
Cierro los ojos y trato de controlar la respiración. Mi pecho sube y baja a un ritmo desenfrenado. Abel se derrumba sobre mí y oculta el rostro entre los almohadones. Quiero acariciarle el pelo, pero todavía tengo puestas las esposas. Su corazón late sin control contra el mío. En un momento dado parece que sólo hay uno, enorme y extasiado.
Al cabo de un minuto se aparta, aunque al salir me deja una dolorosa sensación de vacío. Desearía tenerlo todo el tiempo dentro de mí porque en esos momentos encuentro sentido al mundo en el que vivo. Cuando está en mis más profundos recovecos sé que yo he nacido por y para algo.
Ladeo el rostro hacia él con los ojos entrecerrados. Lo veo estirar el brazo y coger una llave diminuta con la que abre las esposas. Me las quita con sumo cuidado. Intento girar el cuerpo pero estoy tan agotada que las extremidades no me responden, así que me quedo en esa postura, con los brazos por encima de la cabeza y las piernas aún separadas.
El vientre se me contrae en cuanto sus dedos lo recorren. Le sonrío y él me devuelve el gesto. Está tan sudado como yo, y tiene también las mejillas encendidas y el cabello un poco alborotado. Me enternece verlo así, tan cerca de mí. Es hermoso. Y es mío.
—Eres una pequeña provocadora –murmura con voz pastosa.
Las yemas de sus dedos hacen círculos alrededor de mi ombligo.
—Jamás había probado algo así. –Me desperezo con satisfacción.
—Siempre hay una primera vez para todo. –Me mira con curiosidad y me pregunta–: ¿Te ha gustado?
—¿Tú qué crees? –Arrimo el rostro al suyo y lo beso con suavidad. Él desliza la mano hacia abajo y en cuestión de segundos vuelvo a estar excitada. Me demuestra que no se queda atrás apretando su bulto contra mi cadera.
Sin dejar de besarme pasa una pierna por encima de las mías y se coloca de forma que su excitación me roza la parte interna de los muslos. Suelto un suspiro y bajo las manos por su espalda hasta llegar al prieto trasero. Se lo estrujo con ganas. Qué ganas tenía de poder hacerlo.
Mientras juega con mi cuello, alzo la vista al espejo del techo. Uf, es tremendamente excitante. Se siente como si me hubiese desdoblado, como si la chica que me observa con ojos impregnados de placer fuese mi otro yo, aquel que se deja arrastrar por los más secretos deseos. Pero todo el goce es para mí por partida doble. Sonrío ante mis propios pensamientos. Deslizo la vista por su espléndido cuerpo. Observo con deleite cómo se le contraen los músculos de la espalda y de los glúteos.
Entonces reparo en algo que no había visto antes debido a lo sumergida que estaba en el sexo. Muevo la mano hasta su coxis y rozo lo que hay unos milímetros por encima. Desde aquí no puedo apreciar bien la forma. Él se pone tenso.
—¿Abel? –pregunto, extrañada.
—¿Mmmm? –Apoya las palmas a ambos lados de mi cabeza y se me queda mirando. Está intentando disimular, pero noto en sus ojos que hay algo extraño. Creo que empiezo a conocerlo.
—Tienes un tatuaje. –No lo pregunto. Estoy afirmándolo. Se lo vuelvo a acariciar y entonces se aparta con brusquedad y se tumba boca arriba.
—Sí –responde, formando una sonrisa.
Pero qué pensaba, ¿que no iba a verlo? De todas formas, si lo que le preocupa es que me enfade, a mí no me importa que lleve un tatuaje. De normal, me parecen sensuales tanto en hombres como en mujeres. Lo único que me asombra es que no me lo haya dicho y que encima se lo haya hecho en la misma zona que el anterior. ¿Será el mismo? Pero no, no puede brotar después de habértelo quitado, imagino.
—¿Cuándo te lo has hecho? –Lo agarro de las caderas con la intención de darle la vuelta.
—Hace una semana más o menos. –Quiere restarle importancia.
—Enséñamelo, ¿no?
Parece pensárselo unos segundos. Al fin, se coloca bocabajo. Yo me pongo de lado, con un codo apoyado en la cama, y acerco el rostro. En realidad no lo tiene en el lugar exacto que el anterior. Este se encuentra un poco más arriba y es muy pequeño. Es una esfera con una diminuta estrella de cinco puntas en su interior, en las que se enreda lo que parece una serpiente negra. El que se lo haya hecho tiene que ser todo un experto en dibujar miniaturas. Lo acaricio con lentitud, pasando el dedo por cada pico de la estrella. La verdad es que es bastante sexy y tiene un toque misterioso y místico. Me pregunto si el anterior no se lo hicieron bien y por eso se lo había quitado.
—¿Por qué no me dijiste que te ibas a hacer uno? –le pregunto, levantando la barbilla para mirarlo.
Él se sitúa de lado como yo y apoya una mano en mi cadera. Me observa durante unos segundos, tratando de descubrir si estoy enfadada. Pero estoy tan agotada tras el maravilloso sexo que no me quedan fuerzas para nada.
—No sabía si te gustaría.
—Es muy sensual –le digo, cogiéndolo del trasero y acercando su cuerpo al mío–. Los tatuajes me gustan mucho. Quizá me haga uno algún día.
—Sería una buena idea. –Un destello de deseo le brilla en los ojos.
—Y haré como tú: lo guardaré en secreto hasta que un buen día lo descubras haciéndome el amor –respondo con sarcasmo.
Él chasquea la lengua y me aprieta la cadera. Me besa en la mejilla, en la comisura de los labios y por fin mete la lengua en mi boca. La saboreo muy lentamente.
—Te lo iba a decir, pero no he tenido tiempo.
Arrugo el ceño y me aparto un poco para mirarlo a los ojos y comprobar si dice la verdad. En realidad no lo puedo saber porque vuelve a tener esa mirada que cierra con diez llaves.
—¿Y te ha dado así de repente por hacértelo o...?
—Más o menos –responde. Acerca una mano a mis pechos, me coge uno y me lo toquetea mientras lo mira, perdido en sus propios pensamientos–. Me gusta vivir rápido. –Alza los ojos y los clava en mí.
—Eso no está mal. –Suspiro a causa de las cosquillas que siento cuando un dedo suyo me roza el pezón.
—Hacer las cosas sin pensar –continúa, sin apartar la vista de mí para comprobar mis reacciones.
—A veces puede estar bien –acepto. Aunque a mí me guste calcularlo todo, desde que estoy con él muchas veces me dejo llevar y tampoco está tan mal. Siempre que no sean asuntos muy serios, claro.
—Quiero experimentar cuantas más sensaciones mejor. –Hace círculos en mi areola y me saca un suspiro–. En cualquier momento podría dejar de existir. –Me mira con gesto grave.
—Todavía te queda mucho por vivir –le digo, echándome a reír–. Yo creo que es mejor dejar cada cosa a su tiempo.
—La vida es una carrera de velocidad, Sara. –Lleva la mano a mi cuello y me lo coge con delicadeza. Me está observando con tanta profundidad que se me pone la piel de gallina–. Hay que aprovecharla al máximo. Correr lo máximo en el menor tiempo posible. ¿O es que no recuerdas lo que decía nuestro querido Garcilaso? «Coged de vuestra alegre primavera el dulce fruto, antes de que el tiempo airado cubra de nieve la hermosa cumbre».
—Bueno, Garcilaso pertenece a una corriente literaria que abogaba por disfrutar de los placeres que ofrece la vida, está claro. Pero no puedes ir por ahí haciendo todo lo que te dé la gana sin pensar –le llevo la contraria.
—¿Ah, no? –Se ríe y a continuación me sujeta de la nuca y me besa con fuerza, apretando sus labios contra los míos y dejándome casi sin respiración–. Pues yo quiero hacer contigo todo lo que me apetezca. Sin pensar. Sin calcularlo. Sin planearlo. Sólo sentir.
Recuerdo que así es como ha sido antes. Cuando tenía las bolitas dentro de mí no podía pensar. Estaba dominada por las vibraciones y los impulsos eléctricos que ellas provocaban en mi interior. Y tengo que reconocer que ha sido maravilloso.
—Mi madre era así –dice de repente, colocándose boca arriba. Se contempla en el espejo y yo lo imito–. Le gustaba levantarse muy temprano para ver el amanecer por si era la última vez que lo hacía. Adoraba sentarse en un acantilado con las piernas colgando y contemplar el horizonte. Cuando viajaba por cuestiones de trabajo, visitaba los lugares más recónditos porque despertaban en ella vivos sentimientos. A veces me sacaba cuando llovía a cántaros y corríamos como locos mientras ella cantaba. Cuando íbamos al campo los tres, solía pedirnos que nos tumbáramos en la hierba y dijéramos cosas imposibles que quisiésemos hacer. Los domingos tenía por costumbre encerrarse en la biblioteca de nuestra antigua casa y recitar poemas en voz muy alta, casi gritando. Cada vez que leía un libro se enamoraba de sus personajes y les rogaba que la dejaran en paz, como si realmente estuviesen vivos. Aunque bueno, para ella lo estaban. –Gira la cabeza y me mira. Tiene los ojos brillantes, aunque también leo orgullo en ellos.
—Suena muy romántico –respondo. Antes ya me había contado cosas sobre su madre, pero no tan íntimas. Es la primera vez que lo hace por voluntad propia. El corazón se me acelera con tan sólo pensar que quizá estoy empezando a romper sus muros.
—Supongo que si mi madre hubiese nacido en otra época, habría sido precisamente en el Romanticismo. –Me sonríe. Noto en sus ojos la melancolía del recuerdo de alguien que ya no está. Alargo una mano para acariciarle la mejilla. Cierra los ojos y suspira–. Mi padre a veces le decía que estaba loca. Pero de broma, claro. Él la adoraba porque le ofrecía la posibilidad de vivir sin frenos.
—Debía ser maravilloso –murmuro, sin saber muy bien qué decir.
—Lo era –asiente, escrutando mi cara–. Pero como ya sabes, todo romántico tiene un lado oscuro. Una tormenta que se desata en su interior en ocasiones. Mi madre era así, aunque no sé muy bien si sus estudios filosóficos aumentaron ese carácter turbulento. Por suerte, mi padre estaba allí. Se complementaban.
—Creo que eso es fantástico en una pareja –opino, apretándome más contra él. Al apoyar la mano en su pecho, puedo notar lo deprisa que le late el corazón.
—Yo he sacado de mi madre ese carácter.
—Lo sé. Ya he comprobado la mala leche que tienes algunas veces –bromeo.
Se pone muy serio. Me agarra de la parte baja de la espalda con posesión y durante unos segundos me clava la mirada. Yo contengo la respiración, totalmente fascinada.
—Mi madre encontró a mi padre –dice, en voz baja–. Y yo a ti. Tú eres quien puede detener esas tempestades que me atacan. –Se le oscurecen los ojos y leo en ellos una pizca de preocupación.
—Y lo haré –le aseguro, con gesto grave.
—¿Sabes? –De repente, sus rasgos se han endurecido y parece enfadado–. Es curioso que mi madre amara tanto la vida y, sin embargo, la perdiera tan pronto.
—Al menos, por lo que me acabas de decir, vivió de forma satisfactoria –intento tranquilizarle, pero tan sólo consigo que se inquiete más y no entiendo los motivos.
—¿Tú crees? –aparta la mirada y la clava en un punto indefinido más allá de mí–. Supongo que en los últimos días antes de su muerte no pensó eso.
Abro la boca e inmediatamente la vuelvo a cerrar. ¡Joder! Nunca sé qué decir si han perdido a algún ser querido. ¿Qué puedo hacer? Tan solo quiero verlo sonreír. Pongo una mano sobre su cabeza y le acaricio el cabello al tiempo que acerco su rostro al mío.
—Ella era fantástica –le susurro, a pesar de que no la conocí. Pero lo tengo claro, es como si una parte de mí lo supiera–. Y tu padre también lo es. Eres afortunado de tenerlo.
—Lo sé –fuerza una sonrisa, aunque todavía está tenso–. Mi padre ahora tiene a Isabel. Al principio me costó aceptarlo, pero ella es una buena mujer.
—Y tu padre te quiere muchísimo. Está orgulloso de ti y se le nota en la mirada –le digo, pensando en el mío, que nunca tiene una palabra cariñosa.
—Tu padre también lo está de ti.
Niego con la cabeza. Ahora soy yo la que se siente un poco triste. A pesar de que le he explicado cómo es, Abel continúa pensando que mi padre se alegra de mis aciertos y triunfos. Sin embargo, nunca ha sido así y no creo que lo sea nunca.
—Me da igual. He aprendido a vivir con el amor de mi madre y me es suficiente.
De repente, recuerdo que me dijo que lo invitara a mi cumpleaños. Le doy unos toquecitos en la nuca.
—Por cierto, vas a tener que venir a comer a mi casa –arrugo la nariz.
—Por mí, estupendo.
—El día…
—Veintiséis del mes que viene es tu cumpleaños –acaba por mí. ¡Vaya, se ha acordado! No puedo evitar sonreír.
—Exacto. –Deslizo la mano por su cuello hacia la incipiente barba. Rozo su mentón–. Mi madre se ha empeñado en que vayamos los dos.
—Me parece perfecto. –Deposita un beso en la punta de mi nariz–. Mi morena pecosa. –Se ríe. Al menos, parece que ha dejado atrás la tristeza.
—Espero que mi padre se comporte… –murmuro con voz somnolienta. Se me están cerrando los ojos después de tanto trajín. La suave respiración que sale de su boca y aterriza en mi cara me tranquiliza. El movimiento de su pecho y el latir de su corazón me hacen sentir segura.
En cuestión de minutos caigo en un reparador sueño.
Al despertar me siento fantástica. No sé qué hora puede ser, pero me parece haber dormido por lo menos diez, algo que no hago desde hace mucho por unas cosas u otras. En lo primero que pienso es en el maldito correo de Gutiérrez. Voy a tener que acudir a su despacho para que me explique en persona lo que le parece mal en mi ensayo. De inmediato trato de despacharlo de la mente para que no me nuble el día. Quiero pasarlo con Abel y que sea fantástico. Anoche no pudimos terminar de hablar porque me quedé dormida, pero espero que hoy todo continúe tan bonito, que no tenga que marcharse a ningún lugar.
Me incorporo y lo busco con la mirada. La persiana todavía está bajada pero se filtra algo de luz. Cuando mi vista se posa en la barra en la que bailé, me pongo colorada. Descubro en el suelo las bolitas. Las recojo y las observo con una sonrisa. Quizá se las pida para llevármelas a casa. Camino por la habitación con los pies descalzos. Entonces reparo en que la puerta que ayer estaba cerrada hoy se halla entreabierta y sale luz de su interior. ¿Qué puede ser?
Me acerco de puntillas y al asomar la cabeza suelto una risita. No es nada extraño, simplemente esta habitación comunica con un maravilloso cuarto de baño muy similar al que yo usé la primera vez que estuve en esta casa. También hay una enorme bañera, aunque no tanto como la otra, de mármol blanco. En realidad, todo es tan brillante que casi me duelen los ojos. ¿Tendrá una mujer de la limpieza para que todo esté siempre como los chorros del oro?
Entro y me quedo de pie en el centro, echando un rápido vistazo al resto del baño. La ducha ovalada con mampara, un pequeño taburete que se encuentra cerca de la bañera, y el alargado lavabo en el que se pueden asear al menos tres personas a la vez. Y ahí está él, desnudo, con sus perfectos glúteos mostrándose a mí, y el tatuaje que cada vez se me antoja más excitante, sin darse cuenta de que he entrado. Se está afeitando con toda la concentración del mundo. Al acercarme, por fin me descubre. Me mira a través del espejo y sonríe.
—Buenos días, pequeña tentadora.
Lo abrazo desde atrás y apoyo la cabeza en su ancha espalda. Aspiro su aroma matutino. Me encanta. Quiero quedarme así toda la vida.
—Hoy… –empieza.
Le aprieto la tripa y suelta un pequeño quejido. Me pongo de puntillas y asomo la cabeza por su hombro.
—Ni hablar. Cancela todo lo que tengas que hacer hoy –le digo de forma mandona–. No voy a permitir ni una vez más que te vayas y me dejes sola. Y si lo tienes que hacer por obligaciones, entonces me avisas, me llamas o cualquier otra cosa que me haga saber de ti –le suelto todo casi sin respirar.
Él ha parado de afeitarse y me mira con los ojos muy abiertos. Se echa a reír y continúa con su tarea. No sé por qué, pero me excita ver cómo se rasura con tanto cuidado.
—Te iba a decir que hoy haríamos lo que tú quisieras.
Vaya, menos mal. Pero bueno, era hora de que le dejase las cosas claras, aunque no es la primera vez que lo hago. Y espero que le haya quedado bien clarito. A veces echo de menos aquellos momentos en los que casi parecía que me perseguía. Bueno, tampoco es que quiera tener a un controlador, pero al menos sí saber lo que hace o tiene que hacer porque si no, siempre acabo preocupada.
—De todos modos, ya te dije que no quería atosigarte –dice, dejando la cuchilla en el mármol.
—Tú te vas a los extremos. –Le doy una fuerte palmada en el culo.
—¿Quieres que nos demos un baño? –Me señala la bañera con una sonrisa pícara.
—Claro que sí –respondo de inmediato.
Me acerco y estudio todos los grifos y botones para saber cómo funciona. Vaya, tiene hidromasaje y todo. ¡Qué perfección! Me inclino y pongo el tapón. A continuación abro el agua caliente y la dejo llenándose.
—¿Puedo ir a beber agua? –le pregunto.
—Claro. Coge lo que quieras. –Se masajea la barbilla y las mejillas con el aftershave–. Hay fresas. Tráelas si quieres. –Hay un destello fugaz en sus ojos.
Suelto una risita nerviosa porque imagino que quiere jugar otra vez. Me dirijo hacia la puerta y antes de salir le digo con voz sensual:
—Las traeré para que las coma en mi cuerpo, señor Ruiz.
Se relame los labios. Salgo antes de que pueda decir nada. Me dirijo a la cocina. Entonces me doy cuenta, al reflejarme en la nevera, de que estoy desnuda. Pero me siento tan relajada que ni me acordaba. Me echo a reír. Con lo escrupulosa que he sido siempre. Nunca me gustaba despertarme desnuda, ni siquiera al lado de Santi. Y sin embargo, con Abel puedo hacerlo con toda la confianza.
Abro el frigorífico y saco un plato lleno hasta arriba de fresas. Cojo también una botella de leche y la de agua. Me sirvo esta última en un vaso y bebo con avidez. Mientras estoy tragando, escucho una melodía. Se trata del móvil de Abel. Y suena cerca de aquí.
—Sara, ¿puedes cogerlo? –lo oigo–. Mi padre tenía que llamarme hoy.
—¿Dónde lo tienes? –Salgo de la cocina y me asomo al pasillo.
—En el salón –grita.
Voy todo lo deprisa que puedo, pero cuando llego ya ha colgado. Lo cojo y me fijo en el sobrecito de la pantalla.
—Te ha dejado un mensaje en el buzón de voz. –Salgo al pasillo.
Pero entonces, vuelve a sonar. Me extraña porque el número no está guardado, e imagino que tendrá en la agenda el de su padre. Aunque quizá esté llamando desde otro teléfono, quién sabe.
—¡Cógelo! –exclama. Cierra la puerta del baño. Supongo que está haciendo pis o algo.
Aprieto el botón verde y me llevo el móvil a la oreja. Antes de poder preguntar, una voz de mujer dice de forma seductora:
—He regresado a España. Quiero verte.
Me quedo helada. El corazón se me echa a correr como un loco. Trago saliva y pregunto:
—¿Sí? ¿Quién es?
—¿Abel?
—Ahora no está disponible.
Y sin añadir nada más, la mujer cuelga.