
Las palabras se me quedan atascadas en la garganta. Sólo puedo observar la patética escena con los ojos muy abiertos y la barbilla temblorosa. ¿Por qué esas dos tienen los vestidos subidos por encima del culo, enseñando sus ridículos tangas? ¿Y por qué están durmiendo cerca de Abel? ¿Y qué hace todo ese whisky tirado por el suelo? ¡La habitación apesta a alcohol y sexo!
No puedo creer que me haya sustituido tan pronto. Jamás lo habría imaginado, en serio. Tengo que deshacerme de esta ingenuidad. ¡Antes no era tan confiada! No me atrevo a acercarme más. Me parece que está demasiado borracho. La cabeza le cuelga por fuera del sofá y tiene bastante mala cara. Oh, ¿pero por qué has hecho eso, Abel? ¿Realmente era necesario?
En ese momento escucho unos pasos a mi espalda. Marcos y Eric se detienen a escasos centímetros de mí. Me encaro con el segundo.
—¿Tú sabías esto?
Pone mala cara y alza las manos como para tranquilizarme.
—¡Claro que no! Me fui temprano después de la sesión. –Se rasca la barbilla, desviando la mirada–. Abel se quedó un rato más, pero me dijo que no tardaría en volver a casa.
Le pido disculpas. Por un momento mi mente retorcida se ha imaginado que Eric me había traído aquí con conocimiento de causa. Vamos, que sabía lo que me iba a encontrar. Joder, me estoy volviendo una paranoica.
—Sara ¡¿Sara?! –grita Abel.
Me giro de nuevo hacia el salón y lo descubro intentando incorporarse del sofá. Tiene los ojos entrecerrados. Madre mía, ¿cuánto ha bebido? Movida por la rabia, me acerco hasta él, esquivando como puedo los restos del suelo.
—¿Qué coño significa esto, eh? –pregunto a grito pelado.
Se lleva las manos a la cabeza y aprieta los dientes. Seguro que le duele muchísimo, pero no puedo evitar alzar la voz. Estoy demasiado histérica. Marcos se sitúa a mi lado con ojos asustados.
—¿Qué hace borracho a las cinco de la tarde? –le pregunto, señalando con la mano abierta a Abel. Luego la dirijo hacia las chicas–. ¿Y quién cojones son estas pilinguis?
Ellas ni mu. Vamos, que están KO. A una hasta se le cae la baba. Me fijo en que son bastante guapas, aunque tienen un aspecto de lo más vulgar. Mientras pienso en esto, Abel logra levantarse del sofá y se tambalea hacia mí. Marcos tiene que sujetarlo para que no se caiga hacia delante y me chafe con toda su altura.
—Sara, has venido… –Apenas puede articular palabra. Todo este espectáculo me da pena.
—Venía a hablar, pero ya veo que es algo que no se puede hacer contigo.
Me mira confundido. Se le vuelven a cerrar los ojos y se agarra a su hermano, intentando recuperar el equilibrio.
—Sara, para –me dice Marcos, llevando a Abel al sofá–. Ahora mismo no te entiende.
—Que os den. –Doy media vuelta y por poco choco contra Eric, el cual observa la escena sin saber qué hacer.
—¿Puedes esperar, chica? –Marcos me sujeta del brazo y me gira a él. Cuando lo miro, me doy cuenta de que está enfadado. ¡Será posible!–. Estás confundiéndote.
—¿Ah, sí? –digo con sarcasmo, dirigiendo la vista a las chicas y a las botellas vacías.
—Son las modelos que Abel fotografió ayer –asiente Marcos. Se frota la frente–. ¿Me harías el favor de hablar un poquito más bajo?
Vaya, a él también le duele la cabeza. Menuda fiesta particular se montaron. Estoy que trino. Me dan ganas de deshincharle los músculos al medio cerebro este y de agarrar a esas tías de los pelos, pero yo nunca he sido tan barriobajera. Es por culpa de este maldito fotógrafo, que desde un principio sacó lo peor de mí.
—Abel no se ha acostado con ninguna –continúa, clavando sus ojos en mí. Tiene unas profundas ojeras.
—Deja de protegerlo –le recrimino.
—¿Para qué te iba a mentir? Podría decirte que sí lo ha hecho y así te irías y no le joderías más. Pero eres importante para él y quiero a mi hermano.
Me quedo mirándolo con la boca abierta. ¡Encima tiene la desfachatez de culparme a mí de esto!
—Marcos, tampoco te pases –interviene Eric, aunque no necesito que nadie me defienda.
Me doy cuenta de que el otro le lanza una mortífera mirada. Ambos se quedan en silencio durante un buen rato, hasta que Marcos dice con los dientes apretados:
—¿Por qué no te vas? Aquí no pintas nada.
Cada vez estoy más confundida. Parece que no se llevan bien, ¿no?
—He traído a Sara para que hablara con él.
—Vale, pues ya ves que no es el mejor momento.
Cada vez están más cerca el uno del otro, y a mí se me empieza a encoger el estómago. No me gusta que la gente se pelee.
—Sara, cariño.
Por suerte, Abel interrumpe la posible discusión. Se ha sentado en el sofá, aunque tiene el cuerpo ladeado. Está pálido y ojeroso. Realmente nunca lo había visto tan mal. Estoy empezando a sentir pena. ¡Mierda, mierda! Cuando alarga una mano para que me acerque, todavía dudo, pero hay algo en la tripa que se me remueve. Sin embargo, ¡no me puedo creer que no se haya acostado con estas tías!
—Vamos, ve. –Marcos me da un pequeño empujón. Gruño y al final me planto ante Abel, el cual intenta cogerme de las piernas, aunque se lo impido.
Alza la cabeza con la intención de clavar su mirada en mí, pero se le cierran los ojos.
—¿Me has perdonado ya? –La lengua se le traba y apenas le puedo entender.
—No.
Suelta un gemido al tiempo que apoya la espalda en el respaldo del sofá.
—Tengo algo que contarte –atina a articular toda la frase.
Me pregunto si será su confesión.
—No creo que ahora puedas –continúo mostrándome fría, pero el estómago vuelve a hacer de las suyas, se me mueve y me provoca dolor.
—Yo no soy un mentiroso. –Logra enfocar la vista en mis ojos y me estremezco. Casi parece que vuelve a estar en posesión de sí mismo.
Me estoy derrumbando ante su aspecto débil. No, él no es así. Quiero a mi Abel duro, misterioso y sexy.
—Mejor que nos vayamos, ¿no, Sara? –Escucho la voz de Eric a mis espaldas.
Pero yo no puedo apartar la vista de Abel. Mi fantástico fotógrafo, al que pensé que nada ni nadie podía derribar. ¿Verdaderamente he hecho yo esto? Me viene a la cabeza la última noche que pasamos juntos. Me rondan por la mente los momentos en los que me sentí diferente con él. Me doy cuenta de que por primera vez en mi vida sabía que con este hombre podía ser yo.
—Quiero quedarme –digo de repente, sorprendiéndome a mí misma.
Miro por el rabillo del ojo a Marcos. No parece que le haga mucha gracia, pero me da igual. En ese momento, Abel se inclina hacia delante y suelta una arcada. En otras circunstancias yo ya estaría vomitando. Me da mucho asco. No obstante, lo único que siento en mi interior es dolor. Me aproximo a él y lo cojo por los hombros.
—Apóyate en mí –le digo–. Te voy a llevar al servicio.
Cuando logro levantarlo, casi nos caemos. Pesa más de lo que pensaba. Eric y Marcos me miran confundidos y se acercan para ayudarme, pero yo les hago un gesto porque quiero que se aparten.
—Me encuentro fatal… –murmura Abel cerca de mi oído. ¡Joder, cómo huele a alcohol! ¿Cuánto habrá bebido?
—Lo sé, lo sé… –suspiro.
Por fin llegamos al cuarto de baño. Le insto a que se arrodille ante la taza del WC. y me sitúo a su lado. Las arcadas le sobrevienen una tras otra, pero no sale nada de su cuerpo. Mientras, le acaricio el pelo para tranquilizarlo. Dios. Parece un niño pequeño. No puedo evitar sentirme horriblemente mal, y también un poco culpable.
—Ya lo ha echado todo antes –dice Marcos desde la puerta. Eric nos mira desde atrás.
Tras comprobar que puede mantener el equilibrio por sí solo, me acerco a la bañera y abro el grifo. Sin querer, nuevas imágenes acuden a mi cabeza. No puedo evitar comparar esta, que es muy pequeña, con la bañera de su casa, tan grande y bonita.
—¿Qué vas a hacer? –pregunta Marcos, entrando en el baño.
—¿Es que no lo ves? Voy a lavarlo. –Giro la cabeza hacia él y lo miro con mala cara.
Se cruza de brazos, observándome con la ceja arqueada, pero no dice nada. Dejo la bañera llenándose de agua y me arrimo de nuevo a Abel. Lo levanto con cuidado y trato de quitarle el pantalón. Como no puedo yo sola, me ayuda Marcos. Decido dejarlo con el boxer. No sé por qué, ya me conozco su cuerpo, y sin embargo ahora me vuelve a dar vergüenza verlo desnudo por completo.
Me fijo en su magnífico torso. A pesar de tener mal aspecto, continúa siendo fantástico. Es tan atractivo. En cuanto le paso el brazo por la cintura para levantarlo, mi corazón se activa a mil por hora. Un calambre recorre todo mi organismo. Joder, no hay nadie que me excite como él, aun estando enfermo.
—Sara… –murmura, con los ojos cerrados, apoyando su cabeza en la mía.
Con ayuda de Marcos lo meto en la bañera. Da un respingo cuando le cubre el agua.
—No te quejes. La he dejado fría para que se te pase antes –le digo.
Me inclino sobre él para coger el bote de champú. Cuando su pelo me roza el cuello, tengo que aguantar la respiración. Me echo un poco de gel en las manos y a continuación empiezo a lavarle la cabeza suavemente, haciendo movimientos circulares con las manos. Noto las miradas de Marcos y Eric clavadas en mi espalda.
—¿Hola…? –Una voz femenina llega flotando por el pasillo. Luego un sonido de cristales rotos.
—Por fin se han despertado –dice Marcos–. Voy a decirles que se marchen.
Sale del cuarto de baño. Sin embargo, sé que Eric se encuentra todavía aquí, estudiando todos mis movimientos mientras lavo el pelo a un Abel medio inconsciente.
—Será mejor que yo también me vaya –su voz grave me sobresalta.
Me giro hacia él. Le noto serio, preocupado. Me levanto para despedirme. Tengo las manos llenas de jabón. Por fin, él me dedica una de sus tranquilizadoras sonrisas. Se inclina para darme dos delicados besos en las mejillas.
—Espero que lo solucionéis. –Me acaricia el pómulo. Yo cierro los ojos ante ese suave contacto.
—Está un poco difícil. –Dirijo la mirada hacia Abel, que da cabezadas en la bañera.
—Me duele verlo así. –Arruga las cejas.
—Lo sé. A mí también.
Escuchamos gritos en el comedor. Marcos está diciendo algo a las chicas, pero no lo entiendo. Eric y yo nos miramos con los ojos muy abiertos. Al final no podemos aguantarnos y nos echamos a reír. Abel gruñe a nuestras espaldas.
—Llámame cuando quieras, ¿vale? Y tomamos algo.
—Claro.
Me espero a que salga por la puerta para continuar con Abel. Cuando me inclino, me llega todo el olor del champú y sonrío. Le echo agua para aclarárselo, mientras él farfulla algo que no entiendo. Se oye la puerta cerrarse. A continuación más gritos y un portazo. Después el silencio, a excepción de la respiración de Abel y de la mía.
—¿Por qué eres tan buena conmigo? –pregunta en ese momento. Ya no se le traban las palabras.
No respondo. ¿Por qué lo soy, después de todo? Bueno, lo sé: porque lo quiero. Porque deseo verlo bien, seguro, fuerte. Sin embargo, no se lo digo. Me pongo un buen chorro de jabón en las manos y le froto la espalda. Le estoy lavando como a un niño. En realidad ahora parece mucho más joven, mojado y encogido en la bañera.
—¿Me vas a escuchar ya? –su voz tiene un tono somnoliento, pastoso–. Tengo algo muy importante que decirte.
—Ya veremos, Abel. –Tengo un nudo en la garganta.
—Esto es vergonzoso, Sara. –Se señala a sí mismo.
Lo giro hacia mí. Le enjabono el pecho y a continuación el abdomen. Cuando bajo un poco más la mano, me doy cuenta de que está excitado. Él se mira durante unos segundos, hasta que alza la cabeza y clava sus ojos en mí. Están abiertos. Tan azules como siempre. Me reconozco en su mirada. La intensidad con la que me observa hace que todos los poros de mi piel se dilaten. Sin darme cuenta, bajo la vista hacia sus carnosos labios, que están recobrando el color. Los tiene entreabiertos y unas ganas enormes de besarlo se apoderan de mí. Mi cuerpo ha tomado el mando, como tantas otras veces. Acerco mi rostro al suyo. Él atrapa mi mano y la desliza hacia abajo un poco más. En cuanto noto su erección, unas deliciosas cosquillas en las ingles me sacuden.
Sus labios se acercan más a mí, están casi pegados a los míos. No puedo escaparme de su mirada. Le deseo tanto como antes.
—¿Ya acabáis o qué?
Doy un brinco al escuchar la voz de Marcos. Me levanto y me giro hacia él, un tanto nerviosa.
—Mira que eres pesado, Marcos… –se queja Abel.
—Deberías acostarte un rato. Y dormir. –Se mantiene en el umbral de la puerta, con los brazos cruzados en el pecho. Uf… ¿pero qué se cree este musculitos? Encima que he estado cuidando de su hermano.
—Te ayudaré a llevarlo a la habitación –le digo, buscando una toalla.
Marcos abre un armarito y me tiende una. Huele muy bien. Me inclino en la bañera para ayudar a Abel a que salga. Cuando lo hace, me pongo a secarlo con mimo. Marcos se abalanza sobre mí y me arrebata la toalla de las manos.
—Así vas a tardar una eternidad –me dice de malas maneras.
Me contengo para no decirle alguna burrada. Una vez seco, lo acompaño a la habitación, aunque ni siquiera deja que me arrime a Abel. No entiendo nada, ¿pero de qué va? Si en un principio se mostró simpático conmigo. Observo cómo le pone unos pantalones cortos y lo acuesta en la cama. Abel vuelve a tener los ojos cerrados. Se está quedando dormido. Aprovecho para echar un vistazo alrededor: se trata de un dormitorio bastante pequeño, con una cama individual, un armario, una mesilla de noche y un escritorio. También una diminuta ventana que da a la calle.
—¿Se va a quedar Sara conmigo? –pregunta.
—Claro. –Marcos me lanza una mirada furibunda y me hace un gesto para que salga de la habitación.
Camino por el pasillo en silencio, seguida de Marcos. Un montón de pensamientos incoherentes se me cruzan por la cabeza, pero intento calmarme, no armar ningún jaleo como otras veces he hecho. Me detengo ante la puerta, sin saber qué hacer o decir. Marcos la abre y me señala el rellano.
—¿Se puede saber qué te pasa conmigo? –me atrevo a preguntarle.
Él arquea una ceja, se vuelve a cruzar de brazos y suelta una risa sardónica. ¡Qué ganas de soltarle un puñetazo como hice aquella vez con el gilipollas de Kurt!
—Mira, Sara, te voy a ser sincero. –Se pone muy serio–: Fui yo el que invitó a esas modelos al piso. Fui yo el que compró alcohol y animó a Abel a beber. No pensaba que llegaría a ese punto, lo único que quería es que se acostara con alguna de esas. ¿Sabes para qué? –Niego con la cabeza. Tengo la boca seca ante todo lo que me ha confesado–. Para que se olvide de ti de una vez.
—Yo… –no me salen las palabras de la boca. No me puedo creer lo que está diciendo.
—Estoy cansado de verlo sufrir. Primero Nina, ahora tú… –Agita la cabeza, como si estuviese recordando algo que le molesta–. Vive mucho mejor acostándose cada noche con una mujer diferente. Es de la única forma en la que el pasado no le atormenta.
Me quedo congelada. ¿El pasado? ¿Qué pasado? ¿Y por qué le iba a atormentar? ¡Mierda, si me hubiese dicho algo, ahora podría entender esto! Pero lo único que puedo hacer es quedarme con cara de tonta y con el corazón latiéndome a mil por hora.
—Creía que tú eras diferente, Sara. Ya sabes, eres una mujer inteligente, sensata.
—Lo soy –me atrevo a decir.
—No lo dudo. –Se queda callado unos instantes. Al fin, dice–: Por eso, estoy seguro de que lo entenderás.
—¿El qué?
—Le diré a Abel que no quieres saber nada de él.
El corazón se me encoge. Se me hace un nudo en la garganta. Niego con la cabeza, a punto de arrancar en llanto.
—Los dos estaréis mucho mejor el uno sin el otro.
Me da un suave empujón, haciéndome salir al rellano. La puerta se cierra a mis espaldas. Me la quedo observando perpleja, con las lágrimas agolpándose en mis ojos, sin entender bien nada de lo que ha ocurrido. ¿Me lo he buscado yo? ¿Tendría que haber confiado en él? No, esto no puede haber acabado. Salgo a la calle con la esperanza de que Abel me llamará. Tiene que hacerlo, no puede creer a Marcos.