
—¿Vamos bien por aquí? –me pregunta Eva, echando un vistazo por el retrovisor.
—¿Me preguntas a mí?
—Nena, que yo nunca he ido al chalé de Cyn. –Me mira de reojo a través de las gafas de sol.
—Yo sólo un par de veces –le informo, haciéndome visera con la mano. El sol de media tarde pega muy fuerte–: Y ya sabes que mi sentido de la orientación es nulo.
—Creo que estamos perdiéndonos. –Eva reduce la velocidad cuando nos metemos por uno de los caminales que yo le indico.
—Que no, que esto ya me suena más.
Me inclino a la derecha para observar los campos de naranjos por los que pasamos. Sí, estoy segura de que nos quedarán unos diez minutos y divisaremos el estupendo chalé de Cyn.
—¿Entonces Santi tiene novia? –pregunta Eva en ese momento.
—Los vi el otro día. –Subo el volumen porque ha empezado una canción de Cyndi Lauper.
«Lying in my bed I hear the clock tick and think of you…».
—¿Y cómo es ella?
—La verdad es que no tengo nada que objetar. –Me encojo de hombros–. Es muy normal y simpática.
Sí. En un principio me la imaginé desagradable, mandona y celosa. Sin embargo, cuando me los encontré, fue ella la que propuso ir a tomar algo los tres y el rato que estuvimos charlando me demostró que era de lo más amigable. O hay gato encerrado o de verdad es así. Y si es lo segundo, me molesta un poquito.
—¿Y es guapa?
«Time after… Sometimes you picture me. I’m walking too far ahead…».
—Lo cierto es que es bastante bonita.
—«If you’re lost you can look and you will find me…» –Eva se gira hacia mí y canta a pleno pulmón.
Suelto una carcajada pero enseguida me uno a ella. ¡Me encanta esta canción!
—«Time after time…».
—«If you fall I will catch you. I’ll be waiting time after time…» –coreamos las dos, contagiadas por la emoción de Cyndi Lauper.
—¿Y en tu casa? ¿Cómo van las cosas?
—Necesito que sea septiembre ya. Es más, he hablado con la dueña del piso para que me pueda mudar el día uno. No voy a esperar a mediados. –Apoyo la mejilla en la palma de la mano.
—¿Tan mal estáis?
Ya van apareciendo algunos chalés similares a los de Cyn. Le indico con el dedo para que gire por el camino de la derecha.
—No paran de discutir. –Me muerdo una uña al recordar los conflictos de los últimos días en casa–. Mi madre no encuentra un dinero que tenía ahorrado y piensa que ha sido mi padre el que se lo ha quitado para comprar alcohol.
—¿En serio? ¿Y tú qué crees?
—No lo sé –musito, con los dientes apretados.
—Tú sólo sigues pensando en él, ¿eh?
Le dedico una sonrisa triste. Bueno, es cierto que no he sacado a Abel de mi cabeza, pero al menos puedo comer un poco más y estoy tratando con todas mis fuerzas de rehacer mi vida. Pero es que a veces todavía puedo apreciar su olor cerca de mí. Y por las noches me parece notar sus manos recorriendo mi cuerpo. Entonces no puedo evitarlo y me dejo llevar, juego conmigo misma imaginando que el que lo hace es él. Son los únicos momentos en los que me siento feliz, aunque luego el golpe es más fuerte.
El móvil me suena. Lo saco y al abrirlo me encuentro con un mensaje de Cyn.
«Tías, pero llegáis ya o qué??? Me estoy volviendo loca con la barbacoa».
Suelto una risita. Eva sonríe también, aun sin saber qué sucede.
—¿Es Cyn?
—Sí. Que no se aclara con la barbacoa que han comprado sus padres.
—Espero que lleguemos antes de que prenda fuego al chalé y a todos los campos de alrededor.
—¡Mira, ahí, ahí!
Al fondo a la derecha se alza un chalé un poco más grande que el resto. Tiene la fachada blanca y está más nuevo. Sin duda es el de Cyn. A sus padres les tocó la lotería hace unos años y decidieron comprarse uno. Es de los mejores de este lugar.
Eva hace sonar la bocina un par de veces cuando nos plantamos ante la verja. En cuestión de segundos sale Cyn, con un top que tan sólo le tapa los pechos y una falda cortísima. Pongo los ojos en blanco. Vale que esté en su chalé, pero sé que en el de al lado viven unos adolescentes sobrehormonados. Seguro que se lo pasan pipa cada vez que mi amiga toma el sol o nada en la piscina.
—¡Menos mal que ya estáis aquí! –exclama con cara de preocupación.
Nos abre la verja y Eva mete el coche, dejándolo en un rincón porque todavía tienen que acudir bastantes más personas. Nos damos unos besos y luego acompañamos a Cyn a la barbacoa.
—No funciona –nos dice con las cejas arrugadas. Nos señala el aparato.
—¿Tienes el carbón y las pastillas? –le pregunta Eva, que tiene mucha maña para todo esto. Cyn asiente y le entrega lo que ha pedido. Eva mueve un poco el cacharro.
—Es mejor que le dé el aire –nos explica, mientras Cyn y yo la miramos con cara de tontas–. Bien, pues es tan fácil como meter las pastillas en el carbón y rociarlo con el líquido de encender. –Se gira hacia Cyn, la cual la mira con cara de no entender nada–. Nena, por favor, que no es tan difícil.
—¿Y por qué no lo haces tú? Yo prefiero ir mirando la música…
—Está bien –acaba aceptando Eva de mala gana–. ¿A qué hora va a venir la gente?
—Empezarán a llegar a las ocho y media o nueve.
Hacemos tiempo ayudando a Cyn a elegir música para la fiesta. A continuación hacemos más tiempo ayudándola a elegir la ropa que se tiene que poner. Se ha traído dos maletas llenas para la ocasión.
—Qué más da lo que te pongas si a media noche estarás borracha y te quedarás en bikini –se mofa Eva, sacando un modelito tras otro.
Cyn suelta un bufido y se coloca por delante un vestido azul veraniego.
—¿Qué tal este? –nos pregunta al tiempo que se mira en el espejo.
—Demasiado soso –le digo.
Lo tira en la cama y coge otro, uno con estampado de leopardo que le tapa sólo el culo.
—¿Y este?
—Demasiado putón –opina Eva.
Cyn da un gritito de frustración y se lanza a buscar como una loca.
—¡No me va a dar tiempo ni a maquillarme! –chilla.
—¿Y entonces va a venir Judith? –me pregunta Eva, haciendo caso omiso de la desesperación de nuestra amiga.
—¡Ajá! –asiento, sosteniendo entre mis dedos un conjunto de ropa interior descaradamente atrevido. Oh, vaya, qué cosas usa Cyn. Nunca he llevado uno así y no sé si me atrevería.
—¿Y el jamelgo no va a venir?
—¿Qué jamelgo? –le pregunto, dirigiendo la mirada hacia ella.
—¿Quién va a ser? El Adonis rubio.
—Ah, te refieres a Eric. –Agarro otra prenda, esta vez un tanga rojo con encajes. Me pongo colorada al imaginar a Cyn con esto.
—¡Es verdad! –exclama ella en ese momento–. ¿Lo llamamos a ver si quiere venir? –Se gira hacia mí–. ¡Tendrías que haberlo pensado antes, Sara!
—¿Y para qué voy a querer que venga? –pregunto de mala gana.
—Para recrearnos la vista, nena. –Eva esboza una pícara sonrisa.
—Y para que yo lo conozca de una vez. –Cyn clava sus ojazos azules en mí, un tanto enfurruñada.
Ah, vale, que eso es lo que pretende. Se lo quiere ligar. Bueno, creo que pegan. Pero no sé, como que me molesta un poco. ¡Joder, Sara! Te estás convirtiendo en la condesa del perro del hortelano, que ni come ni deja comer. Eric no es tuyo, a ti no te gusta, así que deja que el chico haga su vida. Y qué mejor que con Cyn. O incluso con Eva, a la que también le vendría bien un poco de marcha en el cuerpo.
—Bueno, voy a ver –les digo. Las dos dibujan unas sonrisas de oreja a oreja–. Pero no os aseguro nada. Ya es muy tarde y quizá tenga plan.
Salgo de la casa y camino por la terraza, marcando el número de Eric. Un tono, dos tonos…
—¿Sara?
—Hola –saludo tímidamente.
—¡Qué sorpresa! Hace mucho que no sé nada de ti. Desde… –se queda callado. Al fin pregunta–: ¿Cómo estás?
—Bien –murmuro, sentándome en la mesa. No sé por qué, pero ya me he puesto nerviosa–. Oye, mira, es que es el cumpleaños de mi amiga Cyn y hace una fiesta en su chalé. A lo mejor te apetece venir…
—Claro –no me deja ni terminar la frase.
—¿Ah, sí? –pregunto, confundida.
—Iba a cenar solo. Hoy mis amigos no salen. –Noto que esboza una sonrisa al otro lado de la línea.
—Ah, pues perfecto. –Miro hacia el interior de la casa. Mis amigas están haciendo unos gestos exagerados. Asiento con la cabeza y las dos se abrazan. Qué locas están–. Es a las nueve.
Le digo la dirección y me despido de él. Cyn y Eva corren hacia mí, esta última encendiéndose un pitillo. ¿No iba a dejar de fumar? Me va a contagiar las ganas, que buena falta me hace últimamente.
—Se va a pensar cosas que no son –digo, dejando el móvil encima de la mesa.
—Mejor, nena. Si yo creo que le gustas y…
—¡Qué va! –exclama Cyn con voz de pito, dejándonos a las dos boquiabiertas. La miro de forma interrogativa y desvía los ojos. Bueno, si ella lo dice será verdad, es la que entiende de estas cosas.
Una hora después, Eva y yo nos dedicamos a sacar el embutido para empezar a hacer la barbacoa. Cyn se ha metido en el baño y supongo que tardará un ratillo en salir. Quince minutos más tarde aparecen los primeros invitados en dos cochazos. Cuando se apean, las reconozco: son unas amigas de Cyn. También estudian Derecho y son pijísimas. Sus familias están forradas, según me ha contado ella. Pero por lo poco que las he tratado, son simpáticas.
—¡Hola, Sara! –grita una de ellas, Zaida. Es rubia, de ojos verdes felinos, y lleva un vestido que a simple vista parece muy caro–. ¡Cuánto tiempo! –chilla junto a mi oído mientras me abraza.
Hago las oportunas presentaciones. Pasan una por una y todas son clones: los mismos peinados, el mismo maquillaje, idénticas uñas de porcelana. Menos mal que Cyn es un poquito diferente. Mientras ellas se sientan en la mesa de la terraza y se ponen a charlar, Eva y yo volvemos a nuestra tarea en la barbacoa. Pero no nos da tiempo a mucho porque diez minutos después llega otro coche. Esta vez son unos compañeros, también pijísimos. Cabello liso y repeinado, camisetas de Tommy Hilfiger, bronceado artificial y dientes blanquísimos. Es cierto que son guapos, pero para nada como Eric o… Bueno, no quiero ni pronunciar su nombre.
Cuando volvemos a la barbacoa, Eva dice:
—No sabía que esto fuera una convención de Barbies y Kenes.
Suelto una carcajada. Le ayudo a poner las salchichas y las hamburguesas en la parrilla. Me enseña a encender el fuego. No está mal, es casi divertido.
La bocina de otro coche nos avisa de que llega alguien más. En este caso se trata de las primas de Cyn, dos gemelas muy majas y para nada pijas. Tienen tres años menos que nosotras y son adorables.
—¡Saraaa! –Diana, la más cariñosa, se lanza a mis brazos. Me clava sus gafas en la nariz–. Oh, lo siento.
—No te preocupes –le sonrío.
Ambas se pegan a nosotras, observando cómo hacemos la barbacoa. Quince minutos después, por fin sale Cyn de la casa. Las Barbies chillan y dan palmadas cuando la ven. La felicitan, alaban el vestido de color rosa pálido que al final ha decidido ponerse. No es nada atrevido, pero eso sí, los tacones que no le falten. Uno de los Kenes se acerca al equipo de música y lo enchufa. Katy Perry resuena a través de los altavoces. Cyn se pierde en el interior de la casa y regresa con vasos. Los demás la ayudan a sacar las bebidas y se las van sirviendo. Entiendo, estos han venido para pillarse un pedo.
—Sara, mira, es Judith –me susurra Eva al oído.
Me giro y veo a mi amiga acercarse. Va agarrada de la mano de Graciella. Al pasar por delante de los amigos de Cyn, estos se las quedan mirando. Oh, no, que no digan nada. Por suerte, ellas pasan de todo y se acercan a nosotras sin perder la sonrisa.
—Cariño –me abraza. Graciella la imita.
Media hora después todos estamos comiendo y bebiendo. La música retumba en los altavoces. Una hora y media más y el alcohol se desborda. ¿Cuánto ha comprado Cyn? Dejo que Eva me sirva otro gin-tonic. Es el tercero ya, no quiero ponerme borracha como otras veces, pero lo cierto es que sé que no voy a poder dejar de beber.
—¿Eric no va a venir? –me pregunta, poniendo morritos.
Me encojo de hombros. Bueno, le dije que era a las nueve, así que imagino que no, que tendrá un plan mejor. Mi amiga ya va bastante contentilla, así que la dejo bailando con las gemelas. Yo me escabullo y me siento en una de las sillas que está en un rincón. Observo a un par de amigas de Cyn que se están quitando la ropa. Y mi amiga también, por supuesto. Todas llevan unos bikinis diminutos. Los Kenes les lanzan silbidos de admiración y se despojan también de sus camisetas y pantalones. Ay, por Dios.
—¿Te vienes?
Alzo la vista y me topo con uno de los pijos. Se ha pasado con los rayos uva.
—No, gracias.
Él se encoge de hombros y se va corriendo a la piscina, dejándome en mi soledad. No sé por qué, pero esta fiesta me recuerda a la última en la que estuve. Sí, aquella en Barcelona. En la que yo estaba radiante y todos se giraban para mirarme. Echo de menos aquella sensación.
«I can be tough… I can be strong… But with you it’s not like that at all».
Oh, joder. Avril Lavigne con una de sus canciones deprimentes. Pero nadie parece darse cuenta. Ahí está Cyn en la piscina mientras otro le hace aguadillas. Eva fumando como si no hubiese un mañana y charlando animadamente con las gemelas. En serio, ¡que la música ya no es alegre!
«There’s a girl that gives a shit behind this wall you just walk through it…».
Me levanto como una desquiciada para cambiar la canción. Dios, qué horror, me está dando el bajón por culpa del alcohol.
«And I remember all those crazy things you said. You’re always there. You’re everywhere».
Pero entonces, cuando me estoy acercando al aparato, alguien me llama. Me giro y descubro a Eric atravesando la verja. Suelto un suspiro de alivio. Al menos voy a poder hablar con alguien. Va muy guapo y me encanta su amable sonrisa. Es una suerte que haya llegado a tiempo. Salva corriendo los metros que quedan hasta mí y cuando llega me coge de la cintura y me da un beso en la mejilla. Se ha afeitado y está muy suave.
—Iba a cambiar ahora la canción –le digo, girándome de nuevo para ir hacia la música.
—¿No te gusta?
«Damn, damn, damn. What I’d do to have you here. I wish you were here…».
Joder, está claro que no. Esas frases son tal cual mis pensamientos. Y no quiero escucharlos.
—¿Entonces no quieres bailar? –Eric me coge de las caderas, bromeando.
Niego con la cabeza, intentando devolverle la sonrisa. Me sitúo ante el equipo de música y estudio los botones. ¡Hay muchos! ¿Cómo funciona esto? Aprieto uno y Avril Lavigne canta más alto. «What I’d do to have you near».
—¿Te ayudo? –Eric se coloca a mi lado, observando el panel.
Yo me aparto, dejándolo a él con lo suyo. Me cruzo de brazos, echando un vistazo a los demás, que ríen en la piscina. Cerca de la barbacoa hay una Barbie morreándose con un Ken como si se fuese a acabar el mundo.
Y a su lado, alguien familiar.
El corazón se me detiene.