
Vuelvo a mirar el móvil. Abel habrá regresado de Barcelona hace una hora más o menos. Será cuestión de minutos que me llame. Así que tengo que darme prisa, pero la verdad es que estoy asustada y confundida. Las manos me sudan y me siento ridícula, encerrada aquí en el baño de mi casa. Escucho la televisión a todo volumen en el comedor. Mi padre está viendo uno de esos programas sobre parejas que tanto le gustan. Hace un rato ha llegado con unas cervezas de más y, como era de esperar, ha discutido con mi madre. Yo me he metido aquí a esperar que todo pasase, que los gritos se apagasen de una vez. Mi madre se ha ido dando un portazo y él ha soltado unos cuantos improperios hasta que se ha cansado.
Una vez más echo un vistazo al teléfono. Las cinco. ¿Estarán disponibles un sábado? No lo sé, pero quizá pueda intentarlo. ¿Estaré haciendo bien? Lo he estado pensando mucho durante estos tres días, le he dado vueltas y más vueltas y me he tirado despierta hasta las tantas, sopesando qué hacer. Bueno, creo que por llamar no va a pasar nada. Tan sólo quiero informarme. Puede que me quieran hacer una entrevista o algo así, y eso no significa que vaya a aceptar.
Busco en el registro de llamadas. Quizá no sea posible devolverla a ese número. Cuando lo encuentro, aprieto el botón verde. ¡Vaya, sí que da señal! Inmediatamente me pongo más nerviosa de lo que estaba. Inspiro tomando todo el aire que puedo y fijo la vista en el grifo para no pensar en nada más y evitar que el nerviosismo roce la histeria.
—Oficina central de Brein Gross. Leticia Méndez al habla. ¿En qué puedo ayudarle?
Me quedo callada durante unos segundos. ¿De qué me suena a mí eso de Brein Gross?
—¿Hola?
—¡Hola! –Suelto, de forma atolondrada. La mujer del otro lado de la línea no dice nada. Carraspeo–. Mire, es que este verano he recibido varias llamadas de este número. No estaba disponible y por eso no lo cogía –miento.
—¿Me puede decir su nombre?
—Sara Fernández –respondo.
—Espere un momento.
La mujer me deja a la espera con una música relajante. Pero me pone los pelos de punta. Mientras tanto, pienso dónde he oído eso de Gross… ¿Brein Gross? ¿Es una marca de perfume? No, no, me gustan demasiado, así que lo conocería seguro. ¿Una firma de ropa? No, tampoco.
—Frida Mangon. ¿Con quién tengo el placer de hablar? –Otra mujer de voz potente me habla al oído y me saca de mis pensamientos.
—¡Oh! Hola, soy Sara Fernández –repito.
—¿Es usted la modelo de las fotos de Abel Ruiz publicadas en la revista New Photography? –me pregunta, muy seria.
—Sí –contesto con un hilo de voz.
—Mire, hoy nuestro director de la campaña no se encuentra en las oficinas. En realidad, no vuelve de sus vacaciones hasta el uno de septiembre.
—Oh –me limito a decir. Me estoy muriendo de la vergüenza.
—Tengo constancia de que no quería formar parte de la campaña, ¿no es así?
—Eh, bueno… Fue un malentendido.
¿Pero de qué está hablando? ¿En serio quieren que yo participe en una como la que hizo Nina? No, no puede ser. Bueno, a lo mejor ya han conseguido una modelo y yo estoy haciendo el tonto.
—Señorita Fernández, hemos estado llamando a otras modelos...
—Ya, entiendo –la interrumpo.
Ella se queda callada, pero a continuación añade:
—El 3 de septiembre se realizará una reunión en nuestras oficinas para entrevistar a las aspirantes al puesto. Si usted quiere, puedo hablar con el director y decirle que la vuelva a agregar.
Uf, no sé qué responder. Abel me va a matar por esto, lo sé. Pero no sé. Me apetece ser un poco rebelde e intentarlo. Creo que no hago nada malo. Y en cierto modo me hace sentir un poco importante. Todos han dicho que podría hacerlo. Incluso Eric, y él es también fotógrafo, así que entiende más.
—Sí, me gustaría.
—De acuerdo. Entonces dejaré el recado al director. Apunte la dirección y la hora a la que debe acudir a la entrevista.
Le pido que espere y salgo del cuarto de baño en busca de papel y boli. Mi padre se me queda mirando con mala cara cuando paso por delante del televisor. Hago caso omiso de sus gruñidos y saco del cajón una libreta junto con un lápiz. Me acerco a la mesa y anoto lo que la mujer me dice. ¡Joder, pero si esto es en Madrid! Mierda, pensaba que sería aquí y que podría ir en autobús o metro. ¿Cómo voy a ir hasta allá sin que Abel se entere?
—Una última cosa, señorita Fernández.
—Llámeme Sara, por favor.
—Está bien. Sara, recuerde decírselo a su fotógrafo.
—¿A mi fotógrafo?
—Sí, a Abel Ruiz. Si se queda con usted, al director le gustaría que fuese él quien la fotografiase.
Me quedo callada. Al fin acierto a responder con un débil sí y tras despedirnos, cuelgo y me quedo sentada en la silla con la mirada perdida.
—¿Te vas a quedar ahí todo el rato? –me pregunta mi padre de forma huraña.
Yo lo miro con la nariz arrugada y a continuación me levanto y me dirijo a mi habitación. Oh, joder, ahora sólo tengo dos opciones: no voy y quedo fatal, o voy pero se lo tengo que decir a Abel. Y evidentemente, no va a querer. Ay, estoy metida en un lío.
Nada más tumbarme en la cama me suena el móvil. Doy un respingo y me incorporo a toda velocidad. Es él. Bueno, voy a fingir tranquilidad, si es que puedo.
—Hola –digo. Uf, he sonado muy sosa.
—Quiero verte.
La verdad es que yo también tengo muchas ganas de estar con él, pero ahora mismo tengo tantas movidas en la cabeza... ¿Alguna vez nos encontraremos sin que yo esté metida en líos? ¡Hola, si hay alguien ahí arriba, necesito un respiro!
—Pues ven por mí.
—Estaré en tu pueblo en cuarenta minutos. ¿Me esperas debajo de tu casa?
—Claro.
—Me muero por besarte y tocar tu piel. –Me cuelga sin darme opción a responder.
Me levanto de la cama y meto en la mochila un par de braguitas y un sujetador de recambio. También cojo un pijama de verano y la ropa que me pondré mañana. Joder, no puedo dejar de pensar en lo que he hecho. El tres de septiembre es la semana que viene. Esto es a contracorriente. Mientras guardo el neceser en la mochila, pienso en cómo decirle a Abel que quiero ir a esa entrevista. Le convenceré de que es únicamente por probar, que no tenemos por qué aceptar. Pero, de todos modos, ¿qué habría de malo en ello? Bueno, si tengo que salir en ropa interior me lo pensaría mucho más, pero si son unas fotos bonitas y normales, no veo por qué no.
Antes de que pasen treinta minutos ya me está haciendo una perdida al móvil. Este ha pisado fuerte el acelerador. Supongo que tiene bastantes ganas de verme. Yo también, pero preferiría no tener que contarle nada de esto. ¿Y si me callo y se lo confieso el día anterior? ¿Podré aguantar? No, pero eso no está bien porque a lo mejor hace planes y ya no podemos ir a Madrid. Me hace otra perdida mientras me pinto los labios. Corro por el pasillo y le digo a mi padre:
—Me voy.
Ni se inmuta. Me meto un poco en el comedor y exclamo:
—¡Que me voy!
Gira la cabeza con ojos somnolientos. Siempre le pasa que al final se queda dormido en la silla mientras se traga un programa tras otro.
—¿Adónde?
—Con mi novio, papá –digo con paciencia.
—A mí ese fotógrafo no me gusta –responde, sin ni siquiera mirarme, pues ha devuelto la vista a la pantalla.
—Y a mí no me gustan otras cosas –murmuro en voz baja. Me acerco para darle un beso de despedida, que él ni siquiera me devuelve–. Dile a la mamá que el lunes me tendrá que ayudar a hacer las maletas para volver al piso de alquiler.
Asiente con la cabeza, aunque estoy segura de que no ha escuchado nada. Suelto un suspiro y regreso a la habitación, donde cojo la mochila y me la cuelgo a la espalda. Mientras espero el ascensor me llega otra perdida. ¡Pero será pesado! Una vez bajo, camino a toda prisa a la puerta y en cuanto abro, él se inclina y me dice cuando me acerco al coche:
—Estoy en doble fila, Sara.
—Pues perdone usted.
Me siento y abrocho el cinturón. Coloco la mochila entre mis piernas. Siempre voy incómoda de esta forma, pero es una manía que tengo, y más cuando estoy nerviosa. Él se inclina para darme un beso. Está sonriente y noto en su mirada la excitación que tiene.
—¿Qué tal ha ido la cita?
—Creo que bien –dice, arrancando el coche–. Pero no me confirmarán nada hasta dentro de dos semanas.
Trago saliva en silencio. Bueno, así tengo otro motivo para pedirle que vayamos a Madrid. Al fin y al cabo, es un trabajo también para él. Miro su perfil. Me gusta ver cómo su pecho sube y baja con la respiración. Uf, me encanta con las gafas de sol. Ojalá fuera verano siempre.
—Estos días no has tenido pensamientos raros sobre mí, ¿no?
Niego con la cabeza. Alargo la mano para poner en marcha el reproductor de CD. Una canción que no conozco de una mujer que no sé quién es. Pero me parece bonita. Intento escuchar la letra. «Just… Give me a reason to love you…».
—Portishead –dice Abel en ese momento.
—¿Qué?
—El grupo se llama Portishead. ¿Te gusta la voz de la cantante?
Asiento con la cabeza.
—Es muy sensual, ¿verdad?
Estamos saliendo de la ciudad; supongo que este fin de semana me va a llevar a su casa cerca de la playa. Bueno, me parece bien, así quizá me pueda relajar un poco en la piscina y en esa bañera tan enorme en la que quiero sumergirme desde que la descubrí. Cuando lleva conduciendo un ratito, ladea levemente el rostro hacia mí y me pregunta:
—¿Has estado pensando en mí, Sara?
Me giro hacia él, pero no le contesto porque bien sabe que siempre pienso en él, lo que ocurre es que le encanta que se lo recuerde. No sé si él me observa a mí o no, ya que no puedo ver sus ojos a través de esas oscuras gafas. Sin embargo, está sonriendo y los hoyuelos se le marcan tanto que una cosquilla me hormiguea en el estómago.
—Quién sabe… Quizá… –respondo, haciéndome la durilla.
—Yo te he tenido en mi mente a cada segundo, y la verdad es que en todas esas imágenes no llevabas mucha ropa puesta –me dice con voz grave. Joder, es tan caliente. No puedo evitar sentir un cosquilleo en el bajo vientre al escuchar esa frase.
—¿Te han dicho alguna vez que sólo piensas en sexo? –continúo mostrándome como si nada, aunque tengo esa sensación en el estómago que me indica que me estoy excitando cada vez más. Y encima con esos hoyuelos en su cara…
—Pienso en sexo contigo, Sara. Pero no quiero que pienses que sólo te tengo en la cabeza para eso. –Se pone serio, como si realmente le hubieran molestado mis palabras.
Giro la cabeza y me muerdo el labio inferior. Segundos después, observo de manera disimulada sus manos en el volante. Esas manos que me ponen muchísimo. Es estar cerca de él y notar la atracción que sentimos el uno por el otro, como si nuestros cuerpos no pudieran mantenerse sin probarse el uno al otro. Poco a poco, un calor terrible me va ascendiendo desde la planta de los pies hasta los muslos y se me va hacia arriba, muy arriba. Me remuevo en el asiento, intentando atrapar las olas que noto en mi sexo. Él vuelve a girar la cabeza hacia mí y me observa con curiosidad. De repente, se me ocurre una locura. Pero una que me apetece muchísimo hacer. Desde que estoy con él, soy más desinhibida en el sexo y es algo que me gusta. Sé que esto le va a sorprender muchísimo, así que sonrío para mis adentros y empujo hacia arriba para bajarme las braguitas. Por suerte llevo un vestido, así que es mucho más fácil. Cuando se deslizan por mis tobillos, Abel ya está respirando profundamente. Alzo un pie y luego el otro y las recojo. Las alzo para enseñárselas. Sé que le he sorprendido por completo. Y siento que tengo el poder.
—Joder, Sara… –Se quita las gafas de sol. Aunque mira al frente, puedo notar lo excitado que está–. ¿Qué es lo que me estás proponiendo?
Tengo que admitir que este jueguecito me gusta. Me encanta mostrarme tan atrevida con él. No hay apenas coches por la carretera, pero pasa alguno que otro y, aunque parezca mentira en mí, la posibilidad de que nos descubran me da morbo. Así que me subo un poco el vestido y me toco por debajo de él. Mis labios automáticamente responden a mis caricias. Alzo otra vez la mano y le apunto con dos dedos.
—Uf, pequeña… No sabes cómo me estás poniendo –su voz suena más grave que nunca.
Me inclino hacia él y arrimo los dedos mojados a sus labios. Saca la punta de la lengua y los lame. Oh, Dios, me estoy poniendo cardiaca con todo esto. Por debajo del vestido mi sexo palpita, expectante ante la idea de tenerlo muy dentro de mí.
—Joder, sabes tan bien, Sara –susurra con voz grave.
Pisa a fondo el acelerador y el coche da una sacudida. Yo lo miro sorprendida y sonrío, satisfecha de provocarle tanta impaciencia. Y luego dice que soy la que no se espera.
—Mantente así de excitada –dice, girando a la derecha y metiéndose por un camino más estrecho–. Quiero que estés preparada para mí porque voy a follarte en cuanto pare el coche.
—Lo estoy –respondo, tratando de poner una voz sensual.
Sé que lo he conseguido porque suelta un suspiro al tiempo que se muerde los labios. Dirijo la vista hacia sus vaqueros y descubro el magnífico bulto. Acerco la mano y apenas le rozo, él da un respingo. Le acaricio con suavidad por encima del pantalón mientras noto que mi sexo se humedece más. Segundos después llegamos a una zona abierta y solitaria. Abel detiene el coche y se desabrocha el cinturón.
—Baja.
Se apea y yo me apresuro a hacer lo mismo. Me quedo plantada ante la puerta, sin saber qué hacer. Él rodea el coche y se acerca a mí. Me atrapa por la cintura y me pega contra su pecho. Me excita sobremanera que me apriete con tanta fuerza porque me traspasa todo el deseo que siente. Acerca el rostro al mío y, agarrándome de la nuca, me besa con la posesión de los primeros días. Yo le rodeo también el cuello con mis brazos y abro la boca para dejar paso a su lengua. Está cálida, suave, sabrosa. La saboreo todo lo que puedo. Nos comemos a besos y gimo en su boca cuando me aprieta las nalgas y me clava la erección en el vientre.
A continuación me coge en brazos y me tumba en el capó del coche. Lo miro sorprendida y suelto un gritito cuando se inclina y baja hacia mi sexo. En cuestión de segundos su lengua se abre paso por mis labios. Oh, joder, qué vergüenza. ¿Me está haciendo eso justo aquí al aire libre? Sin poderlo evitar, gimo. Apoyo las manos en su cabeza y le acaricio el cabello. Sus dientes me rozan el sexo y siento que se me nubla la vista. ¿Pero qué me hace este hombre? ¿Cómo consigue que me esté volviendo una atrevida? Se me escapa un gritito cuando me atrapa el clítoris con los labios y lo lame.
—Si lo continúas haciendo así, me correré enseguida –me quejo.
Continúa acariciando mi sexo con la lengua, provocándome más placer a cada segundo que pasa. Le estiro un poco del pelo y sólo consigo que se emocione más y que me coja del trasero y me apriete contra su rostro.
—Abel… por favor… –murmuro, arqueando la espalda y fijando la vista en el cielo claro. Oh, joder… Esto es tan maravilloso.
Introduce la punta de la lengua en mi cavidad. Doy un grito al notarlo y me intento agarrar a algún lado, pero sólo hay vacío. La respiración se me acelera. Su saliva no me da tregua, se confunde con mis fluidos. Me presiona el clítoris con un dedo, juega con él al tiempo que hace círculos en mi sexo con la lengua. Oh, por favor, ¿pero dónde ha aprendido a hacer esto tan bien? Me retuerzo entre sus manos y arqueo más la espalda, notando las turbulencias que se avecinan a mi cuerpo.
—No puedo más.
Él me muerde el clítoris con suavidad al tiempo que introduce dos de sus dedos en mi dispuesto sexo. Me tiembla todo cuando el orgasmo me sacude como un huracán. Me abate por completo sin darme apenas tiempo para comprender lo que está pasando. Abro los ojos y grito mirando el cielo: un par de aves que lo cruzan. Y yo aquí, con este hombre fantástico entre mis piernas, saboreándome toda.
Aún estoy temblando cuando me coge en brazos una vez más. Abre la puerta de atrás del coche y me tira en el asiento. A continuación él se acerca a la parte delantera y toquetea el aparato de música. La canción de antes vuelve a sonar. Regresa adonde yo estoy y se mete en el coche. Se sienta a mi lado y me mira con intensidad. Tiene los labios rojos y húmedos y eso me excita tanto que me lanzo contra él y lo beso con toda la pasión que puedo. Mientras tanto, él se desabrocha el pantalón y se lo baja hasta los tobillos, al igual que la ropa interior. Se sujeta la excitación con una mano al tiempo que me mira con una traviesa sonrisa. Yo se la devuelvo y me inclino hacia delante. Se la rozo con los labios y luego paso un dedo por su puntita, me la llevo a la boca, la humedezco y vuelvo a acariciarle. Suelta un gemido y se acomoda en el asiento. Entonces me la meto en la boca y empiezo a jugar con ella. La saboreo, la lamo, la rozo con los dientes, al tiempo que la acaricio también con la mano. Él apoya una mano en mi cabeza y menea las caderas con tal de que me la introduzca más.
—Pequeña, lo haces tan bien –gime.
Alzo la cabeza para mirarlo. Tiene los ojos cerrados y la boca entreabierta. Es la viva imagen del placer y me excita muchísimo verlo de esa forma, así que aumento el ritmo de mis caricias y lametones. Él abre de repente los ojos y se me queda mirando con la vista borrosa.
—Ven. –Me agarra de los brazos–. Ponte encima de mí.
Obedezco inmediatamente. Lo que más deseo es tenerlo muy dentro de mí. Me siento a horcajadas encima de él. Me toma del culo y me coloca en el punto justo. Lo noto en la entrada de mi sexo y suelto un suspiro. Me dejo caer poco a poco, con suavidad, sintiendo cómo se introduce en mí cada centímetro de él. Echo la cabeza hacia atrás, el pelo me hace cosquillas en la espalda. Cierro los ojos y me pierdo en la sensación que me provoca notar su calidez en mi intimidad. «Give me a reason to be a woman…», dice la cantante. Oh, joder, esta es una maravillosa razón para serlo, esta sensación indescriptible que él me provoca.
—Apuesto a que nunca te han follado con Portishead de fondo –me dice, agarrándome de la espalda y arrimándome a él.
Me besa con suavidad, y yo me muevo así también, casi al ritmo de la música. Lo cierto es que no, nunca lo han hecho, pero la melodía y la voz de la cantante despiertan la sensualidad en mí. «I just wanna be a woman…».
—Sé una mujer para mí –me susurra al oído, meneando las caderas hacia arriba y hacia abajo. Su sexo se desliza en mí perfectamente y no puedo evitar suspirar ante ese estremecedor contacto.
Obedezco a lo que me pide. Le cojo las manos y las pongo sobre mis pechos al tiempo que me yergo lo suficiente como para sentir que me llena por completo. «So don’t stop being a man…» Alzo las caderas y las muevo en círculos. Él me observa con una sonrisa, con la boca entreabierta y la lengua asomando por entre sus labios. Me inclino y le beso, jugando con ella. Me aprieta el culo cuando incremento las sacudidas de cadera.
—Domíname, pequeña –gruñe, subiendo otra vez la mano a mi pecho y acariciándomelo por encima del vestido.
Sí, lo cierto es que esta postura me encanta porque yo tengo el poder. Hago lo que se me antoja. Así que yergo más el busto y echo la cabeza una vez más hacia atrás, para disfrutar de todo el placer que estoy sintiendo. Escucho que su respiración se acelera con cada movimiento mío. Me meneo de adelante a atrás, y luego de arriba abajo, sintiendo de esta forma un placer mayor. Gimo una y otra vez sin poderlo evitar.
—Así me gusta, Sara, que no te cohíbas. –Me coge de la cara para acercarme a él. Me besa en las mejillas, en la barbilla y finalmente en la boca. Me muerde los labios mientras yo continúo cabalgando sobre él.
—No puedo más –digo, notando la inminente llegada del orgasmo.
Me agarra de las caderas con fuerza y me ayuda en los movimientos. Su sexo se adentra en mí con profundas sacudidas. Grito con cada una de ellas sin importarme nada más. Madre mía, no me reconozco ni yo misma, pero me siento tremendamente sexy. Él apoya la espalda en el asiento y entreabre la boca. Me dirige una mirada desenfocada. Está a punto de irse también, y su sexo bombea en mi interior. El mío se contrae y atrapa al suyo, el cual se desboca.
—¡Joder, Sara! –gruñe, soltándose en mí.
Yo continúo dando saltitos sobre él y al fin consigo que el placer me inunde a mí también. Grito y me agarro a sus hombros para no perder el control. ¡Madre mía, esto es indescriptible! Me vuelve loca cada vez que lo hacemos. No me cansaré nunca de sentir todo lo que me ofrece.
Cuando ambos nos tranquilizamos, Abel acerca la cabeza a mi pecho y la apoya en él. Yo le acaricio el pelo y me empiezo a serenar.
—El corazón te va a mil por hora –dice.
—Un día me vas a matar –me rio.
Alza la cara y me mira. Le acaricio la frente sudada y le doy un suave beso en los labios. Él me observa aún con los ojos bañados en deseo.
—Me moría de ganas por volver ya. Creía que no iba a poder aguantarlo. –Se echa a reír. Los hoyuelos asoman y se los beso–. No puedo estar separado de ti por mucho tiempo.
—Yo tampoco –coincido.
Vuelve a colocar la cabeza en mi pecho. Todavía está dentro de mí y aún no se ha apagado el fuego. Quizá sea el momento ahora… Tengo que aprovechar que todavía tiene las defensas bajas. Trago saliva y le digo:
—Abel, me gustaría decirte algo.
—¿Mmmm? –pregunta, sin levantar la cabeza.
Y se lo cuento todo. Desde lo que me sucedió con Gutiérrez hasta la llamada que he hecho hoy. Omito lo de Eric.
Abel no alza la cabeza en todo el rato. Pero cuando le digo lo de la entrevista en Madrid, su cuerpo se tensa. Le oigo rechinar los dientes. Y la respiración que se le acelera.
Sé que se ha cabreado y, en el fondo, me siento bien.