33
Erika de Cock creía experimentar eso que todos llaman felicidad y que ella no había tenido ocasión de disfrutar ni recordaba haber sentido jamás. La sensación que dominaba no sabía bien si su alma o su corazón era un maravilloso estado de bienestar que la llenaba de ilusión y por el que estaba dispuesta, de ser necesario, a entregar la vida. Quizá lo que sentía no era felicidad y se conociera con otro nombre. ¿Podría entonces llamarlo amor? ¿O tal vez era un modo de contemplar la vida que no tenía nada que ver con su alma ni con su corazón, pero que se había instalado en su mente para hacerla sentir importante, dichosa, merecedora de una buena estrella y digna de permitirse soñar con todo lo afortunado que ofrece la existencia? Sin preocuparle demasiado el nombre y su significado, ella deseaba llamarlo amor, y como tal lo definiría a partir de ese momento.
Porque era lo lógico, lo natural. ¿Cuántas situaciones, decisiones y eventualidades tienen que mediar para que se produzca un encuentro entre dos seres humanos necesitados de amor y proclives a éste? Dado que habitaban el mundo miles de millones de seres humanos, infinitas personas..., no podía dejar de admirar el magnífico azar que los había bendecido al permitir que se hubieran conocido. Coincidieron, ambos estaban en el lugar preciso y en el momento exacto, allí donde alguien, sin contar con ellos, había previsto la cita de sus vidas: el encuentro inesperado; el mayor albur en sus existencias. Para mayor fortuna, ese hado, ese algo o alguien quiso también que ambos vivieran y salieran ilesos de un mortífero bombardeo justamente el día en que se habían conocido. ¿Se puede pedir más? Sólo el amor es capaz de recorrer caminos tan misteriosos y tortuosos para lograr su deseo, sólo él es capaz de descubrir y calibrar la ilusión que anida en las mentes de los propicios al encuentro. Sí, por eso ella lo llamaría amor.
A pesar de haber nacido en el seno de una familia dedicada al mundo del espectáculo, con lo que ello implicaba en cuanto a viajes e inestabilidad, Erika no había sufrido las consecuencias que acarreaba la profesión de sus padres. Desde niña, y acompañada por una rutina estable y apacible, permaneció, se crió, estudió y creció en la tranquila ciudad de La Haya, donde una hermana de su madre, una solterona, se encargó de cuidarla y prepararla para la vida cuando sus padres, obligados por el oficio, viajaban a otras ciudades del país o al extranjero. Allí, en La Haya y bajo la estrecha vigilancia de su tía, experimentó el cambio de niña a mujer y conoció lo atractiva que resultaba al sexo opuesto.
Desde muy joven había aprendido el secreto de la sencillez, principio que la había conducido al refinamiento y a la elegancia. Por eso cuando un hombre la miraba no lo hacía una sola vez, sino que, admirado por su humildad, se recreaba en su armónica imagen. A los dieciséis años de edad, sus padres, por razones económicas, se instalaron definitivamente en Berlín, donde las ofertas de trabajo cubrían ampliamente sus necesidades. Conscientes de que la estadía en Alemania podría ser indefinida, Erika viajó a Berlín para reunirse con ellos y se instaló en un cómodo y céntrico apartamento. Allí, al verse obligada a estudiar en la lengua teutona, descubrió su gran facilidad para hacerse con un nuevo idioma.
Sus padres, grandes artistas y creadores de nuevas técnicas para proyectar sombras chinescas, habían tratado de educar a su hija en ese original arte, mostrándole los secretos de la profesión y ofreciéndole un futuro garantizado, pero Erika, que había descubierto su habilidad políglota, prefirió dedicarse a la filología en lugar de exhibirse en público, algo que en principio detestaba y para lo que no se sentía preparada. Además de sus estudios, se había despertado en ella un gran interés por el deporte, y comenzó a practicar distintas especialidades. Resultó ser magnífica en natación y excelente en gimnasia, actividades que en seguida hubo de limitar al descubrírsele el padecimiento de una arritmia de carácter leve pero digna de la mayor atención. Esa triste noticia afectó a su carácter por un tiempo, durante el cual sufrió un estado de depresión que la condujo a un peligroso grado de inapetencia. Con una gran dosis de paciencia, el dulce y sacrificado cuidado de sus padres y el consejo de dos especialistas en la materia, logró recuperarse de la enfermedad mental, pero no así de la arritmia, que perduró por un tiempo hasta que los médicos lograron controlarla.
Independientemente del amor y la admiración que sentía por sus progenitores, en especial por su padre, encontró en los estudios y en el descubrimiento de las nuevas lenguas la manera de olvidar su problema de salud, y dedicó a la investigación y el análisis de los idiomas la mayor parte de su tiempo. Al finalizar su tercer año de estudios creyó haberse enamorado. Su profesor de inglés parecía haberla cautivado con sus citas sobre Shakespeare y el teatro renacentista inglés, además de la atractiva lectura de un sinfín de versos de los más geniales rapsodas de habla inglesa, como William Wordsworth y Samuel Coleridge, creadores de la poesía romántica inglesa. Con la mayor ilusión, sobre todo por parte de ella, comenzaron a visitar museos juntos, así como a frecuentar la oferta teatral de la ciudad en aquellos momentos. Para Erika, dedicada por entero a sus estudios, a excepción de algún que otro viaje en los que había acompañado a sus padres durante las vacaciones, todo resultaba novedoso y atractivo.
Curiosamente, y a pesar de vivir en el seno de una familia dedicada al complejo arte del espectáculo, todo cuanto veía le parecía nuevo e interesante. Tras presenciar una obra teatral y mientras disfrutaban de una cena, o simplemente de una copa, discutía con el profesor el argumento y le divertía hacer profundos análisis sobre los personajes. A veces, éstos eran tan auténticos y certeros que dejaban completamente perplejo al maestro, quien, asombrado y sorprendido a la vez por el equilibrado criterio con que juzgaba las obras, se sentía cada vez más cautivado por la interesante personalidad de la joven.
Sin embargo, y desde el punto de vista de ella, con él sucedía todo lo contrario: así como en un principio el profesor había logrado cautivar el inexperto y joven corazón de Erika utilizando para ello recursos ya probados en otras experiencias, que en un primer momento parecían llenar de romanticismo sus citas y que, para una mentalidad joven y ágil como la de ella, resultaban apropiados y convincentes, en cuanto los utilizó en exceso o los repitió con frecuencia comenzaron a dejar de producir el efecto deseado; por el contrario, descubrían las ocultas intenciones del profesor, a pesar de que las envolvía en la mejor poesía, rima o frase feliz. Erika, que despertaba a los afectos con la mayor inocencia y limpieza de espíritu, conforme avanzaba la relación entre ambos, muy despacio, levemente, descubría en la mirada del profesor algo que no podía explicarse con claridad pero que producía en ella una especial desconfianza, y sentía una total falta de identificación con aquellos melosos comentarios dichos con un despliegue de gestos y miradas insinuantes y repetidos a veces hasta la saciedad.
Pero todo en esta vida llega, y llegó el día en que el profesor se equivocó. Tan inteligente como era para ejercer su profesión y embaucar con palabras y textos ajenos al sexo opuesto, no supo sin embargo medir el nivel de inteligencia y madurez con que Erika estaba dotada.
Una noche, tras disfrutar de un magnífico espectáculo de variedades en la sala Scala —en cuyo vestíbulo colgaba una fotografía de sus padres entre los históricos retratos del genial payaso suizo Grock y el mejor malabarista de la historia, Enrico Rastelli—, el profesor, con la mayor inocencia y naturalidad, comunicó a Erika que había reservado mesa en el restaurante Lorenz Adlon del hotel Adlon Kempinski, y Erika, desconocedora por entonces de la categoría de aquel local, aceptó con la mayor naturalidad la invitación. Una vez sentados a la mesa, el profesor, tratando de impresionarla, comenzó a hablar sobre la historia del hotel Adlon, fundado en 1907 y que había hospedado en sus habitaciones a los más célebres personajes del siglo XX. De hecho, en aquellos precisos momentos ocupaban sus mesas importantes personajes del ambiente artístico, así como varios políticos y militares. Ella, sin darle mayor importancia, escuchaba con sumo interés y naturalidad; para ella, aquella información era una lección más de su profesor, o pura cháchara que no conducía a ninguna parte y mucho menos a hacerla sentirse influida por la grandeza del lugar y su entorno.
La grandilocuencia con que su profesor vendía el lugar y su historia no hacían mella en ella, ni siquiera cuando él discutió con el maître al tratar de pedir un plato en francés, algo que puso de bastante mal humor a este último. Pero lo que no esperaba Erika, y mucho menos el profesor, fue lo que sucedió tras los postres: un camarero acababa de dejar sobre la mesa una bandejita de plata con la cuenta, y el profesor, tras releer varias veces la suma que reflejaba el recibo, introdujo su mano en el bolsillo y, en lugar de extraer la cartera, sacó algo, lo puso en la palma de la mano derecha de Erika y la cerró a continuación. La muchacha, sorprendida, reflejó en su rostro un gesto de preocupación, pero, cambiando de inmediato a una serena sonrisa y acompañándola con un inocente gesto de asombro, preguntó:
—¿Qué es esto?
El profesor bajó la mirada.
—¡La llave de la felicidad! —respondió sin atreverse a mirar directamente a los ojos de la joven.
Erika, intrigada, abrió lentamente la mano y descubrió una llave. Quedó con la mirada fija en ella mientras su mente trataba de adivinar su significado. Tras una larga pausa en la que confundía sus pensamientos con el ruido de los cubiertos y la vajilla del comedor, se hizo una pequeña luz en su cerebro que fue creciendo hasta iluminar completamente su cabeza.
—Espero que esto no sea lo que me imagino —le espetó al profesor con rabia contenida.
—Es la llave de la felicidad, cariño —insistió el hombre—. Ya es hora de que nos conozcamos mejor. Sube tú primero a la habitación. Yo iré tan pronto abone la cuenta...
La reacción de Erika no se hizo esperar. Primero se lo quedó mirando fijamente a los ojos, pero sin verle en realidad. Su mente trabajaba a gran velocidad tratando de comprender aquella situación y en cuestión de segundos comprendió la razón de ser última de todas aquellas poesías y frases rebuscadas en boca de aquel cerdo. ¿En qué podrido cerebro había germinado la insolente idea de que le entregara su cuerpo? ¿Cuándo había dado ella a entender que lo quisiera hasta ese punto? «¡Te equivocas, profesor! —se dijo—. Aquí no te valen ni William Wordsworth ni Samuel Coleridge. Ni siquiera te valen todos los Shakespeares de la historia del romanticismo inglés.»
Y poniéndose en pie, mientras cogía en sus manos la copa medio llena de vino del Rin que él había usado, lo despachó destilando ironía.
—Como dijo tu amigo Shakespeare: «Ser o no ser.» —Y levantando la llave en el aire la dejó caer dentro de la copa de vino—. Y ahora bébetela, a ver si eres capaz de abrir tu cerebro a algo que se llama inteligencia. ¡Hasta nunca, profesor! —Y se despidió sacándole tres cuartos de lengua.
Erika empezó a andar despacio pero absolutamente orgullosa de su comportamiento. Antes de abandonar el comedor y ya desde la puerta, miró de reojo al profesor y descubrió que éste aún estaba observando la llave en el fondo de la copa... Ésa fue la última imagen que tuvo de él. Jamás volvió a verle.
Ahora, pasado el tiempo, reía en su interior recordando a aquel ridículo aprendiz de Tenorio.
Ésa había sido su única experiencia seria con un ser del sexo opuesto antes de conocer a Juan Carlos, y le había servido de mucho. Aquella prueba había sembrado en ella un especial instinto de cautela que más tarde, al principio de su relación con Juan Carlos, había estado presente en ella y la había mantenido alerta, profundamente desconfiada, y atenta a los gestos y detalles que surgieran de él. Sin embargo, el carácter de Juan Carlos, su espontánea y natural manera de proceder, su humildad y, también, aquel poderoso atractivo físico que tan sólo mostraba durante sus actuaciones profesionales acabaron por dominarla completamente, y se entregó a Juan Carlos en cuerpo y alma, sin limitaciones, tal como entendía que lo había hecho él.
Y estaba totalmente satisfecha y orgullosa, aparte de convencida, de la decisión tomada. Sin complejos. Se sentía plenamente mujer, y mujer feliz. Había completado un ciclo de juventud y ahora acababa de comenzar otro en el que el amor era imprescindible y parte importante de un todo en esa época de la vida. Era plenamente consciente de que jamás se había sentido como lo hacía ahora, embargada por una sensación especial y única que llenaba su existencia con una especie de ilusión de futuro jamás sospechada. Algo desconocido por ella y por lo que definitivamente valía la pena vivir. ¡Quería vivir! ¡Soñaba con un futuro envuelto por el amor! ¡Llenaba sus horas, sus minutos, sus segundos de una ilusión diferente! ¡Una ilusión compartida que deseaba que no llegara jamás a su fin! Pero aquella ilusión, aquel estado pasional, aquella felicidad completa y única, hacía nacer en ella, como una especie de contrapartida, un sentimiento desconocido que invadía su vida y le creaba una desazón que, de una manera lenta pero insolente, iba carcomiendo su cerebro: el terror a perderlo. El miedo a que alguien se lo arrebatara de su lado. Los terribles celos femeninos que llenan la mente de fantasmas en forma de competidoras. Ese miedo ancestral a perder aquello por lo que se entrega el alma y el corazón, y que, de no ponerle freno, puede conducir al ser humano a un disparatado estado de inestabilidad cercano a la locura. ¡Locura de amor!
Por primera vez en su vida, ahora tenía un doble motivo por el que luchar: el amor fraternal a su padre y a su madre, y ese otro amor al que no sabía dar nombre, loco, sublime, genial, maravilloso, incondicional y total. Ahora sabía bien lo que deseaba y lo que quería hacer de su vida en el futuro. Lo sabía perfectamente hasta el punto de llegar a cualquier extremo antes de permitir que nadie desviase la ruta marcada por el destino. Su ruta. La que siempre había soñado.