
Nos encontramos en la puerta de entrada del Museo de Arte Moderno para la presentación de las fotos de Abel. Él ha tenido que reunirse antes con los organizadores, así que mi amiga, Marcos y yo hemos estado haciendo hora en un bar.
—Tía, está claro que todo eso es porque te tiene envidia.
La miro como si estuviese loca. Me pongo la rebequita porque está empezando a enfriarse la tarde. Ya casi estamos en octubre y creo que este año el otoño va a ser un poco más frío que el anterior.
—¿Envidia de qué?
—A ver, Sarita, es evidente.
—No me llames así –odio cuando lo hace. Suele ser cuando se pone condescendiente.
—Tienes un novio macizo que te adora. –Alza una mano para que no hable porque ya la iba a interrumpir–. Ya sé que esa no es la razón más importante. –Mira a Marcos y le pone morritos–. También está el hecho de que eres más guapa, más inteligente y mejor persona. Y ella lo sabe, por supuesto.
—Lo que creo es que le gusta joderme y ya está. Sin ningún motivo en especial. –Estiro de la puerta hacia delante para abrirla, intentando olvidar lo mal que lo he pasado esta semana por culpa de Patri.
En cuanto piso la entrada, la cabeza se me llena de recuerdos. Por aquel entonces no me quería dar cuenta de que haría lo que fuese por encontrarme con él. Aquí fue donde lo vi por segunda vez, donde lo conocí un poco más, cuando mi corazón empezó a latir al unísono del suyo. Y me engañaba a mí misma, pero estaba claro desde un principio. Ambos nos buscábamos. ¿Será verdad eso que dicen de que estamos destinados a una persona especial?
En estos momentos no está el guarda de aquella vez. Hay varios grupos de personas que charlan entre ellos, esperando a que los organizadores los inviten a pasar. Descubro a los que acompañaban a Abel aquella mañana. Uno de ellos se me queda mirando, aunque no sé si me ha reconocido o ha sido pura casualidad. Me doy cuenta de que también hay un par de periodistas del periódico y la televisión local. Esto no es tan a lo grande como las campañas que hacía con Yvonne y Nina, así que me pregunto si está satisfecho.
—¿Creéis que después nos darán algo de comer o de beber? –pregunta Marcos en ese momento.
—Se pasa el día comiendo y mira lo bien que se mantiene. –Pasa la mano por su abdomen.
Pongo los ojos en blanco al ver que Cyn le da una palmadita en el hombro al tiempo que suelta una risa tonta. Giro la cara y me pongo a mirar los folletos en los que se presentan las próximas exposiciones. Mientras leo, Marcos y mi amiga cotorrean sobre toda la gente que hay aquí.
—Mira, parecen modernos intelectuales –dice Cyn en un susurro, acercándose a mí.
—¿Quieres callar? Te van a escuchar –la regaño, guardándome un folleto en el bolso.
—Me parece que las presentaciones de fotos de moda son más divertidas.
—Sobre todo si te ponen la zancadilla y te caes –digo, acordándome de la fiesta.
Al cabo de unos diez minutos, uno de los supuestos organizadores abre las puertas que conducen a las salas en las que se exponen las obras. Según nos ha dicho Abel, las suyas están en el primer piso. Dejamos que los presentes nos adelanten para subir nosotros con más tranquilidad. Una vez arriba nos encontramos en una estancia con todas las fotos en las paredes. En una esquina hay una larga mesa con un mantel blanco en la que han colocado canapés y bebidas. A Marcos le cambia la cara cuando lo ve. Cyn le da un codazo para que se comporte, aunque lo mira con gesto divertido. Yo me estoy poniendo de los nervios con sus tonterías. Minutos después de nuestra llegada aparece Abel. La gente se calla. Yo contengo la respiración porque, aunque lo he visto antes, cada vez que lo miro me parece que está más guapo. El traje le queda tan bien que me dan ganas de lanzarme a sus brazos.
—Buenas tardes, amigos. Muchas gracias por asistir a la presentación de mi obra fotográfica titulada «Ensoñaciones». En ella quise capturar la esencia de cada lugar que…
Lo escucho atontada. Habla muy bien. Pone pasión a su discurso. Se nota que ama su trabajo y no parece importarle haber bajado de nivel. Quizá este es su verdadero entorno y aquel era el que le proporcionaba más dinero. Lo veo feliz y eso es lo único que me importa.
Tras su breve pero categórica explicación, un par de personas alzan las manos. Él contesta a las preguntas sin borrar la sonrisa del rostro, incluso cuando uno de los periodistas le insinúa si va a volver a trabajar con Yvonne. Miro al hombre con mala cara. ¿A qué viene eso ahora? Este trabajo no tiene nada que ver con el anterior. Cómo les gusta meter cizaña.
—Y ahora me gustaría presentarles a una persona muy especial. Puede que aquellos que sigan mi trayectoria la recuerden como la becaria que sustituyó a Nina Riedel –se escuchan unas cuantas risas. Yo me cruzo de brazos malhumorada, pero cuando me busca entre el público y clava sus ojos en mí, el corazón se me acelera–, pero para mí es mucho más. Es mi musa. Algunos quizá hayan visto sus fotos en la revista New Photography, así que pueden entenderme. –Se oyen murmullos de aprobación y me pongo coloradísima. Él estira un brazo y me hace un gesto para que acuda. Cyn me da un empujón y yo me muevo como una autómata. En cuanto llego a su lado, me da un beso en la mejilla y después vuelve a dirigirse al público–. Ella es Sara, mi novia. Una mujer que me apoya en todo. Incluso me ha ayudado a seleccionar las mejores fotos –Sonríe. Alguno que otro suelta una risita.
Yo lo único que puedo hacer es mirarlo asombrada mientras él continúa hablando. Me está cogiendo de la cintura delante de esta gente y me ha presentado como alguien especial. Nos hacen un par de fotos para las que yo sonrío como si no hubiese un mañana. Me duelen hasta los músculos de la cara. A continuación, el periodista insolente vuelve a preguntar:
—Señorita, ¿va a continuar trabajando con el señor Ruiz?
Me quedo callada porque no lo sé. Él no ha insinuado nada de querer volver a fotografiarme y no sé si debo decir que en realidad lo hará otro. Pero Abel se me adelanta antes de que yo pueda expresar algo.
—Sara va a realizar una campaña dentro de poco.
Se alzan murmullos de asombro. Me echan un par de fotos más. Estoy totalmente sorprendida. ¿De verdad es necesario que lo sepan? El periodista pesado pregunta por la campaña, pero Abel dice que no puede hacerlo público. Por fin, después de cinco minutos en los que me sudan las manos a chorros, la presentación se acaba. Los asistentes se retiran para comer y beber. Cuando me quiero dar cuenta, Marcos ya se ha unido a ellos. Cyn se acerca a nosotros y me da un abrazo enorme.
—¡Que al final te haces famosa!
—No es lo que pretendo –digo, encogiéndome de hombros. Me pregunto por qué Abel ha dado esa información cuando ni siquiera va a ser el fotógrafo.
Como está hablando con un hombre, el cual le ha preguntado por una de las fotos, mi amiga y yo nos acercamos al bufete. Marcos está probando todos los canapés y se ha servido una copa de cava. En cuanto nos ve le pone una también a Cyn. Yo me quedo esperando la mía, pero no llega.
—¿Le puedes servir una a Sara? –le pide ella con una caída de pestañas. Y él se presta enseguida.
A nuestro lado hay dos mujeres charlando sobre las fotos. Usan palabras técnicas y no entiendo nada de nada. La que está frente a mí alza la vista y la clava en mí con una sonrisa. Le hace un gesto a la otra y ambas se acercan. Yo me quedo tiesa.
—Vimos tus fotos. Son realmente hermosas. Abel ha sabido captar toda la inocencia que hay en ti, pero también ese lado un poco más travieso que todas tenemos –me dice la que me había mirado. Se saca algo del bolsillo y me lo entrega. Es una tarjetita con su nombre: Maite Aguilar. Y es fotógrafa también. Señala a la otra mujer–. Lydia y yo realizamos sesiones de Boudoir y quizá algún día te interesaría trabajar con nosotras. Creemos que eres perfecta para ese tipo de fotos.
Asiento como una tonta. En realidad no entiendo nada de lo que me están diciendo. Me despido de ellas y busco a Abel. Está en un rincón, observándome muy serio. Pero no está enfadado, sino que puedo leer en esos ojos azules un gran deseo. Me sonríe y me acerco a él muy despacio.
—Así que ya has conocido a Maite –me dice.
Me quedo callada. ¿Se habrá acostado con ella? Bueno, si es así, no me importa. ¡Es su pasado! Le tiendo mi copa de cava y le da un trago. A continuación se inclina y me besa con los labios húmedos y fríos. Oh, qué bueno.
—¿Qué es Bouvoire? –pregunto.
—Boudoir –me corrige con una risa–. Bueno, según Maite, es el arte de fotografiar el cuerpo femenino. El Boudoir quiere mostrar el lado más sensual y dulce de la mujer. Normalmente se las hacen para regalar a alguien, a un novio, por ejemplo. Son similares a las que yo te hice, aunque con conciencia de que lo que se quiere transmitir es belleza y sensualidad.
—Oh –me quedo muda. Ahora resulta que no sólo me quieren para Brein Gross, sino también para fotografías sensuales. Cada vez alucino más.
Unos cuarenta y cinco minutos después nos marchamos los cuatro. Todavía se han quedado algunas personas debatiendo sobre fotografía y otras artes. De camino al restaurante, Abel nos cuenta que está contento con la exposición. Asegura que desde que ya no está tan ligado al mundo de la moda, vive más tranquilo. Entonces yo pienso si será muy complicado, y si es lo adecuado para mí, que me pongo nerviosa con el vuelo de una mosca.
El lugar que esta vez ha elegido para cenar es muy bonito. La comida es mediterránea y tienen una terraza en la parte de atrás a la que nos lleva un camarero muy amable. Me habría apetecido más quedarnos dentro porque tengo un poco de frío, pero lo cierto es que cuando salimos, me alegro de que cenemos aquí. El ambiente es más tranquilo y es una zona muy romántica, con diversos tipos de plantas y flores adornándola. En cada mesa hay una vela de diferentes colores. El camarero enciende la nuestra antes de que nos sentemos. Nos deja las cartas en la mesa y después se marcha, no sin antes preguntarnos por las bebidas. Echo un vistazo alrededor: hay dos parejas jóvenes más y un matrimonio con un hijo adolescente.
—¿Qué te vas a pedir? –le pregunto a Cyn mientras Abel y Marcos hablan sobre la campaña que hizo este último en Benidorm.
Ella abre la carta y echa una ojeada por encima.
—Pues no sé, probablemente una ensalada.
—¿Te has puesto a dieta otra vez? –chasqueo la lengua. Una vez al año lo hace, pero siempre va al revés del resto de personas, pues no la empieza de cara al verano, sino en invierno.
No contesta. Le da unos golpecitos a Marcos en el hombro y en el momento en que este reacciona, le pone la carta delante para que la lean al mismo tiempo. Abel gira la cabeza y me mira. Supongo que quiere que haga lo mismo, así que coloco el menú sobre la mesa y lo abro por la primera página, dedicada a los entrantes y a diferentes tapas. Él me rodea la cintura con el brazo y arrima el rostro al mío.
—¿Sabes de qué me he acordado? –Hace una pausa y yo niego con la cabeza–. De aquella vez en que te sorprendí en el cuarto de baño del restaurante italiano de mi amigo.
Me tapo la boca con la mano para no echarme a reír. Lo recuerdo muy bien. Yo todavía pensaba que Nina era su novia y estaba muy enfadada con él. Como lo único que intentaba era seducirme, corrí al baño para quitarme la tensión de encima, pero tan sólo conseguí que me persiguiera y estuviésemos a punto de hacerlo allí mismo.
—Quizá luego podamos rememorarlo... –me muerde la oreja.
Le doy una palmada en la mano para que se esté quieto. Pero cuando alzo la vista descubro que Cyn y Marcos están más acaramelados que nosotros.
—Se os ve genial –les digo, esbozando una sonrisa. Marcos sigue sin caerme bien, pero si veo a mi amiga feliz, entonces yo también lo estoy.
—Cyn es maravillosa –alega él, sin dejar de abrazarla.
Veo arcoíris y ositos amorosos de colores por todas partes. Me parece que les salen chispas de los ojos en forma de corazón. Abel sonríe y me aprieta la mano. Parece que él también está contento por su hermanastro y Cyn le cae bien.
—¿Sabes, Sara?
El camarero nos interrumpe en ese momento. Yo todavía no he decidido lo que voy a pedir, pero al final me decanto por el solomillo con salsa de boletus. Abel solicita lo mismo que yo. Marcos se decanta por el pescado y Cyn elige una ensalada de queso de cabra.
—Pues como te decía, Sara… –Se inclina hacia delante, mirándome con sus azules y risueños ojos. Yo me acerco también, interesada en lo que tiene que contarme–. Es muy posible que el mes que viene empiece a trabajar en un bufete.
—¿En serio? –Casi me atraganto con el agua. Alargo las manos y se las cojo, presa de la alegría–. ¡Eso es estupendo!
—Mi padre le ha hablado al director sobre mí, y este ha accedido a hacerme una entrevista. La tengo la semana que viene, pero ya he hablado con él antes y lo veo muy interesado en mí.
—Sí, yo sé en qué está interesado –protesta Marcos. Vaya, pero si es también un marcador de terreno como Abel.
—Que no, cariño. ¡Si está casado y tiene hijos! –exclama Cyn, acariciándole la barbilla. ¡Ya basta de muestras de cariño en público!
Entonces él dirige la vista a Abel y le pregunta:
—¿Cómo está el tema de las fotos robadas?
—Paralizado –responde, pasando las yemas de los dedos por las puntas del tenedor. Alza la mirada y la posa en su hermano–. Pero creo que lo mejor será dejarlo correr.
Lo noto nervioso. A Marcos también le ha cambiado la cara: de sonreír ha pasado a estar un poco enfadado. No entiendo lo que sucede, y Cyn parece que no se ha dado cuenta de nada porque está concentrada en su manicura.
—Y tú, Sara, ¿estás contenta? –Marcos ladea la cara hacia mí. Ahora sí sonríe, pero se nota que es un gesto falso.
—¿Por? –pregunto, sin entender a qué se refiere.
—Hombre, vas a ser la modelo de Brein Gross. Cualquier tía que aspira a ser una gran modelo lo estaría.
—Claro. Sí lo estoy –respondo, bajando los brazos de la mesa. Me estoy poniendo nerviosa. Yo no aspiro a nada. Tan sólo a llegar a ser una excelente investigadora.
—¿Y Eric? ¿Debe de estarlo también, no? –Ensancha la sonrisa. Abel se pone tenso a mi lado.
—Supongo –digo con un hilo de voz. Me retuerzo las manos bajo la mesa. Cyn también me está observando y parece un poco incómoda.
—Es magnífico que tengáis esa conexión, ¿eh? –continúa Marcos.
¡Joder! Si es que sabía que la cena no iba a transcurrir tranquilamente. Me imaginaba que el musculitos tendría algo que decir.
—Sólo es un trabajo que nos beneficiará a los dos –me atrevo a decir, mirándolo directamente a los ojos.
—Eso es indudable –lo expresa con un tono de voz que no me gusta ni un pelo. Me revuelvo en el asiento.
—Marcos, ya basta –interviene en ese momento Abel. Me giro hacia él sorprendida. Está mirando a su hermano con el ceño arrugado y cara de malas pulgas.
—Eric nunca me ha caído bien. No tengo por qué fingir que sí –protesta como si fuese un niño pequeño.
—Vale. Pero esto es entre Eric, Sara y yo, ¿de acuerdo? Recuérdalo.
Marcos se remueve en su silla y parece que va a decir algo, pero Cyn se adelanta y alza su copa. Se levanta de la silla y exclama:
—¡Venga, cariños, vamos a brindar por una noche excelente!
Abel es el siguiente en dejar el asiento. Yo lo imito y Marcos es el último, pues está molesto porque su hermano mayor le ha parado los pies.
—Y por nosotros –dice Abel, alzando su copa de vino.
Los cristales tintinean junto con nuestras risas. El resto de la noche pasa sin ningún sobresalto. La cena está buenísima y después vamos a un club cercano en el que ponen jazz. Marcos y Cyn se dirigen a la barra para pedir unas bebidas y Abel y yo nos quedamos en una mesa alta esperándolos. Él me abraza desde atrás y apoya el rostro en mi mejilla.
—Esta noche está siendo una de las mejores de mi vida, Sara.
Noto una agradable calidez en el vientre. Alzo el brazo y le acaricio el cabello de la nuca. Él me besa en la sien y en cuestión de segundos nuestras lenguas se están fundiendo. No duramos más de veinte minutos en el club. Nos despedimos de Marcos y Cyn con una tremenda prisa. Por el camino hasta el coche nos abrazamos y besamos como unos recién casados. Nos reímos ante los tropezones que nos damos. La complicidad que estamos ganando es maravillosa.
La semana siguiente la pasamos en su estudio porque tiene que acudir un par de días a la exposición, además de arreglar otros asuntos por los que no le pregunto, aunque creo que están relacionados con su padre. Yo lo espero esos días en los que se ausenta un par de horas preparando la comida y cuando llega me alza en vilo y me come a besos y casi siempre acabamos teniendo un sexo maravilloso.
La noche antes de mi partida a Ibiza me susurra lo mucho que me va a echar de menos mientras está haciéndome el amor. Yo me aprieto contra él y sonrío.
Soy auténticamente feliz por primera vez desde hace mucho tiempo.
¡Y espero que dure!