
Es como en las películas.
Se ha detenido todo alrededor. No hay sonido; no existe el movimiento. Sólo la oscuridad y su mirada mientras él se acerca.
Bueno, quizá me he muerto y un ángel ha adoptado su forma para hacerme feliz en esta fase final. Me muerdo la lengua con fuerza, y de inmediato noto el sabor dulzón de la sangre. ¡Au! Vale, pues no he estirado la pata.
—¿Qué está haciendo aquí? –escucho la voz de Eric muy, muy lejana.
No lo sé. ¿Habrá venido a echarme la culpa? ¿Me gritará? ¿Seguirá enfadado? No puedo pensar; la razón me ha abandonado como tantas otras veces. Sólo me caigo en el mar profundo de sus ojos y no estoy segura de que sepa nadar en él.
Sin poderlo evitar, me muevo. Me parece estar flotando, como si él tirase de mí en una especie de trance hipnótico. Está hermoso. Sí, exactamente es esa la palabra para definirlo, aunque pueda sonar cursi. Pero no queda rastro del Abel débil y enfermo al que bañé. Creo que este me gusta mucho más, con sus andares felinos y su mirada segura. El cabello le luce brillante y su piel ha adquirido el tono de bronceado perfecto. Lleva una camiseta informal que le queda de maravilla, y unos pantalones sueltos de color blanco. Puedo ver el triángulo de pecho que asoma a través de los botones desabrochados. Me relamo los labios al pensar en ese cuerpo trabajado.
Me sonríe y el corazón echa a bombear de nuevo. Los hoyuelos aparecen como por arte de magia. Oh, joder, las manos me han empezado a sudar. Había olvidado lo poderoso que es. Si antes no me hubiera mordido la lengua, continuaría pensando que la Muerte ha enviado a uno de sus ángeles por mí. Y estaría dispuesta a caer rendida a sus pies para toda la eternidad.
Cada vez nos encontramos más cerca. A pesar de que quiero llegar hasta él, también tengo algo de miedo. Quiero comprobar que existe, y al mismo tiempo no lo deseo porque caeré de nuevo en su arte de seducción, para el que yo no tengo armas. Nos miramos, reteniendo la imagen de cada uno en las pupilas. Joder, el corazón me va a saltar de un momento a otro y se pondrá a bailar ante mí. El pulso me palpita en infinitas partes del cuerpo. Jamás me había sentido tan viva y al mismo tiempo tan irreal como ahora.
Y al fin, se detiene delante de mí, erguido en toda su altura. No puedo retirar la vista de sus enormes ojos azules, que me miran con deseo y ternura. Entonces ¿no está enfadado conmigo? Como la mente se me ha quedado dormida, tan sólo reacciono a estímulos corporales y por eso alzo la mano y le acaricio la mejilla, recién afeitada. Qué suave. Él cierra los ojos cuando acerco la otra mano y voy dibujando su rostro con los dedos. Lo reconozco... Sé el perfil de sus labios. Adoro el tacto de su piel.
—Eres real –musito, fascinada.
Se echa a reír. Observo su dentadura perfecta, su lengua rosácea que tengo ganas de morder. Es mío. Y quiero saborearlo, sea como sea. No me voy a cansar nunca de hacerlo. Ahora lo entiendo.
—Creí que no iba a volverte a ver –le digo con voz temblorosa.
—No te ibas a librar de mí tan fácilmente –me contesta.
Oh, su seductora voz… ¡La he echado tanto de menos!
La música retorna. Sin embargo, la escucho remota, como si él y yo estuviésemos encerrados en una burbuja. Madre mía, pienso como la ñoña protagonista de alguna película edulcorada. Pero qué le voy a hacer, es así como me siento. Creía que estas cosas no sucedían en la vida real. Esto es... Es... ¿lo que llaman enamorarse? Porque si es así, jamás lo había estado antes a pesar de haber pensado que sí.
«I love the way you are. It’s who I am, don’t have to try hard», canta Lavigne.
—Yo también –digo, de repente.
—¿Qué?
—Que no me importa nada. –Le acaricio los labios. Abel aprovecha para besarme un dedo.
—Creo que no te sigo… –responde confundido.
—Me gustas tal y como eres. –Acerco mi rostro al de él y le cojo las manos, llevándomelas a la cintura. Lo noto sorprendido y eso es algo que me gusta. No quiero separarme de él ni un minuto más. No podré respirar si lo hago–. Aguantaré hasta que estés preparado.
Veo en sus ojos un destello de comprensión. Esboza una sonrisa y yo aprovecho para besársela. Muevo mis labios contra los suyos con suavidad. Al principio se queda rígido, muy quieto, y eso me asusta. Pero poco a poco se va relajando y abre la boca para mí. Me roza los dientes con la lengua. Lo saboreo lentamente, al tiempo que un pinchazo de placer me recorre la ingle.
—Y también te creo –continúo cuando me separo–. Ya sabes, por lo de las fotos…
Asiente con expresión grave. Me recorre el rostro con los ojos. Supongo que en un intento por atrapar todo lo que hemos estado a punto de dejar atrás.
—Hace un tiempo me dijiste que yo era una loca por querer quedarme contigo. ¿Recuerdas lo que te contesté? –asiente con la cabeza–: Lo sigo manteniendo. No sé cómo pude pensar siquiera por un momento que no quería.
Lo miro con intensidad. Me estoy confesando mucho, qué vergüenza. ¿Por qué está tan callado y serio? ¡Vamos, di algo! Me acaricia el pelo y me da un beso en la frente. Con la otra mano me aprieta la cintura.
—No sabes lo vivo que me haces sentir –responde al fin, en un susurro junto a mi oído. En cuestión de segundos estoy tremendamente excitada.
—Abel –clavo mi mirada en la suya. Ahora que estoy más arrimada a su cuerpo, puedo sentir contra el mío los latidos de su corazón. Son tan fuertes como siempre. Él siempre lo ha dicho. La conexión que existe entre nosotros es sorprendente–: Soy tuya.
Sus ojos se oscurecen. Pasea la mano por mi espalda. Sé que esa frase le ha excitado. Yo lo estoy demasiado. Su cuerpo forma parte de mí y eso es algo que mi organismo sabe a la perfección.
—¿Quieres que vayamos a mi casa? –me pregunta, agarrando los pliegues de mi falda.
Niego con la cabeza. Él se muestra sorprendido.
—Aquí –susurro, rozándole el cuello con los labios–. No puedo aguantar más. –Noto que se estremece–. Te necesito dentro de mí –lo digo de la forma más provocativa posible. Hasta yo misma me sorprendo.
Abel me atrapa el rostro con las dos manos y me besa con ardor, tanto que incluso me hace daño. Me agarro a su camiseta, notando las contracciones de sus perfectos músculos. A duras penas consigo apartarlo. Lo cojo de las manos para sacarlo de allí. Cuando me doy la vuelta, descubro que Eric ya no se encuentra donde la música. Bueno, qué esperaba yo, ¿que se quedara mirando mientras nos dábamos el lote? Pero no puedo evitar preguntarme adónde ha ido. Espero que no se haya enfadado; sé que ha estado fatal separarme de él así de buenas a primeras, pero espero que comprenda que no lo he podido evitar.
Llevo a Abel hacia la casa a toda prisa. Me tropiezo con un vaso de plástico en el que todavía quedan restos de cubata, pero ni me importa. Al echar un rápido vistazo a la piscina, me doy cuenta de que hay alguien haciendo aspavientos con los brazos. Vale, es Cyn. Mierda, ¿qué quiere? No puedo detenerme ahora que he puesto el piloto automático. Como se me baje la libido, ya no me atreveré a hacer nada. Pero mi amiga lo único que hace es señalarme el móvil. Me paro y Abel casi se choca conmigo. Saco mi teléfono y enciendo los datos. Cyn me ha enviado un wasap hace unos cinco minutos.
«Guarri, aunque es mi cumple, el regalito te lo he hecho yo. Así que por favor Aprovéchalo. No sabes lo que me ha costado. Bueno, te lo diré: tuve que aceptar una cita con Marcos».
Alzo la cabeza hacia Abel y lo miro con susto. Él me observa extrañado. Le señalo el móvil.
—¿Es cierto lo que dice Cyn?
—¿Qué es lo que dice?
—Que estás aquí gracias a ella, creo.
Se ríe. Me encanta. Quiero besarle los hoyitos una y otra vez.
—Es una larga historia. Bueno, en realidad no lo es, pero prefiero contártela luego.
Lo miro de forma pícara y le estiro del brazo para meternos en la casa. Una vez dentro, me coge de la cintura y me aprieta contra su cuerpo. Jamás pensé que diría esto, pero ahí está esa posesión que he echado de menos.
—No puedo estar sin tocarte –le tiembla la voz–. He dejado que pasara demasiado tiempo.
Dios, está tan encendido como yo. Me cuelgo de su cuello y lo beso con intensidad. Le muerdo los labios, se los lamo y succiono. Nuestras lenguas se enroscan en un baile con sabor a excitación. Me agarra de los cachetes del culo por debajo de la faldita y los estruja, provocando que el vientre se me contraiga de placer.
Lo empujo con suavidad para que podamos ir a una habitación, estoy segura de que él lo haría aquí mismo. Me abalanzo a la primera puerta que encuentro. La abro y contengo un gritito. Abel choca contra mi espalda, haciéndome trastabillar hacia delante.
—¿Eva? –pregunto con un hilo de voz.
¿Por qué mi amiga está con uno de los Kenes tras su culo? No me lo puedo creer, nunca me la habría imaginado así. Ella me mira con los ojos muy abiertos, pero el chico no se detiene ni por un segundo. ¡Por favor, qué perversión!
—¡Capulla, sal ya! –me grita Eva, bastante molesta.
No me puedo mover, debo de tener una cara de tonta impresionante. En ese momento Abel me pasa una mano por delante y me tapa los ojos. Después me tira del brazo para sacarme de allí. Cuando cierra la puerta y retira la mano, me giro lentamente hacia él. Por unos momentos nos miramos en silencio y, al fin, se echa a reír. Lo hace tan fuerte que se dobla hacia delante, sujetándose el estómago.
—¿Qué te hace tanta gracia? –le pregunto, con una ceja arqueada.
Suelta un par de carcajadas más, haciendo un gesto con la mano como para disculparse. Cuando se calma un poco, dice:
—Tu cara. Tendrías que haberla visto. Es de shock totalmente.
—¡Es que lo ha sido!
—Me recuerdas a Justine. –Se vuelve a reír.
Le doy un cachete en el brazo para que calle ya.
—¿A quién?
Me atrapa de la cintura de nuevo, y me arrastra hacia él.
—Me pone a mil pensar en ti como una jovencita a la que pervertir. –Me muerde el lóbulo de la oreja mientras lo dice.
—¿Qué dices? –Lo intento apartar, pensando todavía en quién puede ser esa tal Justine. ¿Alguna de sus exconquistas? No sería tan capullo de hablar sobre ella y compararme, ¿no?
Sin contestarme, se lanza a las escaleras con intención de subir al segundo piso. Yo lo agarro de la muñeca y lo retengo.
—¡No! –grito asustada.
—¿Qué?
—La habitación que queda es la de los padres de Cyn.
—¿Y? –Me observa con gesto extraño. Está muy impaciente, lo puedo notar en el movimiento nervioso de su mandíbula.
—¡No quiero hacerlo allí! –Protesto como una niña pequeña.
Abel abre mucho los ojos. Luego arruga el ceño y me muestra una expresión indescifrable. Cuando me quiero dar cuenta, me ha echado a su espalda y me transporta como a un cadáver.
—¡Bájame! –chillo, revolviéndome entre sus brazos.
Me da un pequeño cachete en el trasero. Vuelvo a quejarme, y le intento morder en la espalda. ¡Joder, me estoy mareando de estar en esta postura!
—Con eso lo único que consigues es excitarme más –dice, con voz pícara. Sé que está sonriendo. Se lo está pasando genial a mi costa.
Me quedo quieta, observando el movimiento de las escaleras bajo mi cabeza. En unos instantes me veo tumbada en una cama enorme. ¡Madre mía, qué vergüenza, aquí se supone que duermen los padres de Cyn cuando vienen al chalé! Si lo hago en este lecho no podré volver a mirarlos a la cara.
Abel se coloca encima de mí y me empieza a dar besos por el cuello. Yo me limito a observar el techo y la lámpara que pende de él. No me puedo concentrar, me recuerda a todas aquellas veces en las que el sexo era aburrido y neutro. ¿No me digas que he perdido la pasión también con él? ¡Oh, no, por Dios!
—Déjate llevar, Sara. –Me clava la mirada, haciendo que me vea reflejada en ella. Intento sonreír–. Han sido dos meses demasiado largos. –En eso estoy de acuerdo con él.
Me devuelve una seductora sonrisa. Inmediatamente aparecen los hoyuelos y un pinchazo me atraviesa el vientre. Me busca los labios y cuando me besa trato de olvidarme de todo lo demás y quedarme tan sólo con las sensaciones que me provoca. En el momento en que su cálida lengua me roza el labio inferior, el estómago se me contrae. Lo agarro del cuello y le acaricio la nuca, abrazándome más a él. Enrosco mi lengua con la suya, notando que la avidez empieza a invadirme. Sabe a una mezcla de vainilla y frutas, todo ello sumado al aroma de la excitación.
—Así, pequeña… –murmura en mi boca.
La abro todo lo que puedo para que se introduzca más en mí. Tengo hambre de él, de sus carnosos labios, de su cuerpo ardiente. Me excita tremendamente la forma que tiene de jugar con mi lengua, succionándola, luchando con ella, mordiéndola con suavidad. Lo agarro del pelo en un intento por dominarme, pero segundos después estoy meneando el cuerpo bajo él para demostrarle que empiezo a estar preparada.
Lleva las manos a mi blusa y la desabrocha con rapidez. Su mirada se oscurece al descubrir que no llevo sujetador. Suelta un gruñido y me coge del torso con sus fuertes manos, arqueándome hacia arriba. Mis pezones erectos apuntan a su cara. Me roza uno con los labios, lo que hace que se me escape un suave gemido. Cuando se lo mete en la boca y lo mordisquea, mi cuerpo se tensa más. Aprieto su cabeza contra mí para que no se detenga. Lo oigo suspirar y atrapa mi otro pecho con la mano libre. Me lo acaricia y toquetea mientras me lame el otro pezón haciendo circulitos con la lengua. Mil destellos de placer recorren mis vasos sanguíneos. ¡Joder, estoy ardiendo! ¿Cómo he podido vivir sin esto durante dos meses?
—Me encantan –dice, apartándose y observando mis pechos. Mi pezón brilla con su saliva–. Se acoplan perfectamente a mis manos. –Los cubre con ellas.
A continuación me sorprende juntándolos, estrujándolos y llevándose los dos a la boca. ¡Dios! Me está comiendo, literalmente. Y es maravilloso. No sabía que tenía tanta sensibilidad en los pechos. Mi sexo se contrae una y otra vez con cada lametón y mordisco en los pezones. Sin dejar de jugar con ellos, baja la mano derecha a mi entrepierna y me acaricia la ingle por entre los pliegues de la falda. Después me toca por encima de las braguitas, cuya fina tela está muy mojada. Un segundo después noto sus dedos en mis labios, extendiendo toda la humedad.
—¡Joder! –exclamo sin poder contenerme. Es un placer demasiado intenso.
—Me pone muchísimo que estés tan excitada.
Se inclina hacia delante y me besa con ímpetu. Me agarro a sus fuertes brazos para aguantar los espasmos de placer. Sus hábiles dedos continúan acariciándome la entrada. Me introduce uno con suavidad al tiempo que con el pulgar me da toquecitos en el clítoris. Gimo en su boca y él me responde mordiéndome el labio. Sin previo aviso, me sube la falda hasta la cintura. Tira de mis bragas y escucho un ruido extraño. Al alzar la cabeza por encima de mi estómago, descubro mi ropa interior en sus manos. ¡Están rotas!
—Te compraré unas nuevas.
En realidad no me importa. Me ha excitado mucho más que me las haya arrancado. Una vez las ha echado al suelo, se desabrocha el pantalón y se lo baja, sin dejar de mirarme.
—No puedo aguantar más, Sara.
Se baja también el boxer a toda velocidad. Cuando veo su maravillosa y dura excitación, no puedo evitar llevarme la mano a la entrepierna, pensando que voy a tenerla dentro de mí. Inmediatamente me abre de piernas y se coloca entre ellas de rodillas sobre la cama. Me mira desde arriba con expresión lujuriosa. Me pregunto qué irá a hacer. Entonces pasa las manos por debajo de mi trasero y me echa el cuerpo hacia arriba. Tengo la espalda y la cabeza apoyadas en la cama, pero la parte inferior la domina toda él. Oh, Dios, en cuanto acerca su miembro a mi sexo yo ya estoy gimiendo. Y lo hago todavía más cuando noto su cálido roce. Me da unos golpecitos y, sin prepararme más, se mete en mí de golpe. ¡Hasta el fondo! Dejo escapar un gritito de dolor y sorpresa. Pero no me da tregua. Empieza a entrar y salir a toda velocidad. Me agarro a la almohada para aguantar sus violentas sacudidas. Mi sexo va respondiendo al suyo y se va ajustando con cada nueva embestida.
—Joder, Sara, joder… –murmura con voz entrecortada, mientras me clava los dedos en los muslos.
Su sexo se introduce en lo más profundo de mí. Uf, nunca me lo habían hecho de esta forma tan intensa. Su vientre plano choca con fuerza contra mi pubis y la parte interna de los muslos. Echa la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados. Me sorprende verlo así, tan fuera de control, aunque yo también lo estoy. Lo oigo gemir y soltar unos cuantos improperios. Y de repente noto algo cálido en mi interior. Lo miro con confusión cuando se detiene. Él abre los ojos y los dirige hacia mí, aún con la mirada desenfocada, bañada de placer.
—Lo siento –se disculpa, soltándome las piernas e inclinándose para darme un beso en los labios–. Estabas tan estrecha que no he podido resistirlo.
Frunzo el ceño, suponiendo que ya se ha acabado. Sin embargo, tras salir de mí, me arrastra por la cama hasta el borde. Él se baja y se queda de pie, plantado frente a mí. A continuación me coge de la cintura y en un abrir y cerrar de ojos me encuentro a cuatro patas. ¿Qué…?
—Dame un minuto. –Le escucho decir a mis espaldas.
Doy un respingo cuando uno de sus dedos me acaricia los humedecidos labios. Los tengo hinchados y muy sensibles, con lo que todas mis terminaciones nerviosas se ponen alerta. Meneo el trasero a un lado y a otro, con la cabeza gacha. El dedo juguetón se mete en mi sexo. Lo mueve en círculos, sacándome un gemido tras otro.
—Tengo unas vistas magníficas aquí atrás –dice con voz entrecortada.
Miro por encima del hombro. Está acariciándose a sí mismo mientras me masturba a mí. Oh, joder, esa imagen es magnífica. El sexo se me contrae al posar los ojos en su durísimo miembro. Me presiona el clítoris con el pulgar al tiempo que me introduce un dedo más. Miro de nuevo hacia delante y me dejo llevar. ¡Joder! Estoy a punto de correrme cuando se detiene y saca los dedos. Pero inmediatamente aprieta su vientre contra mi trasero. Me roza con su pene y yo echo el cuerpo hacia atrás, rogándole en silencio que me haga estallar de placer. Me coge de las caderas y se introduce poco a poco. Puedo notar cómo entra cada centímetro de su duro sexo. Al cabo de unos segundos lo tengo entero dentro de mí. Él se queda quieto unos segundos, hasta que yo vuelvo a menear la cintura instándole a que empiece. Cuando lo hace, suelto un gritito.
—Quiero más –gimo.
Abel incrementa la velocidad. Sus movimientos pélvicos me lanzan hacia delante. Observo cómo danzan mis pechos con cada una de sus embestidas y me excito aún más. Nunca lo había hecho en esta postura, pero es muy sexy. Me siento poderosa, dominada y deseada por él.
—Más rápido, por favor –le suplico, clavando las uñas en las sábanas. Ambos estamos sudando. Tengo el pelo enredado alrededor de mi cara.
—Joder, pequeña, te estás volviendo muy traviesa –murmura a mi espalda.
Noto una de sus manos acariciándome el trasero mientras con la otra me sujeta de la cadera con fuerza. Cada vez me la mete con más violencia, pero me encanta. La noto en lo más profundo de mí, y aun así la quiero más y más, aunque sé que ya es imposible. Jamás me había sentido de este modo. Es como si mi sexo no se satisficiera nunca.
Me da un palmadita en la nalga y yo suelto un gemido. A continuación su mano busca mi pecho y cuando lo encuentra me lo estruja. Mi vagina se empieza a contraer, notando la inminente explosión.
—Dámelo, cariño –me susurra al oído con su ronca voz, inclinado sobre mí.
Es notar su piel contra mi espalda y volverme loca. Cojo la mano con la que me acaricia el pecho y me la llevo a la entrepierna. Quiero tenerlo en todas mis partes. Él me muerde la oreja y me frota el clítoris sin dejar de penetrarme desde atrás.
—Me encanta que tengas tantas ganas de mí, Sara. –Me lame el lóbulo. Mi cuerpo se estremece.
Tira un poquito de mi clítoris, me lo pellizca, y a continuación me acaricia los labios. ¡Joder, no puedo más! Aprisiono su miembro en mi cavidad, que se contrae cada vez más. Unos maravillosos espasmos me atacan en el vientre. Se deslizan hacia mi sexo. Abel gime a mi espalda y segundos después lo siento desbordarse en mí. Entonces yo me suelto también y el orgasmo me sacude con tal intensidad que no puedo evitar gritar su nombre. Me dejo caer en la cama, sujetada únicamente por él, que todavía se balancea a mi espalda, descargando las últimas gotas de su orgasmo.
—Dios, Dios… –gimo, con la frente apoyada en la cama.
Las piernas me tiemblan y el sexo no deja de palpitarme. Parece que el torbellino de placer no se va a acabar nunca. Al cabo de unos segundos, Abel se aparta de mí. Lo oigo rebuscar y al fin se acerca de nuevo. Yo estoy amodorrada, así que doy un brinco cuando me limpia nuestros restos con un pañuelo. A continuación se tumba a mi lado, y me aparta los mechones sudados de la cara. Planta un beso en mi frente. Yo me echo a reír porque todavía llevamos la ropa puesta. El deseo nos ha atrapado en sus garras sin darnos tregua.
—Tenías razón. Dos meses es mucho tiempo –le digo, sonriendo.
—No te duermas, Sara –me pide.
—Ha sido demoledor –respondo.
Él luce una sonrisa orgullosa. Incluso a él le gusta que alaben su sexo. Me abotona la blusa y me baja la faldita.
—Vas a tener que ir hasta mi piso sin bragas –dice, divertido.