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Erika permanecía recluida en la habitación de sus padres. Se había adueñado de un rincón del dormitorio donde había un sillón orejero. Sufría una especie de shock o catarsis profunda influenciada por un fuerte estado de desmoralización. No reaccionaba a los consejos de su padre ni a las dulces y tiernas palabras de su madre. Se había encerrado en sí misma de tal manera que no atendía a la llamada de los gemelos y mucho menos a las múltiples solicitudes de Juan Carlos para mantener una conversación.

Y lo peor era que aquella especie de extraña depresión le producía una inapetencia total que la llevaba a rechazar cualquier alimento que le acercasen a la boca. Lena de Cock apenas lograba mojarle los labios con zumos de fruta. Envuelta en una colcha y acurrucada en aquel sillón, daba la impresión de que había empequeñecido. Su mirada era fija y obsesiva, aunque se notara en sus ojos un continuo movimiento de las niñas como consecuencia de un cerebro que no cesaba de pensar. A solicitud de Juan Carlos, Aetos y Moses habían mantenido una larga reunión con Lukas de Cock. Se habían citado en un café cerca de la pensión. Allí, e insistiendo firmemente en la absoluta confidencialidad de la conversación, los gemelos le habían explicado con todo lujo de detalles las aspiraciones de Armand Rousseau con respecto a Juan Carlos en la entrevista mantenida en el hotel Ritz de la place Vendôme. El padre, preso de las dudas debido a la imagen y fama de Don Juan que mantenía Rousseau, no terminaba de comprender lo ocurrido, pero acabó por prometer que haría lo que estuviera en sus manos por solucionar aquella desgraciada situación. El mayor problema lo representaba el muro que se había creado en su mente Erika, una fuerte y terrible barrera que rechazaba todo intento de acceder a su cabeza e incluso a su memoria.

Su extraño mundo se había reducido a rememorar, una y otra vez, la escena vivida en la suite del empresario. La secuencia se repetía de manera continuada, en un circuito cerrado, como si se tratara de un metro de celuloide con una escena filmada que se hubiera convertido en un círculo sin fin. Las imágenes pasaban por delante de sus ojos sin cesar y sin que se produjera en ella ninguna reacción. Totalmente enganchada con la escena, dejaba pasar las horas. De vez en cuando se quedaba medio dormida, y era entonces cuando se producían en ella ciertos desahogos, ya que se oían procedentes de su garganta tenues lamentaciones que más tarde se convertían en llanto. Cuando esto ocurría, Lena, con un pequeño pañuelo, se encargaba de secarle las lágrimas que mojaban sus mejillas y sus ojos.

Todo intento de acercarse a ella resultó infructuoso para Juan Carlos. El matrimonio De Cock se negaba rotundamente a su presencia en la habitación, sobre todo Lena, quien no se había separado de su hija durante las últimas cuarenta y ocho horas. Ella no sabía qué era lo que le había ocurrido a su niña, pero sospechaba que se trataba de algo relacionado con una decepción o desengaño y que tenía que ver con Juan Carlos. Si de algo estaba segura Lena era del maravilloso idilio que estaba viviendo su hija los últimos días. Tanto era así que, aun sin demostrárselo, el joven se estaba convirtiendo en un ser querido para el matrimonio por ser la causa de la felicidad de su hija única. Habían sentido en sus corazones la ilusión que les contagiaba Erika y la suya propia por ganar un hijo, ese hijo que nunca tuvieron. Y ahora se encontraban tan decepcionados como su hija.

Juan Carlos, a quien aquella situación estaba llevando a la desesperación, sabiéndose inocente pero irremediablemente implicado en ella, hizo cuanto pudo por aclararles a los padres a través de los gemelos tanto su inocencia como su profundo amor y disposición para colaborar y ayudar en la recuperación de Erika. Pero en aquellos momentos él era el malo de la historia, el creador de la situación, el único culpable de la enfermedad de Erika. Por eso su cabeza no cesaba de dar vueltas en busca de algo positivo que hacer para ayudar. Quería sacar a Erika de aquel mundo que su imaginación había creado y pensaba en mil maneras de acercarse a su mente o a su corazón, pero ninguna lo convencía. Llegó a imaginar su propio suicidio como un impacto que podría causar en ella un efecto salvador, pero en seguida pensó que desvariaba hasta el punto de caer en el ridículo.

Así, buscando soluciones, recordó al doctor Fuvert, médico psiquiatra y admirador de su trabajo en el trapecio, a quien por sus propias peticiones y durante una de sus temporadas de presentaciones en París había concedido varias entrevistas de carácter estrictamente médico con las que el galeno trataba de investigar cuáles eran los pensamientos de Juan Carlos y qué era lo que sentía en los precisos momentos en que se jugaba la vida a quince, veinte o veinticinco metros de altura.

Recordaba que entre las muchas pruebas a que lo sometió, durante una de las muchas entrevistas lo hipnotizó y lo retrotrajo a la edad de cinco años. No olvidaba aquella experiencia por el hecho de que en su transcurso había confesado acabar de comerse dos empanadillas de dulce de boniato, algo que le gustaba con locura y que su madre hacía como nadie en el mundo. Al despedirse tras la última sesión, el doctor, que demostraba haber quedado profundamente agradecido, le pidió una autorización firmada para publicar parte de aquellas entrevistas en un futuro libro que pensaba editar, autorización que Juan Carlos firmó. Y lo que en aquel momento recordaba con la mayor alegría eran las últimas palabras del médico al despedirse: «Si en algún momento necesitas consejo profesional, no dejes de buscarme.» Ahora era el momento de utilizar aquella vieja relación, suponiendo que Fuvert siguiera existiendo, estuviera en París y se acordase de él. Pero pensando en que no hay peor gestión que la que no se realiza, se puso en marcha dispuesto a dar con aquel importante doctor. Afortunadamente, en la primera guía de teléfonos que consiguió halló un doctor Fuvert especialista en psiquiatría. Tenía que ser el mismo. Anotó la dirección y, calculando que la consulta no quedaba demasiado lejos, decidió acercarse y hablar personalmente con él.

Las dudas que albergaba Juan Carlos en cuanto a que el doctor no le reconociera se disiparon de inmediato: no sólo se acordaba de él, sino que demostró un gran entusiasmo al reconocerlo. Una vez informado de la razón de su visita, el médico reajustó con su secretaria los compromisos del día y se dispuso a visitar a Erika aquella misma tarde. A las siete en punto llamaba Juan Carlos a la puerta de la habitación de los padres de la muchacha. Lukas abrió y le miró con desagrado. Inmediatamente se oyó la voz de Lena preguntando quién llamaba. Cuando Lukas mencionó el nombre de Barrachina, se oyó la voz indignada de Lena negándose a recibirlo. Lukas intentó cerrar la puerta, lo que no llegó a conseguir, ya que un pie de Juan Carlos se lo impidió.

—Este caballero es el doctor Fuvert —dijo—, es uno de los más importantes especialistas de Francia. Es conocido mío y, a pesar de su apretada agenda, ha sido tan amable de acercarse a ver a Erika...

Lena se acercó a la puerta y se quedó mirando descaradamente al médico. Tras observarle detenidamente, abrió la puerta del todo.

—Usted sí, pero él no —dijo la mujer tajantemente señalando a Juan Carlos.

El médico no perdió la ocasión. Entró en la habitación, dejó el sombrero sobre una mesita, cogió una silla y, acercándola al rincón donde estaba Erika, se sentó frente a ella. Acto seguido abrió su maletín de mano y, sacando una linterna, iluminó los ojos de la joven, en cuyo examen se entretuvo un buen rato. Después, con las yemas de los dedos fue palpando y presionando distintas zonas de la cabeza de la muchacha. Revisó también las cervicales, a las que prestó especial atención, y finalmente, tras palpar la parte frontal de la garganta, pidió a Erika que abriera la boca. Para sorpresa de Lena, Erika obedeció.

—¿Pueden explicarme por qué está en estas condiciones? —preguntó el galeno mientras observaba el interior de la garganta de Erika.

Lukas y Lena de Cock se miraron sin saber qué decir.

—En realidad no lo sabemos —contestó Lena al fin, consciente de que el doctor esperaba una respuesta—. Sospechamos que el culpable es el joven Barrachina...

—¿Por qué? —preguntó Fuvert volviéndose hacia el matrimonio.

—Bueno —dudó Lena confundida—, en realidad pensamos que algo ha debido de pasar, y como están enamorados...

El doctor Fuvert fue hasta la puerta de la habitación, la abrió y, con gesto autoritario, obligó a entrar a Juan Carlos.

—Supongo que todos desean que esta joven se recupere —dijo inmediatamente franqueando el paso al joven.

—Por supuesto —se apresuró a decir Juan Carlos.

—Pues entonces necesito conocer los antecedentes. Sin ellos no puedo trabajar.

El médico tomó asiento y paseó su mirada por todos los presentes en espera de información. Entonces, Juan Carlos, viendo el cielo abierto ante la oportunidad de aclarar el entuerto, le explicó a Fuvert su relación con Erika y lo sucedido en el hotel Ritz y después en la calle con todo lujo de detalles. Aclaró que ella era lo más importante en su vida e insistió en que no estaba dispuesto a perderla por nada de este mundo.

El médico analizó el caso y se tomó unos instantes antes de preguntarle al matrimonio De Cock:

—¿Piensan colaborar?

Lena miró al suelo avergonzada antes de responder:

—Después de esta aclaración, con más razón...

—Bien —dijo Fuvert—, pues pongámonos en marcha.

Al momento, el doctor sacó de su maletín una ampolla y una jeringuilla.

—Va a dormir diez o doce horas —dijo Fuvert inyectando el medicamento en el brazo de la joven—. Mañana a primera hora la llevan a mi consulta.

Al día siguiente, Juan Carlos y el matrimonio De Cock siguieron las instrucciones del doctor Fuvert, que les pidió autorización para aplicar una pequeña tanda de descargas eléctricas de baja intensidad a la muchacha. Después de asegurarles que era lo mejor para ella, autorizaron ese procedimiento y se procedió a la aplicación.

Cuando hubo terminado, y mientras ella reposaba en una sala de recuperación, el médico les explicó que Erika perdonaría a Juan Carlos por propia decisión. Pero, hasta entonces, debía continuar con sus padres. Juan Carlos lo comprendió y aceptó respetar las reglas.

Antes de despedirse, el trapecista preguntó a la secretaria por los honorarios, pero el doctor Fuvert le había dado la orden de responder que era él quien estaba en deuda con Juan Carlos. Más tarde, aquel mismo día, el galeno recibió una invitación para asistir a la gran gala de la Cruz Roja, a la que éste prometió asistir con su esposa.