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Llego a la estación con los nervios a flor de piel. Eric ya está esperándome allí. Nada más verme la cara, se da cuenta de que me pasa algo y me pregunta, preocupado. Pero no quiero contarle lo ocurrido; es demasiado fuerte y ni siquiera me salen las palabras como para poder explicárselo. Así que le pongo la excusa de que estoy con la menstruación.

—He conocido a algunas mujeres que realmente lo pasaban muy mal –dice mientras nos dirigimos a la cola.

—Pues yo soy una de ellas. –Fuerzo una sonrisa.

—¿Estás preparada para ser la reina de la fiesta de esta noche? –Me pasa el brazo por los hombros y me arrima a él.

—Creo que no. –Suspiro. Ahora mismo mi cabeza está en Abel. No puedo pensar en otra cosa. Estoy preocupada. ¿Tendría que haberme quedado con él? ¿He sido una egoísta tal y como ha dicho?

Entregamos nuestros billetes a la chica, la cual sonríe a Eric de forma abierta. Él se la devuelve y cuando ya hemos pasado, me susurra al oído:

—No sabes lo calientes que son las azafatas.

—Eres un asqueroso –le reprocho. Pero me ha hecho reír.

—Sólo te digo que los servicios de algunos trenes y aviones son un lugar estupendo para tener sexo. –Me guiña un ojo.

—¿Estás insinuando algo, Eric? –bromeo.

—¿Yo? Ya sabes que soy un angelito. –Pone su mejor cara de niño bueno. Si no lo conociera, hasta podría creérmelo.

Me ayuda a subir la maleta aunque es muy pequeña y no pesa nada. Me quedo el vestido para llevarlo conmigo en el asiento. ¡No quiero que se arrugue nada! Una vez estamos en nuestras plazas, Eric señala la funda y pregunta:

—¿Es el negro?

—No. Es uno nuevo que he comprado.

—¿Y cómo es? –Intenta abrir la funda, pero lo aparto con rapidez. Él hace pucheros.

—Quiero que sea una sorpresa hasta para ti –le digo, con una sonrisa fugaz.

—Entonces me voy a ir preparando. –Posa un dedo sobre mi nariz–. No quiero que me dé un ataque al corazón por culpa de esta pecosa.

Se la aparto y le doy un cachete suave y juguetón en el brazo. El tren llegará enseguida a Madrid, pero tenemos la comida incluida. Nos traen de primero ensalada de queso de cabra y de segundo emperador a la plancha. Está todo muy bueno, pero yo ni siquiera puedo terminarme el primer plato. Eric se da cuenta y vuelve a insistir.

—Tú no estás bien. ¿Te duele? –Posa su mano en mi vientre, y yo doy un respingo. ¿Por qué siempre noto electricidad cuando me toca? Es algo que me pone nerviosísima.

Lo aparto, quizá con demasiada brusquedad. Lo miro para disculparme. Él me sonríe de forma tierna; me observa de una forma que me hace sentir bien. Por un momento se me pasa por la cabeza que estando con él no tendría todos los dolores de cabeza que, en ocasiones, me provoca Abel. Pienso durante unos segundos que una relación con Eric sería mucho más sencilla, cómoda y tranquila. Cuando me doy cuenta de lo que estoy haciendo, me siento avergonzada.

—¿Puedo abrazarte? –me pregunta de repente.

Lo observo muy seria. ¿Debería dejarme después de lo que he estado pensando apenas segundos antes? Tengo miedo porque me siento vulnerable, pero al mismo tiempo tengo ganas de sentirme arropada. Así que sin responder, apoyo la cabeza en su hombro. Él se mueve con cuidado para no tirar la bandeja con la comida. Me frota el brazo en un gesto de ánimo y a continuación me acaricia el pelo con ternura. Me siento bien. No hay nada de malo en esto. Eric es cálido y me transmite serenidad, lo único que necesito en este momento. Apoyo una mano en su pecho y cierro los ojos. El corazón se le va acelerando poco a poco. Levanto la barbilla con sorpresa, un tanto confundida.

—Tus ojos son preciosos, Sara. –Me acaricia la mejilla con un dedo.

Yo no contesto. Tan sólo intento tragar saliva. Quiero apartarme de su hombro, pero no lo consigo. Cuando me quiero dar cuenta, su rostro está inclinado sobre el mío.

—Disculpen, ¿les retiro las bandejas?

Doy un respingo y me separo de Eric. Me giro hacia la chica y le entrego mi comida casi intacta.

—¡Sí, por favor!

Uf, menos mal. Le daría un abrazo a la azafata. Me ha salvado de cometer una estupidez. Porque… Eric estaba a punto de besarme, ¿verdad? Y yo no estaba apartando el rostro, ni le estaba diciendo que se quedase quieto ni nada por el estilo. ¿Pero cómo puedo estar tan loca? Hace apenas una hora estaba discutiendo con Abel. Y ahora por poco me beso con su amigo. Todo esto tiene que terminar. Debo poner una solución.

—Voy al baño.

Lo sigo con la mirada hasta que sale del vagón. Entonces pienso en lo que me ha dicho antes. ¿Y si es una indirecta? ¿Y si está esperando a que yo acuda también para tener sexo? No, no, no es posible. Eric no es así. Tan sólo le han entrado ganas de hacer un pis, como a cualquier persona normal. Y yo no debería pensar en cómo es en la cama, ni cómo sería sentirme tocada por él, o besada. Yo amo a Abel. ¿Cómo es posible que tenga esos pensamientos inadecuados con otro hombre? Debo comentarle esto a Cyn. Necesito saber si es normal fantasear con otros aunque tengas pareja. Supongo que no es tan malo siempre y cuando no traspases la frontera.

Al cabo de unos minutos, Eric regresa de su incursión al baño. No hablamos en todo el rato porque él se pone los auriculares. Por otra parte, lo único que hago yo es comerme la cabeza. Por eso, cuando llegamos a Madrid, suelto un suspiro de alivio. En nada estaremos en la sala de eventos donde se celebrará la presentación. Eric saca de su mochila un mapa y lo estudia durante unos minutos.

—Está un poco lejos. En la zona industrial.

—Pero antes tenemos que ir al hotel. Supongo que Thomas también estará por allí, ¿no?

Cogemos un taxi para no perder más tiempo. Un ratito después estamos en la recepción del hotel Reina Victoria. El recepcionista nos avisa de que ya han llegado los demás, entre ellos Thomas y Rudy. Me gustaría pasar a saludarlos, pero tengo que vestirme. Por suerte, he quedado con Vivi, Ari y Didi para que me ayuden. Llamo a Ari por teléfono y diez minutos después las tengo en la puerta de mi habitación. Me maquillan, me peinan, me colocan el vestido para que luzca perfecto en mi cuerpo… Una vez más, al mirarme al espejo, me veo preciosa. Me han peinado con un moño hermosísimo. Ellas sonríen y me abrazan. Tras unos cuantos halagos, se marchan a sus respectivas habitaciones para arreglarse. Quedan casi dos horas para que empiece el acto, pero yo quiero irme ya hacia allí, así que voy al dormitorio de Eric y llamo a la puerta. Cuando me abre, parpadea como si no se creyese lo que ve.

—Dios mío… –se lleva una mano al corazón, bromeando. Hago un gesto para restarle importancia. Él me abraza y posa un beso en mi cabeza–. ¿Qué haces aquí?

—Estoy nerviosa. Quiero ir ya para allá –le pido.

Le espero mientras él termina de ponerse la camisa y la chaqueta. Le ayudo con la corbata y él me dedica una bonita sonrisa. Yo se la devuelvo, pero después agacho la cabeza, recordando lo ocurrido en el tren.

—Bueno, pecosa, ¿estás lista? –Me tiende un brazo. Me agarro a él.

Bajamos al hall, donde se nos quedan mirando unas cuantas personas. Sé que mi vestido es precioso, pero tampoco pensaba que causaría tanto furor. Hablamos con la recepcionista para que nos traiga el coche que Gross nos ha puesto. En ese momento escucho un gritito a mi espalda y al girarme descubro a Thomas, el cual corre hacia mí haciendo aspavientos. Detrás está Rudy, que se ríe por las exageradas muestras de alegría de su jefe.

Daaarling, no puedo creérmelo. ¿Cómo puedes estar tan magnífica? –Me achucha entre sus brazos.

Nos vamos los cuatro hacia las salas donde se celebra la presentación. En el coche Thomas no para de hablar muy emocionado porque el jefe de Pieces of Dreams le ha llamado y está interesado en trabajar con él y… ¡Me quiere a mí como modelo! No sé lo que responder; necesito pensármelo ya que no estoy segura de estar hecha para esto. No quiero más problemas con Abel, pero tampoco me gusta su actitud posesiva y dominante.

Cuando llegamos ya hay bastante gente entrando en el evento. Me fijo en que alguno llega con limusina y yo me quedo flipando. ¿Tan importante es todo esto y la gente que está aquí? Nada más salir del coche nos atacan los periodistas. Los flashes de las cámaras saltan una y otra vez.

—¡Sara, Sara! ¿Dónde está Abel Ruiz? ¿Todavía sois pareja?

Entiendo que pregunten todo esto, porque estoy agarrada a los brazos de dos hombres espectaculares: Eric y Rudy. Ellos sonríen a las cámaras, así que me toca hacer más de lo mismo. Una vez dentro los asistentes me empiezan a felicitar. Doy besos y más besos, estrecho manos, sonrío y me muestro serena, a pesar de que por dentro estoy nerviosísima. Un rato después el presentador anuncia que el acto va a dar comienzo. En primer lugar sube Thomas al escenario y habla sobre la campaña. A continuación nos llaman a Rudy y a mí. Tengo que cogerme el vestido porque es un poco largo y temo tropezar. Todas las miradas se clavan en nosotros. La gente nos aplaude. Madre mía, todo esto es como un sueño. Desde el escenario puedo ver las miradas de los asistentes: me doy cuenta de que algunas mujeres me observan con desprecio. Tras Rudy tengo que ofrecer unas palabras al público, así que agradezco la confianza que han depositado en mí. Más aplausos. Y por último, las fotos de la campaña aparecen en una pantalla enorme que hay sobre nosotros. ¡Son espectaculares! Eric ha hecho un trabajo maravilloso. Oigo los murmullos de los asistentes: creo que están empezando a rifárselo como fotógrafo.

Una hora después pasamos a otra sala en la que se celebra el cóctel. Los camareros van para aquí y para allá con bandejas repletas de canapés y copas de cava. Thomas no se separa ni un momento de mí. Está orgulloso de que la presentación haya sido un éxito y por eso me va presentando a todos los que ve. En media hora ya he conocido a cinco fotógrafos, cuatro fotógrafas, una docena de modelos, dos jefazos de importantes firmas y tres redactores de revistas. El jefe de Pieces of dreams habla un rato conmigo, insistiendo en que debo trabajar con ellos. Thomas me mira suplicante, pero yo contesto una vez más que lo tengo que pensar.

Dos horas después la fiesta es todo un éxito. La gente baila, bebe y cotorrea sin parar. Yo ya estoy cansada de hablar, pero no me dejan sola ni un momento. Las modelos me preguntan cómo he conseguido llegar a Brein Gross, y yo no sé qué contestarles porque ni yo me lo creo aún.

—Tienes que decirme con quién te has acostado –me suelta una rubia de labios operados.

—¿Perdona? —pregunto con los ojos muy abiertos.

En ese momento Rudy me trae una copa y me libra de la chica. Bailamos un ratito y charlamos sobre la presentación y la campaña en general. A él ya le han llamado de otro trabajo y está muy contento porque también se trata de una firma importante. Mientras hablamos, noto una intensa mirada clavada en mi espalda desnuda. Por un instante pienso que es Eric, pero al girarme y buscar entre la gente, descubro que se trata de un hombre muy atractivo, de mirada profunda. Me traspasa con ella. A su lado hay una mujer despampanante que está hablando con Thomas. El hombre me dedica una sonrisa que se me antoja extraña.

—Rudy, ¿sabes quién es ese? –le pregunto a mi compañero.

Él dirige la vista hacia donde yo estoy mirando. Niega con la cabeza.

—Quizá de alguna nueva firma, quién sabe.

En ese momento el hombre alza el brazo con la copa, en señal de brindis. Un tanto confundida, levanto también la mía. La chaqueta se le desliza y descubro algo en su muñeca. No acierto a distinguir de qué se trata, pero…

—¡Sara!

Me giro hacia Eric. Parece muy contento. Lleva una copa vacía en la mano y en cuanto pasa el camarero, coge otra.

—¿Me prestas a esta preciosidad un rato? –le pregunta a Rudy.

—Por supuesto –dice el otro. Me da un beso en la mejilla y se marcha.

Yo busco de nuevo al hombre de la copa, pero ya no está en su puesto. Tampoco la mujer ni Thomas. ¿Dónde se han metido y por qué me siento inquieta?

—Sara, baila conmigo. –Me coge de las muñecas y me atrae a él. Me doy cuenta de que ha bebido bastante–. Llevas todo el día seria. A ti te pasa algo y no me lo quieres decir.

Cuando empieza una canción más lenta de Bruno Mars, permito que me tome de la cintura. «Same bed, but it feels just a little bit bigger now. Our song on the radio, but it don’t sound the same…» No puedo evitar pensar en Abel escuchando esta canción tan triste. Apoyo la cabeza en el pecho de Eric y le confieso al fin:

—He discutido con Abel.

—¿Otra vez?

—Esta vez no sé por qué ha sido. –Alzo la barbilla y lo miro. Él me observa con una cariñosa sonrisa–. Se ha puesto como un loco porque venía aquí. Creo que tiene celos de ti.

—Bueno, yo también los tendría –murmura, distraído.

—¿Perdón?

Niega con la cabeza y me aprieta más contra él. Su mano se desliza por mi espalda desnuda, casi hasta el trasero, provocándome un escalofrío. Por suerte, se detiene en mis riñones, así que decido no decirle nada. De todos modos, está un poco bebido y quizá no es consciente del todo de lo que hace.

—Me dijo cosas acerca de su madre que no entendí –continúo, moviéndome al ritmo que él marca–. Algo como que le prometemos que nos quedamos, pero luego nos marchamos…

—Bueno, Sara, en el fondo es comprensible que a veces se comporte así. Tiene miedo de que la gente lo abandone –suelta Eric de repente.

—Yo no voy a hacer eso.

—Piensa que todavía no ha superado lo de su madre. Abel ha tenido serios trastornos depresivos. Se ha medicado durante bastante tiempo… –dice distraído. Su mano más abajo, pero ya casi no la noto. Sus palabras resuenan en mi mente.

—Pero él no tiene la culpa de que su madre muriese.

—En realidad piensa que es ella la culpable. Pero también lo entiendo.

—¿Cómo puede creer que ella tuvo la culpa de morirse?

—Vamos, Sara. Mucha gente lo piensa cuando algún familiar o persona cercana se suicida.

Sus palabras caen sobre mí como un jarro de agua fría. Le aprieto los brazos empezando a comprender. Pero él se toma mi gesto de modo erróneo, y desliza su mano hacia mi trasero. Se la aparto de un manotazo, y se hace el disimulado. Con la otra acaricia mi cintura. En realidad, lo único que me importa ahora es saber más. ¿Por qué Abel no me ha contado nunca que su madre se suicidó? ¿Acaso es una vergüenza para él? De repente, se me ocurre algo.

—Bueno, yo alguna vez también he pensado que su madre no debería haberlo hecho. –Finjo que lo sé todo para que Eric continúe hablando.

—Mujer, cuando enfermas de alzhéimer siendo tan joven y bonita como lo era ella, es normal que te venza la desesperación.

Aguanto la respiración. Mi mente da vueltas sin parar. Me están entrando náuseas. Por eso Abel me ha dicho todas esas palabras terribles esta tarde. De ahí todo su dolor. Pero no sé por qué, hay algo más. «Now my baby is dancing, but she’s dancing with another man», canta Bruno Mars. Me aparto de Eric de golpe. Estoy bailando con el amigo de mi novio. Un novio que tiene un peso demasiado horrible a sus espaldas.

Y entonces, un destello de luz en mi mente. Recuerdo cuando me dijo que le gustaba vivir deprisa porque quizá al día siguiente no estuviese aquí. Pienso en todos los dolores de cabeza que ha sufrido, en las veces en que parecía ido. Y en el día en que se olvidó de mi cumpleaños. Las manos me tiemblan.

Eric intenta cogerme, pero me escabullo y avanzo por la sala con lágrimas en los ojos. De repente, alguien se sitúa a mi lado. Se trata del hombre que me estaba observando antes. Tiene una mirada profunda, salvaje… Oscura. Parece que me va a decir algo cuando Eric me alcanza y el extraño, de golpe, se pierde entre la gente.

—Sara, ¿por qué corres así?

—Me tengo que ir, Eric. –Me abro paso.

Pero él continúa detrás de mí. Por fin logro llegar a las puertas. Las empujo con fuerza y salgo a la calle. La noche es muy fresca y sólo llevo un chal. Me abrazo para entrar en calor. En ese momento Eric también sale y me sujeta entre sus brazos. Yo me echo a llorar con el corazón roto. Me abraza contra él, me acaricia el pelo con cariño.

—¡Chsss! Sara, no sé qué te pasa, pero estoy aquí. Siempre voy a estarlo.

Alzo el rostro para agradecérselo. Pero entonces, me mira de forma distinta. Ya no me equivoco: hay amor y deseo en ella.

Y cuando me quiero dar cuenta, se ha inclinado sobre mí y me está besando.

Y lo peor es que mi mente se ha quedado en blanco y no puedo reaccionar, tan sólo sentir el suave placer que sus labios, moviéndose contra los míos, me provocan.

Tiéntame sin límites
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