poco tonto. Pero pasar una semana sin contacto alguno es demasiado para mí. Lo único que espero es que no tenga una habitación de los suplicios. La verdad es que no tiene aspecto alguno de loco sádico, pero quién sabe, lo conozco nueve meses, así que tampoco sé sus más profundos secretos. La mente se me llena de chasquidos de látigos. ¡Ay, por Dios, qué loca estoy!

Al cabo de un rato llegamos a su casa cercana al mar. Joder, aquí todavía puede ser más peligroso. Si tengo que gritar, ¿me escuchará alguien? ¿O es precisamente eso lo que quiere? Me quedo en el coche aun cuando él ya ha salido y camina por el jardín. Enciende las luces exteriores y me hace un gesto para que vaya. Cuando me acerco y me agarra, se pone muy serio:

—Estás temblando. –Me hace notar–. ¿Te encuentras mal?

Niego con la cabeza. Me abrazo a él. Su cuerpo es cálido. No es posible que nada de esto se convierta en peligroso. Él no puede serlo. Es Abel, un fotógrafo que a veces es un prepotente, pero al fin y al cabo es mío, y creo que lo conozco al menos un poquito. Le gusta el sexo, pero jamás me haría daño. ¿No…?

—Sara, ¿tienes miedo? –Me alza la barbilla y deposita un suave beso en mis labios. Me agarro a sus antebrazos y abro la boca para recibirlo. Aquí está su sabor, ese que ya empiezo a reconocer tan bien.

—Ya estoy más tranquila –le digo, apretando las uñas en su piel. Él se queja suavemente, pero luego me sonríe.

Entramos en su casa abrazados. Me lleva al sofá y me sienta en él sin dejar de mirarme. No entiendo nada, ¿pero qué le pasa? Parece como un niño pequeño cuando quiere enseñarle algo a su madre con toda la emoción del mundo.

—No vamos a hacer nada que no quieras, Sara –me susurra, acariciándome la mejilla. Cierro los ojos y suspiro–. Pero me gustaría divertirme esta noche… He preparado muchas cosas.

—Vale –asiento, con la garganta seca.

—¿Entonces… quieres? –Se relame los labios, con los ojos entrecerrados. Me pone ese gesto. La punta rosácea de su lengua me invita a saborearla.

—Sí. Todo lo que tú quieras –digo con un hilo de voz, empezando a sentirme excitada.

—De acuerdo. –Se levanta resuelto del sofá–. Pero antes, te propongo algo para que te relajes. –Se marcha a la cocina. Yo me quedo esperándolo con la mirada fija en la chimenea. Cuando regresa, trae una botella de Marina Alta, un vino blanco, y dos copas heladas. Las pone sobre la hermosa mesa y me hace un gesto con el dedo para que vaya–. Juguemos al póquer.

Tiéntame sin límites
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