
Me paso toda la semana leyendo el proyecto de Gutiérrez una y otra vez. Es muy interesante y me siento muy afortunada por formar parte de él. He empezado incluso a buscar bibliografía. Lo único que me preocupa, como siempre, es que Patri pueda hacerlo mejor que yo. No debería ser tan competitiva, pero no puedo evitarlo.
El día 1 mi madre me acompaña a la estación y suelta unas cuantas lágrimas. Siempre sucede cuando me voy. Le aseguro que vendré a verla muchos findes. En realidad me siento aliviada de abandonar la casa familiar. No podía aguantar más discusiones. La quiero, y la echo de menos en muchas ocasiones, pero necesito tranquilidad. Cuando llego a la estación de Valencia, Abel me está esperando. Me da un suave beso en los labios, me coge las maletas y nos dirigimos al coche. Desde el sábado de la discusión, la relación ha sido extraña. Los dos intentamos mostrarnos contentos, como si nada hubiese pasado, pero yo sé que él todavía le da vueltas a la cabeza. Y en el fondo, yo también. Le digo si quiere quedarse en el piso conmigo, pero me responde que no se encuentra muy bien. Sí que es cierto que no tiene muy buena cara. Está pálido y muy serio. Quedamos en que el día tres por la mañana muy temprano me recogerá para ir a Madrid.
Sin embargo, el dos por la noche me llama. Me dice que necesita verme y pasar tiempo conmigo. Yo acepto encantada. Le digo que venga a mi piso, que Cyn todavía no ha vuelto de sus vacaciones y me siento muy sola. Cuando llega, me aprieta en sus brazos y me besa durante mucho rato, justo en la puerta. Me duelen los labios al separarnos. Pero no hacemos el amor. Directamente nos vamos a dormir, ya que debemos levantarnos muy pronto. Le noto cansado, y en el fondo yo también lo estoy. Ninguno de los dos dormimos mucho. Me paso toda la madrugada dando vueltas y cuando me despierto sobresaltada, me parece que él tampoco está durmiendo. Aun así, ninguno le dice nada al otro.
A las cinco y media ya estamos en pie. Yo me ducho antes, y mientras me visto, lo hace él. Me apetece meterme bajo el agua con él, pero siento que no está de humor, así que me quedo en la habitación secándome el pelo. Cuando vuelve con la toalla, estoy a punto de lanzarme contra su pecho para besarlo. Me contengo. ¿Por qué hoy soy yo la que lo desea de este modo? Tampoco hace tanto que no tenemos sexo. Me estoy volviendo una adicta. ¡Él me está convirtiendo en una!
A las seis bajamos con tan sólo una mochila. No hemos hablado nada sobre quedarnos en Madrid, tan sólo iremos a la entrevista y después nos volveremos. En unos quince minutos salimos de Valencia y nos metemos en la autopista. Por suerte, la gente no va todavía al trabajo y el tráfico está bastante despejado. La primera hora los dos nos la pasamos en silencio. Yo dormito un poco. Madrugar me deja hecha polvo. Doy cabezadas hasta que me espabilo un poco.
Observo su perfil serio, su nuez marcada, su perfecta nariz. Sus ojos no puedo verlos porque lleva puestas las gafas de sol. Está muy callado, me pregunto en qué puede estar pensando. Me empiezo a comer las uñas y ni siquiera me regaña por ello. Sé que continúa molesto aunque me haya dicho una y otra vez que no. Está claro que todo esto no le hace ninguna gracia, pero ha consentido en traerme porque yo lo he querido. Una parte de mí se siente bien porque me he salido con la mía, pero la otra me repite que he sido una niñata malcriada. Y nunca me he comportado así, de verdad. Sólo es que pienso que esta es una buena oportunidad para los dos. Desde que Nina rechazó trabajar con él e Yvonne le dio de lado, los otros trabajos también han escaseado. Es como si nadie quisiera tenerlo en sus campañas, a pesar de ser uno de los mejores. Sin embargo, esta gente se ha mostrado interesada. De todos modos, como le dije, esto no significa nada: quizá cuando lleguemos me ponga nerviosa y dé media vuelta para marcharme; o puede que cuando me entere de lo que tengo que hacer salga corriendo. Socializar no es lo mío, realmente. Y estoy muy, muy alterada.
Mientras cruzamos la autopista a toda velocidad, decido encender la radio para tranquilizarme un poquito y así distender el ambiente. Una melodía estridente sale de los altavoces e, inmediatamente, él la apaga. Ladeo la cabeza para observarlo.
—Lo siento, Sara. Es que estoy un poco mareado –se disculpa.
—¿Estás bien? –Me inclino hacia él; un poco preocupada–. ¿Quieres que paremos en la próxima gasolinera?
—Llegaremos tarde si lo hacemos. –Observa la hora en el salpicadero.
—Pero si tú no estás bien…
—Tranquila.
Le acaricio el brazo con suavidad. Deberíamos haber almorzado al menos, porque entre haber dormido poco y el estómago vacío, es comprensible que esté mareado.
—¿Te apetece que nos quedemos el fin de semana en Madrid? –me pregunta de repente.
Me encojo de hombros. No tengo dinero para pagarme el hotel y no quiero que él me invite, pues estoy harta de deber.
—Prefiero volver –respondo, girándome a él, que está muy concentrado en la carretera. Las gafas de sol le dan un aspecto tan tremendamente excitante, que no puedo evitar dejar que mi mente eche a volar–. Podemos pasar un fin de semana repleto de juegos. –Le acaricio la rodilla.
Él sonríe. Echa el cuerpo un poco hacia delante, acomodándose.
—¿Qué clase de juegos, Sara? –pregunta con curiosidad.
—No sé, los que tú quieras enseñarme –le digo con picardía. Subo un poco por el muslo.
—Me parece una buena idea. –Vuelve a esbozar una sonrisa. Me encanta que lo haga con las gafas puestas. Le da un aspecto muy seductor, como de estrella del rock de antaño.
Me desabrocho el cinturón de seguridad y me inclino hacia abajo, sin dejar de acariciarle, apretándole un poco la ingle.
—¿Quieres que juegue contigo ahora? –Llevo mis manos al botón de sus pantalones.
Da un respingo. El coche se le va un poco. Me echo a reír.
—Ahora no, Sara. Ya te digo que estoy algo mareado –dice con brusquedad.
Alzo la cabeza de golpe y retorno a mi posición. Me pongo otra vez el cinturón y alzo las manos, encogiéndome de hombros.
—De acuerdo, señor Ruiz. Le dejo conducir tranquilo –respondo un tanto molesta.
—Se enfada usted muy pronto, señorita Fernández –se echa a reír. Pero no parece estar contento. En realidad está sudando, a pesar del aire acondicionado que llevamos en el coche.
Nos volvemos a quedar en silencio durante un buen rato. Yo no paro de pensar en la entrevista. ¿Cómo será esa gente? ¿Y la campaña para la que me han llamado? ¿Cómo es posible que les haya interesado yo? Me quedo embobada mirando el paisaje a través de la ventanilla. De repente, noto algo extraño por el rabillo del ojo. Abel está conduciendo a gran velocidad, más de la permitida, y unos metros por delante hay un coche. ¿Por qué parece que vamos directos?
—Abel, ¿qué haces? –pregunto, asustada.
Pero él no contesta. Tan sólo acelera y veo el coche cada vez más cerca.
—Abel, frena o nos chocaremos –murmuro con voz temblorosa.
Continúa sin hacerme caso. Lo miro y lo descubro con las gafas medio caídas. Está observando fijamente la carretera, pero no parece ver nada. Tiene los labios apretados y le tiemblan las manos en el volante.
—¡Abel, para! –exclamo, dando un bote en el asiento.
¡Joder, vamos a chocar! Me echo a llorar sin entender nada. ¿Está pensando en matarnos a los dos o qué?
—¡Frena! –chillo, con el coche de delante llenando mis retinas.
Y entonces reacciona y se detiene de golpe. El cinturón me sujeta, pero aun así el dolor que siento en el cuello es grande. Va al arcén, y mientras sollozo, para allí. El coche de atrás nos pita cuando pasa por nuestro lado. Me desabrocho el cinturón y me llevo la mano al corazón, que me late desbocado.
—¡Joder! –grito–. ¿En qué estabas pensando?
Él todavía sujeta el volante con manos temblorosas. Su pecho sube y baja a toda velocidad.
—¿Abel?
Se quita las gafas y se frota los ojos. Parpadea un par de veces antes de girarse a mí. Está muy asustado, y también leo confusión en sus ojos.
—Lo siento… Yo…
—¿Querías matarnos? –le pregunto con insistencia.
Se lleva las manos a la cabeza y se masajea las sienes, al tiempo que cierra los ojos y suspira profundamente.
—Lo siento, de verdad. Me he quedado en blanco. –Los abre y me clava una imprecisa mirada–. Pero estamos bien, ¿no?
Chasqueo la lengua. Alzo el trasero y me inclino sobre él para abrazarlo. Le acaricio el pelo con ternura. ¿Por qué parece, una vez más, un niño indefenso?
—Deberíamos haber desayunado algo.
—Bueno, pues paremos en la próxima estación que veamos, ¿vale? –Me regala una sonrisa, pero noto que no es sincera. Continúa sudando y tiene más ojeras que antes. Parece estar enfermando. Quizá haya cogido un virus o algo así.
Nos quedamos en el arcén unos diez minutos, con el aire acondicionado a tope, hasta que me dice que se encuentra mejor. Tras quince minutos conduciendo, nos paramos en un área de servicio y desayunamos. El resto del viaje lo volvemos a hacer en silencio. En un momento dado apoya su mano sobre la mía. La tiene fría. Espero que no se ponga enfermo de verdad, porque quiero disfrutar de un fantástico fin de semana con él. Y yo continúo con el mal cuerpo de lo sucedido. No sé qué le puede haber pasado.
Cuando llegamos a la entrada de Madrid aún nos queda media hora hasta la entrevista. Un cuarto lo empleamos en buscar aparcamiento no muy lejos de las oficinas. Tenemos que hacerlo en la zona azul porque no hay sitios libres. Madrid es un hervidero de gente. Como no lleva monedas, le doy las mías. Mientras nos acercamos al edificio, me coge de la mano de forma posesiva. Yo lo miro con curiosidad. Ya parece encontrarse algo mejor.
—Abel, ¿de qué me suena a mí Brein Gross? –pregunto, acordándome de repente.
—¿Vienes a hacer una entrevista para ellos y no sabes nada? Eres única, Sara –se echa a reír.
Le pongo mala cara.
—He estado ocupada con la mudanza y con lo de Gutiérrez. Y encima la dueña del piso aún no ha puesto internet.
—Tienes conexión en el móvil. –Me da un apretón en la mano–. Pero bueno, ya estamos, así que descúbrelo tú misma.
Las puertas automáticas se abren y sale una ráfaga fría del interior. El aire acondicionado lo tienen al máximo y contrasta con el calor de la calle. Pasamos a un vestíbulo muy moderno y lujoso, con una alfombra azul oscuro que se alarga hasta un mostrador enorme, del que tan sólo asoma un moño rubio.
Pero enseguida mi atención es captada por unos cuantos carteles que decoran las paredes. Modelos guapísimos, de rostros angelicales y seductores. ¡Todos ellos con unos magníficos relojes! Vale, ahora recuerdo de qué me sonaba Brein Gross. Es la marca de unos de los relojes más famosos en la actualidad. ¡No me lo puedo creer! Me han llamado a mí para una campaña. Bueno, de acuerdo, a mí y seguro que a cien más, pero la intención es lo que cuenta.
Abel me arrastra con suavidad hacia el mostrador. Yo no puedo apartar la vista de las fotos, todas ellas fenomenales y estilosas. ¿Habrá trabajado alguna vez para ellos? Supongo que no, porque si no, me lo habría dicho. Cuando llegamos al mostrador, el moño rubio resulta pertenecer a una mujer de mediana edad, muy atractiva. Le dedica una sonrisa brillante a Abel. Oh, no, ya empezamos con los coqueteos.
—Buenos días –dice la mujer.
—Buenas –saluda Abel, inclinándose por encima del mostrador y ofreciéndole la mano. Ella no duda en estrechársela–. Somos Sara Fernández y Abel Ruiz. Tenemos una entrevista para la campaña de Brein Gross.
—Claro –responde ella sin borrar la sonrisa. Al levantarse, sus redondos y enormes pechos despuntan en el aire. Abel se los mira. Lo entiendo, son demasiado grandes, pero seguro que operados–. Cojan el ascensor a la cuarta planta. Allí les dirán.
—Muchas gracias.
Abel me vuelve a coger de la mano y nos dirigimos al ascensor. Una vez dentro, las tripas me suenan a causa del nerviosismo. Él me mira con el ceño arrugado y menea la cabeza con seriedad. Cuando se abren las puertas, salimos a otro vestíbulo enorme, aunque creo que es una sala de espera. Hay bastantes chicas, todas ellas muy maquilladas, con estupendos peinados y ropa elegantísima. Evidentemente, son modelos. Yo agacho la mirada y me echo un vistazo. Llevo un pantalón corto vaquero y una sencilla blusa de color blanco. Me he hecho una coleta y tan sólo me he aplicado un poco de brillo en los labios y me he pintado la raya de ojos. Oh, mierda, ¿pero por qué no me he arreglado? ¿Soy estúpida o qué? ¡Que es una entrevista! Cuando miro a Abel, me doy cuenta de que tiene una sonrisa satisfecha en el rostro. ¡Uf, será cabrón!
Cuando avanzamos, las chicas se nos quedan mirando. Ya, el Bello y la Bestia, la nueva versión de Disney. Pues nenas, es mío, así que se puede mirar pero no tocar. Me empiezan a temblar las piernas a pocos metros del mostrador. En él hay una chica bastante joven que nos sonríe.
—Abel y Sara.
Él asiente con la cabeza y le estrecha la mano. Ella teclea algo en el ordenador y dice:
—En unos cinco minutos les atenderán. Por cierto, soy Leticia Méndez.
Oh, vaya, es la primera chica con la que hablé por teléfono. Yo también debería haberle dado la mano, pero estoy tan nerviosa que no sé lo que hago. Nos sentamos en unas cómodas sillas. Las modelos no apartan la vista de nosotros. Tienen rostros exóticos, seductores. Son perfectas, ni un solo grano, arruga o imperfección. Una de ellas se levanta y da una vuelta por la sala. ¿Es que quiere mostrarse ante Abel o qué? Tiene unas piernas larguísimas, creo que medirá uno ochenta. Y aquí estoy yo con mi uno setenta. Para evadirme, dedico los minutos a mirar otras de las fotografías que se exponen en las paredes de la sala. No me veo yo en ellas, la verdad.
—¿Sara Fernández?
Una voz me saca del ensueño. Me levanto como movida por un resorte y me dirijo hacia una mujer de unos treinta y pocos años que viste con una chaqueta y una falda negras. Imagino que es otra secretaria. Me da la mano y a continuación mira a Abel por encima de sus notas.
—Si no me equivoco es usted Abel Ruiz, ¿no?
Él asiente. La mujer nos indica que pasemos. Cuando lo hacemos, las piernas se me hacen blandiblú. ¡Joder! ¿Cuántas personas hay aquí? Cuento rápidamente: ¡hay cinco, cinco! Tres mujeres y dos hombres. Uno de ellos preside el centro de la mesa. Es el que se levanta al vernos entrar.
—Sara. –Alarga la mano. Se la estrecho y veo con vergüenza que me tiembla un montón.
Todos me miran de arriba abajo. El hombre también. Tendrá unos cuarenta años. Es moreno, de ojos claros, facciones duras. Es muy atractivo, la verdad. Va vestido con un traje de color oscuro y tiene la tez bronceada. Al fin, me dirige una sonrisa.
—Está usted nerviosa, ¿verdad?
—Un poco –respondo, tragando saliva.
—Tome asiento, por favor. –Me señala una silla frente a él. Bueno, la mesa es larguísima, así que estaremos bastante lejos el uno del otro. Menos mal.
El hombre saluda también a Abel, el cual se sienta a mi lado. Las miradas curiosas continúan clavadas en nosotros. Yo intento sostenérsela pero me siento como una virgen ante unos vampiros que quieren chuparle la sangre.
—Soy Damián Gross –se presenta. Oh, joder, que estoy ante el jefe supremo. Dios, mi corazón, que me estalla.
—Esta es Frida Mangon, vicedirectora. –Señala a la mujer a su lado, que lleva una melena muy corta y negra. Es hermosa. Aunque creo que también está operada. Recuerdo que hablé con ella. A continuación dirige la mano a las otras dos mujeres–. Miranda y Susana pertenecen al consejo directivo. Y por último –Con la otra mano señala a un hombre de unos treinta años que viste de manera informal y me está sonriendo–, este es Thomas Sanders, nuestro director de la campaña de invierno de este año.
Thomas se levanta, se acerca hasta mí, me coge de la mano y planta un beso en ella. Yo lo miro asombrada y de reojo veo que Abel se ha puesto tenso. Lo entiendo: Thomas es bastante atractivo, de pelo y ojos muy negros. Tiene los labios carnosos y una sonrisa muy segura.
—Exacto. Perfect –dice, con acento extranjero, mientras me mira. Me parece que es estadounidense.
—Sara –dice Gross. Sí, aquí está hablándome un tío súper importante que ha hecho de la nada casi un imperio–, le vamos a ser sinceros: esta mañana ya hemos hecho bastantes entrevistas y como se habrá dado cuenta, en esa sala hay muchas más modelos.
Asiento con la cabeza, un poco aturdida. Las miradas continúan clavadas en mí y siento que me arden las mejillas. Abel está muy callado a mi lado.
—Usted no tiene ninguna experiencia como modelo, ¿verdad?
Niego. Y me pongo todavía más roja. El estadounidense se cruza de brazos, aún de pie, y continúa mirándome. Joder, menudos músculos tiene en los brazos.
—Sin embargo, Thomas está hechizado por usted. –Gross se ríe. Las mujeres también. Yo decido que tengo que hacerlo. Abel continúa callado, aunque le oigo respirar–. La quiere en la campaña sin ninguna duda.
—I’m very happy, Sara –dice, dibujando un gesto para que me levante. Cuando lo hago, él asiente con la cabeza–. Yes, this is what I want. Naturalness. Freshness. Beauty!
Yo abro la boca sin saber qué decir. No me lo puedo creer. ¿En serio quiere que yo sea la modelo de su campaña? ¿Está loco? Ahí fuera hay chicas preciosas, que sabrán modelar de forma perfecta.
—Thomas quiere caras y cuerpos nuevos en sus campañas –me explica Gross, con una sonrisa–. Él es el que entiende, así que le haremos caso. ¿Qué nos dice usted, Sara?
Me quedo mirándolo como una tonta. A continuación dirijo la vista a Thomas, el cual es todo dientes con una sonrisa enorme. Y luego me giro hacia Abel, el cual se encoje de hombros.
—¿Y qué se supone que tengo que hacer? –se me ocurre preguntar. Madre mía, qué pava soy.
—Es evidente, Sara: usted tiene que posar para Abel. Thomas les dirigirá.
—No sé, yo… Nunca he hecho esto y no estoy segura de si sabré hacerlo…
—¡Yo enseño a ti! –exclama Thomas, agarrándome la mano de nuevo. Mira mi piel con un gesto de admiración–. You’re so pale. And you’re hair… Oh! The contrast is wonderful.
—Déjeme decirle los que serían sus honorarios. –Gross hace un gesto y una de las mujeres del consejo escribe algo en un papelito, el cual me entrega.
Cuando descubro la cifra, casi me da algo. Joder, no cobro esto ni en medio año dando clases todos los días. Se lo enseño a Abel. Él me mira y entonces noto que se está enfadando. Aprieta la mandíbula y niega con la cabeza. Yo arqueo una ceja y me giro hacia el grupo de personas que esperan mi respuesta.
—De acuerdo. Estoy dispuesta a ser la modelo de la campaña.
Thomas suelta una exclamación de júbilo. Gross asiente con una sonrisa. Pero entonces, Abel alza una mano y dice, dejándome estupefacta:
—Yo no lo estoy. No voy a ser el fotógrafo.
Me quedo mirándolo con los ojos muy abiertos. ¿Qué hace? ¿Por qué me quiere poner en ridículo delante de esta gente? Le doy un codazo.
—¿Nos permiten hablar un momento a solas?
Me coge del brazo y antes de que ellos respondan, ya me está sacando de la habitación. Las modelos alzan las cabezas. Cuando nos ven susurrar, todavía nos miran con más curiosidad. Incluso Leticia ha puesto la oreja.
—No vas a hacer esa campaña, Sara.
—¿Qué dices?
—Me aseguraste que sólo veníamos a ver qué era esto. Bueno, pues ya lo sabes. Ya puedes estar contenta: te adoran. Ese tío te quiere como modelo. Y ahora, vámonos. –Me estira de la mano, pero yo me quedo quieta en el sitio.
—Abel, quiero hacerlo. Me apetece –le digo.
Se le oscurece la mirada. Me aprieta los dedos con fuerza. Nos estamos retando, lo sé, pero no puedo evitarlo. Incluso me excita la situación. Le quiero demostrar que tengo libre albedrío.
—Este mundo no es para ti, Sara.
—¿Y tú qué sabes? –pregunto, molesta.
—No voy a hacerlo.
—¿No has visto lo que nos pagarán?
—No me importa el dinero. –Vuelve a tirarme de la mano. Yo niego.
—Es una buena oportunidad para los dos –insisto, librándome del apretón. Las modelos nos miran y yo me empiezo a avergonzar, pero a él no parece importarle–. Y si no quieres, lo haré yo sola.
—Nos quieren a los dos –dice, entre dientes.
Me doy media vuelta y apoyo la mano en el pomo. Él me sigue.
—Está bien, Sara. Tú te darás cuenta solita –alza la voz. ¿Me está amenazando o qué? Siento que me pongo más furiosa.
Cuando volvemos a entrar en el despacho, todos nos dirigen sonrisas, aunque sé que se preguntan qué sucede.
—No participaré en su campaña, pero Sara ha decidido que sí –les informa, con tono duro.
Damián Gross lo mira con atención. Thomas pone cara de disgusto. Se acerca a Gross y le dice algo en inglés que no logro entender.
—Thomas piensa que la magia estaba en la química que hay en sus fotos. Sin embargo, su preferencia es Sara, así que intentará buscar otro fotógrafo con el que trabaje bien.
Abel se revuelve en la silla. Yo alargo mi mano a él, pero aparta la suya con brusquedad. ¡Joder! ¿Por qué tiene que ser así? ¿Y por qué estoy yo tan cabezona? Y encima no me apetece trabajar con nadie más que no sea él.
Entonces se me ocurre algo. A esa persona también le puede venir todo esto. Puedo proponerlo, a ver qué tal.
—Yo conozco un buen fotógrafo –digo, con un hilo de voz.
Todos me miran. Incluso Abel se gira.
—¿Ah sí? –pregunta, confundido.
—Se llama Eric. Era su ayudante –señalo a Abel–, y sabe mucho de fotografía.