15

Tras averiguar que Alethea, la hermana de los gemelos, y Friedrich, su esposo, habían salido ilesos del bombardeo, Juan Carlos buscó en la carretera un lugar donde refugiarse y descansar durante unas horas. Por fortuna, en un camino vecinal descubrió las naves de unas viejas bodegas abandonadas que les sirvieron de refugio donde reponer fuerzas. Ahora, tras cinco horas de profundo sueño, envuelto en mantas y acostado en el pasillo del autobús, oía que le llamaban. Una voz muy lejana, femenina pero conocida, le pedía insistentemente que despertase, pero, por más que le acariciaban la frente y le daban palmaditas en los hombros y en la cabeza, no lograba despertar, hasta que, por fin, una potente voz masculina lo devolvió a la realidad.

—Ya voy, ya voy, Aetos... No insistas, estoy despierto —dijo Juan Carlos tras secarse con el borde de la mano un fino hilillo de saliva que le salía por la comisura de los labios y le corría por un lateral de la barbilla.

Al ver a Erika tan cerca se arregló inmediatamente las greñas usando los dedos de la mano como peine, se frotó con ambas manos los ojos y salió del revoltijo de mantas en que estaba envuelto. La baja temperatura le produjo un escalofrío. Erika, al tiempo que le volvía a cubrir con una manta, le comentó:

—Dormías profundamente. Ahora debes de tener frío en el cuerpo.

—Eso lo podemos resolver poniendo el motor en marcha —propuso Aetos—. Debemos llegar a Stuttgart cuanto antes.

—¿Y esas prisas? —preguntó Juan Carlos mientras se sentaba al volante.

—Es una preocupación que, como sabes, me ronda la cabeza y que quiero comentarte tan pronto como arranques y salgamos a la carretera.

—Perfecto —resolvió Juan Carlos mientras giraba la llave y arrancaba el motor—. ¿Estamos todos?

—La mayoría duermen todavía —indicó Erika—. Podemos salir cuando quieras.

—Pues allá vamos —sentenció Juan Carlos maniobrando hasta sacar el autobús de aquella vieja bodega.

Una vez en la carretera, Aetos se puso en cuclillas junto a Juan Carlos y le comentó:

—Cada vez estoy más preocupado...

—¿Por qué? —preguntó Juan Carlos—. Tu hermana y tu cuñado están perfectamente, milagro entre los milagros después de lo que ocurrió anoche en Wurzburgo, y a tu hermano gemelo lo tienes junto a ti, vivito y coleando.

—No es eso lo que me preocupa. Verás, anoche no me podía dormir pensando en que si nos pillan huyendo nos meteremos en un lío de padre y muy señor mío.

—Eso es algo que sabemos desde el primer momento. Pero somos una embajada artística que va a presentarse en Stuttgart y...

—Déjate de tonterías, Juan Carlos. Tú sabes perfectamente que ésa es una excusa que no se sostiene ni diez minutos. ¿En qué local nos vamos a presentar?, ¿dónde está la publicidad del acto?, ¿quién patrocina este viaje? Lo que más me preocupa es este autobús, ya te lo advertí: es fácilmente identificable y estoy seguro de que a estas horas ya nos deben de andar buscando.

—¿Tú crees?

—De no haber utilizado el autobús, y mientras identifican a los muertos en la Casa, habríamos dispuesto de tiempo, pero un vehículo como éste no desaparece así como así. Si no está en su lugar es porque alguien lo conduce, y si alguien lo conduce es porque lleva pasajeros. La deducción es elemental.

—¿Se te ocurre qué podemos hacer?

—Pienso que una vez en Stuttgart, si es que llegamos, debemos deshacernos del autobús. Nos señala demasiado.

—¿Y cómo cruzamos a Francia?

—No creo que funcionen los ferrocarriles, pero podemos hacerlo en automóviles, en avión, en bicicleta, andando o en otro autobús diferente. Cualquier medio menos este autobús.

—Tienes razón. Nos desharemos de él tan pronto consigamos llegar a Stuttgart. Una vez allí ya pensaremos cómo llegar a la frontera. Es todo cuanto se me ocurre por el momento.

En ese instante, Beckenhauer llamó por señas a Aetos y, conforme éste se acercaba al asiento del concertista de violonchelo, su esposa se levantó y se sentó dos filas más atrás, dejando su asiento disponible para Aetos.

Juan Carlos pudo observar a través del retrovisor que Aetos y Beckenhauer se enfrascaban en una misteriosa conversación. Se hablaban prácticamente al oído, lo que en principio le intrigaba, pero en vista de que no finalizaban y Moses parecía haberse quedado profundamente dormido, decidió cambiar impresiones con Erika, que miraba fijamente la carretera.

—Habrás observado que somos dinamita —dijo exhibiendo la mejor de sus sonrisas.

—¿Quiénes? —preguntó sorprendida.

—Nosotros dos. Tú y yo.

—¿Por qué lo dices?

—Fuimos capaces de mover un vagón de ferrocarril con el simple gesto de unir nuestros labios.

—No me lo recuerdes —respondió sonrojándose—. Es como si el destino no nos lo permitiera.

—El destino no se mete en esas cosas; al contrario, seguramente está deseando que vuelvan a suceder. Si tú quieres y yo quiero, el destino quiere también.

—Eso te lo has inventado tú, no el destino.

—Te aseguro que el destino somos nosotros, Erika. Lo único que te pide él es orientación. Es muy sencillo: dile al destino lo que quieres y verás cómo te pone en el camino inmediatamente.

—¿Tan simple?

—Tan simple —aseguró Juan Carlos con gesto serio—. Piensa en lo que estamos haciendo en estos momentos y saca tus propias conclusiones: estamos tratando de salvar nuestras vidas. Si lo logramos, dondequiera que se produzca ese logro será nuestro destino. Pero no era ahí adonde yo quería ir a parar. No quiero seguir filosofando en lugar de hablar de nosotros. De ti y de mí.

—¿Y de qué quieres que hablemos?

—Pues por ejemplo del futuro, de la ilusión, de lo mucho que me gustas. ¿Lo sabías?

—No lo sabía, pero empiezo a imaginármelo. Y tú, ¿sabes ya que me caes muy bien?

—Tampoco lo sé, pero podría sospecharlo.

—Pues empieza a sospecharlo...

—Con eso tengo bastante por ahora —declaró Juan Carlos guiñándole un ojo a través del espejo retrovisor—. Te aseguro que ésta es la primera vez que le declaro mi afecto a una chica, y no me negarás que el momento no puede ser más original.

—Tan original como para despertar al más dormido de los dormilones —exclamó Moses abriendo los ojos.

—¿Estabas escuchando? —preguntó Erika, sorprendida.

—¿Y qué otra cosa podía hacer si estoy a un metro de vosotros?

—Taparte los oídos y no tratar de enterarte de lo que dicen los demás —le reprendió Juan Carlos con afabilidad.

Moses se quitó los zapatos y se los colgó de las orejas.

—¿Así?

La llegada de Aetos a su asiento cortó de raíz el ambiente de humor que se había creado entre Juan Carlos, Erika y Moses. Su rostro reflejaba una seria y desacostumbrada preocupación. Moses, que lo conocía mejor que a sí mismo, tras observarlo detenidamente unos segundos preguntó:

—¿Qué es lo que ocurre?

—Nada que pueda decirte en este momento. Pronto lo sabrás.

—Es la primera vez en la vida que no me cuentas algo —insistió Moses, extrañado—. ¿Qué ocurre?

—¡Ahora no! —rechazó rotundo Aetos.

Juan Carlos no se atrevió a preguntar. Si Aetos se negaba a desvelar a su propio hermano cualquier inquietud que estuviera sufriendo, ¿qué podía esperar él, que al fin y al cabo sólo era un amigo? De lo que estaba seguro era de que algo importante sabía Aetos; en los años que hacía que lo conocía jamás le había visto tan preocupado.

A través de su reflejo en el retrovisor, pudo observar cómo Aetos se sentaba en su asiento, apoyaba la cabeza en el respaldo y, cerrando los ojos, se llevaba la mano a la frente en un gesto de concentración. Probablemente necesitara analizar algún asunto que acababa de conocer y, de ser así, más valía no interrumpir sus pensamientos. Juan Carlos buscó en los ojos de Moses algún indicio, pero éste también había cerrado los suyos en busca de descanso, así que por último miró a Erika, quien levantando los hombros trató de hacerle un guiño de absoluta incomprensión. Convencido de que no era el momento adecuado para seguir averiguando, decidió prestar toda su atención a la carretera.

Al salir de una curva, ya avanzada la tarde, Juan Carlos vio a lo lejos lo que parecían varios vehículos parados y arrimados al arcén. A uno de ellos le estaban cambiando una rueda, y Aetos, que ya los había identificado, le dijo de inmediato:

—¡Para, Juan Carlos! Deben de ser estraperlistas...

—¿Qué pasa? —preguntó éste mientras frenaba.

—Vamos a preguntarles cómo está la entrada a Stuttgart. Con tanto bombardeo uno nunca sabe...

—De acuerdo —aceptó Juan Carlos—. Así aprovechamos y estiramos las piernas.

Tan pronto puso el freno de mano, los ancianos se levantaron de sus asientos y corrieron a la puerta. El primero en bajar, como siempre, fue Al Pace; los últimos, Aetos y Juan Carlos, que se acercaron al grupo de hombres que estaban cambiando la rueda. Una vez más, el sexto sentido de Aetos los libró de una posible encerrona: aquellos hombres los informaron sobre un importante control del ejército, o más bien de la Gestapo, a la entrada de Stuttgart. En esa misma carretera se estaban llevando a cabo registros en los que miraban hasta el aire de las ruedas y, de topar con ellos, no llegarían a su destino hasta la mañana siguiente, y eso suponiendo que no encontraran entre el equipaje algo sospechoso, porque si lo hacían, quedarían detenidos sabe Dios por cuánto tiempo.

Afortunadamente, el individuo que estaba cambiando la rueda y que parecía estar al frente de aquel grupo de contrabandistas les indicó cómo llegar a la ciudad utilizando caminos vecinales y comarcales. Aetos tomó nota de las instrucciones pero aun así, para mayor seguridad, el individuo les dibujó un sencillo plano con el que, según él, llegarían a Stuttgart sin ningún problema.

Ya con todos de vuelta en el autobús, Juan Carlos puso en movimiento el vehículo y, tras una seña de despedida al grupo de estraperlistas, y de nuevo en camino, miró por el espejo retrovisor a Aetos.

—¿Cómo lo sabías?

Aetos, mostrando una leve sonrisa, respondió.

—¡Presentimiento!

Juan Carlos conducía pensando si los hermanos Orakis no tendrían algo de brujos, y es que no era la primera vez que reparaba en que parecía como si los gemelos tuvieran el don de adivinar lo que venía tras cada curva; de hecho, parar para preguntar a aquellos buscavidas los había salvado de un registro de consecuencias imprevisibles. Pero, con todo, lo que más le llamaba la atención de los gemelos eran sus imprevistas reacciones, su manera de tomar decisiones. Como aquel modo de ordenarle parar en cuestión de segundos. Lo cierto era que él, que llevaba la vista puesta en la carretera, aún no había tenido tiempo de identificar los vehículos de los contrabandistas cuando Aetos ya sabía o sospechaba lo que eran. ¿Cómo lo hacían? Era increíble, como también lo era el que cada gemelo conociera los pensamientos del otro sin caer en el más mínimo error. ¿Cómo podía saber el uno lo que estaba pensando el otro? Eso lo había comprobado en distintas ocasiones sin que le quedara ninguna duda, y también había oído decir que era algo normal entre gemelos. Ahora recordaba con cariño cómo cuando esto sucedía reían al ver que le dejaban con la boca abierta. Qué importante había sido para él conocerlos y cuántos buenos consejos había recibido en todo momento de ambos. Lo cierto era que, a lo largo de los últimos años, se habían comportado con él como dos hermanos mayores, o, mejor, como se hubieran comportado sus propios padres de haberlos tenido cerca. De pronto, le vino a la mente la imagen de los dos hermanos, encerrados en su habitación de la Casa del Artista, llorando como dos niños la pérdida de su estilo de vida: su trabajo, su libertad, su independencia, su público, los éxitos, los aplausos... Todas aquellas pequeñas cosas que llenaban sus vidas y que, de golpe, habían desaparecido para no volver jamás. ¿Para qué querían vivir?, se preguntaban, si lo único que amaban, lo único por lo que merecía la pena seguir, aquello a lo que se habían entregado en cuerpo y alma como si de un sacerdocio se tratara, se lo habían arrebatado. ¿La vejez? Eso se lo dejaban ellos a quienes la sintieran, porque ni los gemelos, ni mucho menos su público, la habían percibido nunca.

Pero las nuevas leyes obligaban a un retiro forzoso y jamás deseado. El nuevo sistema lo imponía, y donde manda capitán no manda marinero. ¿Quién creaba esas leyes?, ¿quién se encontraba dentro de sus cuerpos para decidir si estaban agotados?, ¿con qué criterio se les hurtaba a unos seres humanos capacitados el derecho a ofrecer hasta el último minuto de sus vidas cuanto júbilo y arte llevaran consigo?, ¿por qué privar a los demás de un talento único puesto al servicio de lo que llaman ocio? A veces pensaba Juan Carlos si con este viaje la vida ponía en sus manos la oportunidad de ofrecerles unos últimos años más interesantes y felices, alejados del depresivo tedio tantas veces confesado que les producía la Casa del Artista.

La voz de Erika, atenta al mapa de carreteras y al plano que había dibujado el estraperlista, le hizo volver a la realidad.

—Dentro de dos kilómetros hay que doblar a la izquierda.

—Efectivamente —apoyó Aetos tras mirar los planos—. A partir de ahora deberemos ir con cuidado para no perdernos, porque vamos a entrar en territorio desconocido y no creo que se nos haga tan fácil como nos lo han pintado.

—Pues yo opino lo contrario —comentó Moses—. Nadie como los contrabandistas para conocer los atajos y vericuetos de una región.

No se equivocaba al decir esto: guiados por el simple pero efectivo dibujo que les habían hecho, entraron en la ciudad de Stuttgart sin novedad. En seguida descubrieron que, aunque bombardeada, no parecía tan castigada como Berlín o Wurzburgo. Aetos propuso aparcar el autobús en la estación central de ferrocarriles, donde, confundido con otros vehículos, no llamaría la atención. Pero parecía ser que la suerte no los abandonaba porque, en la primera plaza que cruzaron, pudieron ver junto a los postes de la luz carteles que anunciaban la presencia en la ciudad del Circus Blunder. Aquello era mucho más de lo que podían haber soñado, encontrar aquellas carteleras fue como ver el cielo abierto. Erika estaba sorprendida al percibir tanta alegría en ellos.

—¡Esto sí que no me lo esperaba yo! —proclamó Aetos con entusiasmo.

—Nada menos que el amigo Kasch en Stuttgart. Quién nos lo iba a decir... —añadió feliz Juan Carlos.

—¡Los hados nos protegen! —clamó Aetos levantando sus brazos.

—¡Déjate de hados y vamos a lo práctico! —exclamó su hermano—. Seguramente están instalados junto al zoológico. Yo sé ir desde aquí. Si los bombardeos no nos cambian el tráfico, dentro de menos de quince minutos estaremos allí. Sigue mis instrucciones, Juan Carlos.

A esa hora de la noche, la ciudad parecía desierta. Suponían que el circo estaría ofreciendo representaciones sólo de tarde, ya que su iluminación podía ser un foco de atracción para los aviones. Aun así, sólo el hecho de llevar alegría y distracción a los niños en un mundo absolutamente convulso y desquiciado era un acto digno de la mayor admiración.

Unos golpes en la ventana de su caravana despertaron a Kasch Blunder de su ligero sueño. Le extrañó sobremanera no escuchar las sirenas de alarma ni el ruido de los motores de los aviones, e inmediatamente despertó a Fritzi, su esposa.

—Están golpeando los cristales.

—Abre la puerta y mira a ver qué ocurre —decidió la mujer, que había levantado la cortina de la ventana para mirar.

Kasch, sin encender las luces, se dirigió a la entrada. Sólo abrió unos centímetros, pero fue lo suficiente para soltar su taco preferido al descubrir a Juan Carlos y a los gemelos Orakis.

—No vas a creer quiénes están en la puerta, Fritzi —le dijo a su esposa mientras se ponía la bata—. Nada menos que los gemelos Orakis y Juan Carlos Barrachina.

—¡Dios mío! —exclamó ella al tiempo que saltaba de la cama y descolgaba también su bata—. Pero ¿los Orakis no estaban en la Casa del Artista de Berlín?

—Estarían —dijo Kasch—, porque ahora mismo se encuentran ante nuestra caravana.

No tardaron en abrirles mientras Kasch hacía señas para que no hicieran ruido y Fritzi encendía unas tenues luces. Erika, cohibida, era testigo de los entrañables abrazos entre aquel grupo de compañeros de trabajo e íntimos amigos. Antes de sentarse, Juan Carlos llamó la atención de Kasch y Fritzi para presentarla.

—Esta preciosidad se llama Erika y es hija de Lukas y Lena de Cock.

—¡No me digas! —exclamó Kasch—. Conozco mucho a tus padres, ¿dónde están?

Erika estaba a punto de contestar a la pregunta cuando Aetos le quitó la palabra.

—Están fuera, en un autobús, junto a un grupo de compañeros de la Casa del Artista.

—¿Y qué hacen aquí? —exclamó Fritzi, sorprendida.

—La Casa del Artista fue destruida durante un bombardeo —reveló Moses—. Nos salvamos dieciocho de milagro. Ahora intentamos una locura que, de salirnos bien, puede arreglar nuestras vidas. Veréis, no es fácil explicarlo...

Moses, con una mirada, pidió autorización a Juan Carlos, Aetos y Erika para seguir adelante con la historia. Al ver que éstos afirmaban con la cabeza, continuó.

—Estamos escapando. Tratamos de ganar Francia, cruzarla y refugiarnos en España. Sois las primeras personas que conocéis nuestras intenciones, aparte del encargado de almacenes del Hagenbeck Circus, el gordo Cort.

—Pero... ¿cómo pensáis sobrevivir? —preguntó Fritzi, asombrada.

—Cort nos prestó vestuario y aparatos propiedad de Hagenbeck. Ahora estamos equipados para presentar nuestro espectáculo donde sea necesario mientras tratamos de huir de este país —confesó Aetos.

—¡Qué locura! —comentó Kasch.

—Lo que más nos urge es camuflar nuestro autobús —indicó Juan Carlos—. En estos momentos deben de andar buscándolo. Si lo identifican, estamos perdidos.

—Pensad que supuestamente todos nosotros estamos bajo los escombros de la Casa del Artista. No existimos. Si nos localizan, quién sabe dónde podemos ir a parar.

—Son muchas noticias de golpe —respondió Kasch mientras se frotaba el cuero cabelludo con las yemas de los dedos—. Vamos por partes... Primero necesitaréis dormir.

—Algunos ya lo están haciendo en el autobús —aclaró Erika.

—No —exclamó Fritzi—. Estamos hablando de ancianos. Disponemos de un remolque gigante con veinticuatro literas que ahora mismo está vacío. Sólo hay que conectarlo a la red eléctrica y ya tendremos algo resuelto.

—En cuanto al autobús, se me ocurre esconderlo esta noche en la tienda de los elefantes —planeó Kasch—, y mañana, a la luz del día, podríamos convertirlo en lo que queráis: tanto en una locomotora de tren como en una cafetera rusa, será cuestión de imaginación. Pero ahora vamos a lo más urgente: trasladar a esos compañeros a un lugar más cómodo.

Kasch despertó a su capataz y a su jefe electricista, y éstos, a su vez, a su personal de confianza. Cuando escucharon algunos de los nombres artísticos de quienes ocuparían el remolque-cama aquella misma noche, ninguno dudó en actuar con la mayor diligencia.

Kasch y Fritzi revisaron personalmente los departamentos para asegurarse de que todo estuviera en orden, y tan pronto lo comprobaron y adecuaron mínimamente el remolque, trasladaron allí a los ancianos y escondieron el autobús en la trastienda de la zona de los elefantes, donde, salvo los domadores, no entraba nunca nadie.

Una vez acomodados todos en sus dependencias, Kasch llamó a sus empleados.

—Mucha atención a lo que os voy a comunicar: los compañeros que acabamos de acoger no existen, no están aquí ni lo han estado jamás —les advirtió—. Si alguien fuera de nuestro colectivo preguntase, nadie ha visto nada ni a nadie. Podéis correr la voz entre vuestras familias. Si tenéis alguna pregunta que hacerme, ahora es el momento.

Una vez impuesta la ley del silencio, Kasch tenía la absoluta certeza de que la noticia no trascendería. Las gentes del circo se protegían entre sí. Hoy por ti, mañana por mí. Para que alguien cometiera una indiscreción, un suceso muy grande y terrible tendría que suceder.

A pesar de la ilusión que les hacía pernoctar en un circo de categoría, como lo era el Circus Blunder, los ancianos en esta ocasión no estaban para bromas. Sus viejos organismos habían soportado un viaje agotador y un brutal bombardeo, y nada mejor que un auténtico colchón y una buena manta para recuperar fuerzas. Era tal la extenuación de sus cuerpos que la mayoría de los ancianos se acostaron completamente vestidos, ya que el cansancio no les permitía perder tiempo en cambiarse de ropa. Mientras trataban de conciliar el sueño, sus corazones latían con fuerza en sus frágiles cuerpos, que dominados por la fatiga iban cayendo en un grato sopor que los conducía a la quimera de las mil y una representaciones.