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Pensativa, observo la pantalla del móvil. No era la voz de Nina. Se trataba de una mujer algo mayor. A ver, no nos pongamos nerviosas. Quizá era una antigua compañera de trabajo, o una amiga –no, espera, él dice que no tiene…–, incluso un familiar. O lo peor: una ex. Vale, no quiero decir que sea algo horrible porque todos tenemos, pero después de haber conocido a la modelísima, si todas son igual que ella vamos mal.

Por un momento se me pasa por la cabeza escuchar el mensaje de voz que esa mujer le ha dejado. Sin embargo, me controlo. No soy así. Eso es irrumpir en la intimidad del otro de forma brusca. Así que lo que hago es acudir al cuarto de baño. Como todavía está la puerta cerrada, llamo antes de entrar. Me dice que pase y lo descubro metido ya en la bañera. Me quedo plantada en la puerta con el móvil en la mano.

—¿Qué te ha dicho? –me pregunta.

No sé si moverme, pero al final me acerco a él y se lo tiendo. Me enseña las manos mojadas.

—No era tu padre.

—¿Y quién era entonces?

—No… no lo sé –respondo, agachando la mirada. Me muerdo el labio para no desatarme. Estoy tranquila, estoy tranquila…–. Era una mujer. Ha dicho que estaba en España y que quería verte. Luego ha colgado.

De repente se levanta armando un revuelo enorme. Por un instante pienso en un joven y poderoso Poseidón saliendo de las aguas del mar. Uf, qué perfecto es. Me quedo boquiabierta estudiando su cuerpo desnudo, completamente mojado. Desciende los escalones y me quita el móvil de la mano. Así no vale: me ha dejado sin palabras con su desnudez.

—Abel, ¿ocurre algo…?

—Espera. Dame un minuto.

Se arrima al espejo y toquetea el móvil. A continuación se lo lleva a la oreja. Supongo que va a escuchar el mensaje. Se apoya en el lavabo y me mira a través del cristal. La cara le cambia en cuestión de segundos. Las mejillas sonrosadas pasan a estar pálidas. Se pone muy serio y le rechinan los dientes. Parece enfadado. Me sorprende cuando lanza el móvil contra el mármol al tiempo que suelta una palabrota. Me acerco a él y lo agarro del brazo. Lo giro hacia mí y lo miro con cara de preocupación.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—Nada, Sara. No quiero preocuparte por nada. –Me acaricia la barbilla. Sin embargo, sé que sucede algo.

—¿Quién es ella? –El nudo del estómago empieza a agrandarse.

—Podríamos decir que fue mi primera relación seria –responde, agachando el rostro y clavando su mirada en la mía–. Yo no la llamaría así, pero ya sabes, las mujeres…

Así que es una ex. Vale. ¿Cuántas tiene? Yo tenía claro que se había acostado con numerosas mujeres, pero tonta de mí pensé que tan sólo había tenido una relación duradera. Imaginé que era de los que usan y tiran. Parece que me equivoqué. O quizá ella sea una novia anterior a su etapa de mujeriego. Quién sabe. La cuestión es que me empiezo a poner nerviosa. Las amantes brotan como setas.

—Bueno, ella quiere verte… No pasa nada. Si vosotros sois amigos lo entiendo porque Santi y yo también lo somos –Fuerzo una sonrisa que hasta me tiembla. A ver, no me importa que se lleve bien con sus exnovias, de verdad. Siempre y cuando no se comporten como Nina.

—No lo somos –murmura él, alzando la cabeza y mirando al frente.

—¿Entonces por qué quiere verte?

—Ella es insistente. –Me pasa las manos por la espalda y me la acaricia.

—¿Cómo? No te entiendo –niego con la cabeza. Aunque me da a mí que sé por dónde van los tiros…

—A veces nos acostábamos juntos después de terminar la relación –me explica.

—¿También cuando salías con Nina? –Lo miro con curiosidad.

—No, Sara. Yo no soy infiel. –Se muestra molesto–. Además, ella no estaba en España cuando yo salí con Nina. Y aunque alguna vez fui a visitarla a Holanda, nunca pasó nada.

—¿Ella lo intentó? –pregunto, un poco inquieta.

—Sí.

—Joder –me limito a decir. ¿No se puede echar novias normales que luego pasen de él una vez han cortado? ¿Lo van a perseguir toda la vida?

—No te preocupes. –Sus manos se deslizan por mi espalda arrancándome escalofríos–. Me escribió hace un par de semanas para decirme que vendría y ya le dije que no quería verla.

—¿Por qué no me lo dijiste? –Le pongo mala cara. Me aparto un poco.

—Sé que te pones nerviosa enseguida. No quería alterarte sin ningún motivo. –Me agarra de la muñeca y me atrae hacia él–. No voy a quedar con ella. No me interesa. Hace mucho que no. Ni siquiera sé si la quise.

Me quedo perpleja. Bueno, ¿entonces por qué salía con ella? No entiendo nada. Parece darse cuenta de mi confusión porque añade:

—Teníamos una extraña relación.

—¿Has tenido alguna normal? –le pregunto con sarcasmo.

—Sí. Contigo. –Se inclina y me besa, sonriendo contra mis labios. Le paso las manos alrededor de la cintura–. ¿Dónde están esas fresas? –Está fingiendo serenidad, pero lo noto nervioso.

—¿Y me dices que conmigo es normal? –Arqueo una ceja.

—¿Y qué es normal, Sara? –Me mira con ojos divertidos–. ¿Puedes definir tú la normalidad? Porque entonces eres la más inteligente del mundo.

Le doy un cachete en plan juguetón. Salgo del cuarto de baño en busca de las fresas. Bueno, aunque no me haya dicho antes lo de esa antigua novia, al menos me lo ha confesado ahora. Pero espera, ¿lo habría hecho si el móvil no le hubiese delatado? ¿Esto quiere decir que continúa teniendo secretos? No, espera. Tan sólo es porque no quería preocuparme. Exacto, eso es lo que él me ha dicho. Y voy a creerle porque no tengo otra opción. Ha dicho que no va a verse con ella. Y estoy segura de que es la verdad. Confiamos el uno en el otro.

Regreso con el recipiente de fresas. Tengo la cabeza en otra parte y él se da cuenta. Me ayuda a meterme en la bañera con cuidado. En cuanto entro y me abraza, todo mi cuerpo entra en tensión. El agua está bastante calentita, y notar sus manos en mi cuerpo es una sensación sublime. Me besa en los labios muy lentamente, saboreándome con cada movimiento de nuestras lenguas. Se detiene de repente y se aparta para mirarme.

—Si te vas a quedar más tranquila, puedo escribirle o llamarla delante de ti.

Niego con la cabeza. Me acaricia el cabello, que ya se me ha mojado en las puntas. Me aprieto contra él, sin dejar espacio al agua. Le acaricio el pecho mojado.

—Confío en ti.

Me coge de las nalgas y clava su excitación en mi vientre. Dejo escapar un pequeño gemido cuando se acerca a mi entrada. Oh, joder, ya estoy tan excitada que ni yo misma me lo creo.

—Quédate esta semana aquí conmigo –me susurra en la oreja.

—Pero Cyn está sola en el piso…

—Que se vaya al estudio con Marcos. –Me lame el lóbulo y yo me remuevo entre sus brazos.

Aprieto mis pechos contra el suyo. Ladeo la cara buscando su boca y lo beso con ganas, agarrándolo de la nuca. Él suelta un gruñido y acaricia mis nalgas. Asiento con la cabeza dándole a entender que me quedaré. En realidad, es algo que esperaba hace tiempo, poder pasar unos cuantos días con él, tranquilos y disfrutando el uno del otro.

Coge una fresa y me la acerca a la boca. La abro al tiempo que él también lo hace, imitándome. Muerdo un trocito sin apartar la vista de sus ojos oscurecidos. Se muerde los labios cuando yo mastico la fruta con lentitud, de forma sensual. Se pone el resto de fresa entre los dientes y acerca el rostro para que se la quite. Acabamos besándonos como si no hubiese un mañana. El sabor de la fresa y el suyo conforman una mezcla tan excitante que el vientre me tiembla. Al moverse, el agua forma unas pequeñas olas que chocan contra mi sexo y me provocan cosquillas. Lo observo mientras me termino el fruto. Parece tener algo que decirme.

—Por cierto… –empieza.

—¿Sí?

—Este viernes no, al otro, tenemos una cena con Marcos y tu amiga.

—¿Quééé? ¡Pero si Cyn no me ha dicho nada!

Se encoge de hombros y me acaricia el cuello con los labios. Me aparto un poco para mirarlo con gravedad.

—¿Y a qué viene ese plan?

—Quiero que hagamos cosas como una pareja normal. ¿No es lo que tú deseas también? –Me mira confundido.

Arrugo las cejas y suelto un suspiro. Está bien, tiene razón. No puedo estar quejándome por todo. Y al fin y al cabo, Marcos es su hermano y tengo que aprender a llevarme bien con él. Además, supongo que como estará Cyn será más amable.

—Vale. Pero podrías habérmelo dicho en otro momento. –Le doy un suave mordisco en el labio.

—Sara… Sara… Te me estás descontrolando –dice, de forma pícara y sensual.

Echo la cabeza hacia atrás y suelto una carcajada. Él me coge de las caderas, me gira y me apoya contra la pared de la bañera. En cuestión de segundos me ha abierto de piernas y lo tengo dentro de mí, sin poder dejar de gemir.

No quiero que esto se acabe nunca.

Dos días después, le pido que me lleve a la capital para hablar con Gutiérrez. Abel me ha dejado imprimir el ensayo porque quiero que mi tutor marque en él todo aquello que le parece mal o que podría mejorar. No es que piense que yo soy la mejor y que no puedo estar equivocada, pero considero que ha sido un poco duro conmigo.

Durante el trayecto me empiezo a poner nerviosa. No sé lo que le voy a decir ni cómo hacerlo. Intento ensayar en voz baja. Parezco tonta y me pongo colorada al notar que Abel a veces me lanza miradas. Sin embargo, cuando me giro a él me doy cuenta de que está sonriendo.

—¿De qué te ríes?

—Eres una chica muy disciplinada –dice, deteniendo el coche en el semáforo. Se baja las gafas de sol hasta la punta de la nariz y me mira por encima de ellas con ojos muy calientes. Uf–. Igual que en el sexo. ¿Ensayas también en casa? –bromea.

—Ja, ja –respondo de mal humor. Dejo los papeles del ensayo sobre mis piernas y le digo–. Sólo quiero demostrarle que estoy lo suficientemente preparada para el proyecto.

—Sigo pensando que no tendrías que demostrarle nada. –Arranca el coche en cuanto el semáforo se pone en verde–. Él ya debería saber lo buena que eres.

—Parece que Patri lo es más que yo –digo con frustración.

—¿Puedes dejar de compararte con ella? –me regaña–. Céntrate en lo que tienes que hacer tú y olvida a esa chica.

—Pero si es que siempre está por medio –me quejo, observando el paisaje a través de la ventana.

—Entonces apártala tú. –Me guiña un ojo de forma rápida.

—Como si fuera tan fácil –gruño.

—A veces eres un poco quejica y negativa, ¿eh?

Le doy un suave puñetazo en el brazo y se echa a reír. El estómago me ruge y él se burla de mí. Hemos quedado en que comeríamos en Valencia. Me va a llevar a mi sitio preferido cuando estoy ansiosa: el Burger King. Así podré comer todas las cochinadas que quiera. Hoy no me va a frenar nadie, ni siquiera esa pequeña lorcita que me está empezando a salir en la tripa.

Nos pasamos unos quince minutos buscando aparcamiento. Al final lo deja en zona azul porque no hay otras plazas libres. Pero por suerte, lo hemos estacionado cerquita. Sin comerlo ni beberlo, me coge de la mano mientras caminamos hacia la Facultad. El corazón se me desboca. Oh, mírame, ahí voy, agarrada del tío más bueno de la faz de la tierra,al menos para mí lo es, con una sonrisa de tonta en plena cara. Unas cuantas chicas se nos quedan mirando, unas con fascinación y otras con mal gesto. Me pregunto si algunas sabrán quién es o simplemente les gustaría meterse entre sus sábanas. Hincho el pecho cada vez que nos observan porque me siento orgullosa de tener un hombre así a mi lado. Y no sólo por su físico espectacular, sino también porque es divertido, inteligente y me ha elegido a mí.

—Hacía tiempo que no venía aquí –dice, alzando la vista hacia la fachada de la Facultad.

—Desde la graduación –sonrío al recordar aquella fantástica noche.

—Estabas tan bonita. –Posa un beso en mi coronilla.

Lo miro sorprendida. Vaya, si al final Cyn va a tener razón y todo y Abel también es cariñoso. Uf, me encanta. Me pongo de puntillas y le planto un beso en todos los morros delante de un par de chicas que bajaban las escaleras. Una de ellas sonríe y le dice algo a la otra, como que le parece bonito el amor o algo así. ¡Y a mí, a mí también me lo parece!

Lo cojo de la mano y tiro de él para que entre conmigo a la facultad. Se la enseño un poco: el sótano donde están las aulas en las que estudié el último año de carrera, el salón de actos que ya conoce por la graduación, la cafetería, la secretaría y el ascensor en el que vamos a subir hasta el tercer piso. Cuando nos metemos y pulso el botón, me agarra de la cintura y me atrae a él.

—Todavía no lo hemos hecho en un lugar así…

Recuerdo que en Barcelona estuvimos a punto, aunque nos interrumpieron. Pero por mucho que Abel provoque en mí el fuego de mil infiernos, no voy a hacerlo en los ascensores de la Facultad. ¡Tengo un límite! Después no podría mirar a los profesores a la cara. Sé de un par de historias que corren de estudiantes que tienen sexo en los baños e incluso en los despachos de los profesores. Por supuesto, todo son leyendas urbanas.

—Contrólate –le digo, apoyando las manos en su pecho y arqueando la espalda hacia atrás.

—No puedo si te tengo cerca –murmura con ojos sonrientes.

Él acerca el rostro al mío y me besa de forma muy sensual y caliente. Uf, su lengua húmeda me explora la boca de un modo fascinante. Ya casi se me está olvidando que estamos en la Facultad. ¡En los ascensores! Maldito fotógrafo que me convierte en una inconsciente.

—Después, en casa… –Suspiro contra sus labios.

En cuanto el ascensor se detiene, yo me aparto dando un saltito. Él intenta atraparme pero no lo consigue. Me mira mordiéndose el labio inferior, con una sonrisita.

—Es que pienso en ti como una colegiala y me desboco, Sara. –Se ríe.

Chasqueo la lengua porque sé que me está gastando una broma. Recuerdo el día en que nos conocimos, cuando acudí a una sesión fotográfica en la que me pidió que me vistiera con un uniforme de colegiala. No accedí a ponérmelo, por supuesto. Aunque ahora que lo pienso, desde entonces he hecho cosas que jamás imaginé. Y no me arrepiento de nada. Quizá le sorprenda algún día con ese disfraz. Apuesto lo que sea a que le gustaría.

Cuando salimos del ascensor, me doy cuenta de que pasa algo raro. En la parte de Lengua todo parece normal, pero en la de Literatura hay un montón de escritorios, armarios y cajas por el suelo. Me quedo mirando a Abel y me encojo de hombros. Echo a caminar hacia allí cuando escucho que me llaman. Al girarme descubro a Antonio, mi profesor de Fonética.

—¡Muchacha! Cuánto tiempo. ¿Cómo estás? –Lo tuve en primero de carrera, y aunque lo he visto por la Facultad muchas veces, hacía bastante que no coincidíamos.

—Vengo a hablar con Gutiérrez –le informo.

—¿No sabes que van a hacer obras en el departamento de Literatura?

Niego con la cabeza. Vaya, Gutiérrez no me había advertido. No me digas que hemos venido a Valencia para nada. Ahora podría estar en la piscina, derritiéndome bajo los abrazos de Abel.

—Están mudando todas sus cosas a unos barracones cerca de la Facultad de Psicología –me explica Antonio, sin perder su amable sonrisa–. Pero quizá lo pilles, quién sabe. Sé que esta mañana ha venido temprano para prepararlo todo. Creo que no hay ningún otro profesor del departamento. Pero ya sabes que a Gutiérrez le gusta hacerlo todo antes que nadie.

—Sí –respondo–. ¿Y cómo estás tú? ¿Se presenta mucho trabajo este año?

Asiente con la cabeza. Me doy cuenta de que no para de lanzar miraditas a Abel, pero no me atrevo a presentárselo.

—Este año soy también profesor del máster, así que trabajo por partida doble.

—Entonces nos veremos en clase –le digo con una gran sonrisa.

Un par de minutos después nos despedimos. Le digo a Abel que me espere sentado en uno de los bancos, pero prefiere quedarse cotilleando las notas de estudiantes a los que no conoce. Yo me río para mis adentros mientras intento traspasar las docenas de cajas y muebles que hay diseminados por el suelo. Al asomarme al pasillo descubro que Antonio estaba en lo correcto. Parece que no hay ningún profesor. Todas las puertas están cerradas y las luces apagadas. No se escucha ni un solo sonido.

Suelto un suspiro. En mala hora he venido hasta aquí. Tendría que haberle enviado un correo a Gutiérrez, pero he pensado que hoy tendría sus tutorías habituales. Ya podría haberme escrito él. Es muy probable que se le haya pasado con todo este jaleo. Me pregunto si Patri le estará ayudando también con la mudanza. Es tan amable la chica.…

Cuando estoy a punto de irme, me fijo bien en que la puerta de Gutiérrez está entreabierta. Aún tendré suerte y lo encontraré en el despacho. Aprieto los papeles de mi ensayo con fuerza. Me seco las manos en la camiseta porque ya me han empezado a sudar.

Me acerco al despacho con lentitud. Tampoco quiero molestarlo si está enfrascado en algún trabajo. Sin embargo, un extraño sonido me pone en alerta. No acierto a adivinar lo que es, pero me parece familiar. A medida que estoy más cerca, lo descubro. Son suspiros. Muy bajitos, pero lo son. Y a continuación un suave gruñido. Joder, pero qué... Se me hace un nudo en el estómago.

No quiero mirar, pero lo hago por el hueco.

Y veo a Gutiérrez de espaldas, medio descamisado y con los pantalones bajados, haciendo el amor a una mujer que está encima de la mesa. Me llevo la mano a la boca para sofocar un grito al darme cuenta de quién es ella. Estoy tan sorprendida que no puedo ni mover un músculo.

Y entonces Patri abre los ojos y me descubre. Me sobresalto, pero ella esboza una sonrisa.

Esa de superioridad que tanto odio. Se está burlando de mí.

Siento las náuseas en mi garganta. Por fin mi cuerpo responde y me aparto de allí, echando a correr por el pasillo. No me lo puedo creer. Joder, no, no es posible. No lo es porque todo en lo que he creído siempre se acaba de derrumbar ante mis ojos.

Abel alza la vista cuando aparezco ante él. Cambia la sonrisa por un gesto de preocupación al ver que tengo lágrimas en los ojos. Va a decir algo pero yo lo cojo de la mano y tiro de él hacia el ascensor. En cuanto entramos, me llevo las manos a la cara pero lo único que veo es el movimiento de caderas de Gutiérrez y la pérfida sonrisa de ella. Abel me las aparta y me mira asustado.

—Acabo de ver a Patri y a mi tutor haciéndolo en su despacho –digo con un hilo de voz.

Tiéntame sin límites
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