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Cuando Otto Günsche aparcó su vehículo junto a las ruinas de la Casa del Artista pudo constatar que la dotación de trabajadores se había multiplicado exponencialmente. Ahora se movían por entre los escombros cientos de hombres en un transitar lento pero continuo, y varias máquinas removían las piedras con la mayor prudencia.

Lo más probable era que aquellos hombres que rebuscaban incesantemente hubieran recibido la orden de cuidar y proteger al máximo cualquier sobre, documento o papel que apareciese entre los escombros, y, por las órdenes que pudo escuchar de un par de sargentos que se movían entre las ruinas, éstos exigían cautela y rapidez a los obreros, si bien ellos continuaban actuando con una lentitud desacostumbrada. Era lógico hasta cierto punto: no podía exigírseles velocidad cuando se les pedía proteger y no destrozar el más mínimo pedazo de papel que apareciese. En cuanto a los ataúdes, simples cajones de madera, tras emplearlos para recibir a los cadáveres o los restos que quedasen de ellos eran cargados en un enorme camión que más tarde los trasladaría a la morgue, y lo más probable era que luego acabaran enterrados en una fosa común.

Günsche observó que, en parte de lo que fue el jardín de la residencia, zona que no había sido afectada por el bombardeo, habían montado una caseta de lona de campaña y, suponiendo que allí encontraría a los responsables de los trabajos, dirigió hacia ella sus pasos. Conforme avanzaba pensaba en lo absurdo de aquella situación. Cómo era posible, se preguntaba, que un documento de tanta relevancia hubiera ido a parar a un lugar tan desprotegido. Recordaba con desagrado que su jefe le había insistido en que debía entregarle el sobre en mano a aquella pareja de ancianos, pero ¿para qué? Desconocía si éstos, a su vez, estaban protegidos por alguien, pues, de no ser así, ¿qué sentido tenía convertir a una decrépita pareja de viejos en custodios de algo tan sumamente importante? Si se le hubiera dejado opinar a la hora de guardar dicho sobre, él conocía cajas secretas y acorazadas donde depositar documentos de vital importancia, pero no tuvo ninguna oportunidad de comunicarlo, pues el Führer no le dejaba hablar ni aceptaba réplica alguna. ¡Qué empecinamiento el de que el sobre lo guardase el anciano Beckenhauer! Parecía un niño con un ataque de tozudería, y sólo le faltó explotar con una de sus acostumbradas pataletas. Aquellos ojos vidriosos y sus ademanes de chiquillo malcriado no indicaban nada bueno ni normal y, como Günsche había observado desde el tiempo en que vigilaba sus reacciones, todo se había vuelto muy extraño en su manera de proceder: aquellas infinitas pausas en las conversaciones, la falta de decisión a la hora de mandarle algo o, por el contrario, la orden espontánea que debía rectificar inmediatamente por ser totalmente absurda y equivocada... Eran muchos los pequeños detalles que afloraban en su comportamiento cotidiano, pero ¿quién era él para hacerle ver esto? Ya lo había pensado en distintas ocasiones y en todas ellas había decidido que a lo más que podía aspirar, y eso con el mayor de los cuidados, era a tratar de filtrar alguna sutil indicación a su médico, quien por otra parte lo visitaba últimamente hasta cuatro veces al día.

El saludo de un soldado de guardia en la puerta de la tienda de campaña lo sacó de su abstracción.

—¿El Obersturmführer Adler? —le preguntó, volviendo a la realidad.

El soldado se apartó de la entrada al tiempo que levantaba un lateral de la puerta para cederle el paso. El coronel Günsche entró decidido, y Adler, que se encontraba sentado hojeando un manojo de documentos sobre una mesa plegable, se puso en pie de inmediato al tiempo que le saludaba con rigor. Lo mismo hizo desde una esquina un Hauptsturmführer desconocido para el coronel. Adler, tras estrecharle la mano a Günsche, le informó:

—Le presento al Hauptsturmführer Carl Schultz.

Günsche disimuló lo mejor que pudo la mala impresión que le causó aquel oficial. De inmediato asoció su aspecto y fisonomía a los de una pera, pues era grueso, ancho de caderas, estrecho de hombros y con un solo mechoncito de cabello en el centro de su calva. Para colmo, una infección de viruela, probablemente durante su niñez, había convertido su rostro en un mar de minúsculos volcanes que desfiguraban, sobre todo, su nariz.

—¿Alguna buena noticia? —preguntó ilusionado Günsche.

—Nada —respondió Adler, desmoralizado—. Estamos revisando y clasificando cuanto documento encontramos, pero hasta el momento no hemos dado con nada parecido a lo que buscamos.

—Es imposible —intervino Schultz con un impertinente tono de voz nasal—. Los escombros están llenos de mierda que cuesta mucho limpiar.

Günsche miró a Adalbert Adler con gesto interrogante. Para sacarle de dudas, el joven oficial se explicó con un marcado gesto de bochorno:

—Se refiere a los cadáveres de los ancianos que aparecen entre los escombros, señor.

—Comprendo. ¿Han aparecido muchos?

Adler comprobó una relación que tenía sobre la mesa y contestó:

—Vamos por ochenta y siete, pero siguen apareciendo.

Ahora fue Günsche quien inclinó su cabeza en un gesto que Adler no supo identificar. Podía ser de dolor o, cuando menos, de respeto. O quién sabe si a pesar de todo era un gesto de indiferencia ante la muerte.

—Trátenlos con la mayor deferencia —solicitó entonces el coronel.

—¿A quién se refiere? ¿A los papeles o a los viejos? —preguntó Schultz.

Günsche quedó por un momento mirando el aborrecible rostro de ese oficial de la Gestapo del que no sabía de dónde había salido ni por qué se encontraba realizando aquel trabajo. A punto estuvo de llamarle la atención, pero decidió contenerse ante el despropósito.

—Me refiero a los geniales e importantes hombres y mujeres que habitaban este edificio —aclaró esforzándose por ser escueto—. Por cierto, ¿cómo marcha la identificación?

Adler, por respeto a los grados, le cedió la respuesta al Hauptsturmführer Schultz, pero, al ver que éste no se daba por aludido, tomó la palabra:

—La identificación está resultando muy fácil. Todos llevaban colgando del cuello una funda con su documentación. En ese sentido no tenemos problema.

—Eso quiere decir que alguien había previsto la desgracia —apuntó Günsche—. Estaban organizados para la eventualidad.

—Así parece —comentó Adler.

Inmediatamente, el pensamiento de Günsche culpó por centésima vez al Führer. Si ya existía la posibilidad de un ataque y los ancianos se curaban en salud portando cada uno su identificación, ¿cómo había podido ser tan temerario como para permitir que el sobre siguiera allí?

—¿Existe una lista de nombres?

—Sí, señor. —Adler cogió un listado de la mesa y se lo entregó.

—Como verá, muchos de ellos no nacieron en Alemania —explicó Schultz—. ¿A ésos también hay que tratarlos con deferencia?

Aquel comentario irritó sobremanera a Günsche, quien, dirigiendo una mirada fría, acerada y cargada de desprecio, le preguntó:

—¿Dónde ha nacido usted, Hauptsturmführer Schultz?

Éste, sorprendido, respondió orgulloso:

—En Berlín.

Günsche le sostuvo la mirada durante unos segundos.

—Pues eso —acotó con brusquedad y evidente asqueo.

Dentro de la caseta se hizo el silencio. El Standartenführer Günsche no apartaba su mirada de Schultz, y Adler, que miraba de reojo a éste, decidió romper el silencio.

—Como podrá observar, en el listado no aparece nadie apellidado Beckenhauer.

—Ya —respondió Günsche mientras liberaba de su esclavizante mirada al Hauptsturmführer Schultz—. Es una buena noticia, por ahora...

—Al menos alentadora —comentó Adler.

—¿Se conoce alguna propiedad inmobiliaria o lugar donde hayan podido cobijarse los Beckenhauer en el supuesto de que se hubieran salvado del bombardeo? —preguntó Günsche.

—Por una entrevista publicada en la prensa —detalló Adler—, sabemos que antes de ingresar en la Casa del Artista donaron a ésta sus propiedades. Hasta ahí llega nuestra información. Ahora estamos más interesados en conocer el destino del autobús de esta institución, y conforme avanzamos en ese sentido se hace más real la sospecha de que alguien se haya podido salvar utilizando dicho vehículo.

—Ya hablamos sobre eso la última vez. ¿Se sabe algo al respecto?

—Todavía no —respondió Schultz con una sonrisa falsa—. Pero hay indicios de que hace un par de días el autobús estuvo en Weimar y posteriormente en Wurzburgo. Eso puede significar que su destino es Stuttgart. De ser así mañana lo averiguaré, pues esta misma tarde vuelo a esa ciudad.

—¿Viajan los dos? —preguntó Günsche.

—Imposible —respondió Schultz, apenado—. Desafortunadamente, alguien tiene que quedar al frente de este trabajo en Berlín. Pero no se preocupe, Standartenführer, le aseguro que si alguien ha robado ese autobús, sea quien sea, dentro de unos días lo tendrá de rodillas frente a usted. Si es que vive para entonces.

El Standartenführer Günsche miró sorprendido al Obersturmführer Adler, a continuación dirigió su mirada al Hauptsturmführer Schultz y, sin añadir una palabra más a la conversación, abandonó la tienda de campaña con un gesto de profundo asco.