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Dos días después de la fallida comida, me llama mi madre. Quiere disculparse con Abel porque se siente muy avergonzada por la actitud de mi padre.

—No está ahora, mamá –respondo, con el móvil apoyado en el hombro. Estoy ultimando una transcripción para enviársela a Gutiérrez antes de marcharme.

—Entonces díselo de mi parte –me pide.

—¿Querías algo más? –le pregunto, ya que aprecio angustia en su tono de voz.

Se queda callada un buen rato. Yo tampoco me atrevo a decir nada. Por mi cabeza pasan un sinfín de imágenes: mi padre gritándola, golpeándola, humillándola, y muchas más cosas. Al fin, ella carraspea y me informa con voz temblorosa:

—Me voy a separar de tu padre.

Aguanto la respiración. He escuchado esa frase demasiadas veces, y después todo ha continuado de la misma manera. ¿Cómo puedo creer que esta es la definitiva?

—Mamá, siempre dices lo mismo, pero luego no haces nada –protesto. Sé que le molesta que la regañe, pero no puedo evitarlo. Lo único que deseo es que sea feliz.

—Es que ya no aguanto más –prosigue con lo suyo–. Lo miro y siento que no es la persona con la que me casé. Yo ya sé que esto lo tendría que haber hecho mucho antes, pero no me atrevía. Hija, no tengo estudios y soy muy torpe para algunas cosas. ¿Qué iba a hacer yo sola por ahí? Eso es lo que pienso siempre y me entra el miedo. Pero ahora prefiero estar sola y feliz que acompañada y sufriendo.

—No estarías sola. Yo te acompañaría en tu nueva vida –le recuerdo.

—También es que pienso que adónde iría tu padre sin trabajar ni nada, no tiene apenas dinero.

Lo sabía. Ya empieza a recular. Trago saliva y suspiro. Me están entrando ganas de llorar. Estoy con la menstruación y tengo la sensibilidad a flor de piel. Pienso que mi vida es una repetición de frases, situaciones, rostros y dolor. ¿Por qué no puedo mantenerme al margen y seguir mi camino? ¿Por qué ella tampoco me lo permite? A veces me da rabia quererla demasiado.

—¿Estás ahí, Sara? –Su voz me llega lejana.

—Sí, mamá –me apresuro a contestar. Paso los dedos por el teclado del ordenador, sin saber qué más decir. Al final, añado–: Piénsalo, ¿eh? No voy a aconsejarte nada porque eres tú la que tiene que decidir lo que hacer.

—Si nos separáramos, yo podría ir a León a vivir con la tía –continúa ella, pensando en lo suyo.

—Claro, mamá –asiento. Me sé todas sus palabras de memoria. Después empezará a decir que no quiere ser una carga para la familia y que por ese motivo no se ha marchado antes.

Hubo un tiempo en que no comprendía su actitud. Y hubo días en los que despertaba y deseaba dormirme otra vez. Entonces decidieron que yo no estaba muy bien y me propusieron visitar una psicóloga. No tenía otra opción, y la verdad es que necesitaba a alguien con quien hablar. Me sentía demasiado sola. Ni siquiera Cyn y Eva lograban tapar ese hueco negro que se había abierto en mi vida. Lo cierto es que la doctora me ayudó mucho porque me hizo abrir los ojos. Comprendí que yo no era culpable de nada, sino que mi madre tenía un pensamiento diferente al mío. Ella estaba dominada por el miedo y le era imposible deshacerse de él. Con el paso del tiempo pude ir entendiéndolo. Ahora que tengo a Abel a mi lado, todavía más.

En ocasiones, el corazón no atiende a nuestra razón y funciona de forma independiente. Se sumerge en el amor que sentimos por la otra persona. Nos cegamos con los increíbles momentos que vivimos, a pesar de que quizá sean muy inferiores a aquellos en los que sufrimos.

De todos modos, ¿quién soy yo para juzgarla? Muchas veces dije que jamás actuaría como ella. Pero por mi cabeza ronda la idea de que si Abel recayera en aquella espiral de drogas, alcohol y sexo, quizá yo me quedaría para ayudarlo. Así que no puedo ser dura con mi madre, sino simplemente apoyarla en lo que finalmente decida. Ahora tengo las suficientes fuerzas como para empezar mi propia vida con Abel. Y creo que ella lo entenderá, aunque le cueste.

—Este fin de semana es la presentación de la campaña –la interrumpo porque me doy cuenta de que su voz cada vez es más triste. Me está contando los últimos derroches de mi padre con el dinero. No quiero escuchar más sobre ello–. A lo mejor me ves en alguna revista dentro de poco.

—Seguro que estarás guapísima –dice con repentina alegría. Y eso es lo que admiro de ella: que es capaz de sobreponerse a las dificultades con gran rapidez.

—Te quiero, mamá –murmuro antes de despedirme.

—Y yo, hija. –Noto tanto amor en su voz, que el corazón se me encoge–. Y dale un beso a ese novio tan guapo que tienes.

—Lo haré. –Cuelgo con un suspiro.

Durante un rato me quedo mirando la pantalla del ordenador con la mente en blanco. Cuando reacciono, ya casi es hora de cenar y Abel está llamando a la puerta. Se queda en el piso, aprovechando que Cyn tiene una cena con el resto de abogados del bufete en el que va a trabajar en un par de semanas.

Le cuento lo que he hablado con mi madre. Pero con cada una de mis palabras, descubro que aún no soy tan fuerte. El corazón se me va humedeciendo y cuando no aguanto más, rompo a llorar. Él me acuna como una niña pequeña hasta que me quedo dormida. Lo último que siento antes de perderme en el oscuro vacío son sus cariñosos labios en los míos.

El viernes amanece nublado. Me levanto temprano porque estoy nerviosa. Esa misma noche va a celebrarse la presentación. Estaré rodeada de un montón de personas a las que no conozco, me harán más fotos, la prensa intentará llegar hasta mí… y a saber qué sorpresas más me encuentro. Todavía no sé qué me puedo esperar en este mundillo.

Después de desayunar me pongo con la maleta. No quería llevar el vestido negro una vez más, así que cogí un poco más de dinero del que cobré y lo utilicé para comprarme ropa nueva. Esta vez he escogido un vestido largo y vaporoso de color azul. El cuello cuelga hacia delante y me deja toda la espalda al descubierto. Es tan hermoso que cuando lo vi en la tienda supe que tenía que ser para mí. Lo acompañaré de un chal de color negro para no pasar mucho frío.

En veinte minutos termino de hacer la maleta. No he metido apenas nada porque tan sólo me voy a quedar el viernes. El sábado por la tarde Eric y yo volveremos a Valencia. El AVE parte a las dos, pero quiero ir con tiempo porque si no, me pongo nerviosa.

Echo un vistazo al dormitorio de Cyn. No ha venido a dormir tampoco. Está aprovechando los últimos días libres antes de empezar el trabajo. Sabe que en el bufete todo será más duro y que apenas tendrá tiempo para dedicar a Marcos. Así que por eso, últimamente se pasa todas las noches con él.

Saco el móvil del bolsillo para ver si tengo noticias de Abel. Nada. Anoche no vino a dormir porque no se encontraba muy bien. Se negó a que yo fuera a su casa alegando necesitar soledad. Sabe lo que me molesta cuando se pone así, pero he de admitir que tampoco me gusta estar con nadie si he enfermado.

Me encantaría despedirme de él antes de marcharme. Va a ser sólo una noche, pero siempre le echo demasiado de menos. El WhatsApp marca que no se conecta desde esta mañana a las siete. Pues vaya, ¿por qué no me ha mandado un mensajito o me ha llamado? Me dispongo a hacerlo yo cuando suena el timbre. El corazón se me sobresalta de la alegría. Seguro que es él. Y se me ocurre que quizá me haya comprado esas rosas azules que tanto me gustan para felicitarme por la presentación. Cuando regrese mañana, lo celebraremos a nuestra manera. Tan sólo de pensarlo me suben por los mulos unas excitantes cosquillas.

Corro a la puerta con una gran sonrisa. Y en efecto, cuando la abro, se trata de él. Pero me quedo perpleja. Viene con un aspecto de lo más dejado. Lleva el pantalón vaquero sucio como si se hubiese caído en barro y la camisa arrugada. Se tambalea y se apoya en el marco de la puerta para no caerse. Me mira con los ojos entrecerrados y una sonrisa ladeada. Se inclina para darme un beso y entonces el olor a alcohol me echa para atrás. Lo miro con la boca abierta.

—¿Puedo pasar? –pregunta con voz grave.

—¿Has bebido? –Lo observo incrédula.

—Claro que no –responde él, forzando una sonrisa.

Me aparta con suavidad y entra en el piso. Yo cierro la puerta y me giro. Pero por Dios, si va haciendo eses, ¿cómo me puede decir que no ha bebido? ¡Y encima tan temprano!

—Me estás mintiendo, Abel. Es evidente que estás borracho –le espeto con rabia.

Él se apoya en el respaldo del sofá y se encoge de hombros con una sonrisita tonta. Mis peores temores se han confirmado: ha vuelto a beber. Como cuando estábamos separados y lo descubrí en su casa totalmente ebrio. Estoy defraudada. ¡Y muy enfadada! Apenas unos días antes me prometió que no lo iba a hacer.

Intento tranquilizarme. Cojo aire, lo suelto poco a poco. Él me mira sin poder abrir casi los ojos. Voy a entenderlo. Necesita mi ayuda. Y se la voy a dar, pero necesito que me explique por qué lo ha vuelto a hacer. Aunque supongo que tal y como está no podrá razonar mucho. Y encima llega en el peor momento porque en nada me tengo que marchar a la estación.

—Abel, mira, si quieres quédate aquí en el piso, ¿vale? –le propongo, acercándome a él–. No hay nada de alcohol. Aquí estarás bien. Mañana por la tarde estaré contigo de nuevo.

Él me observa como si no entendiese muy bien lo que estoy diciendo. Me coge del brazo de repente y me aprieta contra él. Intento desembarazarme porque no me gusta el fuerte olor a alcohol que desprende.

—Quédate conmigo.

—¿Cómo?

—No vayas a la presentación.

—¿Perdona? ¿Pero qué estás diciendo? –Apoyo las manos en su pecho y me impulso hacia atrás.

—No es necesario que vayas.

—Sí lo es –protesto, con una ceja arqueada–: ¿A qué viene ahora esto? Me apetece ir y creo que es lo menos que puedo hacer por ellos, que han confiado tanto en mí.

Me sujeta contra él. Parece enfadado. Su respiración se acelera. Se inclina hacia mí, tratando de besarme una vez más. Yo ladeo la cabeza, así que sus labios chocan contra mi mejilla.

—¡Eh! –protesto. Lo miro enfadada, pero la furia que aprecio en sus ojos me deja sin palabras.

—No vas a ir allí, Sara –dice, con voz más clara, a pesar de que su mirada todavía está nublada por los efectos del alcohol.

—¿Ya estamos celosos otra vez? –pregunto. Cada vez estoy más molesta.

—Eric me importa una mierda –contesta, con una carcajada–. Él es mi menor problema. Tengo miedo de que…

—¿Entonces qué coño te pasa, Abel? –No le dejo terminar la frase. Consigo soltarme de su feroz abrazo y me dirijo a la habitación. Él me sigue.

—Hay personas que no quiero que te vean.

—¿Pero estás gilipollas o qué? ¿A qué viene esa tontería? –Cojo la maleta con una mano y la percha con en el vestido con otra–. Me va a ver un montón de gente en la publicidad, así que ve acostumbrándote.

—Y eso ya ha sido suficiente. ¿No crees, Sara? –me pregunta con los ojos echando chispas.

—Pues a lo mejor no. –Me giro hacia él y le reto.

Nos miramos durante unos interminables segundos. Ninguno va a ceder, lo estoy viendo. Pero ahora mismo no quiero más problemas, no quiero discutir. Tan sólo ir a la campaña, pasarlo bien y regresar a sus brazos. ¿Tan difícil es para él?

—Hay personas que no deberían verte –continúa él, acompañándome fuera de la habitación. Me intenta coger del brazo y me escabullo.

—¿Los hombres, no? ¡Pues me van a ver! Y en algunas fotos salgo con tan sólo el bikini –le recuerdo. Estoy tan furiosa que no puedo evitar cabrearlo más.

—¡Eso me importa una mierda, Sara! –exclama, deteniéndose en medio del salón. Se queda mirando unos papeles que hay en la mesa. Los coge y les echa un rápido vistazo. Son apuntes que tomé sobre lo que se me ocurría al leer los artículos de su madre.

—Me voy, Abel –lo interrumpo–. No pienso llegar tarde porque a ti te haya dado una rabieta. Aprende a comportarte como un adulto –le digo. Me encamino a la puerta. Antes de abrirla, añado–: Cuando regrese, espero que estés aquí y podamos pasar un buen fin de semana.

Todo sucede muy deprisa, como aquella vez que discutimos en su casa y tiró los vasitos con las velas. Esta vez los que sufren son mis apuntes, los cuales lanza al suelo. Y a continuación ataca todo lo que hay en la mesita: los artículos de su madre, el libro del marqués de Sade y el de Orgullo y prejuicio. Me quedo con la boca abierta, observando los papeles desordenados en el suelo. Las lágrimas empiezan a agolparse en mis ojos.

—¿Pero qué coño haces? ¿Estás loco o qué? –le grito, corriendo hacia donde se encuentra. Me agacho y me pongo a recoger las hojas, intentando ordenarlas.

Lo miro desde abajo y me sorprende encontrarlo llorando. Sus lágrimas son furiosas, impregnadas de un tormento que todavía no puedo entender. Me levanto lentamente, con un montón de papeles entre mis brazos, encogida ante la mirada que clava en la mía.

—¿Eres como ella, eh? –Señala los trabajos de su madre.

—No entiendo qué quieres decir…

Se frota los ojos, limpiándose las lágrimas. A continuación se lleva las manos a la cabeza, frotándosela, y da un par de vueltas por la habitación. Su voz atruena en mis oídos.

—Sois unas mentirosas. Hacéis promesas que nunca cumplís –ruge, dando vueltas como una bestia enjaulada–. ¿Para qué me dices que me quieres si no es verdad, Sara?

—No digas eso porque no es cierto. –Alzo un dedo para advertirle que se está pasando, pero no me deja terminar. Me agarra la muñeca y me mira con una horrible tristeza que me deja sin respiración.

—Y os marcháis. Las mujeres a las que quiero me dejáis solo.

—No, Abel. Ya te dije que yo…

—¡Calla! –brama, con los ojos muy abiertos. Continúa llorando y me parte el corazón porque no entiendo este arrebato. No puede ser debido a unos simples celos–. Dime, Sara, ¿por qué lo hacéis?

No sé qué contestarle porque no entiendo nada. Me suelta la muñeca y yo cojo el pomo de la puerta. No quiero irme, pero tengo que hacerlo. Llegaré tarde, y todos me están esperando. Sé que después me arrepentiré por no haberme quedado con él, pero ahora mismo estoy tan enfadada por cómo me está hablando que no puedo pensar en nada más.

—Hablaremos mañana con más tranquilidad, Abel –le digo, abriendo la puerta–. Quédate en el piso, en serio. Te llamaré en cuanto llegue a Madrid para ver cómo estás.

—Joder, Sara, eres una maldita egoísta que…

—No te pases, Abel. Te lo he dicho ya: no eres mi dueño. No puedes ordenarme lo que tengo que hacer a cada momento y tú me juraste que no lo harías. –Salgo, pero me quedo quieta en el umbral, esperando que se disculpe. Tan sólo me observa, aún furioso. Suspiro decepcionada–. Aprende a controlar tus ataques de celos, tus inseguridades o lo que sea. Te llamaré, en serio.

En cuanto pongo el pie en el primer escalón, él ruge:

—¡Si te vas a esa fiesta, no regreses!

Bajo sin decir nada. No puedo creer que se haya puesto así. Mi mente no da a basto con tanta información. Él continúa armando jaleo, pero ni siquiera sé lo que dice. Al final los vecinos van a salir para ver lo que sucede. Peleo con la funda del vestido, pues se ha enganchado en el final de la escalera.

—¡Sara, no regreses! ¡No vuelvas! ¡Aléjate de mí!

Salgo a la calle con el corazón a mil por hora. No puedo apenas respirar. Mi cabeza no puede asimilar lo que ha sucedido segundos antes. ¿En serio me ha echado de su vida tan fácilmente?

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