
Llevamos media hora en silencio sentados en su casa. Yo estoy en una de las modernas sillas, y él en el cómodo sofá. A ratos me mira con los dientes apretados y yo agacho la cabeza porque de sus ojos salen chispas. Desde que le he contado la noticia en el coche, no ha vuelto a decir nada. Pero sus gestos me lo confirman todo. Está terriblemente enfadado. Y yo, molesta por su reacción.
—¿Sabes, Sara? –dice de repente, sorprendiéndome.
Yo levanto la cabeza de mis sandalias y lo miro con cautela.
—Entiendo que te sientas mal por lo de tu profesor. –No para de crujir los dedos mientas habla y el sonido me pone muy nerviosa–. Yo he pasado por algo similar. También he luchado mucho por llegar hasta aquí. –Me clava la intensa mirada azul y yo inspiro con fuerza–. Y también comprendo que quieras dinero, porque al fin y al cabo lo necesitas, pero yo puedo prestártelo.
—¿Qué dices? –Tuerzo el gesto porque me incomoda lo que me dice–. No es sólo por el dinero, Abel. Y ahora mismo tampoco es que tengas mucho trabajo.
—¿Y entonces por qué?
No sé responderle. Si le dijera que una parte de mí quería hacerle rabiar, entonces todo se iría al traste porque sé que no está bien y pensará que me comporto como una niña pequeña y caprichosa, pero no es sólo eso.
—Es que me molestó que dieras la respuesta por mí –decido confesarle una pequeña parte.
—¿Y qué querías que hiciera después de todo lo que pasó? –Se inclina hacia delante y vuelve a crujir los nudillos–. ¡Me dijiste de todo y te fuiste! –Alza la voz–. Me la montaste bien, Sara. Pensaba que no te haría ninguna gracia todo esto.
—No es lo mismo –respondo. Bajo la voz. Me estoy empezando a sentir pequeñita y mal.
—¿Ah, no? ¿Y en qué se diferencia? –pregunta él, con una sonrisa burlona.
Me molesta sobremanera que me trate con condescendencia, como si supiese más que yo de todos los aspectos de la vida o como si yo fuese una chiquilla que se va a tropezar y caer. Quiero que me hable como a una mujer, ya que siento que tan sólo me ve así cuando tenemos sexo.
—Aquello me pilló por sorpresa –explico. Quiero mantener el contacto visual, pero no puedo aguantar esa mirada tan sarcástica que ahora mismo me muestra–. Estaba desnuda. Y las fotos me las habías hecho tú en una de las noches más maravillosas de mi vida.
Ahí parece que le he tocado la fibra sensible porque parpadea con sorpresa y mueve la cabeza, con una sonrisa que ya no es socarrona. Apoya las manos en las rodillas y me hace un gesto para que vaya hacia él. Lo pienso unos segundos, pero al final obedezco y me siento a su lado. Me agarra una mano y esa simple unión hace que mi estómago se remueva. No puedo mantenerme mucho tiempo lejos de él, es algo con lo que voy a tener que lidiar cada día. Me da un beso en el pulgar y me sonríe, aunque todavía puedo ver en ese gesto algo de enfado.
—¿Ves, Sara? Si tú misma estás dándome la razón. –Acerca el rostro a mí. Huelo su fresco y salvaje perfume y suspiro. Él se da cuenta y sonríe con suficiencia. ¡Está pensando que me lleva a su terreno como siempre!–. Puedo hacerte fotos cuando quieras, pero sin mostrárselas a nadie.
—Eso está muy bien. –Asiento, un tanto molesta.
—Entonces todo está claro.
Alzo la cabeza y lo miro. Nos quedamos así unos cuantos segundos, no sabría decir cuántos, pero la cuestión es que siento un deseo tremendo abrasándome las entrañas, aunque también unas ganas enormes de gritarle que deje de actuar como si fuese el señor de esta relación. Es más, que deje de pensar que es mi dueño.
—No, no lo está –respondo con atrevimiento. Uf, está sacando mi lado más testarudo–. Siento curiosidad por saber qué se siente posando para unas fotos…
—Tú misma dijiste que odiabas que te fotografiasen –me recuerda. Sus ojos azules se están oscureciendo. Le estoy provocando, y en el fondo me gusta.
—Bueno, nunca me había visto demasiado bien en ellas, pero cuando tú me las hiciste eran preciosas y…
—¿Es eso, Sara? –me interrumpe, con una extraña mirada.
—¿Cómo? –pregunto, confundida.
Me suelta la mano y me observa con gesto incrédulo. Yo encojo los hombros sin entender lo que quiere decir.
—Yo sé que eres preciosa. Y no soy el único, hay más hombres que te miran como yo –sonríe, aunque casi de forma trastornada. Me está dando un poco de miedo y me pregunto si ha dicho eso refiriéndose a Eric.
—Tú me dijiste que la fotografía era arte y no creo que haga nada malo por...
—¿Es tu problema de autoestima el que te lleva a querer hacer esto? ¿A desear que un montón de tíos babeen por ti?
Me dan ganas de darle una bofetada, pero me contengo. Lo miro sorprendida, sin poder creer de lo que me está acusando. Me levanto del sofá, soltando una risa incrédula. Sin girarme, le digo:
—Entonces todas las mujeres a las que has fotografiado querían algo así según tú, ¿no?
Se toma unos segundos para responder. Lo escucho levantarse y acercarse a mí. Se coloca a escasos centímetros de mi espalda. Su agitada respiración me provoca cosquillas en la nuca.
—Todas no –susurra, muy cerca de mi oído–. Pero es evidente que a la mayoría de modelos les gusta ser admiradas por su cuerpo.
—Yo no pienso eso –contesto, negando con la cabeza, sin girarme.
Tengo el corazón a mil por hora. En parte por la cercanía de su cuerpo al mío; en parte por la desagradable forma en que me está tratando. De repente, pasa una mano por mi cuello y me lo acaricia. Me estremezco cuando noto sus labios en la parte trasera de mi oreja derecha.
—El mundo de las modelos no es fácil, Sara. –Exhala justo en mi oído. Cierro los ojos al notar su cálido aliento.
—No voy a convertirme en una supermodelo como Nina –murmuro, empezando a sentirme excitada a pesar de todo.
—¿Sabes la cantidad de personas que te verían? –Me coge un pecho y me lo aprieta.
—Cada día me ven docenas de personas –respondo con descaro. Sus dedos se clavan en mi piel, casi haciéndome daño. Y noto que me estoy humedeciendo. ¿Cómo he llegado a estos extremos?
—No del mismo modo. –Me coge de la cintura y me da la vuelta. Me presiona como si no hubiese un mañana y me da besos por todo el cuello. Parece hambriento de mí.
—Tú no eres mi dueño –le informo. Trato de mostrarme serena a pesar de que sus húmedos besos sacuden todo mi cuerpo.
—¿Por qué dices eso? –Aparta el rostro de mi cuello y me mira confundido.
—Porque a veces pienso que es lo que te crees –contesto, alzando la barbilla, orgullosa. Él abre los ojos y se muerde los labios. Sé que mi atrevimiento le enfada y le excita al mismo tiempo–. Si fueras mi dueño, me habría convertido en una de esas mujeres con las que jugaste como si fueran muñecas. –Sostengo su mirada.
Él abre la boca, dispuesto a decir algo, pero se lo piensa mejor y se echa a reír. Me coge de la nuca y me acerca el rostro al suyo.
—Ellas nunca se quejaron –susurra contra mis labios. Los suyos están húmedos y me apetece lamerlos y fundirme en ellos, pero tengo que aguantar y mostrarme dura, como en los comienzos, cuando era capaz de dominarme a mí misma–. Más bien, me pedían que jugara una y otra vez.
Lo miro con asco y meneo la cabeza. No sé cómo hemos llegado a esta discusión, pero me parece que esta vez se está pasando de la raya y está haciendo una montaña de un grano de arena.
—Supongo que para algunas mujeres, los hombres insolentes que las tratan como si no valiesen nada, son lo único a lo que pueden aspirar –Le clavo la mirada. Ahora yo también estoy furiosa.
Él suelta un bufido y se echa a reír. Sus manos recorren mi espalda, aunque yo me muestro impasible.
—Pues tú estás aquí ahora mismo con uno de esos hombres insolentes, ¿no, Sara?
Lo intento apartar, pero de repente noto su excitación en mi cadera y el corazón se me lanza a mil otra vez. Como quiero provocarle, cuando me besa, mantengo los labios cerrados. Él insiste cada vez con más rabia y fuerza, logrando que los entreabra. La punta de su lengua intenta meterse en mi boca, pero no lo consigue. Suelta un gruñido y me coge en brazos. Me lleva hasta la mesa en la que he imaginado que hacíamos el amor de la forma más violenta posible. Sin embargo, me muestro impávida mientras me besa el cuello y me acaricia por debajo del vestido. Cuando su mano se pierde por dentro de mis bragas, yo continúo como si no sucediese nada. En realidad estoy a punto de morirme de las ganas que tengo de dejarme llevar, pero eso sería permitir que ganase. Al cabo de cinco minutos él se detiene. Se separa de mí y me observa. Tiene las mejillas encendidas y los ojos brillantes. Respira con dificultad, su pecho sube y baja de forma presurosa. El bulto en sus pantalones es enorme y yo cruzo las piernas y las aprieto con fuerza para dominar los pinchazos que me atacan.
—Hoy estás guerrera, ¿eh? –dice, limpiándose los restos de saliva de los labios.
No contesto. Me limito a bajarme el vestido y a quedarme sentada en la silla mientras lo miro. Él sonríe, aunque parece entre confundido y apesadumbrado. Se rasca la barbilla y alza los brazos en señal de derrota.
—¿No te apetece que te folle, Sara?
—No –respondo, manteniendo su mirada. Las pupilas se le han dilatado.
—No entiendo a qué viene todo esto. Si lo que te molesta es que me crea tu dueño, eso no es así. Eres mi novia, me importas, y simplemente me preocupo por ti –musita.
—Me parece muy bien, pero no vas a tocarme hasta que te des cuenta de que no mandas en mí –le digo, retándole.
De repente, todo sucede demasiado rápido. Se acerca a la mesita que se encuentra ante el sofá y con un grito furioso, arrasa con todo lo que hay encima de ella. Las velitas de colores con vasos de cristal caen al suelo y se hacen añicos en un estruendo que me hace temblar. Bajo de la mesa de un salto y lo miro con confusión. Se está cogiendo la mano y descubro que le sangra. Me acerco corriendo a él e intento mirar qué le ha ocurrido, pero me suelta un grito que hace que me detenga.
—¡Apártate!
—¿Qué pasa, Abel? –pregunto en voz baja.
Las gotas de sangre caen una tras otra en la hermosa alfombra. No puedo evitar mirarlas con los ojos muy abiertos. Casi me hipnotizan de lo rojas que son. Parpadeo con tal de hacer algo, pero él ya se está dirigiendo al cuarto de baño.
Le intento ayudar con el botiquín, pero se niega una y otra vez. Cuando me asomo por encima de su hombro, descubro que tiene un corte bastante feo. Se lo desinfecta con agua y jabón y a continuación le echa alcohol y se lo cura con Betadine. Yo miro todas sus acciones en silencio. Al final me deja ayudarle cuando se tiene que poner las gasas y ve que no puede. Alcanzo el esparadrapo y corto un pedazo con los dientes. Le rodeo la mano. Él suelta un pequeño quejido.
Una vez termino, alzo el rostro y lo miro en completo silencio. Él me la aguanta durante unos segundos, pero luego la aparta. ¿Por qué he visto en sus ojos algo demasiado profundo que no puedo entender? Es como si en ellos hubiese demasiado dolor o incluso tormento. De todos modos, me siento muy confundida como para sentir lástima por él. Y continúo enfadada ya que me parece que ha tenido una reacción demasiado exagerada. Así que le doy la espalda y me pongo a limpiar las gotas de sangre que han manchado la inmaculada porcelana. Después me lavo yo las manos y me las seco en la toalla, sin decir nada. Él también está callado, pero puedo notar sus ojos clavados en mí.
—Quizá sea mejor que me vaya –digo cuando he terminado.
Los ojos se le vuelven a oscurecer y la barbilla le empieza a temblar. Parece estar a punto de llorar. Un pinchazo me atraviesa el corazón y no sé por qué, me viene a la mente Nina. La eterna Nina, como un fantasma. ¿Tendrá algo que ver con este increíble comportamiento y todo ese dolor que veo en sus ojos?
—No, no, no –dice una y otra vez.
—Estás enfadado conmigo y yo también lo estoy contigo, Abel –respondo. Paso por su lado sin tocarlo y salgo del baño.
Él me sigue. No quiero otro ataque de rabia, por favor. Sin embargo, al mirar por encima de mi hombro, veo que todavía tiene ese gesto de desamparo. ¡Joder! ¿Por qué me hace esto?
—Sara, otra vez no –murmura, cogiéndome del brazo. Como hemos llegado al comedor, me lleva al sofá y me sienta en él–. No puedes irte otra vez.
—Siempre discutimos –Me mantengo lo más lejos posible de él–. ¿Crees que podemos sacar algo bueno de esta relación?
—Sí –contesta él inmediatamente.
—¿El qué? –le pregunto.
—Sara… –Me mira con esos ojos tan azules, preñados de vergüenza y sufrimiento–. Yo… te…
Aguanto la respiración. Oh, no, no. No puede ser. No me digas que va a confesarme esas dos palabras que yo no he vuelto a repetir por miedo a su reacción. Me inclino hacia delante, instándole a que hable.
—Te… –traga saliva. Oh, vamos, ¿qué le pasa?
—¿Me qué? –Estoy impaciente.
—Te acompañaré a Madrid a la entrevista.
Me quedo mirándolo toda sorprendida. Me desinflo poco a poco. ¡Joder! Pero qué gilipollas soy. ¿Cómo he podido pensar por un momento que iba a decirme lo que tanto anhelo? Agito la cabeza, riéndome de mí misma.
—¿Estás seguro? No quiero que lo hagas sólo porque crees que me voy a ir.
—Me he comportado como un controlador y no quiero que te hagas una falsa idea de mí, porque no lo soy –dice, bajando la vista a su mano vendada.
Yo también se la miro y asiento con la cabeza. No me puedo creer que al final haya sido tan fácil. Bueno, está bien, en realidad ha sido terrible. ¿Y ahora qué? ¿He conseguido lo que quiero? Tengo la cabeza convertida en un bombo. No me entiendo ni a mí misma. No sé por qué le he insistido tanto en ir a Madrid, por qué quiero participar ahora en una sesión de fotos y por qué me he sentido tan bien al retarlo. La cuestión es que ahora estoy fatal. Le cojo la mano y se la beso por encima de la venda.
—¿Te duele?
—Sólo un poco.
—¿Qué te ha pasado? No entiendo por qué te has puesto así.
No responde. Se recuesta en el sofá y cierra los ojos, con un brazo apoyado en la frente. Me inclino sobre él y cuando los abre, todavía veo en ellos ese sentimiento que logra hacerme estremecer. ¿Qué te pasa, Abel? ¿Qué sucedió en tu vida para que te dé un ataque de ira como este? Es evidente que quiero preguntárselo, pero no me atrevo. Lo único que hago es mirarlo.
—Que vayamos no significa que acepte el trabajo. –Intento tranquilizarlo, aunque tampoco hay verdaderos motivos para que se ponga tan nervioso.
Él asiente y vuelve a cerrar los ojos. Está pálido y un poco ojeroso. Le acaricio el rostro, sintiendo que me he comportado mal. ¡Oh, venga, pero él también ha sido un gilipollas conmigo! Estamos a pares.
De repente los abre y se echa hacia delante.
—Me duele un poco la cabeza, Sara –me dice, sin mirarme–. Me voy a acostar un rato, ¿vale?
Asiento, un tanto sorprendida. Se levanta y echa a andar hacia el pasillo. Antes de salir, me dice sin darse la vuelta:
—Recuerda que estás como en tu casa, así que haz lo que quieras. Yo no tardaré mucho en levantarme, pero no vengas a la habitación mientras tanto.
Me quedo paralizada. Vuelvo a asentir. Bueno, puedo comprender que se encuentre mal y no quiera compañía en estos momentos. Observo cómo sale con sus movimientos elegantes, aun estando enfermo.
Me recuesto en el sofá, pensando en todo lo sucedido. Tengo ganas de llorar. Tengo miedo, y no sé de qué. Quizá a que todo esto no vaya a ningún lado. Me quedo esperándole una hora y dos, hasta que me quedo dormida. Me despierto de repente al sentirme observada. Es él, que me mira intensamente desde arriba. Me doy cuenta de que va desnudo. Le sonrío, y no me deja decir nada más. Se abalanza sobre mí y me quita las braguitas al tiempo que me besa con ardor, totalmente hambriento, necesitado de mí. Esta vez no pongo pegas porque yo también lo deseo. Así que caigo. Y en el orgasmo sigo cayendo una y otra vez. El miedo no me abandona, pero se mezcla con el placer que su sexo violento y carnal me ofrece.
Esta vez los dos hemos ganado la batalla. No sé cómo será la próxima vez.