
Eric es cálido. Demasiado.
Y me está transmitiendo ese calor por todo el cuerpo. No puedo apartarme; por más que lo intento mi mente no reacciona. Esto no está bien. ¡Está francamente mal!
Es cálido. Pero también pasional. El deseo con el que me está besando es apabullante. Me aprieta con tanta fuerza contra su cuerpo que apenas puedo respirar. Lo escucho gemir contra mi boca. Entonces abro los ojos. No puedo hacer esto. Porque yo amo a Abel, ¿verdad? Y Eric no es él. Me siento mucho más tranquila en sus brazos, pero no aparece en mí esa sensación de locura que Abel me transmite. Ni el estremecimiento en el corazón. Lo que Eric me provoca es sólo puro deseo, y lo debo evitar.
—No, Eric, no. –Lo aparto con suavidad.
Él no rechista; tan sólo me observa con curiosidad. Yo agacho la cabeza, muy avergonzada. Aún noto el sabor de su lengua en mi boca. Y no puedo comprender por qué me ha gustado. Y por qué sigue haciéndolo. Mi pensamiento vuela una vez más hacia Abel, en lo mal que me he portado al irme, dejándolo solo tal y como estaba. Lo que acabo de hacer es terrible. ¡Joder! ¿Estoy loca o qué? Me estará esperando en casa, aunque hayamos discutido, y yo me estoy dejando seducir por otro hombre, que encima es su amigo.
He ido demasiado lejos, lo sé. Y además, me siento mal por Eric. Quizá, sin ser consciente del todo, le he dado esperanzas.
—Tengo que irme –le digo, echando a andar.
Me sigue, pegado a pocos centímetros de mi espalda.
—¿Quieres que vayamos al hotel? –me pregunta.
Me detengo y me giro, mirándolo pasmada. Niego con la cabeza y continúo caminando.
—Me voy, pero yo sola –le confieso.
—¿Qué? ¿Pero por qué?
—Quiero pensar –digo con voz grave.
—Te acompañaré –insiste.
—Estás bebido. Mucho mejor que te vayas, pero tú solo, a descansar. O vuelve a la fiesta. –Me detengo y le dedico una profunda mirada.
—Estoy bien para irme contigo.
—Eric, cogeré un taxi. No pasa nada.
—Quiero aprovechar cada segundo contigo –dice de repente, acercándose con una mano en alto. Me va a acariciar la mejilla, pero me aparto a tiempo.
—Eric, por favor…
—Habíais discutido –me recuerda. Su voz pastosa me avisa de que el alcohol cada vez le está subiendo más.
—Da igual. Ahora más que nunca quiero estar a su lado. Y él me necesita a mí –respondo, echando a andar otra vez. Tengo un poco de frío, así que me aprieto el chal en los hombros. ¡Mierda! Esto de tener que estar divina ya no me gusta tanto. Me encantaría tener mi chaqueta ahora.
—Sara. –Eric me agarra de la muñeca y me detiene. Me giro hacia él con impaciencia, pero me quedo helada al descubrir su gesto de enfado. Nunca se había mostrado así ante mí, pues todo habían sido sonrisas y buenos gestos.
—Eric, me estás haciendo daño. –Señalo su mano. Sin embargo, no muestra signos de oírme ni de soltarme.
Empiezo a sentirme asustada, sobre todo cuando me abraza y me aprieta contra él una vez más. ¡Oh, mierda, me lo he buscado! He jugado con fuego y me estoy quemando. Doy un respingo cuando sus manos me acarician la espalda desnuda. El corazón me late desbocado en el momento en que me besa el cuello con desesperación.
—Déjame hacerte el amor, Sara –susurra, intentando cogerme un pecho. Le doy un manotazo para apartarlo.
—Detente, Eric. Estás borracho y mañana te arrepentirás si continuamos con esto –intento distraerlo con mis palabras. Observo de reojo los alrededores, con el propósito de encontrar a alguien, pero la calle está desierta. ¡Ya podrían haber hecho la presentación en un lugar más céntrico!
—Te he besado antes. Y me lo has devuelto –me recuerda, agarrándome de las mejillas. Trata de juntar sus labios con los míos una vez más. Pero yo giro la cabeza y chocan contra mi mandíbula. Entonces me la lame con deseo.
—Lo sé, Eric. Ha sido un error… Y créeme que lo siento mucho –me disculpo. Echo el cuerpo hacia atrás, pero él se inclina sobre mí. ¡Joder! No sé qué hacer.
—No se lo diremos a Abel –me acaricia la mejilla, al tiempo que me regala una sonrisa ladeada.
—¡Es tu amigo! –exclamo disgustada–. Y tú y yo también lo somos.
—Es tu novio, y a pesar de todo, has estado provocándome todo este tiempo –espeta con rabia–. Y soy tu amigo, pero quiero tenerte entre mis brazos. Deseo estar dentro de ti.
Un ardor me sube por las mejillas. No puedo creer que me esté diciendo esas palabras. Jamás había sido tan directo conmigo. Niego con la cabeza una vez más.
—Sólo esta noche, Sara. –Me acaricia los labios con un dedo–. Te he deseado desde que te vi en Barcelona con aquel vestido. Pienso en ti cada vez que me acuesto con una mujer.
Abro la boca, totalmente incrédula. No obstante, debería habérmelo imaginado: sus miradas, sus palabras, sus gestos… Todos ellos me indicaban que no eran propios de un simple amigo. Y quizá, yo en el fondo lo sabía y me he regocijado en ello. ¡Joder! ¿Me he vuelto tan caprichosa y manipuladora como Nina?
—Eric, no puedo –le digo, intentando convencerlo de que es una mala idea–. Puede que si nos hubiésemos conocido de otra forma…
—Tú también me deseas. –Se inclina una vez más sobre mí–. Lo he notado en tus miradas, en tu forma de tratarme.
Yo me encojo, ladeo la cara, pero él me besa los pómulos, a continuación la barbilla y se acerca a mis labios. Lo empujo una vez más. Él se echa a reír. Maldita sea, ¿por qué ha bebido tanto?
—Vete a la fiesta. Mañana te llamo y hablaremos sobre todo esto, pero ahora estás confuso por el alcohol. –Apoyo una mano en su pecho para que no se acerque.
—No, Sara. Vamos, no me digas ahora que no quieres –murmura contra mi cuello.
De repente, lleva las manos a mi vestido, me lo sube y mete una mano por entre mis piernas. Sus labios muerden los míos con frenesí. Me revuelvo entre sus brazos, pero lo único que consigo es excitarlo más. Él jadea, me susurra al oído que me deje. Al fin logro empujarlo y le doy una fuerte bofetada que resuena en el silencio.
Me llevo la mano a la boca, a punto de echarme a llorar. Eric tiene la cabeza gacha, por lo que no puedo ver sus ojos. No sé en qué estará pensando, si se habrá enfadado mucho conmigo. Le tiemblan los hombros, pero no sé si está llorando o riendo.
Se escuchan unas carcajadas. A medida que se acercan, puedo reconocer a uno de los hombres. Se trata de Rudy, acompañado de otro modelo que estaba en la fiesta. Cuando llegan hasta nosotros, se nos quedan mirando con curiosidad. Rudy repara en mi rostro asustado y en el silencio de Eric. Supongo que se imaginan algo porque en ese momento pregunta el otro:
—¿Va todo bien por aquí?
Asiento con la cabeza. Eric continúa mirando el suelo, con la mano aún apoyada en la mejilla donde le he dado el tortazo. Me fijo en que Rudy me está observando con la ceja arqueada.
—¿Seguro, Sara? –me pregunta, volteando los ojos hacia Eric.
—Sí –asiento con un hilo de voz.
Rudy alza las manos aceptando mi respuesta, aunque no parece muy convencido.
—¿Quieres que te llevemos al hotel?
—No, voy a coger un taxi. Pero gracias. –Me obligo a dibujar una sonrisa.
—Nuestro coche está cerca. –Señala unos cuantos metros por delante–. Es aquel Focus azul. Vamos ahora hacia allí. Cualquier cosa…
—Gracias, estaré bien. –Me aprieto el chal porque cada vez estoy más helada.
Ellos vuelven a echarle un vistazo a Eric, el cual ha levantado la cabeza y los mira con una mezcla de vergüenza y rabia. Rudy y el otro modelo se despiden de él con un alzamiento de barbilla, al que él no contesta. Mientras se marchan al coche, yo me pregunto lo que estoy haciendo aquí todavía. No sé cómo puede actuar Eric. Me dan ganas de echar a correr, pero no podría avanzar más de dos metros sin caerme.
Como él no dice nada, soy yo la que se atreve a hablar, aunque no puedo dejar de temblar.
—Lo siento.
—No, Sara. Soy yo el que lo siente.
Alzo la vista y lo miro. Está muy serio, con los ojos brillantes. ¿Se va a echar a llorar aquí? No, por favor, no podría soportarlo. No sabría qué hacer.
—No sé lo que me ha pasado –se disculpa, llevándose la mano a la cara y frotándosela.
—Has bebido bastante. Eso es todo –intento que todo vuelva a su cauce.
—No, Sara, no es eso –niega con la cabeza; la agacha avergonzado–. Nunca he querido hacerte daño y ahora la he fastidiado.
—Tranquilo, no me lo has hecho. –Alargo una mano temblorosa para apoyarla en su hombro, pero al final lo pienso mejor y la vuelvo a bajar–. Olvidamos todo esto y ya está, ¿no? –Esbozo una sonrisa, aunque no me está mirando.
—No lo vamos a poder olvidar.
No contesto. En realidad, yo tampoco lo pienso. ¿Pero qué le voy a decir? De todos modos, no me gustaría perder la amistad que habíamos creado. Era demasiado buena… ¿y una mentira? Me lo confirma con sus siguientes palabras:
—No quiero joder a Abel. –Por fin alza la cabeza y me escruta con una seria mirada–. Pero no lo he podido evitar.
—No sigas, Eric, por favor… –le pido.
—Sara, necesito decírtelo. Sólo quiero que lo sepas. –Parece que la borrachera se le está pasando.
Meneo la cabeza con un gesto triste. Pero él me coge de la barbilla y me la levanta para que lo mire. Sus ojos me traspasan. En ellos arde un increíble fuego.
—Estoy loco por ti.
—Es sólo un encaprichamiento. –Intento apartar la mirada, pero no puedo.
—No lo es.
—No siento lo mismo por ti, Eric –respondo con un hilo de voz.
—Lo sé. Y no te estoy pidiendo nada.
Una vez más pasan por mi mente las ideas de que con él la vida sería mucho más fácil. Sin embargo, interrumpe en ellas el último recuerdo que tengo de Abel, de hace unas horas. Su rostro contraído por la rabia y el dolor. Esos ojos que me suplican que lo salve. Es él quien me necesita, no Eric. Y por supuesto, yo lo necesito también.
—He explotado, Sara. Cada día me resultaba más difícil fingir que era tu amigo. –Se lleva una mano al pelo y se lo revuelve–. No puedo mirar tus labios sin sentir la necesidad de besarlos.
Agacho la cabeza, otra vez ruborizada. Él por fin se aparta de mí, dejándome libre. Ahora puedo irme y, sin embargo, mis pies se niegan a moverse de aquí. Tengo un vacío en el estómago. Me gustaría marcharme sabiendo que Eric va a continuar siendo mi amigo, pero supongo que es imposible.
—Lo siento. Siento causarte más problemas –continúa.
Niego con la cabeza. Levanto el rostro y lo miro con una sonrisa triste. Me despido de él con un gesto de la mano. Echo a andar, dejándolo atrás, con la seguridad de que esta va a ser la última vez que nos veamos.
Llevo dados tan sólo unos pasos cuando me suena el teléfono. Al sacarlo del bolsito descubro que es Cyn. ¿Qué querrá ahora? Y como si se tratase de una premonición, mi corazón se echa a latir desbocado.
—¿Cyn? –pregunto con ansiedad.
—Soy Marcos.
Un tremendo dolor se apodera de mi pecho al escuchar su voz.
—Abel ha tenido un accidente. Está en el hospital.
El móvil se me cae al suelo. Tengo que apoyarme en un coche porque todo se ha vuelto negro.
Noto a Eric a mi lado, preguntándome lo que sucede. Pero no veo nada.