
En el autobús de camino a Ibiza el ambiente es extraño. Eric se ha sentado en los asientos de la derecha y Abel y yo nos encontramos en los de la izquierda. Tengo un problema: debo comunicarme con África lo más pronto posible para avisarla de que tiene que volver a nuestra habitación a la de ya. Cuando estamos entrando a la ciudad, decido abrir la boca para distender el ambiente. Apoyo la mano sobre la de Abel y, para mi sorpresa, me la coge. Esperaba que la rechazara o algo mucho peor.
—No he podido aguantar, Sara. Después de lo que hicimos por teléfono me di cuenta de que necesito pasar cada segundo a tu lado –me dice de repente.
Miro por encima de su cabeza, pero Eric no parece seguir nuestra conversación. Se han saludado en la playa, pero he notado que tan sólo lo han hecho por cortesía. ¿Dónde ha quedado aquella buena amistad que tenían?
—Abel, ¿has venido porque me echabas de menos o porque pretendes vigilarme? –De repente se me ocurre esa idea y no puedo guardármela.
Él me mira con el ceño arrugado y chasquea la lengua. Se gira de forma disimulada hacia Eric, el cual está mirando por la ventanilla y no parece enterarse de nada.
—Quizá por los dos motivos. –Me clava sus ojos azules y yo me siento casi desnuda, como si pudiese descubrir todos mis pensamientos–. Pero no tengo nada de qué preocuparme, ¿verdad?
No sé si lo está diciendo con un doble sentido o no. No encuentro en su tono de voz ningún matiz. Me sorprende que esté tan neutral. Cuando nos ha visto en la playa pensé que iba a montar un numerito, pero todo ha transcurrido de la manera más sencilla posible. Y eso me asusta más que si se hubiese puesto a gritar o me hubiese mirado enfadado. De esta manera no sé a lo que atenerme. Pero quizá está intentando ser menos celoso y darnos tregua tanto a Eric como a mí.
—En el hotel me encontré con Thomas y me dijo que estabas en esa cala. Me ha costado encontrarla, ¿eh? –Sonríe y me parece que ahora sus palabras sí están tomando otro rumbo–. Te gusta pasar desapercibida, ¿no, Sara?
Miro al frente para ver dónde estamos. La siguiente parada es la nuestra porque es la que más cerca nos deja del hotel, según nos ha dicho el conductor. ¡Joder, quiero escapar de todo esto!
—Me sorprende lo amigos que sois Eric y tú –continúa, apretándome la mano. ¡Oh, no, ahí vamos!–. Pensaba que no te gustaban los hombres tan… ¿cariñosos? No, espera, esa no es la palabra…
—Abel, por favor. No empecemos. –Alzo una mano con la intención de pararle los pies. Él me mira sin borrar esa tétrica sonrisa del rostro. Me acerco para que su amigo no nos escuche–. Entre Eric y yo no hay nada extraño. –Le agarro del rostro y arrimo su oído a mi boca–. Soy una mujer que sabe distinguir lo que es amistad y lo que no.
—¿Estás segura? –Ladea el rostro y sus labios se sitúan a unos milímetros de los míos. Su aliento olor a menta llega hasta mí y me sacude con una fuerza increíble.
—Claro que sí. –Me sobrepongo ante su táctica de seducción.
—Vale. Entonces no añadiré nada más. –Se aparta con una sonrisa burlona y se levanta dejándome con la boca abierta.
Yo me mudo al otro asiento, dispuesta a salir también. Eric me dice de forma muy rápida:
—Distráelo si quieres y voy a hablar con Rudy.
Lo miro sin saber qué decir. Él me guiña el ojo y va hacia la puerta. A continuación bajo yo. Abel está esperándome, apoyado en el poste de la parada. Me siento fatal porque no quiero tener secretos con él, pero no sé si se creería que compartir habitación con Eric ha sido de forma involuntaria. ¡Yo no he tenido nada que ver!
—Me voy para el hotel, que estoy bastante cansado. ¿Por qué no vais a dar un paseo por el puerto, tortolitos? –nos propone Eric en ese momento.
Yo me giro hacia Abel con una sonrisa nerviosa y lo descubro observando al otro con gesto molesto. Lo cojo del brazo y lo meneo para que me mire a mí.
—¿Cenamos en algún restaurante bonito? –le pregunto.
Para tranquilidad mía accede sin poner pegas. Nos despedimos de Eric y nos encaminamos dirección al puerto. Está cayendo la noche y la gente empieza a salir de sus casas, apartamentos u hoteles, para disfrutar de todo lo que la isla les puede ofrecer. Antes de ir a cenar nos metemos por las callejuelas colindantes al puerto. Hay un mercadillo y, por supuesto, a mí me encantan. Me tiro un buen rato rebuscando entre las baratijas, la ropa y los bolsos, y al final me compro uno muy bonito de estilo informal. Abel no deja de mirarme en todo momento. Cuando me doy cuenta siempre me dedica una sonrisa y yo se la devuelvo. En el fondo, me encanta que esté aquí. Ha sido toda una sorpresa, pero para bien.
Tras nuestro paseo por los puestos ambulantes nos ponemos a buscar un restaurante donde cenar. Ya hay mucha gente en todos ellos, la mayoría turistas. Pasamos por delante de uno en el que reconozco a una persona.
—¡Mira, si es la cantante de La Oreja de Van Gogh! –le digo, toda sorprendida.
Abel se echa a reír y me abraza por la cintura. Supongo que para él no es nada extraño codearse con gente más o menos famosa, pero para mí es toda una novedad. Como me hace ilusión, me lleva al restaurante donde está cenando ella. Por suerte, hay una mesa libre. Me doy cuenta de que, aunque el lugar es bastante lujoso, los clientes visten de manera informal, ellas con vestidos playeros y ellos con pantalones sueltos. Menos mal, porque yo llevo mi falda y mi camiseta, que son lo más corriente del mundo. Evidentemente el que más destaca es Abel, incluso con sus Levi’s y su camisa blanca.
Pedimos marisco, con lo que no puedo evitar recordar la primera vez en la que me llevó a comer con una de sus artimañas. ¡Era un restaurante de comida afrodisiaca! Él parece darse cuenta y da un trago a su vino con una sonrisa.
—¿Qué tienes en esa linda cabecita?
—Estaba recordando aquella vez que comimos langosta en Le Paradise.
La sonrisa se le borra de forma automática, como las otras veces en las que he mencionado el nombre del restaurante. Me quedo mirándolo extrañada y dejo en el plato mi gamba a medio pelar.
—¿Qué pasa?
—Fue una equivocación llevarte allí –dice, con voz ronca–. No es un sitio para ti.
—¿Ah, no? ¿Y por qué? –Lo observo confundida y un poco enfadada.
—Tú mereces lugares más refinados.
Agacho la cabeza y me dispongo a continuar pelando la gamba. Como él ya ha terminado, se va al baño. Sigo todos sus movimientos de camino al interior del restaurante. Adoro su espalda. Y su culo. Joder, me encanta todo su cuerpo. No hay nada que me disguste. ¡Ojalá pudiese decir lo mismo de su carácter! Pero bueno, todos tenemos defectos. Aunque no sé por qué, no me ha quedado claro lo que me ha dicho acerca de Le Paradise.
Me echo por encima la chaquetita que me he traído. Observo a los clientes de las otras mesas. Todos parecen muy felices de estar aquí. Yo giro la cabeza y observo con atención el mar, las luces en el horizonte, el enorme crucero que está detenido cerca del restaurante. Supongo que esa felicidad se debe a la magia que desprende la isla.
En ese momento el móvil me vibra. Se trata de Eric, avisándome de que todo está solucionado y de que ya tiene su maleta en la habitación de Rudy. África dormirá conmigo a partir de esta noche. Suspiro con alivio y guardo el teléfono a tiempo, pues Abel ya está saliendo del restaurante. Ni siquiera tomamos postre porque a mí ya me está empezando a entrar sueño. Él se da cuenta y propone marcharnos al hotel. ¡Mañana también tendré que madrugar! Recuerdo que Thomas nos ha dicho que debemos estar en la recepción a las nueve y no quiere retrasos.
—¿Dónde vas a dormir esta noche? –le pregunto a Abel de camino al hotel.
—En el mismo hotel que tú –me dice, arrimándome a él y apretándome a su cuerpo. Estoy tiritando, pero inmediatamente el calor de su cuerpo me inunda.
—Quizá pueda pasarme por tu habitación –murmuro, con la mejilla apoyada en su cálido pecho. Escuchar los latidos de su corazón me tranquiliza. Es una maravillosa sensación.
—Claro, Sara. Pero creo que hoy estás bastante cansada.
La verdad es que me está costando mantener los ojos abiertos. Suelto un murmullo de placer cuando me abraza. Lo abrazo con fuerza y alzo la cabeza, dispuesta a recibir uno de sus maravillosos besos. En cuanto sus calientes labios rozan los míos, ya estoy perdida. Las olas de la playa no son nada comparadas con las que me ascienden por las piernas al sentir el roce de su lengua en mi boca.
—Se me va a hacer duro no hacerte el amor esta noche, Sara –susurra contra mis labios–. Pero tienes que estar fresca para mañana.
Me da un cachete en el culo y me separa de él. Yo suelto un gemido de protesta, pero sé que tiene razón. Si nos pasáramos toda la noche practicando sexo, mañana no podría ni moverme de la cama.
En el hotel nos separamos. Yo estoy en una planta diferente a la de él. Me acompaña hasta mi habitación. Se despide con un fuerte beso, apasionado, sensual y muy dulce. Uf… Quiero estar así toda la noche, besándonos sin pensar en nada, tal y como él me dijo hace poco. Sólo sentir… Lo veo alejarse por el pasillo con sus sensuales movimientos. Yo entro en la habitación con un suspiro. Todas las luces están apagadas y las puertas de la alcoba de África están abiertas. Vaya, no ha vuelto todavía. ¿Estará con Rudy?
Me quedo dormida nada más tocar la cama. Entre sueños me parece escuchar risas y la voz de una mujer. Es África, que llega a altas horas de la madrugada. Pero me vuelvo a dormir en cuestión de segundos.
Al día siguiente me despierto bastante fresca, mucho más pronto de lo que esperaba. Abro las puertas y asomo la cabeza. Las de África todavía están cerradas, así que supongo que continuará durmiendo. Voy a regresar a mi alcoba para asearme, cuando de repente aprecio por el rabillo del ojo un movimiento en el sofá de la sala. Me tapo la boca para no gritar al descubrir a un tío durmiendo en él. ¡Y con una botella de whisky en sus manos, abrazándola como si fuese un bebé! Me acerco de puntillas y al mirarlo bien a la cara descubro que no es Rudy. También es un chico moreno, pero no se parecen en nada. Se nota que este es español.
Me aparto de él y corro hacia mi alcoba, pero antes de poder meterme, escucho las puertas de la de África. Me giro malhumorada, dispuesta a echarle la bronca por traer un tío a nuestra habitación. Sin embargo, me quedo de piedra al ver a otro hombre, vestido con tan sólo unos boxer, y que está mirándome con cara de sueño.
—Hola –murmura.
No me salen las palabras. Me doy cuenta de que yo también llevo sólo una camiseta de dormir y unas bragas. Me meto en mi dormitorio a toda prisa y me pongo un pantalón corto por encima. Salgo y me encuentro al chico rebuscando en la nevera. Se saca una cerveza. ¡Pero si son tan sólo las ocho de la mañana!
—Perdona, pero… ¿tú eres?
—Mario. –Se acerca para darme dos besos, pero como ve mi cara de susto, se lo piensa dos veces y se queda quieto.
—Ah, vale. –Lo observo mientras le da un trago a la lata. Tiene el pelo castaño corto, y un cuerpo muy musculoso. ¿De dónde ha salido? ¿Será otro modelo?–. ¿Está África ahí dentro?
—¿África? –pregunta él, como si no entendiese.
—Sí… La chica con la que estabas durmiendo. ¿Recuerdas?
—Ah, claro. Entonces se llama África. –Se termina la cerveza y la deja en la mesa. ¡Será posible! No la tira ni a la basura–. Sí, está durmiendo.
—¿Y quién es ese? ¿Lo conoces? –Señalo el sofá con el dedo.
Mario dirige la vista en esa dirección y se echa a reír. Se rasca el pecho y dice de forma tranquila:
—Es Germán. Trabajamos juntos en Amnesia.
—¿Sois camareros?
—Gogós.
Oh, vale. Tendría que habérmelo imaginado. Con ese cuerpo tan musculoso, ¿a qué otra cosa podrían dedicarse? Asiento con la cabeza, un tanto preocupada. No me digas que África se ha acostado con los dos a la vez… ¡No me lo puedo creer!
—Oye… Yo tengo que ir a prepararme. Trabajamos a las nueve. ¿Puedes avisar a mi compañera?
—Claro. –El chico me muestra una ancha sonrisa y a continuación se gira y se mete en la alcoba.
Escucho una voz somnolienta que protesta. A los pocos segundos, risas y gemidos divertidos. ¿Quéé? ¿No me digas que se van a poner a jugar otra vez? Para colmo, el tío del sofá parece estar KO. Suelto un gruñido de frustración y me meto en el baño. Me empiezo a duchar con una mala leche increíble. Al cabo de un rato estoy más relajada, y al salir del baño he recuperado el buen humor. Me pongo lo primero que encuentro, unos vaqueros y una camiseta, ya que sé que allí me vestirán como quieran. Una vez estoy arreglada, salgo y me encuentro con que los dos tíos –creo recordar que se llamaban Germán y Mario– están sentados en el sofá viendo la tele. ¿Por qué cojones no se van ya?
Me acerco a ellos y me planto a su lado, pero como no apartan la vista de la pantalla, me coloco delante. Ambos sueltan un gruñido de protesta que se asemeja al de un zombi.
—¿Y África? ¿Ha salido ya? ¿Qué hacéis aún en mi habitación?
Por fin me devuelven la mirada. Se nota que están resacosos. El que estaba antes tumbado en el sofá boquea como un pez. Es Mario el que de nuevo habla:
—Se ha vuelto a dormir.
Y me da un suave empujón para que me aparte. ¡Será posible! Me dirijo a las puertas de la alcoba de mi compañera. Golpeo con los nudillos, pero ella no contesta. La llamo por su nombre sin recibir respuesta. Miro el reloj: las nueve menos diez. Suelto un suspiro. Que se las apañe. Me cae bien, pero no puedo hacer más por ella. Echo un último vistazo a los gogós. Cojo el bolso y salgo sin decir nada. Espero que no estén cuando vuelva.
No me da tiempo a desayunar bien, pero me paso por el restaurante y cojo una manzana para comérmela en el ascensor. Saco el móvil con la intención de avisar a Abel de que me voy a trabajar, pero en cuanto se abren las puertas y salgo al hall, lo veo con el resto del equipo. Voy hacia ellos sorprendida y él en cuanto me ve, me coge de la cintura y me planta un beso en los labios. Thomas y las chicas sueltan un suspiro de adoración.
—No guardo rencor a tu novio –dice en ese momento él–. Me habría gustado que te fotografiase, ¡pero qué se le va a hacer! –Me parece que acabo de descubrir que Thomas es gay. Por la forma en que está mirando a mi novio, parece que los hombres le encantan. Le voy a tener que poner un babero.
—Thomas me permite ir a la sesión. –Abel esboza una tierna sonrisa.
—¿Dónde está África? –pregunta en ese momento Thomas. No sé por qué, pero le digo que no se encuentra muy bien. Si le confieso que se ha pasado la noche de fiesta con dos tíos, la mata. Él suspira y al final accede a marcharnos, no sin antes avisar a la recepcionista para que llamen un taxi cuando la modelo baje.
De camino a San Antonio no puedo evitar pensar que Abel viene para controlarme. Y es algo que no me gusta nada. No quiero que me mire mientras poso para las fotos. ¿Pero cómo decírselo? Una vez en la cala el equipo despliega todos los bártulos. Abel incluso les ayuda. Vaya, qué amable está de repente. Aunque quizá echa de menos su trabajo.
Thomas me lleva a una especie de tienda de campaña enorme en la que se encuentran Viviana, Didi y Ariadna. Me peinan, me maquillan y me visten mientras admiran mi piel, mi cabello y mis ojos. Yo me pongo colorada cada vez que me dicen algo bonito. Cuando salgo ya están todos preparados. Thomas y su asistente hablan con Eric, supongo que dándole explicaciones. Yo trago saliva porque estoy muy nerviosa. Visto una falda larga de estampado de serpiente muy bonita, pero con una raja desde el tobillo hasta el muslo. En la parte de arriba tan sólo llevo el bikini. Eso sí: en mi muñeca destaca un hermoso reloj Brein Gross.
Me doy cuenta de que Abel se ha colocado lejos, justo al lado de la mesita donde han dejado el café y los bollos para el almuerzo. Con él hay un par de personas más que escriben en unos cuadernos. Alza una mano y me saluda con una sonrisa. Yo le devuelvo el gesto. Me siento muy pequeña ante toda esta gente. Y mucho más cuando el impactante Rudy se acerca a mí. Sin embargo, desde un principio se muestra muy amable conmigo e intenta tranquilizarme. Los primeros treinta minutos parezco un autómata de lo rígida que estoy. Cada vez que Rudy se tiene que acercar a mi cuerpo, yo me pongo tensa y Thomas grita desesperado.
—¡No, my darling! Cierra los ojos, siente la brisa marina, déjate llevar con las caricias de Rudy.
Yo asiento una y otra vez. Y Eric lanza una foto tras otra, pero ninguna agrada por completo a Thomas. Llego a pensar que les estoy defraudando, que querrán prescindir de mí. Debido a esos pensamientos me pongo aún más nerviosa y me equivoco en todo lo que me indican. Hay un momento en que me tropiezo y caigo encima de Rudy, el cual se echa a reír. Está teniendo más paciencia que un santo. Aunque he de decir que Thomas también, porque además África no ha venido aún y no puede hacer las fotos en las que participa ella. Y encima cada vez que desvío la vista para mirar a Abel, lo descubro con su sonrisita de autosuficiencia. ¿Se está burlando de mí o qué? ¡Será gilipollas!
Pasado el mediodía, Thomas avisa a todo el equipo para que empiecen a recoger. Se acerca a Eric, Rudy y a mí secándose el sudor. Se le ve muy agitado.
—Guys, tendremos que repetir mañana. Por suerte, dejé un día entre la sesión y la fiesta por si lo necesitábamos.
Cuando ya estamos a punto de meternos en las furgonetas, aparece África en un taxi. Se apea y viene corriendo hacia nosotros con sus inseparables gafas de sol. Thomas la grita agitando los brazos de un lado a otro y ella sólo sonríe.
Abel está a mi lado y noto que se pone tenso. Voy a preguntarle lo que sucede cuando África gira el rostro hacia nosotros y, de repente, suelta un gritito de alegría. Se quita las gafas de sol al tiempo que corre en nuestra dirección. Pienso que va a abrazarme o algo similar por salvarle el culo, así que me quedo con la boca abierta cuando se lanza a los brazos de Abel. Él no se lo devuelve, pero sí los dos besos que ella le da. No para de gritar, así que no la puedo entender bien.
—¡Así que Abel es tu novio! Qué calladito te lo tenías… –Me guiña un ojo y después se pone las gafas–. ¿Te lo puedo robar unos minutos? Hace mucho que no hablamos.
Y dicho esto lo coge del brazo y se van caminando por la playa. Él se gira hacia mí con ojos suplicantes. Ah, ya se le ha borrado esa sonrisa condescendiente, ¿eh? ¡Pues que le den! En ese momento alguien se sitúa a mi lado. Es Eric, el cual me mira con un gesto extraño.
—No lo sabías, ¿no?
Arqueo las cejas en señal de incomprensión. Él me apoya la mano en el hombro y dice:
—África y él salieron juntos un tiempo.
¿Quééé? ¿Pero con cuántas mujeres con las que ha estado me voy a encontrar? ¡Esto ya es el colmo! Entonces por un momento pienso si es ella la mujer que llamó el otro día. Pero no puede ser… No parece la misma voz, aunque es verdad que hay gente a la que le cambia por teléfono.
Cojo mi bolso con un rugido y echo a andar sin siquiera esperar a Eric.