40
El Obersturmführer Adalbert Adler cometió el craso error de presentarse sin previo aviso en lo que se suponía que era uno de los pisos francos de una de las células secretas de las SS en la rue du Bac, cerca del jardín de las Tullerías, en París. Por circunstancias ajenas a todo lo previsto, llegaba tarde, enfermo y moralmente destruido. Suponía que aquellos cuatro días de retraso en la fecha convenida quizá habían trastocado todos los planes trazados por los tres miembros que en aquellos momentos utilizaban el piso como guarida. En cualquier caso, esperaba que aquellos oficiales fueran conscientes de que, inesperadamente, al menos para él, se había producido la invasión del sur de Alemania por parte del ejército francés justamente por la zona por donde Adler debía acceder a Francia, lo cual había dificultado y retrasado inevitablemente su llegada a París. Como si todo esto fuera poco, y para su mayor preocupación, las noticias que le habían llegado en cuanto al calibre de la invasión fueron muy alarmantes, lo que le había llevado a preguntarse cómo podría cruzar la frontera en aquellas condiciones.
Lo cierto era que se había visto obligado a efectuar el más complicado y peligroso viaje que jamás hubiera podido imaginar, y, puesto que era un hombre práctico y poco supersticioso —ya que no creía en la mala suerte ni en ningún tipo de influencia extraña que pudiese afectar sus recapacitadas decisiones—, achacó todo cuanto le había sucedido en aquellos días a causas razonables y a las circunstancias por las que estaba pasando el país y que lógicamente afectaban a su misión de manera directa.
Primero tuvo que lidiar con dos guías expertos en cruzar la frontera con Francia, extraños personajes con aspecto de facinerosos que a primera vista no le ofrecieron la más mínima confianza y que además le exigieron por su trabajo una enorme cifra. Se suponía que estos sujetos le esperarían en Friburgo para guiarle y hacerle cruzar la frontera e introducirlo en territorio francés, pero tras producirse por sorpresa la invasión del sur de Alemania se negaban rotundamente a realizar el trabajo, aunque no a devolver el dinero, alegando que los pasadizos secretos podían haber dejado de serlo.
El plan inicial era que ellos debían conducirle a Mulhouse, en Francia, donde un falso taxista parisino le recogería para conducirle directamente a uno de los pisos que servían de guarida a las células secretas de las SS en París. Finalmente, logró convencer a los especialistas de que urdiesen cualquier otro plan que le permitiera llegar a la capital, y éstos, improvisando, lo escondieron en el pajar de una finca abandonada en las afueras de Friburgo en espera de una clara oportunidad para cruzar la frontera. La finca estaba en tal estado de ruina que no podía interesar a nadie, y hasta allí le llevaron algunos alimentos y una manta.
La primera noche durmió en el pajar, incómodo pero relativamente tranquilo. La segunda, los franceses tomaron Friburgo sin apenas resistencia. Esa noche no durmió. Los soldados del ejército francés registraron la finca. Durante la inspección, se acomodó en un lejano rincón del pajar y permaneció bajo la paja inmóvil, pistola en mano y sin seguro. Un soldado bastante inexperto pinchó y escarbó con un tridente hecho con ramas y, milagrosamente, no hirió ni descubrió a Adler, aunque éste tuvo las puntas del tridente a milímetros de su rostro. Al llegar la tarde del tercer día estuvo a punto de renunciar a la misión y tratar de regresar a Stuttgart para más tarde intentar llegar a Berlín, aunque era consciente de que ambas opciones serían muy difíciles de llevar a cabo. Para comenzar, intuía que todo el entorno de Stuttgart ya sería territorio ocupado, lo que hacía prácticamente imposible su retorno. Quién hubiera podido imaginar cuando se proyectó el viaje que quedaría atrapado entre dos fuegos. Ni podía cruzar a Francia ni regresar a Stuttgart o Berlín, pero, para su sorpresa, no fue necesario hacer más cábalas sobre el viaje, ya que, a la caída de la tarde, aparecieron los dos guías vestidos con uniformes militares franceses; conducían un vehículo de guerra francés y llevaban un mono de campaña para él. Adler, que se había escondido al escuchar el ruido del motor, reapareció al oír que lo llamaban por su nombre, y su sorpresa fue tal que quedó boquiabierto al descubrir los uniformes y el vehículo.
Al preguntarles cómo habían conseguido hacerse con todo ese material, señalaron sus armas y alguna mancha de sangre que quedaba en el vehículo. No dieron más explicaciones. A Adler se le heló la sangre en las venas. Por supuesto que aquello era una auténtica locura, pero, si verdaderamente intentaba, fuera como fuese, llegar a París, tenía que jugársela y dejarse llevar por aquellos peligrosos sujetos, ya que ésa era quizá la única manera posible de lograr el objetivo. Los dos especialistas hablaban francés como los nativos y portaban documentación falsa para los tres, lo que representaba una gran ventaja que había que tener en cuenta. En cuanto a él, aunque hiciera tiempo que no lo practicaba, su francés era tan bueno como el de cualquier parisiense. Sin tiempo para analizar demasiado las posibilidades de éxito, ya que la noche se les echaba encima y debían utilizarla para viajar, Adler se puso el mono de campaña y los especialistas le explicaron el plan que habían urdido para llegar cuanto antes a la capital de Francia, y que consistía en que Adler, poniéndose unos ajos bajo las axilas con el fin de elevar su temperatura al máximo, simulara ser un enfermo infectado con una enfermedad peligrosamente infecciosa cuya capacidad de contagio se desconocía. Sólo se sabía que el Estado Mayor había ordenado su ingreso en un centro de París para evitar una posible epidemia entre los miembros de su compañía.
No es que fuera una maravilla de plan, pero al menos sí un recurso con posibilidades. Tan pronto se hizo la noche, Adler se colocó los ajos pelados en las axilas y, tras envolverse en una manta, se situó en la parte trasera del vehículo. En aquellas condiciones esperaba elevar su temperatura por encima de los cuarenta grados. A las cuatro de la mañana, inmerso en fantásticos sueños que le producía la fiebre, a la salida de Nancy cayeron en un control de carreteras del ejército. Un oficial se acercó al vehículo y les solicitó la documentación, a lo que el chófer y su acompañante, que se cubrían la boca y la nariz con un pañuelo, le explicaron la gravedad del caso que llevaban detrás. Cuando el oficial supo de lo que se trataba ni siquiera quiso ver la documentación del enfermo y con un rápido gesto los obligó a continuar su viaje. Aquello había funcionado mejor de lo que esperaban, y los especialistas se hubieran alegrado enormemente si no fuera porque, a partir del control, Adler, que estaba completamente dominado por la alta temperatura, sufría unas tiritonas incontrolables y había caído en un sopor prolongado, comenzaba a decir frases incongruentes... Pero en alemán.
Para evitar un mal mayor, le quitaron los ajos de las axilas, lo destaparon y abrieron un poco las ventanillas traseras del vehículo. A Adler le había bajado la fiebre, aunque no por eso estaba en mejores condiciones, cuando llegaron a una finca de campo cercana a Reims donde contaban con un colega que les facilitaría un lugar donde descansar y recuperar fuerzas durante el día. Seguirían su camino caída la tarde, conscientes de que el truco del enfermo contagioso funcionaría mejor siempre durante la noche que durante el día. Tras unas horas de descanso, repusieron fuerzas con un surtido de quesos, pan y vino, alimentos que el colega amigo de los guías cobró a precio de oro y que para desgracia de Adler le produjeron unas incontrolables vomitonas. A la caída de la tarde salieron hacia París, donde estimaban llegar sobre la una de la madrugada.
Estaba claro que la mente de Adler no funcionaba con claridad, porque, de haberlo pensado detenidamente, jamás hubieran cometido la imprudencia de presentarse en el piso franco de la rue du Bac a la una y media de la madrugada y vestidos con el uniforme militar del ejército francés. Por más que esperasen a Adler y que éste, a pesar de las adversas condiciones en que se encontraba, pusiera el mayor interés en darse a conocer de inmediato, la sorpresa para los tres espías que habitaban aquel piso fue mayúscula. Para colmo de desgracias, los tres miembros de las SS estaban de celebración, y, cuando llegaron Adler y compañía al piso, aquéllos participaban de una orgía de alcohol y sexo en compañía de dos chicas alemanas de vida alegre y un homosexual austríaco. En el momento en que Adler pulsó el timbre de la puerta, los tres residentes y sus tres invitados jugaban a perseguirse los unos a los otros por todo el piso completamente desnudos.
El sonido del timbre fue como una alarma para los tres miembros de las SS. A pesar de la gran cantidad de alcohol ingerido, un sexto sentido permanecía en alerta por deformación profesional. Cuando uno de ellos utilizó la mirilla de la puerta para ver quién llamaba a esas horas y descubrió a tres militares franceses de uniforme y armados, comenzó a gritar como un loco indicando a sus compañeros que buscasen las armas. Los habían descubierto y venían a por ellos. Los tres pensaron que tendrían que enfrentarse a muerte o tratar de escapar de la mejor manera posible. Pero ninguna de las dos opciones fue necesaria.
Cuando se reunieron de nuevo en el salón, los tres armados aunque desnudos, se encontraron con la puerta del piso abierta de par en par y, bajo el marco, completamente desnudo y de espaldas a ellos, al homosexual austríaco, quien, en aquel momento, les decía a Adler y a los dos guías:
—Lo mejor que podéis hacer es pasar y participar en la fiesta. Llegáis en el mejor momento. Todavía no ha ocurrido nada. Estaba a punto de suceder cuando habéis llamado.
Adler observó asombrado a aquel individuo al tiempo que descubría al fondo a tres hombres desnudos y armados y a dos chicas que trataban de cubrirse el cuerpo con cojines. A pesar del agotamiento que dominaba su organismo, inmediatamente se hizo cargo de la situación:
—Soy el Obersturmführer Adalbert Adler —dijo en alemán y levantando la voz—. ¿Puedo saber quién de ustedes tres es Hahn Wulff?
Uno de los tres hombres, a pesar de la borrachera, reaccionó de inmediato envarándose y saliendo de detrás de un sofá.
—Ya no le esperábamos, Obersturmführer.
Adler se quedó mirando por un instante a aquel ser humano esperpéntico: bajito, medio calvo, barrigón y con aquel largo miembro lacio y fino que le colgaba como una salchicha falta de chicha. Apartando con una mano al austríaco, hizo pasar a los dos guías al tiempo que cerraba la puerta.
—Intuyo que no deben de estar al corriente de los últimos acontecimientos. ¿Han tenido noticia de la invasión que está llevando a cabo el general Leclerc sobre el sur de Alemania?
Los tres hombres desnudos le miraban con incomprensión, por lo que Adler continuó:
—¿Tampoco saben por dónde debía yo cruzar la frontera?
Hahn Wulff tardó unos instantes en analizar la pregunta, pero al fin, y tras una ridícula pausa, pudo responder:
—¡Ah, ya! Claro, ahora comprendo. Si me permite, voy a ponerme una bata y continuamos la conversación.
—Me importa un bledo su desnudez, y no me apetece mantener una conversación con una pandilla de borrachos a estas horas de la madrugada —respondió Adler iracundo—. A no ser que lo que estén celebrando, en cuyo caso me agregaría a la celebración, fuera la posesión de un sobre marrón, hecho que aliviaría mucho este desgraciado momento y por lo que yo les pregunto: ¿tienen ese sobre?
Los tres espías palidecieron. No sabían qué hacer ni qué postura adoptar. Los efectos del alcohol habían desaparecido, y eran conscientes de estar haciendo el más bochornoso de los ridículos.
—¿Tienen ese sobre? —insistió Adler.
—Creemos tenerlo localizado —contestó Wulff sin atreverse a mirarle a los ojos.
—Pues si saben dónde está, ¿qué esperan para hacerse con él? Llevo cuatro días sin dormir y voy a continuar despierto hasta que me entreguen ese documento. ¿Me están entendiendo? ¡Quiero ese sobre en mis manos inmediatamente! Desafortunadamente, debo informarles de que en esta misión les va la vida. ¡Vamos, muévanse!
Los tres espías corrieron a sus habitaciones y al cabo de pocos minutos aparecieron vestidos y con sus pistolas de reglamento cargadas. Mientras salían del piso, lo último que oyeron fue la voz de Adalbert Adler:
—Un fallo más y su futuro estará acabado, caballeros.
Cuando se hubieron marchado, los dos guías se derrumbaron en un sofá. Adalbert Adler buscó un sillón y se dispuso a quedar de guardia en espera de los tres espías. Las dos chicas alegres se retiraron mustias en busca de su ropa y el austríaco, cariacontecido, se sentó en un sofá, se cubrió con un almohadón la entrepierna y, con un gesto de total desprecio hacia Adler, comentó con sorna:
—¡Siempre hay alguien que te pincha el globo!