17

Ese día, el Circus Blunder amanecía con un inusitado movimiento dentro de su recinto. Había corrido la voz acerca de los importantes visitantes y nadie, absolutamente nadie, quería perderse la oportunidad de saludarlos o conocerlos personalmente.

En el remolque-comedor, tanto los cocineros como los camareros, bajo las órdenes de Fritzi, preparaban con los pocos alimentos que conseguían —la mayoría de contrabando y a cambio de invitaciones para presenciar el espectáculo— un desayuno especial para los dieciocho visitantes del que se beneficiaría también todo el personal del circo.

El rígido sistema de horarios de ensayo en la pista hacía que las familias que habían reservado las primeras horas de la mañana ya se encontraran en ella ensayando o aprendiendo cómo jugarse la vida de la manera más segura —el «más difícil todavía»— o algo tan fácil y a la vez tan complicado como arrancar una espontánea carcajada a un público que ha pagado por ello.

Kasch, quien normalmente no aparecía antes de las once de la mañana, ya había desayunado y andaba por el recinto dando órdenes a diestro y siniestro. Se presentaba un día diferente dentro de la pequeña comunidad circense, pues los visitantes ofrecían un aliciente especial a un día que, de no ser por ellos, hubiera sido perfectamente rutinario. Afortunadamente, no era así, y tanto artistas como empleados se movían esa mañana con una mayor dosis de ilusión.

Juan Carlos, que había sido uno de los primeros en disfrutar de aquel agradable y reparador desayuno, vio a través de una de las ventanas del carromato cómo Kasch, acompañado por tres de sus empleados, entraba en la tienda de los elefantes.

Tras agradecer a la cocinera y a los camareros el interés y las atenciones demostrados, bajó del remolque y se dirigió a la gran tienda. Al entrar en ella, descubrió a un empleado que hacía limpieza entre los animales y que, saludándole con un golpe de cabeza, sin decir ni una palabra levantó su brazo y señaló en dirección a la trastienda. Juan Carlos se dirigió hacia allí y, al asomar la cabeza por una abertura en el gran paño que separaba la tienda de la trastienda, descubrió a Kasch y a tres de sus hombres observando con detenimiento el autobús. Ninguno hablaba, los cuatro miraban el vehículo con la mayor atención, probablemente pensando en cómo disfrazarlo sin perjudicar su utilidad. Juan Carlos, que no deseaba interrumpirlos, al ver que uno de los hombres comenzaba a dibujar algo sobre un pliego de cartulina, se atrevió a saludar.

—Buenos días.

Los cuatro hombres se volvieron a un tiempo. Kasch, con su carácter campechano y abierto, de inmediato reaccionó y presentó a Juan Carlos.

—Aquí tenéis al Gran Barrachina, el mejor trapecista del mundo. —Los tres empleados le saludaron con el mayor de los respetos.

—No le hagáis caso, es un exagerado —dijo Juan Carlos.

—He dicho la verdad... —ratificó Kasch—, igual que te voy a decir la verdad acerca de lo que se puede hacer con este autobús. Llevamos un rato observándolo y hemos llegado a la conclusión de que no se puede sobrecargar. Sus ballestas no aguantarían mucho peso, por lo que tenemos que pensar en agregarle algo ligero de peso pero que cambie completamente su imagen. ¿Qué te parece si lo convertimos en un órgano musical gigante?

—¿No sería muy llamativo?

—Depende de para qué lo quieras —dijo Kasch—. Un órgano de circo puede ser el mejor pasaporte del mundo para cruzar fronteras.

—¿Tú crees? —preguntó dudoso Juan Carlos.

—Mejor que nadie sabes perfectamente que el circo es mágico y apolítico. Hasta ahora —comentó Kasch con seguridad— no conozco ningún caso de detención contra un espectáculo circense.

—Puede que tengas razón.

—Sólo hay un problema —interrumpió Kasch. Y, pasándole el brazo sobre los hombros, se llevó a Juan Carlos a una esquina de la trastienda y le dijo en voz baja—: Tengo que ser sincero contigo. La temporada es un desastre y apenas sacamos para sobrevivir, la economía anda muy floja. ¿Tienes algún dinero?

—Puedo dedicar algo, pero...

—Lo que puedas. El resto lo pondremos nosotros.

—De acuerdo —zanjó Juan Carlos.

En aquel momento aparecieron en la trastienda los gemelos Orakis, y Kasch les explicó rápidamente cómo convertirían el autobús en un órgano musical de tubos. Una vez que estuvieron todos de acuerdo dio las instrucciones pertinentes a sus hombres y éstos pusieron el proyecto en marcha.

Tras media hora de estudio, y según los cálculos del capataz trabajando a doble jornada y utilizando como mano de obra a todos los hombres de la compañía, el gran órgano musical gigante podría estar terminado al cabo de tres días. Juan Carlos no era partidario de perder tanto tiempo, ya que su deseo era salir cuanto antes de Alemania, pero comprendía que con aquel autobús no podían continuar el viaje y no le quedó más remedio que aceptar. Seguir su camino sin camuflar el autobús sería correr un riesgo inútil, puesto que, tarde o temprano, terminarían por descubrirlos y detenerlos. Por otra parte, Aetos tenía razón al comentar que aquellos tres días le vendrían muy bien a toda la troupe de ancianos para descansar y recuperarse.

Todo un cargamento de madera y pintura que Kasch guardaba para sus propias reparaciones fue puesto al servicio del proyecto, lo que redujo el costo de la operación considerablemente. Juan Carlos sacó de su baúl-armario unos cuantos billetes y se los entregó a Kasch, que los aceptó aclarando que le devolvería lo que sobrase. Y es que Kasch pensaba que con lo recibido se las podía arreglar perfectamente, pero además, en aquellas circunstancias, le hacía ilusión cobrarse el favor de otra manera.

—¿Conservas tu equipo de trabajo? —le preguntó a Juan Carlos.

—Completo —respondió el trapecista—. Todo está en el autobús.

—¿Puedo pedirte una locura? —inquirió Kasch con la esperanza reflejada en su mirada.

Juan Carlos intuyó su deseo, por lo que respondió:

—No pretenderás que...

Kasch, con una sonrisa de complicidad, afirmó con la cabeza.

—¡Estás loco! —bromeó Juan Carlos—. No estoy preparado y hace varios días que no me entreno.

—Eso es lo de menos. Un buen ensayo mañana por la mañana y, en la función de tarde, el gran Circus Blunder tendrá el orgullo de presentar en su pista al mejor trapecista del mundo: el Gran Barrachina.

—No, no, espera —rebatió Juan Carlos, preocupado—. Imagino que te hace mucha ilusión, pero yo necesito al menos una semana de ensayos y precalentamiento para ponerme en forma. No podría, y piensa que llevo cuatro días conduciendo y maldurmiendo.

—¿Sabes lo que representa para la historia de mi circo presentarte en mi pista? ¡Es una oportunidad única! Lo hemos estado comentando Fritzi y yo esta mañana. Ella está todavía más ilusionada. Primero pensamos que era un abuso por nuestra parte, pero conforme fuimos avanzando en la idea llegamos a la conclusión de que la amistad que nos une nos permite el atrevimiento de pedírtelo, y, además, en una situación inversa nosotros lo haríamos por ti. Vamos, Juan Carlos. Si no te ves capaz de hacer todo el trabajo, haz lo que puedas.

La sinceridad y la espontaneidad con que Kasch se expresaba le convencieron. Juan Carlos sabía que no estaba en condiciones de presentar todo su repertorio, pero Kasch le pedía sólo un poco, lo que buenamente pudiera. Agarrándose a esa premisa, respondió:

—De acuerdo, Kasch. Haré lo que pueda, aunque no te prometo mucho. Resérvame la pista para ensayar mañana y no olvides citar a la orquesta. Si después del ensayo me veo con fuerzas, haré lo que el cuerpo me permita.

Kasch le abrió los brazos de par en par para estrecharlo en un fuerte y emotivo abrazo de agradecimiento. En aquel momento entraba Fritzi, quien, al verlos, con un gesto de alegría supuso:

—¡Lo has convencido!

—Me ha costado, pero sí, lo he conseguido —exclamó Kasch soltando una ruidosa carcajada.

Puesto que durante la noche, para evitar la iluminación por los bombardeos, no actuaban, Juan Carlos aprovechó para realizar el complejo montaje de su trapecio en la cúpula de la carpa. Contaba para ello con la espontánea colaboración de los compañeros que integraban la compañía del Circus Blunder, además de los mozos de pista y los técnicos del circo. Los ancianos, que acababan de cenar, se sentaron en los palcos para presenciar el montaje de los aparatos mientras fumaban colillas de cigarrillos que sacaban de los bolsillos al tiempo que charlaban entre ellos.

Rozando las once de la noche dieron por terminado y comprobado el montaje. Kasch, que había colaborado como uno más, ordenó citar en tablilla a todos los hombres de la compañía a las ocho de la mañana en la trastienda de la carpa de los elefantes. Mientras tanto, la orquesta ensayaría la música que acompañaría la actuación del Gran Barrachina. Una vez notificado el personal, se retiraron todos a descansar en sus caravanas, y el jefe electricista fue apagando las pocas y tenues luces hasta dejar la mínima iluminación de guardia. Juan Carlos y Erika, para relajarse un poco y aprovechando que todo el circo dormía, decidieron disfrutar de aquel silencio charlando un poco antes de dormir, por lo que, bien envueltos en mantas, se sentaron muy juntos en los escalones de acceso al remolque. El momento resultaba tan íntimo y mágico que, durante unos minutos, ninguno de los dos habló, y calentitos y abrazados permanecieron en silencio, cada cual en comunión con sus pensamientos.

—¿Estás bien? —preguntó Juan Carlos cuando había pasado un tiempo.

—Estoy en la gloria —respondió con un hilo de voz Erika.

—Apenas distingo tu perfil —dijo Juan Carlos—. Aun así, con lo que veo me conformo, no pido más. Estás preciosa, y tengo que decirte una cosa... Junto a ti me siento muy bien.

—Igual que yo junto a ti.

—Necesitaba un momento como éste.

—¿Estás nervioso?

—Preocupado. Llevo días sin ensayar...

—No lo hagas —le pidió Erika tratando de mirarle a los ojos.

—Es lo menos que puedo hacer por Kasch y Fritzi.

—¿Es cierto que te juegas la vida en cada actuación?

—La gente exagera.

—Pero ¿es cierto o no es cierto?

—A ti eso no te debe preocupar.

—Me preocuparía igual lo hiciera quien lo hiciera, más si lo haces tú.

—Pues qué bien, porque ya somos dos los que nos preocupamos por lo mismo.

—De todas formas, mañana no pensaba ir a verte.

—Harías mal.

—¿Por qué?

—Porque tienes que empezar a acostumbrarte. Además, me sentiré mejor y más seguro si estás ahí.

—Primero contesta a mi pregunta: ¿es cierto que te juegas la vida?

—Un poquito, pero muy poquito.

—No lo entiendo.

—¿El qué?

—Que haya alguien que se juegue la vida para vivir. Es un contrasentido descomunal.

—No lo creas. Mi trabajo contiene un pequeño porcentaje de riesgo que yo controlo. Sin embargo, a cambio de ese pequeño riesgo, fíjate bien en todo lo que recibo: aplausos, felicitaciones, dinero, halagos, conocer mundo... No es para vivir, es para disfrutar por lo que lo hago, y no puedes imaginar lo que siento cuando estoy allá arriba. La sensación es única, y la grandeza de sentirte un pájaro no tiene precio. Mientras realizo mi trabajo me siento como un rey, inalcanzable. No existe mayor libertad que la que experimento en la cúpula del circo. Son tan pocas las ataduras en ese momento que cualquier desliz me puede costar la vida, pero vale la pena, te lo aseguro.

—Cuánta emoción pones en tus palabras...

—La misma que siento cuando estoy sobre el trapecio.

—Se nota que amas tu profesión.

—Es lo único que debería tener la mujer que decidiera compartir su destino con el mío: mi amor por la profesión.

A pesar de la oscuridad, Erika buscó en los ojos de Juan Carlos la verdad que éste trataba de expresar con palabras. Mientras le miraba, balbuceó.

—Mañana seré la que más pendiente esté de tu actuación.

—Mañana —respondió Juan Carlos acercando sus labios hasta hacerle sentir su propio aliento— estaré allá arriba sólo para ti...

Y unieron sus labios en un beso suave, tierno, entrañable. Un beso interminable que expresaba más cosas que todas las palabras creadas hasta entonces por la humanidad.

Afortunadamente, el día siguiente amaneció soleado, lo que ayudó a crear una temperatura agradable bajo las carpas. La trastienda de la carpa de los elefantes era un hervidero de actividad: excepto la orquesta y todos los mozos, que se encontraban en la pista central del gran chapiteaux ensayando con Juan Carlos, el resto permanecía trabajando y colaborando en la conversión del autobús en un órgano de tubos gigante.

Los ancianos, tras un buen desayuno y un mejor descanso, hacían lo que podían por aportar su granito de arena a la obra. Kasch y el jefe carpintero daban órdenes que todos obedecían sin rechistar, y reinaba un espíritu de colaboración especial. Los artistas y empleados del Circus Blunder sentían un singular orgullo al participar en aquella labor junto a aquellas viejas glorias, pues se les había brindado una oportunidad única de conocerlos personalmente. De vez en cuando, Bergen, que había aprendido a imitar las voces del carpintero jefe y de Kasch a la perfección, daba órdenes encontradas que confundían al personal y hacían levantar fuertes carcajadas.

Cuando Juan Carlos terminó su ensayo y pasó a la trastienda, quedó sorprendido. Para entonces ya no se reconocía el autobús: estaba pintado en su totalidad de color oro y cubierto en sus laterales con los que, una vez terminados, representarían ser tubos de órgano. El trabajo era perfecto, y cuando aquel instrumento rodante estuviese terminado no reconocerían el vehículo ni los propios fabricantes.

La llamada desde el remolque-comedor al primer turno de comensales dio por terminada una inolvidable mañana de buen trabajo y compañerismo. Todos se retiraban a sus caravanas para proceder al necesario aseo antes de acceder al comedor. Durante el almuerzo no se habló de otra cosa que no fuera la actuación del Gran Barrachina esa misma tarde. En el turno especial en que almorzaban los invitados, Aetos buscó coincidir con Juan Carlos y se sentó junto a él en la larga mesa. Nada más comenzar a comer, preocupado ante la inapetencia de Juan Carlos, que no probaba bocado, le comentó:

—Ya veo que no puedes comer. Eso no es bueno.

—Nunca como nada hasta después de la actuación. Tú lo sabes bien.

—Pero hoy estás preocupado...

—No lo creas.

—Estás preocupado, y bastante.

—Bueno, puede que esté un poco preocupado, pero no lo suficiente como para que afecte a mi trabajo.

—Déjate de historias, que yo te conozco muy bien. En cualquier caso, estás a tiempo de rectificar tu compromiso con Kasch y Fritzi. Piensa que, en definitiva, sólo se trata de un capricho.

—Un capricho y algo más: para mí es un orgullo que ellos me pidan este pequeño esfuerzo.

—La pregunta es: ¿estás en condiciones de hacerlo?

—Mira todo lo que están haciendo ellos por nosotros.

—¿Estás en condiciones? —repitió Aetos sin darle tiempo a pensar.

—Creo que sí...

—No me vale con un «Creo que sí», incluye dudas, y ante la más mínima duda no deberías...

—Puedo —dijo Juan Carlos sin dejarle terminar la frase y mirándole a los ojos.

Aetos, tras bajar la cabeza y revolver con la cuchara el puré de patatas en su plato, dijo en voz baja:

—No estoy de acuerdo, pero estaremos en la pista, pendientes de lo que hagas.

A las cuatro de la tarde, con todo el personal impecablemente uniformado y en sus puestos, se abrieron las puertas del circo. El aforo del local aceptaba mil doscientas personas sentadas, pero debido a la inseguridad que vivía la ciudadanía esos días, cuatrocientas personas representaban ya un éxito. Dentro de las caravanas, los artistas, sobre todo, vivían un día especial. La ilusión de poder ver en directo a un compañero de tal fama les producía una inesperada felicidad. En el futuro podrían presumir de haber compartido pista con él, algo que todos sabían valorar en su medida.

La función transcurrió con normalidad hasta el momento de la presentación del invitado especial.

Kasch, con buen criterio, había suspendido el grand finale donde normalmente participaba toda la compañía y había puesto la actuación de Juan Carlos como colofón. El Gran Barrachina pondría el broche final a la tarde y, de esa manera, los artistas de la compañía y el personal de control y administración podrían salir a la sala para presenciar la actuación.

Llegada la hora, Kasch y Fritzi, elegantemente vestidos para la ocasión, aparecieron en el centro de la pista para presentar al artista invitado. Sus radiantes rostros reflejaban el orgullo que sentían al hacerlo. Los ancianos, sentados junto a todo el personal del circo en las gradas que había a ambos lados de la puerta de salida de artistas, disfrutaban con entusiasmo del momento. Aetos y Moses flanqueaban al artista vestidos con unos uniformes de mozo de pista y mezclados entre los que habitualmente ejercían tal función en el circo.

Coincidiendo con un redoble de timbal las luces se apagaron; sólo quedaron cuatro focos encendidos que alumbraban a Kasch y a Fritzi, quienes, agarrados de la mano y hablando simultáneamente, dijeron:

—Señoras y señores, como regalo especial, el Circus Blunder se complace en presentarles a... —el sonido del timbal fue creciendo en intensidad— ¡el Gran Barrachina!

La orquesta comenzó a interpretar el tema You’re the Top, de Cole Porter, mientras los focos se concentraban en la puerta de salida de artistas y dos preciosas jovencitas, vestidas como escuyeres, levantaban la cortina por la que apareció Juan Carlos. El primer impacto estaba logrado.

La efectista combinación de luces y música que acompañó su aparición, unida a la impresión que producía el vestuario de Juan Carlos —que vestía unos lujosos leotardos bordados en oro y negro en sus laterales que remedaban de alguna manera los adornos en las taleguillas o calzones de los trajes de torero, llevaba su pecho descubierto y, sobre su espalda, una impresionante capa de marabú que arrastraba varios metros—, preparó al público para algo especial. Juan Carlos, con exquisita disposición, había musicalizado toda su actuación con temas del afamado compositor norteamericano.

Al llegar al centro de la pista, dos señoritas le retiraron la capa y de las bocas de algunas damas del público escaparon exclamaciones de sorpresa y admiración. Su perfecto cuerpo de atleta resultaba impactante.

En ese momento la orquesta cambió al tema Just One of Those Things, a cuyo ritmo y utilizando sólo sus brazos, mientras Aetos le sujetaba la escalera colgante, subió a pulso escalón a escalón hasta llegar al trapecio. Una vez instalado en él, la orquesta cambió al tema In the Still of the Night, a cuyo compás comenzó Juan Carlos a balancear el trapecio hasta lograr que volara de lado a lado en un vuelo espectacular. Mientras, quedó colgando con ambas manos sujetas a la barra del trapecio. Entonces, suavemente, soltó una y fue girando todo el cuerpo muy lentamente, hasta cambiar de mano para repetir el ejercicio con la otra. Su escuela de punta de pie hacía recordar al ballet clásico ruso.

Impulsándose de nuevo, y cuando el trapecio estuvo a punto de tocar la lona del techo en la pieza central de la carpa, para estupor de los presentes Juan Carlos se colocó de pie sobre la barra del trapecio e, inmediatamente y por sorpresa, soltó sus manos de las cuerdas laterales y voló de lado a lado. Sin embargo, mantuvo el equilibrio utilizando como único contacto con la barra del trapecio las plantas de sus pies. Por un momento, los presentes contuvieron la respiración hasta constatar que el trapecista se agarraba de nuevo a las cuerdas laterales y saludaba, momento en que lo premiaron con una gran ovación. En los ejercicios de mayor peligro, Aetos, Moses y el propio Kasch hacían guardia colocándose bajo la pista.

A continuación, la orquesta comenzó a interpretar el tema I’ve Got You Under My Skin, con el que Juan Carlos trataba de lograr el más difícil todavía. Tras impulsar de nuevo el trapecio, y una vez en pleno vuelo, articuló un resorte mediante el que se unieron los dos extremos altos de las cuerdas del trapecio, y éste se convirtió en un triángulo y comenzó a girar en un perfecto tourbillon. Una vez adquirida la máxima velocidad, Juan Carlos colocó un pañuelo sobre la barra y, apoyando su cabeza sobre él, quedó en equilibrio y aferrado a las cuerdas. La orquesta bajó la intensidad de la música y el redoble del timbal sinfónico pasó a primer plano. Justo cuando todos los presentes pensaban que soltar las manos de las cuerdas sería mortal de necesidad fue cuando Juan Carlos lo hizo y, tras unos segundos con los brazos y las piernas tensados, comenzó a flexionar, a gran velocidad, tanto sus extremidades superiores como inferiores, con lo que consiguió un efecto visual sorprendente. Al recobrar una posición segura, sentado en el trapecio, el público, en una reacción espontánea, se puso en pie para ovacionarle. Los primeros que se levantaron emocionados fueron los propios artistas. Kasch miraba al público sorprendido, hacía tiempo que en su circo no se oían aplausos tan sonoros.

Quizá una de las razones de su gran éxito fuera la sencillez con que se jugaba la vida, valor intrínseco de su estilo, por otra parte tradicional en su familia. Durante la actuación no había en él ningún gesto de vanidad u orgullo, jamás solicitaba el aplauso. Por el contrario, esperaba que éste surgiera espontáneamente para agradecerlo con una leve sonrisa que acompañaba con una humilde mirada y una inclinación de cabeza.

Coincidiendo con la bajada en intensidad de la ovación, la orquesta comenzó a interpretar el tema Let’s Do It. Juan Carlos, mientras volaba sentado en el trapecio, tiró de una cuerda que cayó del techo. El tirón hizo que se abriera un artilugio y quedara suspendido a diez metros de distancia frente a él. Se trataba de un precioso paño de raso color marfil de unos cuarenta centímetros de espesor que quedó colgando hasta rozar el suelo de la pista. Entonces, la orquesta paró en seco y dejó que solamente se oyera el timbal sinfónico ejecutando un redoble. En pleno vuelo, Juan Carlos se colgó del trapecio con sus manos y voló varias veces de lado a lado hasta que, en una parada del redoble de timbal y en total silencio, soltó sus manos y voló varios metros hasta el paño y se quedó enganchado a él por una sola de sus piernas, que, enrollada en el paño, le permitió deslizarse boca abajo en un descenso vertiginoso y llegar al centro de la pista.

Tras un espontáneo y terrorífico grito del público, y con todos los presentes en pie aplaudiendo con emoción y fervor, la orquesta inició de nuevo el tema You’re the Top en un arreglo de grandiosa sonoridad que acompañó a Juan Carlos cuando salió a saludar y a agradecer los aplausos, cosa que tuvo que hacer hasta un total de nueve veces.

Aquella noche, la cena se convirtió en un homenaje de sus compañeros. Sin apenas luz para festejarlo, pero gracias a varias botellas de champán y licores que nunca se supo quiénes las habían traído ni de dónde salieron, los artistas y empleados del Circus Blunder, junto a las viejas glorias del espectáculo, olvidaron por un momento la cruenta realidad que estaban viviendo aquellos días y celebraron con entusiasmo algo por lo que todos ellos entregaban a diario sus vidas: el éxito.

Terminada la celebración, cuando todo el personal dormía, Juan Carlos y Erika cogieron varias mantas de sus departamentos y, envueltos en ellas aunque completamente a oscuras, fueron a sentarse para conversar en el mismo centro de la pista. Media hora más tarde se entregaban el uno al otro como nunca lo hubieran imaginado. Con todos los buenos sentimientos puestos al servicio del amor y fundidos sus cuerpos hasta convertirse en una sola pieza de carne vibrante, transformaron el lejano ruido de los motores de los aviones en la más cerrada e importante ovación que jamás hubieran recibido.