29
La rata hundió sus incisivos con avidez. De inmediato, el ojo se tiñó de rojo. El intenso azul del iris se tornó lila y finalmente parduzco. La herida abierta comenzó a sangrar con abundancia, atrayendo a las demás ratas, que se lanzaron ansiosas a disputar el jugoso botín. Entre chillidos agudos estiraron del párpado hasta rasgarlo, buscando la manera de dejar el globo ocular al descubierto. Porfiaron hasta conseguir extraer el ojo de su cavidad, únicamente unido por unos músculos retorcidos. Todas mordieron a la vez con fuerza, desgarrando la esclerótica, que se rajó de parte a parte. Del interior del ojo manó un humor espeso como la resina, que las ratas devoraron con fruición…
Gerard se despertó sobresaltado. Encendió la luz y miró la hora en el reloj.
Las dos y media de la madrugada.
Respiró hondo.
Su corazón latía desbocado, y sentía un dolor sordo en las sienes. Saltó de la cama y se paseó por la habitación, intentando controlar la angustia. La imagen era tan nítida y espeluznante que no conseguía apartarla de su memoria. Tenía, además, la horrible sensación de que no se trataba de una simple pesadilla, el resultado de una mala digestión. Era un sueño premonitorio.
Tras unos minutos, en los cuales no consiguió tranquilizarse, sino todo lo contrario, se vistió con rapidez y salió a la calle. Había cogido las llaves del coche sin pensar, así que su subconsciente ya había decidido qué iba a hacer. Sentado frente al volante, pensó en llamarla por teléfono, pero se contuvo. Quería verla, necesitaba verla. Sorprenderla. Mirarla a los ojos y descubrir si se enfrentaba a una asesina o a una víctima. Sabía que corría el peligro de ser engañado, pero no le importaba. Ya no actuaba como policía; no estaba sujeto a una investigación que lo obligaba a actuar con objetividad, cosa que no había hecho en ningún momento. Era consciente de que su comportamiento no había sido correcto, pero justamente en aquel momento no debía rendir cuentas a nadie más que a sí mismo. Alguna ventaja le tenía que reportar haber sido suspendido de empleo y sueldo.
Gerard golpeó el volante con la mano, intentando liberar la rabia y la impotencia que sentía.
Era un estúpido.
Aunque ahora no tuviese en su poder la placa de policía, no podía esquivar su responsabilidad. Lo sabía. No había dejado de ser un policía, tan solo había dejado de cobrar por ello.
Se puso el cinturón de seguridad y arrancó el motor.
Cruzó el peaje de Sant Celoni y su pie apretó el acelerador hasta que la aguja del velocímetro marcó ciento ochenta. En aquel momento ansiaba infringir todas las leyes, códigos y reglamentos posibles. Era una reacción pueril, digna de un imbécil rematado, y lo sabía.
Respiró hondo y redujo la velocidad.
De nada serviría convertirse en un peligro público, en un descerebrado al volante. Ya había cometido suficientes equivocaciones en un solo día. El que tenía que estar expedientado era Manzano, pero el muy cabrón tenía la gran suerte de haberse tropezado con él, que era un memo. No podía ir por el mundo como un Harry el Sucio cualquiera; un justiciero de pacotilla. Aquello solo funcionaba en las películas. Le había saltado dos dientes a un hijo de puta y ahora pagaba las consecuencias. Que fuera un hijo de puta era lo de menos. Lo de más es que era inspector.
Claro, que tal vez… no le cayesen más que un par de meses de sanción.
Gilipollas.
El recuerdo de Lucrecia, en la editorial, esposada al asiento y con los pantalones mojados le hizo rechinar los dientes. Ahora ella tendría que enfrentarse de nuevo al maldito inspector Manzano, que tendría carta blanca para cometer todo tipo de abusos, amparado por el intendente Serra. Menudo par de buitres. Además, no solo se habían librado de él, sino también de Teresa Valls.
El mundo era un jodido lugar.
La autopista estaba desierta a aquellas horas, y aún faltaban unos minutos para las cuatro de la madrugada cuando llegó a Barcelona. A la altura de La Trinitat, tomó la Ronda de Dalt y la abandonó en la salida de Sant Andreu. Tardó diez minutos más en llegar hasta la placeta donde vivía Lucrecia Vázquez, y allí pudo aparcar el coche. Salió al exterior e inspiró profundamente mientras alzaba la mirada y descubría una luz que provenía de su piso.
Estaba despierta.
Un solo y breve timbrazo fue suficiente para que ella contestase. Cuando la vio, esperándolo en el rellano, le impresionó el cambio que había sufrido en unas pocas horas. Estaba tensa y su rostro se crispaba en una mueca brusca, dolorosa, de terrible sufrimiento.
—Manzano ha estado aquí —le anunció.
Gerard llegó hasta ella y la observó en silencio. Lucrecia le devolvió una mirada iracunda.
—Es un cabrón —aseguró—. Todos lo sois.
Gerard no pensaba rebatirlo. Es más, casi estuvo tentado de darle la razón. Pero se limitó a proseguir, imperturbable.
—¿Qué te ha dicho?
—Que me presente mañana en comisaría, que me tomaran declaración. Y que no se me ocurra hacer ninguna tontería.
—¿De qué tipo?
—No lo sé. —Lucrecia agitó los brazos—. ¿Llevarle unas cuantas ratas hambrientas para que se lo coman? ¡Mierda, mierda, mierda!
El exabrupto resonó en el rellano y Gerard le hizo un gesto para que entrasen dentro del apartamento. Ella se negó.
—No quiero que entres, ya estoy harta de policías. Además, sé que te han sancionado, así que ni siquiera tienes derecho a preguntarme nada.
—No, no tengo derecho.
Durante unos segundos, ella lo apuntó con un dedo amenazador, que después se agitó con furia.
—¿Tú también crees que he matado a Alejandro?
Gerard la miró, sombrío.
—¿Por qué me lo preguntas? —le espetó—. Si no tengo derecho a interrogarte, tampoco lo tienes tú. Estamos en igualdad de condiciones.
Lucrecia se estremeció de furia y golpeó los puños entre sí.
—Lo sé. Pero ¿lo crees?, ¿lo crees?, ¿lo crees?
—¿Me preguntas si creo que eres una psicópata asesina? —Gerard se encogió de hombros—. ¿Y por qué no? Mírate. —Ahora fue cruel, todo lo cruel que no había sido antes—. La pinta de loca la tienes toda.
Lucrecia lanzó un bufido y el brazo se disparó como un resorte. No fue un tic, fue una bofetada sonora, que Gerard recibió sin inmutarse. Ella lo miró desafiante durante unos segundos, esperando recibir otro tanto. O más. Era lo que le había sucedido siempre, toda la vida. Pero Gerard no se movió. Se limitó a mantenerle la mirada, con la mejilla enrojecida. Lucrecia se volvió bruscamente, dispuesta a entrar en el piso y cerrarle la puerta en las narices, pero Gerard fue más rápido. La tomó del brazo y la atrajo con fuerza hacia él.
—Basta de juegos, Lucrecia —masculló—. Si quieres que te ayude, tienes que decírmelo todo. Todo. O te dejo tirada y ya te las apañarás con el hijo de puta de Manzano.
Lucrecia parpadeó y su rostro se crispó de nuevo. La ira había cedido, y daba paso a una emoción mucho más intensa y dolorosa. Los ojos se le llenaron de lágrimas que ella ya no pudo contener.
—Tengo miedo —murmuró.
Gerard tragó saliva. Aquella era la auténtica bofetada, certera como un disparo en la nuca. Su sospecha estaba confirmada, y con ella, la opresión sorda del horror.
—¿De qué? —preguntó, aunque conocía de sobra la respuesta.
—De ser la siguiente.
Gerard asintió con lentitud. Tardó unos segundos en contestar, en sincerarse.
—Por eso estoy aquí —dijo.
—¿Tú también… lo piensas?
—Es una posibilidad —contestó Gerard maldiciéndose a sí mismo por su estúpida respuesta.
—Es una posibilidad… —repitió Lucrecia, como hipnotizada.
—En realidad, no tengo nada claro —rectificó Gerard—. Quería venir a verte y he venido, eso es todo.
—Yo… te lo agradezco.
—Pero quiero que seas sincera conmigo, que me expliques todo lo que me has ocultado hasta ahora. Si tengo que ayudarte, necesito confiar en ti.
Lucrecia se pasó el dorso de la mano por el rostro y se secó las lágrimas. Luego hizo un leve gesto con la mano, invitándolo a entrar. Nada más cerrar la puerta, comenzó a hablar.
—Pensé que Ramón Aparicio había tenido algo que ver con la muerte de Dana Green. Y fue asesinado —confesó—. Y más tarde pensé lo mismo de Alejandro…
Gerard asintió.
—¿Por qué desconfiabas de Ramón Aparicio? —le preguntó.
—Nunca me lo dijo, pero sé que él odiaba a Dana. —Lucrecia se dejó caer en un sofá—. Estaba como preso en su red, totalmente sometido a sus antojos. Dana Green hacía y deshacía en la editorial, y Ramón obedecía como un corderito, cuando ella era una mujer inculta y zafia, incapaz de escribir dos líneas. Todos lo sabíamos, y no podíamos entender por qué Ramón se desvivió por crearle un nombre y una carrera literaria. —Lucrecia tomó aliento—. Yo siempre pensé que Dana sabía algo de la vida de Ramón Aparicio que, si lo explicaba, lo hubiera destrozado por completo.
—No ibas mal encaminada —repuso Gerard—. ¿Y Alejandro? ¿Por qué sospechaste de él?
Lucrecia asintió con vigor varias veces, como si se estuviese dando ánimos a sí misma. Entonces, con decisión, se levantó del sofá y fue en busca del teléfono móvil. Gerard la miró extrañado.
—El día en que murió Ramón… —Lucrecia manipuló el teléfono, buscando los mensajes guardados en el buzón de voz—. Yo estaba en la editorial, ya lo sabes… y Alejandro tenía una entrevista en la televisión.
Gerard enarcó una ceja, interesado.
—Cuando salió de los estudios me llamó por teléfono —prosiguió—. Ni siquiera me enteré. Al día siguiente, cuando salí del hospital, descubrí su mensaje en el buzón de voz.
—¿Y?
Lucrecia le ofreció el teléfono.
—Escúchalo.
Gerard obedeció, intrigado. De inmediato oyó la voz almibarada al argentino. El mensaje era tan breve que en una primera audición no llegó a asimilarlo del todo. Lo escuchó dos veces más.
«Lo siento, princesa. Yo sé que sos inocente, pero hoy no puedo hacer nada por vos. Pase lo que pase, que sepás que se sabrá la verdad, toda la verdad».
Gerard le devolvió el móvil con un gesto de asentimiento. Estaba convencido de que ambos habían interpretado de igual forma las palabras del argentino.
—¿Tienes más mensajes? —le preguntó.
—No. —Lucrecia tardó unos segundos en proseguir—. Es más, me sorprendió que tuviese mi número de teléfono. Yo no recordaba habérselo dado, y, en todo caso, no me había llamado nunca.
Durante unos instantes, ambos permanecieron en silencio. Fue Gerard quien lo rompió, poniéndole voz a sus pensamientos.
—Antes de ir al programa, Alejandro ya sabía que Ramón Aparicio estaba muerto. Y sabía quién lo había matado —aseguró—. Si no lo hizo él mismo.
—Eso pensé.
—¿Y por qué no quisiste explicármelo?
—Podía ser una sospecha sin fundamento —confesó Lucrecia—. Alejandro siempre hablaba así, utilizando palabras grandilocuentes. Presumía de tener un sexto sentido, de percibir las energías negativas y todas esas cosas. No era fácil tomárselo en serio.
—En este caso, sí. Aquí sabía lo que decía.
—Pero… él no pudo matar a Ramón Aparicio.
—¿Por qué no?
—Es evidente que él no era el asesino. Ha sido su última víctima.
—No es evidente, Lucrecia. Nada es evidente. Y en todo caso, si no era el asesino, es muy posible que lo conociese y confiara en él. Al escucharle no he notado inquietud en su voz. Estaba tranquilo.
—Eso es cierto —concedió ella—. Por la hora en que me envió el mensaje deduzco que acababa de salir del programa. Si fue allí donde supo de la muerte de Ramón, no le había afectado gran cosa.
—¿Viste las imágenes? Yo no he tenido tiempo.
Lucrecia asintió.
—¿Y qué te pareció?
—No me atrevería a afirmarlo con seguridad. Parece que sufre un ataque de nervios, e incluso llega a desplomarse y tienen que llamar a un médico. Pero yo sé que Alejandro era un actor convincente. En las presentaciones de sus libros se vendía como un gurú de la autoestima sin el más mínimo sentido del pudor o del ridículo. No era más que una interpretación estudiada para vender más libros.
—Así que pudo fingir el ataque de nervios.
—Sí.
—Estoy seguro de que Alejandro sabía que Ramón Aparicio estaba muerto —aseguró Gerard—. O lo mató él o ayudó al asesino a hacerlo.
—¿Por qué? ¿Qué razón podía tener Alejandro Paz para matar a Ramón? No lo entiendo. —Lucrecia meneó la cabeza, angustiada—. Y si ayudó al asesino…, ¿quién podría ser?
Gerard no contestó. Por ahora él era el único que hacía las preguntas.
—Es posible que fuese alguien muy cercano —repuso—. ¿Qué sabías de su vida?
Lucrecia negó con la cabeza.
—¿Y de sus orígenes? —insistió Gerard—. ¿Sabes si nació en Argentina?
Lucrecia volvió a negar.
—Tienes que entenderlo —se disculpó ella—. A mí no me apetecía explicar nada de mí, ni de mi pasado, así que siempre esquivé cualquier acercamiento con Alejandro o con cualquier otra persona de la editorial. Me tenían por un bicho raro, pero eso no me importaba.
—A pesar de eso me hablaste muy bien de Alejandro Paz. Creo que dijiste que era tu protector o algo parecido —apuntó Gerard—. ¿Cómo podías apreciarlo tanto si no lo conocías de nada?
—Es difícil de explicar. —Lucrecia suspiró—. Desde el primer momento en que entré en la editorial, yo noté que él quería ayudarme. No sé… Es muy extraño, pero tengo la sensación de que él sí que me conocía a mí.
Gerard se pasó las manos por el rostro, en un gesto de cansancio.
—¿Te conocía? —repitió—. ¿De qué?
—No lo sé. Nunca quise hablar de ello. Alejandro me protegía, y eso me bastaba.
—Sé que piensas algo, dilo.
Lucrecia chasqueó la lengua.
—Es una estupidez. Verás, yo he estado en muchos centros de acogida. Tal vez…
—Coincidisteis en alguno de ellos.
—Lo pensé, pero no es posible, Alejandro era argentino.
—Alejandro había vivido en Argentina, pero no sé si nació allí. No hemos conseguido su partida de nacimiento.
De nuevo, el silencio se adueñó de ambos. Tal vez pasaran solo unos segundos, o tal vez fueron unos minutos. El sonido irritante de un despertador los sobresaltó.
—Mierda, ya son las cinco —gruñó Lucrecia mientras se levantaba de un salto y se dirigía a la habitación a parar la alarma. Por alguna razón, se demoró en el cuarto, y Gerard se recostó en el sofá y cerró los ojos, abandonándose a un estado de pesada somnolencia. Cuando abrió los ojos de nuevo, le sobresaltó ver a Lucrecia ante él con un envío de Correos en las manos.
—Ayer recibí este paquete —le dijo.
Gerard lo miró y la miró a ella, alternativamente. Estaba aturdido y tardó unos instantes en reaccionar.
—¿Qué es? —preguntó con voz ronca—. ¿Por qué me lo enseñas ahora?
—Lo tenía guardado. Perdona.
Con pesadez, Gerard se reincorporó y tomó el paquete de manos de la muchacha. Apartó el envoltorio de papel de embalar y sacó de su interior un manuscrito encuadernado. Al leer el título y el nombre del autor, el sopor desapareció de repente.
RATAS
Lucrecia Vázquez Iglesias
—Dime qué es esto, Lucrecia. —Su voz sonó acerada, fría.
—Sabía que desconfiarías de mí —se lamentó ella—. Lo sabía. Pasé toda la tarde pensando en enseñártelo, pero imaginé que eso no haría más que complicar las cosas…
—¿Qué es? —repitió Gerard, impaciente.
—¿Recuerdas la sinopsis que te llevé a comisaría?
—Sí.
—Es el manuscrito completo.
—¡Maldita sea! ¡Lo has escrito tú!
—No, juro que yo no lo he escrito.
—¿Y por qué lleva tu nombre?
Lucrecia negó con la cabeza.
—¿Por qué te lo han enviado? —insistió Gerard—. ¡Explícamelo!
Lucrecia negó una y otra vez.
—No lo sé, no lo sé, ¡no lo sé!
—¿Quién te lo ha enviado? ¿Tampoco lo sabes?
—No.
Gerard observó el trozo de papel arrugado y adherido al papel de embalar en el que el remitente escribía el nombre y dirección de Lucrecia. La letra era muy tosca e insegura, propia de una persona sin estudios.
—Desde luego, el que escribió el manuscrito no fue quien te lo envió.
Lucrecia asintió.
—Yo también llegué a esa conclusión, pero nada más. Como puedes ver, es un envío anónimo. Lo único que puedes descubrir es la oficina desde donde fue remitido. Míralo —dijo Lucrecia mientras le mostraba la pegatina de Correos sobre el papel de embalar.
OULEIRO – LUGO
—¿De qué conoces Ouleiro? —le preguntó Gerard casi sin aliento.
—De nada —respondió Lucrecia encogiéndose de hombros—. Lo he buscado por internet y es un pueblecito perdido en lo alto de la montaña. No he estado en mi vida y no creo que conozca a nadie de allí.
—Tú eres gallega —murmuró Gerard mecánicamente.
—¿Y qué? —Lucrecia agitó las manos con furia—. ¿Y qué? ¿Y qué?
Gerard le hizo un gesto para que se apaciguase.
Ouleiro…
Estaba convencido de que ella no conocía al misterioso remitente, y de que le estaba diciendo la verdad. Además, ahora tenía una pieza del puzle, y no era una pieza cualquiera. Había conseguido una parte del personaje central; ese personaje anónimo que se esfumaba como aire, pero del cual comenzaba a intuir el perfil.
Ángel y el remitente de aquel envío eran la misma persona.
—Tranquilízate —le dijo Gerard, hojeando el manuscrito—. Dime, ¿lo has leído?
—Sí.
—Explícame.
—Desarrolla la sinopsis —respondió Lucrecia, lacónica—. Ya sabes, la historia de un niño abandonado al nacer, que fue devorado por las ratas y se convirtió en un asesino.
—¿Cómo acaba?
—No tiene final.
Gerard tragó saliva.
—¿Se supone que tienes que escribirlo tú? —le preguntó.
Lucrecia ocultó el rostro entre las manos y negó con vigor.
—No lo sé, no lo sé, no lo sé…
En un gesto instintivo, él le acarició el cabello.
—Lo siento, Lucrecia —murmuró—. Es todo tan complicado…
Al cabo de unos instantes, ella levantó la mirada. Suspiró varias veces, intentando tranquilizarse.
—Te diré algo, es lo único de lo cual estoy convencida.
Gerard la animó con un gesto.
—Verás… Sé que Alejandro Paz no escribía sus manuales de autoayuda.
No era lo que esperaba, pero Gerard ocultó su decepción.
—¿Qué quieres decir?
—Que tenía un negro literario.
—¿Por qué lo sabes? ¿Él te lo dijo?
—No era necesario. Cuando conoces en persona a un escritor, y le has oído hablar, le identificas en sus escritos. Yo sabía que Alejandro no podía ser el autor de sus obras. Él era incapaz de hablar castellano, por mucho que se esforzase. Sus construcciones gramaticales eran las propias de un argentino.
—¿Y eso qué tiene que ver con el manuscrito? —le preguntó, impaciente.
Lucrecia tragó saliva.
—Reconozco el estilo.
—¿A qué te refieres?
—Este manuscrito está escrito por la misma persona que le escribió todas sus obras.
—A ver si lo entiendo. ¿Me estás diciendo que está escrito por el negro de Alejandro Paz?
—Sí.
—¿Y por qué crees que te lo ha enviado?
—Supongo que… Alejandro se lo pidió.
—¿Con qué fin?
—Alejandro quería que yo consolidase mi carrera literaria con un buen título. —Lucrecia tragó saliva—. Esta obra está bien escrita, lo reconozco.
—¿Y por qué lo haría?
Ella tardó unos segundos en contestar.
—Tal vez quiso hacerme un regalo.
Gerard se llevó las manos a la cabeza mientras asentía amargamente.
—Escritores… —murmuró con desdén—. Estáis locos de remate.
—Pero… ¿me crees? —le preguntó Lucrecia, vacilante.
—Por supuesto —asintió Gerard, sombrío—. El argentino te legó un bonito regalo… póstumo.