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El coronel Günsche sabía que Hitler se encontraba al borde de la desesperación. Observaba con atención cómo paseaba por su despacho del búnker, de un lado a otro, como una fiera enjaulada. Con las manos a la espalda y la mirada perdida, parecía sentir sobre su cabeza todo el peso de aquella trampa de cemento armado que le habían impuesto para su seguridad.

Por mucha garantía que ofreciese el búnker, seguramente pensaba que la vida, allá abajo, era semejante a la de una comunidad de ratas. Menos mal que de una u otra manera aquel estilo de vida no duraría eternamente, ni siquiera mucho. En varias ocasiones, el coronel había escuchado decir al Führer que últimamente no había nada que le saliera medianamente bien.

Todo eran desgracias, malas noticias, sinsabores, traiciones. Ni siquiera Günsche podría asegurar que la mente de su jefe funcionase con la debida cordura. Nadie, a excepción de su médico particular, conocía los problemas mentales que sufría desde hacía un tiempo, como los insufribles dolores de cabeza, los fallos de memoria o la falta de concentración. Para colmo, aquellas pastillas que obligaban a tomar a Hitler le producían inestabilidad, desasosiego y náuseas, aparte de la pérdida de apetito.

El Führer comenzó a empeorar el día en que redactó el documento por el que expulsaba del gobierno al mariscal del Reich, Hermann Göring, y al ex Reichsführer, comandante de las SS y ministro del Interior, Heinrich Himmler. A su vez, nombró al gran almirante Dönitz como presidente del Reich y comandante supremo de las Fuerzas Armadas, además de designar al Gauleiter Karl Hanke como Reichsführer, comandante de las SS, jefe de la Policía Alemana y ministro del Interior. Aquel día, y sobre todo aquella traición, le habían producido el mayor disgusto jamás sufrido, aunque, si Günsche no recordaba mal, los síntomas de su enfermedad habían comenzado a hacerse evidentes a partir del 20 de julio de 1944, cuando el Oberführer Stauffenberg le preparó aquella trampa mortal. Sí, ahora lo recordaba perfectamente, porque también él estuvo cerca de la muerte.

Su mente volvió a aquel día y se vio tremendamente magullado y con el uniforme hecho trizas y lleno de polvo. Nunca olvidaría la explosión de aquel maletín y las consecuencias que desató. Hitler había salvado la vida milagrosamente, pero conforme fue conociendo los entresijos de la conspiración y los nombres de los oficiales involucrados en ella, así como los intentos de golpe en Berlín, París y Viena, la excitación fue minando su organismo hasta provocarle un ataque de nervios absolutamente incontrolado. El propio Führer había aprobado el plan Valquiria para responder a cualquier tipo de desorden nacional o de sabotaje a gran escala, y el hecho de saber que los conspiradores Friedrich Olbricht y Stauffenberg habían intentado utilizarlo para dar un golpe de Estado había acabado definitivamente con sus nervios.

El coronel Günsche recordaba como si fuera ayer las reuniones informativas que Hitler ofrecía a diario en Rastenburg. De haberse efectuado la reunión en el búnker, como era su costumbre, la bomba que Stauffenberg activó en aquel maletín hubiera acabado con su vida, pero el destino quiso que ese día hiciese demasiado calor en el búnker y que la reunión se efectuara en una cabaña de madera. Aquella cabaña, y que Stauffenberg colocara el maletín bajo un resistente caballete, fue lo que les salvó la vida. Pero ese día comenzó la terrible enfermedad que padecía su jefe. No podía olvidar que aquella misma tarde celebró una reunión con Mussolini y, aunque no lo demostró ante nadie, el dolor de cabeza fue tan desmesurado que después jamás pudo recordar de qué habían hablado.

De no ser por su médico particular, que aquella tarde después del atentado no se separó de él y lo medicó en varias ocasiones, no hubiera resistido las terroríficas migrañas. Ahora Günsche sentía que su jefe empeoraba día a día, hora a hora. Él solía decir que sufría la sensación de que un insecto maligno se había instalado en su cerebro y, poco a poco, despacito pero sin pausa, mordisco a mordisco, iba devorando su masa encefálica, triturándola y convirtiéndola en una miserable papilla incapaz de pensar o razonar. Pero aseguraba que necesitaba seguir pensando, y necesitaba también continuar castigando a los traidores. Hitler necesitaba demostrar que seguía vivo, restablecer el orden en Alemania y salvarla de las desastrosas consecuencias del Tratado de Versalles, así como del deshonor que éste suponía. Y resultaba que aquel asqueroso y dañino insecto en su cerebro no se lo permitía, le dominaba, era más potente que el propio Führer.

Su vida era un auténtico tormento, puesto que se obligaba a disimular los síntomas de la enfermedad ante todos los que trabajaban o se movían en su entorno, y para ello debía recurrir a un sinfín de trucos, artimañas y equívocos que acababan por incrementar su confusión.

En aquel momento, lo que más preocupaba a su jefe era la posible pérdida del sobre de color marrón. Ese sobre guardaba en su interior el futuro del nacionalsocialismo, la inmortalidad de unos ideales por los que se estaba sacrificando un pueblo, una raza. Sospechaba, o sabía con certeza, que sus posibilidades de sobrevivir a la guerra y seguir siendo el líder eran nulas; los días estaban contados para él y, en ese aspecto, no abrigaba la más mínima esperanza, pero la terrible venganza que acabaría con todos aquellos hombres que habían luchado contra él, algunos desde sus propias filas, estaba dentro de ese sobre.

Los altos dignatarios de su gobierno conocían su testamento político, documento que había redactado recientemente, pero desconocían este otro texto. Nadie, absolutamente nadie, había tenido acceso a ese documento en el que depositaba las claves para el glorioso resurgir del nacionalsocialismo.

Por supuesto que el Führer tuvo que involucrar a bastantes oficiales en el trabajo de crear una auténtica cueva del tesoro en aquel punto recóndito de Centroamérica. Allí estaban ya descansando los lingotes de oro y la suficiente cantidad de diamantes como para destruir a algunas potentes economías del mundo. Sin embargo, nadie conocía la verdadera razón de ser de aquel inmenso tesoro, excepto ellos dos. Y no solamente no la conocían, sino que ni uno solo de los hombres que colaboraron en la creación y ocultación de aquellas riquezas existía ya, todos habían desaparecido. Lo único que subsistía era ese documento en el que, pensando en el futuro, se explicaba el lugar donde se encontraba oculto el tesoro, así como el cuidadoso plan trazado para su utilización. Por supuesto que alguien, en su momento, debería hacerse cargo del plan y del tesoro tras recibir de manos de Beckenhauer el sobre marrón, pero ese alguien, a ser posible, sólo conocería el asunto minutos antes de que se produjese la muerte del Führer.

¿Quién podía imaginar que los aliados bombardearían la Casa del Artista? ¡Qué locura! ¿A quién podría beneficiar la desaparición de una residencia de ancianos creada para acoger a viejas glorias de la escena? ¡A nadie! Pero ahora todo eran dudas. Günsche sabía muy bien que el Führer le daba mil vueltas a la cabeza pensando si se había equivocado en algo: lo primero, en haber puesto dicho documento bajo la custodia de Ademaro Beckenhauer, su íntimo amigo de la niñez y compañero de juegos. Hitler aseguraba que su amistad con aquel hombre era inquebrantable y decía conocerlo lo suficientemente bien como para confiarle el documento, pues sabía a ciencia cierta que jamás le traicionaría. Es más, ni un solo miembro de su propia familia le ofrecía las garantías que éste le inspiraba. Era tanta la amistad entre ellos que, durante la pubertad, llegaron a abrirse una minúscula brecha en el antebrazo e hicieron un pacto de sangre, un acto simbólico con el que subrayar su amistad uniéndola a través de lazos irrompibles.

Pero lo verdaderamente curioso era que nadie, a excepción de la señora Beckenhauer, supo jamás de esa amistad. Parecía ser que Ademaro era humilde por naturaleza y nunca, en los años de grandeza del Führer, se atrevió a molestarle. No le hizo falta: la música, de la que hizo su profesión, le arropaba con generosidad y, aparte de modesto, no era precisamente ambicioso, así que cuando llegó el momento de buscar una persona de absoluta confianza y entrega, Adolf Hitler pensó antes que nadie en él, su amigo del alma.

Y ahora resultaba que habían bombardeado la Casa del Artista y que el matrimonio Beckenhauer había desaparecido. La noticia era demoledora y, por más que su jefe le había encargado que averiguase lo sucedido, no acababa de recibir noticias. La espera se estaba convirtiendo en desesperación, y lo peor era que no existía ni una sola copia de ese otro testamento secreto. Tanto quiso el Führer proteger el plan y el lugar exacto donde se encontraba el tesoro que se negó a hacer un duplicado. Un gran error, pero era tarde ya para lamentarlo, lo único que quedaba era trabajar y rebuscar hasta debajo de la última piedra de la Casa del Artista.

¿Habría logrado salvarse el matrimonio? Günsche sabía que, acuciado por la necesidad de saber, su jefe había comenzado a buscar en su agenda particular nombres, alguien a quien requerir directamente la urgente búsqueda del sobre. Estaba empeñado en llamar él directamente, a pesar de que le habían advertido que no debía levantar el teléfono para hablar con nadie, pues con una llamada como aquélla podría crear un cisma. Lo correcto sería que él, su ayudante, insistiera en la urgencia de localizar dichos documentos y que, en cualquier caso, él se ocupara de llamar a quien fuese necesario.

Sin embargo, por unas anotaciones descubiertas en el despacho de su jefe, Otto Günsche sospechaba que éste había continuado repasando nombres hasta dar con uno. La obsesión por el error cometido le obligaba a buscar, incansable, soluciones que, por tremendas que pareciesen, serían bienvenidas. Ahora bien, ¿y si había llamado a alguien directamente sin pedirle que lo hiciera él, como solía hacer? Günsche no quería ni pensar en las consecuencias que se desatarían si el Führer, en su estado, había llamado por su cuenta.