
—Hija, ¿no tienes hambre? –La voz de mi madre me saca de horribles pensamientos.
La observo durante unos segundos, completamente confundida. De un tiempo a esta parte me pierdo en las nubes. Es como si me viera desde arriba: mi cuerpo se mantiene pegado a la tierra, pero yo ando muy lejos.
—¿No me ha salido buena?
Dirijo la vista al plato de paella. Está casi lleno. Niego con la cabeza.
—Está muy bien, mamá.
—Te estás quedando en los huesos. Con lo delgada que tú estabas ya.
Suelto un suspiro. Me lo dice todos los días. Yo misma lo sé. Pero tengo el estómago cerrado. Por más que quiero, no puedo. Y juro que estoy luchando con todas mis fuerzas. Discutir casi cada día con mi padre tampoco ayuda. Dos semanas que llevo en el pueblo y estoy deseando largarme. Pero no puedo hacer otra cosa. Y por lo menos, estoy sacándome un dinerito con los alumnos que me ha buscado mi madre.
—Se va a poner mala. –Ahí entra mi padre. Nunca dice nada sobre mí si no es para meter cizaña. En los días que llevo aquí no ha salido nada bonito de su boca.
—Estaré bien –me quejo, metiéndome un par de cucharas seguidas para que se callen.
—No habrá pasado nada con el fotógrafo, ¿verdad? –Mi madre me mira fijamente.
Esa es otra de las preguntas de cada día. Me somete a un interrogatorio cada vez que vuelve de trabajar.
—¿Qué va a pasar?
No le he contado la verdad. No quiero preocuparla. Y por otra parte, me da miedo: tal y como es ella, es capaz de mover cielo y tierra para encontrarlo y echarle un rapapolvo. Además, tengo la esperanza de que al final todo salga bien. En realidad no sé de dónde saco esa fe; es casi un mes el que llevo sin saber nada de él. Antes de venir al pueblo me acerqué al estudio. Fueron los pies los que me llevaron hasta allí, ya que la cabeza me atosigaba para que diera media vuelta. Cuando llegué, no supe muy bien qué hacer. Me quedé plantada quince minutos en la esquina de la calle, luego me acerqué hasta la finca, incluso me atreví a llamar al timbre. Nadie contestó.
Me pregunto si estará en su casa, con otra chica, a pesar de que me aseguró que jamás llevaba allí a nadie.
—¿Entonces no va a venir a verte? –Cuando mi madre se pone así, juro que me dan ganas de soltarle un par de berridos.
—Está trabajando mucho, mamá. Ahora mismo no se encuentra en Valencia.
Se me ha pegado la capacidad para mentir. O quizá no, porque mi madre me observa con gesto raro. Al fin, se encoge de hombros y se levanta de la mesa. Le ayudo a retirarla. Mi padre se queda recostado en el sillón, como siempre. No es capaz de mover un solo dedo. Le echo una mirada de reojo, pero ni se da cuenta. Cuando regresamos al comedor, ya se ha puesto en la televisión el programa que le da la gana. Una telenovela de esas en las que las mujeres son todas unas chillonas y los hombres unos chulos.
—¿A qué hora tienes que ir a dar clase? –me pregunta mi madre.
—A las cuatro. –Echo un vistazo al reloj. Todavía me queda una hora.
—¿Os calláis o qué? No se oye nada –regaña mi padre.
Suelto un bufido y me levanto para marcharme a mi habitación. Me enfurece que cualquier chorrada sea más importante para él. Cuando está viendo la televisión, nadie puede hablar. Cuando él cuenta algo, es lo mejor del mundo, así que más vale que no des tu opinión porque va a hacer oídos sordos. Mi madre se queda con él, silenciosa y con la cabeza gacha. Hace tiempo que dejé atrás la rabia hacia su actitud, pero en ocasiones me entran unas ganas enormes de decirle que abra los ojos de una vez.
Sola en la habitación pienso en Abel. Y en Nina. Es por eso que no puedo comer. Porque no me los quito de la cabeza. Porque he creado dos teorías y las dos son malas, aunque una de ellas es peor, por supuesto. Pero aun así, ¿qué más da? No sé nada de él de cualquiera de las formas. La primera teoría es que Nina le robó las fotos de algún modo con la intención de separarnos y si es así, pues lo ha conseguido. La segunda es que Abel lo planeó con ella. Mi mente sádica ve más plausible esta última, ya que me parece difícil que le robase las fotos así como así, con lo tontita que es la modelísima. Pero, si es esta la cierta, ¿por qué se mostró tan cariñoso conmigo cuando fui a su estudio? Estoy tan confundida que las horas se me pasan como en un sueño. Incluso por las noches tengo pesadillas. Mis amigas me envían mensajes cada día para saber cómo me encuentro. Cyn intenta animarme diciéndome que su cumpleaños va a ser la leche.
—¿Sara?
Doy un brinco de la cama en cuanto escucho a mi madre. Abro la puerta y le hago un gesto para saber lo que quiere.
—Son las cuatro menos diez. Vas a llegar tarde.
Miro el móvil y suelto una exclamación. Joder, otra vez que he estado sin estar. Ya parezco Santa Teresa de Jesús. «Vivo sin vivir en mí». Cojo el bolso y salgo corriendo de casa, dejando atrás los chillidos de las latinas de la telenovela. ¡Ni que estuviera sordo para subir tanto el volumen! Corro por la avenida en dirección a la Plaza Mayor. A estas horas no se ve nadie por ahí, y mucho menos a punto de entrar en agosto. Todo el mundo está de vacaciones en la playa. O al menos echándose la siesta en casa. Pero yo tengo que trabajar a estas horas, recorrer las calles y sudar como un pollo. Atravieso la plaza a toda prisa. La madre de la niña a la que doy clase es un tanto estricta, no le gusta que llegue tarde ni siquiera un minuto.
—¡Eh, eh!
Escucho a alguien a mis espaldas. Algún chiquillo que quiere gastarme una broma o a saber qué. No me detengo. Sin embargo, escucho pisadas que se acercan a mí.
—¡Eh! ¡La chica más guapa de...!
¿Pero la gente no tiene vergüenza o qué? Me paro y me giro hecha un basilisco.
—¡Oh! –exclamo, totalmente asombrada.
Santi se encuentra frente a mí, también con cara de confusión. Vaya, de tan perdida como voy, ni había reconocido su voz. Pero… ¡maldita sea! La cuestión es que ahora mismo no me apetece nada hablar con él. He estado evitando los lugares a los que va para no encontrármelo. Qué puñetera casualidad…
—¿Cómo estás, Sara? –Se acerca a mí y me da dos besos.
Los dos estamos un poco sudados. No es nada agradable. No puedo evitar preguntarme si Abel también sudará o si se mantendrá fresco, tan perfecto como es... Agito la cabeza para echarlo de mi mente. ¡Vete, vete, maldito fotógrafo! Me concentro en Santi. Lleva una camiseta corta de color azul claro y unos pantalones cortos. Está muy bronceado. Siempre le ocurría en verano, aunque no fuera a la playa. Está bastante guapo, aunque en realidad, tras haber conocido a Abel, ya no me lo parece ninguno, a excepción de Eric, claro ¡pero es que jugamos en otro nivel!
—Bien. Voy a trabajar ahora. –Intento quitármelo de encima. Y en realidad, voy a llegar tarde y sólo me faltaba eso.
—Sí, yo también. –Echa un vistazo alrededor de la plaza, y luego vuelve a posar sus ojos claros en mí–. ¿Quieres pasar por mí cuando acabe y nos tomamos algo?
«Di que no. Di que no. Di que no…», pero mi boca suelta todo lo contrario.
—De acuerdo. –Acepto. «¡Estúpida!».
No puedo ser tan mala persona. Él aceptó lo de Abel y no me ha molestado desde entonces. Debo reconocerle el mérito. Por tomar una cervecita juntos no pasa nada. No tiene por qué ser incómodo.
—Salgo a las ocho. –Me da dos besos más para despedirse.
Le observo hasta que desaparece por una de las esquinas de la plaza. Cuando me quiero dar cuenta, me he quedado empanada y llego dos minutos tarde. ¡El mundo conspira en mi contra!
Durante la clase la simpática niña se burla de mí, como cada día. Me cuenta todas sus andanzas amorosas. Hasta a una chiquilla de catorce años le va mejor que a mí con los tíos. ¿Cómo he podido caer tan bajo? Cuando terminamos la sesión, el novio viene por ella para ir a tomar un helado. Parece un macarrilla, pero se les ve muy felices. Un pinchazo de envidia me molesta en el pecho.
Como quedan dos horas hasta las ocho, decido acompañar a mis padres a la compra. Sin embargo, al poco de estar en el supermercado, me arrepiento. Discuten por cualquier cosa: sobre qué comprar, cuánto dinero pueden gastar, que no hacen falta caprichos. Les dejo peleando en la pescadería y camino por entre los pasillos, tratando de deshacerme de la inquietud que me inunda el cuerpo. Me dirijo a la sección de perfumería para ver si han traído nuevos pintauñas. La chica me enseña unos cuantos y después me ofrece el catálogo de este mes. Lo cierro tras pasar unas cuantas páginas. Todas las chicas me recuerdan a la perfecta Nina. Mi mente se enreda de nuevo en pensamientos dolorosos: ¿Y si están de vacaciones en un crucero? ¿Y si se han burlado de mí como una tonta? ¿Y si ?
Cuando salimos del supermercado son las siete y media. Me despido de mis padres y me encamino hacia la gestoría en la que trabaja Santi. Cuando llego todavía quedan unos diez minutos para que termine. Lo espero sentada en uno de los bancos que hay enfrente. A las ocho y cinco sale por la puerta, con una gran sonrisa en la cara. Me saluda con la mano, pero esta vez no me da dos besos. Qué extraño.
—¿Te apetece una caña?
—Sí, bien. –Asiento, con la cabeza gacha.
Regresamos a la Plaza Mayor y nos sentamos en una de las múltiples terrazas. Ahora hay más gente, tomando helados o bebiendo refrescos. A estas horas todavía hace calor, pero ya se puede salir de casa.
—Me habría gustado ir a tu graduación –dice Santi nada más nos sentamos–, pero no estaba seguro de que a ti te apeteciera.
—No te preocupes. –Le dedico una sonrisa un tanto forzada. No es porque se trate de él, sino porque me cuesta sonreír.
Le pedimos dos cañas a la camarera. Cuando esta se va, nos quedamos unos segundos en silencio. Yo cojo una de las servilletitas con tal de distraerme con algo. Si de por sí soy un poco callada, en estos momentos soy lo más deprimente del mundo.
—El otro día vi a tu madre –dice Santi, mirándome con curiosidad.
—Mi madre siempre se encuentra con todo el mundo, no sé cómo lo hace –murmuro, rasgando la servilleta cada vez más.
—Me confesó que está un poco preocupada por ti.
No sé por qué, pero me lo esperaba. Esta mujer nunca comprenderá que Santi y yo ya no somos nada y que él no tiene por qué conocer todos los detalles de mi vida. En cuanto llegue a casa, le cantaré las cuarenta. ¿Es que no puedo tener libertad para sufrir yo solita?
—¿Y? –Vale, puede que haya sonado un poco borde.
—Ese fotógrafo… ¿Cómo se llamaba?
—Abel. –Le recuerdo.
—Eso, sí. ¿Estáis bien?
Me quedo callada durante unos minutos, dudando entre confesarle la verdad o no. Al fin me decanto por contarle una a medias. Para que me deje en paz, y eso.
—Nos hemos dado un tiempo.
Santi da un trago a su cerveza y asiente, con los labios apretados. Lo noto un poco incómodo. Espero que se le haya pasado el enamoramiento, que no me vuelva a insinuar que lo intentemos porque si no...
—Yo estoy saliendo con alguien.
No sé por qué, pero me quedo anonadada. Vamos, creo que hasta he abierto la boca como una tonta. La voy a cerrar para que no se piense lo que no es. Bueno, en realidad me molesta un poco. Oh, joder, ¿pero qué esperaba yo? ¿Que se quedara soltero toda su vida por mí? Últimamente soy una egoísta.
—¿Ah, sí? –atino a decir, esbozando una sonrisa temblorosa.
En realidad lo que sucede es que no puedo más. No entiendo por qué a todo el mundo le empieza a ir bien. No sé por qué a mí me viene un golpe tras otro. ¿Qué es lo que he hecho? Debo haber cometido algún error y ese que está ahí arriba, que nos observa en todo momento, me está castigando. Oh, venga, Sara, ¡deja de decir tonterías, que no es para tanto! Hay gente mucho peor que tú en el mundo, sí, piensa en eso. ¡Maldita sea, no puedo! Sólo noto el dolor en mi cuerpo, nada más.
—Es una compañera de trabajo –continúa Santi.
Vale, ahora entiendo por qué no me ha querido dar dos besos cuando ha salido de la gestoría. Pero aun así, me parece una chorrada. Me pregunto cómo será ella. ¿Se parecerá a mí? ¿Será totalmente diferente? ¿Le gustará el fútbol y la fiesta tanto como a él?
—Entró a trabajar hace unos cuantos meses y bueno, ya sabes… surgió…
—Sí, entiendo –respondo, escondiendo media cara en el vaso de cerveza.
—Nos va bastante bien.
¡Que no me importa! Suelto una risita que intento que parezca de alegría, pero en realidad me tiembla.
—Siento mucho que te haya pasado eso con el fotógrafo...
¡Seguro que está cantando por dentro! Estará muy feliz de que la historia no haya salido bien. Cyn tiene razón, ¡no hay que mantener tanto contacto con los ex! Al fin y al cabo, siempre quedan cenizas.
—No ha pasado nada. Todo se solucionará –digo, tratando de convencerme a mí misma. Pero tomo nota: tengo que dejar de mentirme porque me provoca más dolor.
Santi me mira con expresión interrogativa. ¿De qué va? Joder, ¡vete con tu recién estrenada novia y déjame en paz! Sin embargo, me quedo un rato más, aguantando su interminable conversación sobre el trabajo, sobre cómo le va en la vida. Él, él y sólo él. No entiendo cómo pude pensar hace unos meses que debíamos volver a intentarlo. Tras cuarenta y cinco minutos de charla unidireccional, decido despedirme.
—¿Ya te vas? –me pregunta, echando un vistazo a su reloj.
—Mis padres me esperan para cenar –miento.
—Nunca lo hacían. –Arruga el ceño.
—Las cosas han cambiado. –Rebusco en el bolsillo y saco una moneda, la cual dejo en el platito de la cuenta.
—¿Cómo te va con tu padre? –Vaya, a buenas horas me pregunta.
—Mejor, gracias. –Vuelvo a omitir la verdad. Siento que la confianza que había entre nosotros se ha quebrado. Es cierta la frase que he dicho antes… Todo ha cambiado demasiado. ¿O he sido yo?
—¿Te acuerdas de lo que te dije la última vez que nos vimos, Sara?
Nos levantamos para despedirnos. Yo niego con la cabeza. No, en realidad no sé a qué se refiere.
—Que esperaba que ese tío no te hiciese daño. ¿Te lo ha hecho?
Vuelvo a negar. Le sonrío, intentando parecer tranquila. Él me escruta durante unos segundos que se me hacen interminables y, al fin, me da dos besos de despedida. Mientras cruzo la plaza, el móvil me suena. Al mirar la pantalla me topo con un número muy largo que no reconozco. El corazón se me dispara.
—¿Sí? –respondo, con la voz preñada de esperanza.
—¿La señorita Sara Fernández? –Una voz de mujer que no reconozco.
—Sí, soy yo –respondo, mitad confundida mitad triste.
—Mire, le llamo por unas fotos que…
En cuanto escucho esa palabra, me quedo muda. Todo me da vueltas alrededor.
—¿Hola? ¿Señorita Fernández, sigue ahí?
No respondo. Parece que el mundo alrededor se ha detenido. ¿A qué viene ahora esta llamada? ¿Quién es esta mujer?
—¿Hola? ¿Sara?
Cuelgo sin pensarlo.