
Escruto la habitación mientras aguanto la respiración. Las luces son cálidas y están rebajadas, con lo que dotan al ambiente de sensualidad. Me fijo en que las paredes están pintadas de morado, un color que deja paso a la intimidad mezclada con la pasión. En cada una de ellas hay plasmada una cita de escritores diferentes. «Ven a dormir conmigo: no haremos el amor, él nos hará», de Julio Cortázar, destaca en la de enfrente. A la derecha brillan unas palabras de Óscar Wilde: «La mejor manera de librarme de la tentación es caer en ella». No puedo evitar sonreír. Isabel Allende me habla desde la izquierda: «Para las mujeres el mejor afrodisiaco son las palabras». Justo al lado veo una puerta que está cerrada.
En el suelo hay una enorme alfombra de pelo negro que llega hasta los pies de una cama con dosel. Me froto los ojos. Sí, he visto bien. Las cortinas, también de color violeta, están corridas, así que no puedo ver cómo es el colchón. Tan sólo la forma me indica que debe de ser muy caro. Y grande. Y altamente erótico. Al lado se halla una especie de sillón con formas muy extrañas y modernas. Tiene tantas curvas que no sé quién se puede sentar ahí y estar cómodo. Desde luego, los artistas tienen unos gustos muy raros. Alrededor de la cama están dispuestas un montón de velitas encendidas.
Al fondo a la derecha hay un armario enorme cuyas puertas son espejos. Me pregunto qué habrá en su interior. Y unos metros por delante descubro una barra que nace del suelo y se alza hasta el techo. Arrugo las cejas sin comprender de qué se trata. Pero en el fondo, me esperaba algo muchísimo peor. Aquí no hay cadenas, grilletes que cuelguen de la pared o máquinas para prácticas sadomasoquistas. Es tan sólo una habitación sensual. Eso sí, muy bonita. Se lo ha currado y se tiene que haber gastado un dineral en todo esto. A no ser que lo tuviese antes para recibir a sus conquistas y me engañe diciéndome que lo ha preparado para mí.
Escucho cerrarse la puerta. Me giro y lo descubro apoyado en ella. Justo a su derecha hay un equipo de música y a la izquierda un sillón normal de color lila claro. Las luces de la habitación le otorgan un aspecto casi irreal. Me está sonriendo y me estremezco, medio asustada medio ansiosa. Con el índice me hace un gesto para que me acerque a él. Yo dudo unos segundos hasta que me decido y me planto a unos centímetros.
—¿Te gusta? –me pregunta, echándome el cabello hacia atrás.
Asiento con la cabeza. Ladeo el cuerpo y sin mirar le señalo hacia un punto:
—¿Pero a qué viene esa barra de bomberos en la habitación?
Abre mucho los ojos y a continuación se ríe a carcajadas. Me abraza con fuerza y deposita un montón de besos en mi cabeza.
—No me puedo creer que seas tan inocente. –Me coge de la barbilla y me alza el rostro para que nos miremos–. Aunque esa es precisamente una de las cosas que más me atraen de ti.
Pongo morros, un poco enfadada. Siempre me dice lo mismo. Bueno, él y todo el mundo. Cyn me lo estuvo recordando el otro día. ¿Qué pasa, que hasta Eva es más provocativa que yo?
—He hecho esto para ti. Para que entres en un mundo de goce y sensualidad.
—¿Ahora es cuando te tengo que perdonar por dejarme una semana sola, no? Como has preparado todo esto, pues ya eres muy bueno, claro.
Hace un gesto de dolor. Niega con la cabeza, al tiempo que desliza sus manos por mi espalda, acariciándomela y provocándome un estremecimiento.
—Llegué a Valencia el viernes por la noche. Apenas he tenido días para organizarlo todo, y encima tú me has quitado uno por tu mensaje. Menos mal que los hombres que trajeron todo esto cumplieron con lo acordado.
Me cruzo de brazos, girando la cabeza a un lado. Los efectos del vino se me están pasando y recuerdo que antes de llegar aquí estaba molesta. ¿Cómo se me puede pasar tan rápido? Este hombre provoca que mis sentimientos estén llenos de altibajos.
—Cierra los ojos, Sara –me dice.
Lo miro con el ceño arrugado y expresión de desconfianza. Él me dedica una sonrisa en la que los hoyuelos le brillan en todo su esplendor. Al final le obedezco y doy un brinco cuando noto sus manos en mi cadera. Me conduce por la habitación en la oscuridad. Creo que nos detenemos ante la cama. El sonido de las cortinas cuando las descorre me lo confirma. Me dan ganas de abrir los ojos para ver cómo es, pero él adivina mis intenciones y me los cubre con la mano. Y entonces noto algo muy suave en la frente. Al cabo de unos segundos descubro que se trata de un pañuelo de seda que me termina anudando a la nuca. Me llevo una mano al rostro y lo palpo.
—¿Abel ? –pregunto, un poco asustada.
—¿Te aprieta? –Su aliento me hace cosquillas en el oído.
—Está bien –respondo con la garganta seca.
A continuación me sienta en la cama y me deja sola unos instantes. Lo escucho trastear por la habitación. Flotan hasta mis oídos los sonidos de una puerta que se abre, muy probablemente la del armario, después el entrechocar de unas copas y más tarde el plop húmedo de una botella al ser descorchada. El ruido de sus pasos se acerca hasta detenerse frente a mí. Escucho su respiración y huelo su fresco perfume. Extiendo las manos con la intención de tocarlo, pero tan sólo rozo aire. De repente algo muy frío choca contra mis dedos y doy un salto.
—Tranquila, Sara, sólo es la botella –me explica.
Aguzo el oído al máximo cuando vierte el líquido en lo que supongo que es una copa. Unos segundos después el borde del cristal me acaricia los labios.
—Abre la boca –me pide él.
Yo la mantengo apretada porque estoy muy nerviosa. Nunca he jugado a esto. Jamás me han vendado los ojos. Siento que no tengo el control y eso es algo que me provoca inquietud.
—Sólo quiero darte de beber –me dice, rozándome los labios con la copa y provocándome cosquillas–. Es vino.
Aspiro con fuerza, intentando tranquilizarme. Tengo que calmarme y tener claro que esto es un juego. Y muy sencillo. Seguro que un montón de parejas se han vendado los ojos y han disfrutado al máximo. Al final separo los labios y de inmediato el frío líquido cae en mi lengua y se desliza por mi garganta. Trago con lentitud, deleitándome en el sabor afrutado del vino.
—¿Quieres más? –me pregunta con voz grave. Imagino que se está excitando.
—Sí. –Meneo la cabeza de arriba abajo con seguridad.
Pero entonces me sorprende dándome de beber con su boca. De esa forma es mucho más sabroso. Su lengua está fría, dulce y amarga al mismo tiempo. Enrosco la mía con la suya al tiempo que alzo los brazos para agarrarme a su espalda. Apretujo su camisa entre mis dedos mientras nos besamos con delectación. Mi respiración comienza a acelerarse en el momento en que apoya las dos manos en mis muslos y las sube muy despacio.
—Más vino. –Esta vez soy yo la que lo pido.
—Echa la cabeza hacia atrás. –Me indica.
Hago caso de su orden. Al momento el helado líquido se derrama en mi boca y también por mi barbilla. Me relamo con gozo. Él se encarga de limpiarme lo que ha caído hasta mi barbilla. Me la muerde con suavidad. Me la lame con violencia. Suelto un gemido y le acaricio la nuca. Una vez más me siento mareada por el efecto del alcohol en mi organismo. Me echo a reír, sorprendida ante el hecho de que la situación me esté empezando a dar morbo.
Aprecio que se aparta de mí. Le espero sentada en la cama, meneando las piernas hacia delante y atrás. Me detengo a pensar lo cómoda que es, muy mullida. Me regocijo en la suavidad de las sábanas. Desde luego que es una maravilla tener los ojos tapados para poder concentrarme en los otros sentidos.
—Túmbate. –Escucho su grave voz muy cerca.
Me dejo caer en la cama, con los cabellos esparcidos alrededor del rostro. Como es costumbre en mí porque todavía no estoy tranquila por completo, cruzo las manos en la tripa. Sin embargo, él me las aparta y me las coloca a ambos lados de la cabeza. Luego son las suyas las que se apoyan sobre las mías, provocando que yo no tenga la posibilidad de moverlas. Pero como su cuerpo apenas me roza, alzo el trasero con la intención de tocarlo.
—No seas impaciente, Sara. Vamos a jugar mucho, te lo prometo. Pero de momento vas a hacer todo lo que yo quiera porque has perdido –Me muerde el cuello y suelto un pequeño grito–. ¿Recuerdas? –Se ríe.
—Quiero abrazarte –protesto.
—Cuando yo te lo permita –susurra. Arqueo la espalda cuando me lame el lóbulo de la oreja.
El vientre se me empieza a descontrolar. Siento que las cosquillas ya me están invadiendo. Toda esta situación es mucho más morbosa y excitante de lo que había imaginado. Creía que jamás podría ponerme con un juego así, pero lo cierto es que su voz, su tacto y su olor están consiguiendo que todo mi cuerpo despierte.
Sus labios vuelven a posarse sobre los míos. Enlazo mis dedos con los suyos y me sumerjo en el sabor de su lengua. Me concentro en todo lo que me está provocando. Unos maravillosos calambres ascienden desde mi entrepierna y recorren mis manos y brazos. Oh, Dios, estoy muy excitada. A continuación me besa el cuello, lo lame y lo muerde con delicadeza, robándome suspiros de placer.
—Te voy a desabrochar la blusa. –Me avisa.
Lo hace de tal forma que se me ponen todos los pelos de punta. Con cada botón que suelta me roza la piel, la cual ya arde. Una vez me ha desabotonado toda la blusa, la abre dejándome el corpiño al descubierto. Como si hubiese adivinado mis deseos, me echa vino por la parte del pecho que tengo desnuda. Arqueo el cuerpo cuando las gotas se deslizan por mi cuello. Las lame con premura, me saborea y suspira con cada una que se lleva con él.
—Estás deliciosa con el vino –me dice en un susurro.
Esbozo una sonrisa. La oscuridad no me deja verlo pero aprecio en su voz la excitación que tiene. Y a continuación me deja notarla en mi cuerpo, pues aprieta su bulto contra la falda. Me revuelvo bajo su peso, dejándome aprisionar por el deseo que me invade cada vez más. Su lengua recorre mis clavículas, explora mis axilas, lame mis brazos desde el hombro hasta la muñeca. Mi cuerpo responde a cada uno de sus roces. Jamás me había sentido tan despierta como ahora. Todos mis sentidos están en alerta para disfrutar.
Segundos después me vuelve a dejar sola. Lo escucho caminar por la habitación. Yo me quedo muy quieta en la cama, con los brazos abiertos y la respiración a mil por hora. ¿Qué es lo que se propondrá ahora? Suspiro de alivio al escuchar una suave melodía que flota en el ambiente. A medida que los segundos pasan, el olfato también se me va intensificando y puedo apreciar las distintas fragancias de las velas. Poco después sus manos ascienden poco a poco por mis piernas. Se detiene en los muslos y los aprieta. Doy un respingo cuando me besa la parte interior. Es una sensación maravillosa porque tan sólo aprecio su respiración. A ciegas es mucho más excitante: estoy descubriendo aspectos a los que no he dado tanta importancia en otras ocasiones, ya que siempre me concentro en él y nunca en mí. Sin embargo, la oscuridad me está ofreciendo un sinfín de posibilidades.
Pero tengo una duda: se supone que iba a castigarme, ¿no? Esto no me parece que lo sea; es como si quisiera que todo el placer recayera en mí. Por ello, intento acariciarle el pelo; no obstante, me empotra los brazos contra la cama. Protesto un tanto disgustada.
—No me obligues a anudarte las manos, Sara –murmura contra la piel de mi entrepierna.
Aspira con fuerza y a continuación suelta todo el aire que ha retenido, provocando que lo note por mi carne. Me empiezo a impacientar. Me gustaría que su experta lengua recorriese mis rincones más íntimos. Alzo el trasero para darle una pista de lo preparada y excitada que estoy. La fina tela del minúsculo tanguita se ha humedecido y se mete en mi sexo. En ese momento me da un pequeño mordisco en el pubis, lo que me hace soltar un gritito de sorpresa. Meneo las caderas de un lado a otro. Quiero cerrar las piernas y capturar los calambres de placer que me sacuden, pero no me lo permite.
—¿No te tengo dicho que no seas tan impaciente? –Su voz es cada vez más ronca.
Sé que mi alteración también está excitándolo. Apuesto lo que sea a que sus ojos se han oscurecido y que me está observando con una borrosa mirada de fogosidad.
De repente pasa las manos por debajo de mí, las pone en mis nalgas y me alza. Mi vientre topa con su frente. De inmediato el pulso se me dispara porque su lengua juega con mi entrada. La empuja sin quitarme el tanguita. La sensación es tan indescriptible que mi única respuesta es revolverme entre sus manos.
—Quiero sentirte dentro –le digo de forma entrecortada.
Suelta una risita. Ahora es su dedo el que palpa la braguita alrededor de mi acceso. La suavidad de la tela me provoca unas tremendas cosquillas. Mi sexo palpita con cada uno de sus avances hacia lo más profundo. Se arrastra hasta colocarse a mi altura sin dejar de palparme.
—Aún queda un rato para eso –dice, pícaro.
Me da una palmada en el pubis y yo grito sobresaltada. Me mete la lengua en la boca y como resultado saboreo mi propio aroma. Mientras, sus dedos me acarician las ingles hasta que con un rápido movimiento aparta la tira y por fin su piel entra en contacto con la mía. Oh, Dios, oh, Dios. Tengo que controlarme para no gritar. Me muerdo los labios y arqueo el cuerpo. Voy a explotar si continúa moviendo los dedos de esa manera.
—Más –pide mi boca. No me reconozco. Todos mis poros se han dilatado. El pulso me late en las sienes e incluso noto un poco de mareo.
—Te daré todo lo que quieras, pequeña. –Me besa con ansia, apretando los labios contra los míos. Nuestros dientes chocan a causa de la avidez que nos trastorna. Su sabor me vuelve loca. Se me escurre por cada uno de los rincones de la boca, lengua, garganta y paladar.
Saca los dedos de mí y una vez más se aparta. Yo chasqueo la lengua, disgustada. Como ahora no me tiene sujeta, junto las piernas y las aprieto para retener el placer que me ha proporcionado. Mientras trastea por ahí, me pregunto si haremos el amor con la venda. Lo cierto es que con tan sólo pensarlo me humedezco más.
—Sara, ¿confías en mí? –Le escucho preguntar desde los pies de la cama.
Arqueo una ceja. Parece mentira que me pregunte eso ahora, cuando sabe que la respuesta es un sí rotundo. Pero insiste, dándome unas palmaditas en el tobillo.
—Claro que sí –respondo. Tengo otra vez la garganta seca–. ¿Me puedes dar un poco de vino? –le pido.
A los pocos segundos el delicioso líquido cae en mi boca. Saco la lengua y me relamo. Trago con avidez. Tengo mucha sed debido al acaloramiento que estoy cogiendo.
—Abre las piernas –me ordena.
Hago lo que demanda sin perder ni un momento. De nuevo sus dedos se deslizan por la cara interna de mis muslos hasta alcanzar la entrepierna. Arqueo la espalda de forma juguetona cuando siento que me está separando la tela del tanga.
—No te asustes –me dice de repente–. Me dijiste que nunca habías probado juguetes, así que he querido darte una sorpresa.
Lo escucho trajinar con algo. Parece que está abriendo un bote de alguna cosa. ¿Pretenderá usar lubricante o algún tipo de crema para darme un masaje?
—¿Perdón? –Alzo la cabeza sin comprender–. ¿Has comprado un vibrador o algo de eso?
—Algo parecido. Esto te va a gustar, Sara –susurra con una voz tan caliente que me hace arder–. Sólo tienes que estar relajada. Antes te he dicho que harías todo lo que yo quisiera por haber perdido en el póquer, pero ten claro que, si no estás cómoda, paramos.
—No. Quiero seguir. Estoy excitada, sólo que como llevo el pañuelo no sé qué vas a hacer.
—¿Has oído hablar alguna vez de las bolas chinas?
—No mucho… –respondo, intentando recordar.
Me besa las piernas con suavidad; a continuación lame mis labios externos con delicadeza. La tensión se marcha al tiempo que lanzo un suspiro. Gimo de placer al notar su lengua explorando mis pliegues.
—Muy bien, Sara, así… Relájate… –Susurra cerca de mi sexo. Yo cada vez estoy más excitada y noto cómo me voy lubricando–. Dime, ¿quieres hacerlo? ¿Quieres que juguemos con las bolas?
Asiento con la cabeza, muy caliente y con una asombrosa curiosidad. Coloca la punta de los dedos en la entrada de mi sexo. Después los introduce, aunque puedo apreciar que hay algo más. Los menea en mi interior como si buscase una zona en concreto. Cuando parece encontrarla los saca, y yo noto una sensación desconocida y, al tiempo, placentera.
Sin poderlo evitar, se me escapa un gemido de placer.