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Cualquiera que visitase el comedor esa noche pensaría que en el hotel Metropol se estaba rodando una película. Las mesas estaban ocupadas por atractivos personajes totalmente fuera de su época: aquí un Nerón, allá una Cleopatra, más allá un Sancho Panza... Lo curioso era que Nerón lucía su túnica bajo una capa de armiño; Cleopatra, además de un vestido ceñido de gran escote, llevaba una casaca de húsar, y Sancho Panza cubría su chaleco de piel con un sarape mexicano. Consciente del frío que reinaba en Berlín e impactado por la tragedia que vivían aquellos ancianos, el gordo Cort, tan respetuoso hasta ese momento con lo que se guardaba en aquellos almacenes, había puesto en manos de Erika parte del vestuario de las pasadas producciones del circo sin dudarlo ni un momento. El espectacular y absurdo lujo de las vestimentas de los comensales se convertía en trágica realidad al observar el contraste que ofrecían con los camareros, quienes servían las mesas vistiendo abrigo, bufanda, guantes y gorro debido a la falta de calefacción en el hotel.

El menú, por otra parte, no sorprendía a nadie: sopa de col hervida, salchichas al vapor, pan de centeno y agua. Eso sí, todo servido con una clásica cubertería francesa y en vajilla de fina porcelana y cerámica Rosenthal.

Juan Carlos, sentado en una mesa junto a Aetos y Moses, trataba de calmar las quejas de ambos a causa del mal olor que despedían los abrigos de piel de pantera.

—El tuyo huele a sudor de canguro australiano —aseguró Moses mirando a Aetos con gesto de asco.

—Pues el tuyo debió de pertenecer al mismo canguro, pero después de muerto —le respondió su gemelo.

—Entre el olor a sopa de col que sale de la cocina y el que despiden vuestros abrigos, más que una cena esto parece un concurso de pedos de león... —añadió Juan Carlos, muerto de risa.

—Dicen que nada perdura tanto en el recuerdo como el olor —comentó Moses.

—Pues espero no volver a recordar esta noche jamás en mi vida —sentenció Aetos.

Juan Carlos, tras volver a la seriedad y observando el comportamiento de todos y cada uno de aquellos artistas en el ocaso de sus vidas, comentó a los gemelos:

—Más tarde os informaré de una idea que me ronda la cabeza, y quiero vuestra opinión al respecto. O quizá sea mejor que os lo comunique a todos al mismo tiempo, aunque antes quiero saber algo más sobre estos ancianos. Por ejemplo, Aetos, tú que conoces los antecedentes de todos, cuéntame cosas de sus vidas.

—¿Alguna en particular?

—Lo cierto es que necesito estar al tanto de todas.

—¿Ahora trabajas para la Gestapo?

—¿Tengo yo cara de eso? —respondió Juan Carlos con una sonrisa irónica.

Aetos, tras recorrer con la vista a todos los ancianos, se quedó ensimismado con la anciana disfrazada de Cleopatra. Preguntó a Juan Carlos:

—¿Quieres escuchar una triste historia?

—Debo escucharlas todas.

—Pues mira a Cleopatra y presta atención: se llama Linda Borge, o al menos con ese nombre era conocida como trapecista. Nunca pude verla actuar ni jamás coincidimos en el mismo espectáculo, pero aquellos que la vieron coinciden en que nadie la superaba en equilibrio sobre el trapecio.

—Sé quién es —comentó Juan Carlos—, pero sólo conozco su historia profesional. Dicen que era muy buena.

—Más que buena —agregó Moses—. Los que la vieron en el trapecio suelen decir que se jugaba la vida en cada representación.

—Hay quien dice que en sus últimas actuaciones buscaba la muerte continuamente —prosiguió Aetos—. En ese aspecto... creo que se asemejaba bastante a ti.

Las palabras «buscar la muerte» trajeron a la mente de Juan Carlos el recuerdo de su amigo el Nanu, herido y abandonado en aquella playa levantina, pero en seguida apartó esos pensamientos y preguntó:

—¿Qué razón tenía para hacerlo?

—A ello vamos —prosiguió Aetos. Y, buscando acomodo en la butaca, continuó—: Nunca la he visto reír, ni siquiera sonreír. Es poco comunicativa y apenas habla. Eso sí, bebía como un cosaco, aunque siempre después de terminar su actuación. Cuando llegó a la Casa del Artista acababa de finalizar un período de rehabilitación hasta que un día a la hora de almorzar, al poco de su ingreso, fui a mi habitación a por cigarrillos y al abrir la puerta me la encontré tirada en el suelo completamente borracha. En un descuido de la enfermera se había bebido parte de una botella de alcohol del dispensario y, equivocándose de dormitorio, se había metido en el nuestro. Traté de levantarla del suelo, pero se agarró a mis piernas con esa increíble fuerza que despliegan las personas bajo los efectos del alcohol y me pidió que la escuchara. Primero me agaché para, más tarde, terminar sentado en el suelo a su lado mientras ella, llorando como una niña, se desahogó narrándome la tragedia que arruinó su vida.

—Me tienes intrigado.

—No me digas que no conocías la historia de la trapecista borracha —comentó Moses—, porque dentro del ambiente artístico de Berlín la han oído hasta los gatos.

—No soy hombre que se interese por la vida privada de los demás —se excusó Juan Carlos con una sonrisa—, a no ser que tenga un motivo justificado, como sucede ahora.

Aetos, con exquisita delicadeza, cortó un trozo de salchicha, lo cubrió con mostaza, se lo llevó a la boca y, tras acompañarlo con un buen trozo de pan de centeno y tragárselo sin ninguna prisa, continuó:

—Era una mujer feliz y verdaderamente dichosa. Vivía profundamente enamorada de su marido, una especie de faquir de fantasía que traía de cabeza a todas las mujeres de la compañía. Tenían una hija de catorce años que comenzaba a destacar como caballista de alta escuela y como mujer.

—Adornas demasiado la historia —interrumpió Juan Carlos—. ¿Lo haces porque disfrutas contándola?

—Si no conoces los antecedentes, ¿cómo la juzgarás después?

—También tienes razón —aceptó.

—El caso es que, cuando todo en sus vidas rezumaba felicidad e ilusión, un mal paso del marido desencadenó una serie de desgracias.

—Traicionó a su mujer —conjeturó rotundo Juan Carlos.

—Con tan mala suerte que dejó embarazada a una domadora de focas inglesa —intercedió Moses riendo.

—No sé de qué te ríes —comentó Aetos con seriedad—. Conoces la historia igual que yo y sabes muy bien que no tiene ninguna gracia.

—Es cierto —afirmó medio abochornado—. La estupidez humana a veces convierte la tragedia en comedia.

—Para no alargarnos —prosiguió Aetos—, nuestra Cleopatra se enteró de la traición y, como es lógico, de ser una mujer completamente feliz pasó a vivir la más amarga de las existencias. Los celos la corroían y sufría lo indecible, por lo que su hija, incapaz de soportar el dolor de su madre, decidió vengarla.

—Pero esto es un drama de Shakespeare... —exclamó Juan Carlos.

—En toda su crudeza —añadió Aetos—, porque la niña, quizá drogada o con unas copas de más, pero ciega de venganza y en un acto de inmadurez mayúsculo, mató al padre, a la inglesa y al bebé que ésta llevaba dentro; y, no contenta con lo que había hecho, a continuación, y con la misma pistola, se suicidó de un balazo en la cabeza.

Juan Carlos quedó boquiabierto mientras miraba a Aetos sin dar crédito a sus palabras.

—Supuse que le haría alguna jugarreta a la domadora de focas —se sinceró incrédulo—, pero jamás hubiera imaginado que cometería tal escabechina...

—Y así se ha quedado Linda —comentó Moses—: desquiciada por la tragedia y completamente alcoholizada.

—No es para menos —se compadeció Juan Carlos.

Y, mientras la observaba de reojo, pensaba si no sería una locura lanzarse a una aventura como la que su mente estaba madurando, si bien, al mismo tiempo, pensaba que no todos aquellos viejos genios retirados habrían vivido historias tan sórdidas y truculentas como la suya o la de Elke Zolm.

Una manzana, que la mayoría de los ancianos guardaron en sus bolsillos, fue el único postre de aquella escasa cena.

Al regresar a los almacenes del circo, el gordo Cort los recibió con la buena noticia de que los calentadores de las caravanas estaban en marcha, lo que les aseguraba un sueño medianamente confortable. Tras la distribución de las caravanas, Juan Carlos pidió a los ancianos que se acercaran y tomaran asiento en las sillas plegables que acababa de disponer. Los artistas, entre murmullos de preocupación, se dispusieron a escuchar a quien hasta ese momento se había convertido en su guía y protector. Aetos y Moses, con una mezcla de curiosidad y estupor reflejada en sus rostros, encendieron sendos cigarrillos y se sentaron junto al gordo Cort. La última en hacerlo fue la joven Erika, quien, tras acomodarse junto a sus padres y antes de que Juan Carlos abriese la boca, le miró a los ojos brindándole una suave sonrisa de agradecimiento y confianza. Una vez que todos estuvieron frente a él, y aunque se sentía un poco confuso a causa de aquella enigmática sonrisa, Juan Carlos se apoyó con desenfado en un baúl-armario y comenzó:

—Queridos amigos, vuestra situación es trágica. La ciudad de Berlín continúa siendo bombardeada cada pocas horas, y la Casa del Artista ha quedado destruida. Nuestra experiencia con el ayuntamiento nos ha dejado bien claro que el gobierno de la ciudad no puede ofreceros protección. Lo habéis perdido todo. Todo. Vuestro patrimonio, que en su momento entregasteis a la Casa del Artista a cambio de residir en esa institución el resto de vuestras vidas, ahora se ha convertido en polvo. Ya no tenéis nada, aunque por fortuna os queda lo más importante: la vida.

—Y poco de ella, por cierto —profirió uno de los viejos con voz atrompetada.

—Estamos viviendo unos días en los que la autoridad brilla por su ausencia —continuó Juan Carlos—, y creo que ha llegado el momento de tomar una determinación. Yo ya la he tomado, mañana abandonaré Berlín, y os quiero preguntar: ¿hay alguien que quiera acompañarme?

Hizo la pregunta clavando sus ojos en los de Aetos y Moses, quienes, al igual que el resto de los presentes, se miraron desconcertados.

—Sí, ya sé que la mayoría no me conocéis y que lo que propongo es muy precipitado, pero los gemelos Orakis y el gordo Cort, que me conocen muy bien, saben que no soy un aventurero loco.

Todos volvieron sus cabezas hacia los mencionados. Moses, reaccionando de inmediato, habló:

—Por supuesto que no eres un loco, pero ¿adónde piensas ir?

—En principio a España, pero por el momento me vale cualquier lugar donde no caigan bombas y balas de cañón.

—¿Por qué no nos dijiste antes nada de este plan? —preguntó Aetos.

—Porque lo acabo de terminar de decidir en este momento. Es más..., se me está ocurriendo que podríamos convertirnos en una embajada artística que intentase actuar en algún lugar del mundo.

—No creo que consigamos salir de Berlín —apuntó Aetos—. Estamos rodeados.

—Todavía no —aseguró Juan Carlos—. Tengo entendido que la comunicación con Francia y Suiza sigue siendo posible, aunque complicada. Habría que intentarlo. Nada es fácil en esta vida, y menos en tiempos de guerra.

Treinta minutos más tarde, Juan Carlos había logrado su propósito: todos habían decidido seguirle. Las sirenas, que avisaban de un nuevo bombardeo, resultaron definitivas para inclinar a su favor a los últimos indecisos. Curiosamente, sólo un matrimonio de ancianos decidió quedarse alegando que tenían en Berlín a dos hijos. Los demás no sólo se apuntaron al viaje, sino que, llenos de ilusión, propusieron ideas para desarrollar un gran espectáculo en el que todos participarían. La llama de la afición por la escena seguía viva en el interior de aquellos otrora colosales artistas, Juan Carlos sólo había tenido que soplar levemente sobre los rescoldos aventureros que todavía perduraban en aquellas almas para reavivar en ellas la ilusión. En cuanto al gordo Cort, respetuoso con sus patrones, decidió permanecer al cuidado de los almacenes. Eran muchos los años que llevaba allí y, sin embargo, y para sorpresa de Juan Carlos, consciente de que aquel material sería pasto del fuego en cualquier momento, se ofreció a entregarles cuanto les fuese útil para el retorno a la escena de las veteranas estrellas.

Las últimas palabras de Juan Carlos fueron para pedirles que le ayudaran a confeccionar una lista con sus nombres y especialidad artística, así como para animarlos a descansar, ya que debían madrugar para hacer acopio de vestuario y material de trabajo antes de partir a las once de la mañana, hora de inicio del viaje.

Una vez acomodados los ancianos en las caravanas, Juan Carlos acudió a la pequeña oficina del gordo Cort, donde éste, lápiz en mano, hacía anotaciones en su diario particular mientras sorbía de una vieja taza una fuerte mezcla de café y licor.

—¿Quieres? —le ofreció.

—No, gracias. No dormiría en una semana si probase un solo sorbo de esa bomba que bebes.

—Es cuestión de costumbre —confesó Cort después de tomar un buen trago.

—Hay costumbres que matan.

—Tienes razón, pero así como me acostumbro a morir, según tú, envenenado por este horrible brebaje, no acabo de hacerlo a perecer bajo una bomba.

Juan Carlos no quiso insistir en que cerrase el almacén y los acompañase, pues conocía la terquedad y fidelidad del hombre hacia la familia Hagenbeck; sería perder el tiempo y llevaría la conversación al terreno de los sentimientos, por lo que, sacando del bolsillo su agenda, le comentó:

—Ya sabes que jamás he usado el teléfono de los almacenes, pero esta vez necesito hacerlo. ¿Puedo probar?

—Prueba, pero será en vano. Hace más de quince días que no consigo conectar con Suiza.

Juan Carlos, armándose de paciencia, levantó el aparato y comenzó a marcar el número de la operadora internacional. Puesto que pensaba que tardaría un buen rato en contactar con ella, si es que lo conseguía, la sorpresa le hizo dar un respingo al escuchar la voz de la telefonista. Inmediatamente solicitó hablar con un nombre y número en Francia, y a los pocos segundos oía la lejana voz al otro lado del hilo telefónico de un íntimo amigo, un empresario francés de gran influencia en el gobierno del país y propietario de teatros en Lyon, Burdeos y Toulouse.