Antes 43

 

―Gloria, estoy contratando a mi prometido por hora, ¿podemos apurarnos?

A Gloria no le encantaba la presencia de Josh, para su suerte, él se presentaba poco en la oficina.

―Tu cita es en media hora, si no sales ahora, la vas a perder.

¡Mierda!

―Voy. Dile a Peter que me acompañe…

Gloria salió de la oficina sin esperar el ‘por favor’, solo con ella lo usaba y la muy ingrata lo despreciaba.

― ¿Se puede saber a dónde vas con Peter? Estas en horas de oficina ―me quité a Josh de encima para ajustar mi ropa. Si me apuraba, con suerte llegaba a tiempo, odiaba llegar tarde.

―Tengo cita con mi doctor, últimamente no me he sentido bien.

― ¿Qué tienes, Muñeca? ―Tomó mi mano y me forzó a sentar a su lado.

―Josh…

No quería llegar tarde. Odiaba a la gente impuntual.

―Christine, ¿qué tienes?

Y ahora nos poníamos serios. Con un poco de fastidio no tuve más remedio que claudicar―: Ayer me dormí en el carro afuera de los juzgados, me sentí muy cansada, casi me desmayo. No puedo tener esas bajadas, ni siquiera mi irlandés me despertó.

― ¿Ya no tienes prescripción? Toma, no hay necesidad de que vayas al médico. Ya le digo a mi Doc que necesitas más ―sacó una de sus pastillas y me la ofreció con la palma abierta como muchas otras veces, solo que ahora no la tomé. Tenía años de no visitar a un doctor real, nada me quitaba darme una vuelta.

―Ahora no, Josh ―me levanté y salí de mi oficina con él vigilando mi sombra. Fue poca la sorpresa cuando le quitó las llaves de mi auto a Peter, a veces Josh era un poco territorial.

Como esa vez…

― ¡Christine! ―Llegó de la nada exigiendo mi atención, no le interesó que acabara de salir de una junta. Traía la maniática expresión, esa que usaba cuando la droga corría por su sistema.  Gloria se excusó y me dejó sola con el hombre de ojos verdes―. Christine, ¿qué crees que haces?  

―Qué quieres decir con que, ¿qué hago? Trabajar, Josh, eso hago ―alguno de los dos tenía que hacerlo.

―El vestido, Chris, ¿en serio? 

― ¿Te gusta? Es nuevecito y de paquete.

Un día antes me gasté una buena pasta renovando mi guardarropa, el vestido verde agua fue uno de mis preferidos.

―Sí, si me gusta, solo que no estoy lo suficientemente loco como para atestiguar cómo te da neumonía. 

Solo tenía un poco de escote en la parte trasera… y delantera. Cabe decir que las compras las realice con un par de tragos encima.

―A Gloria le parece bien. 

―Oh, oh, a Gloria le parece bien.  

No fue buena idea mencionarla. Aunque de veras le pareció bien, incluso chifló un fiu-fiu cuando entre a la oficina. 

― ¿Cuál es tú problema? A todo mundo le gusta. 

― ¡Por supuesto que les gusta! ¡Quítatelo! 

Ja, ¡en sus sueños! 

―No puedes decirme que me lo quite.  

―Soy tú prometido. Quítatelo. 

La amenaza nunca era buena con Josh. Usualmente las cumplía. 

―Muy bien ―di la media vuelta, y empecé a bajar un tirante, ahí, enfrente de toda la oficina.

― ¿Qué haces? ¿Estás loca? 

― ¿Me lo quito o lo dejó? Tú decides. 

La pequeña furia con la que llegó fue desapareciendo. Entrecerró los ojos, miró al cielo, y empezó a reírse. Ese era mi Josh. 

 

Pero eso fue un par de años atrás, cuando todavía lo soportaba. Fue poca la sorpresa cuando le quitó las llaves de mi auto a Peter, tampoco fue sorpresa cuando le arrebaté las llaves y se las devolví a Peter, que fuera a jugar al territorial con alguna de sus amiguitas. ¡A mí que me dejara en paz!

Peter y yo llegamos a la oficina de mi doctor con dos minutos de atraso, aun así, odié mi impuntualidad.

― ¿Sigues sin fumar? ―Asentí muy orgullosa de mí misma, era de las pocas cosas de las que me sentía orgullosa―. ¿Copas por semana?

―Depende de la semana.

Medio sonrió, medio negó. Siguió escribiendo algo en el expediente con la mirada baja, cuando la subió, me cambio la vida.

― ¿Qué piensas de los bebés, Chris?

―No, no, no, ¡no! No bebés para esta mujer ―afirmé, reafirmé y consolidé señalándome―. A duras penas mantengo mis plantas vivas, ¿imagínate lo que sería de un bebé? No, no, no, no. Siempre estoy en corte, mis horas, mis días son una locura... Y no me mires así, el no querer hijos no me hace un monstruo, me hace un adulto responsable, con sus prioridades en orden…  

― Chris… ―interrumpió con media sonrisa mi letanía. Yo no le veía nada de gracia a la mención de un bebé. Un bebé no era una broma―, me parece que vas a tener que cambiar de opinión. Vamos a correr un par de pruebas, pero yo diagnostico un bebé.

― ¡¿Qué?! ¡¡Joder!! No, no es posible. Me cuido, me cuido mucho.

―Nada es cien por ciento confiable, solo la abstinencia. Y creo que no crees mucho en ella.

Antes de que tomaran una muestra de sangre, llamé a Josh―: Si no traes tú trasero pronto, te prometo que te dejó todos tus casos.

En menos de quince minutos, Josh Miller entró al consultorio. No quería saber dónde estaba jugando al territorial, ni con quién. ¡Joder! Y esto era el padre de mi inimaginable hijo.

― ¡Dios, Christine! No es una sentencia de muerte.

―Sí, Josh, ¡si una sentencia de por vida!

―Tranquila… ―se apresuró a decir cuando me escondí tras mis manos. ¿Qué iba a hacer con un bebé? Le tenía que dar cierto crédito a Josh, él tomó la posible noticia mucho más calmado que yo. Acarició mi nuca, besó mi frente, susurró planes, y nunca preguntó si era de él. Existía la posibilidad de que no fuera de él. Yo no sabía con quién pasaba todas las noches, pero él tampoco sabía con quién pasaba las noches yo.    

Justicia. Esa era mi palabra favorita.

Tres horas, eso era lo que teníamos que esperar para la confirmación de las ‘buenas noticias’. Nunca noté a los niños, existían, solo eso sabía de los infantes de la humanidad. Y como si fuera castigo divino, al salir del doctor solo vi niños; Corriendo, jugando, leyendo, no parecía tan difícil tener uno de esos. Hasta que el sabor dulce del whisky se diluyó en mi boca. Peter sabía bien que siempre tenía que haber un irlandés esperando en el auto por mí.

― ¡Dios! ―Le di mi taza a Josh luchando en mi interior, una parte quería más whisky, la otra, hizo real el gran problema que tenía y que me negaba a afrontar.

Tal vez tener un niño no era tan malo, tal vez es lo que necesitaba para acabar con mi magnífica relación con la bebida. Josh seguía parloteando sobre nombres, planes, sueños. De algo tenía que ser consiente, si se confirmaba el embarazo, iba a afrontarlo sola. Josh hablaba muy bonito, pero era solo eso, palabras escritas con lápiz sobre papel desgastado, no perduraban.

―Chris… si estamos embarazados, pensarías en, ¿ya sabes?… perderlo.

― ¿No te parece que es una terrible pregunta? En serio, ¿en este momento? ―Me alejé de su abrazo para envolverme en mí misma―. ¿Qué quieres decir, Josh?

―Cómo que, ¿qué quiero decir?

― ¿Qué es lo que estás tratando de decir, Josh?

Aaahh, no podía creer que esto pasara ahora, ¡justo ahora!

― ¿Qué crees que estoy tratando de decir, Christine? ―contestó en el mismo tono condescendiente con el que le estaba hablando. Me tragué al genio y respiré profundo, no necesitaba esto, ¡no lo necesitaba a él! ―. Calma, Chris, no estoy tratando de decir nada. Solo quiero saber qué piensas, si estamos embarazados, estamos embarazados, los dos. Yo estoy contigo, siempre voy a estar contigo. Tú y yo juntos, como la luna y la noche, ¿recuerdas?

Pues ahora era buen momento para actuarlo y no solo decirlo. El resultado fue positivo, y así como llegó la noticia, llegaron los achaques. No estaba muy segura si era el embarazo o la desintoxicación, pero me la viví en el baño regresando las entrañas las siguientes dos semanas. Pálida, nauseabunda, casi esquelética, pero inusualmente feliz, así andaba por el mundo.

La ilusión del bebé pronto hizo raíces en mí. Mentiría al decir que el ansia por un trago no era fuerte, que el temblor en mis manos no me distraía, que los escalofríos por la noche no me despertaban, pero me enfoqué en visualizar a un bebé de ojos azules como los de mi madre, en un bebé fuerte como mi padre, con la inteligencia de mi hermano. En que todo iba a estar bien, que todo iba a salir bien…

No fue así.

A quince semanas de la noticia, en una mañana despejada, sentí como si hubiera iniciado mi periodo, algo bajó, algo molestó. No hice caso y seguí sentada recargada en mi escritorio leyendo sobre los diferentes tipos de alumbramiento. Sentí una segunda oleada de humedad entre mis piernas y una molestia profunda en la cadera, solo así bajé la mirada. No hubo dolor, no hubo aviso, así como llegó… se fue.

El pantalón azul cielo que me puse con mucha ilusión en la mañana, el primero de maternidad, ahora era color rojo odio entre mis piernas. Un temor enorme me recorrió y se instaló en mi corazón. Yo no era particularmente religiosa, de hecho, esa fue la primera vez que pedí algo al cielo.

<<Si ya me lo diste, por favor no me lo quites>>. Las mismas palabras se repitieron una y otra vez el siguiente par de horas en mi cabeza. <<Si ya me lo diste, por favor no me lo quites>>.

Llamé a Gloria con un grito ahogado, Gloria estaba igual o más ilusionada que yo ―no quise avisarle a mi familia hasta que el embarazado estuviera más adelantado, hice bien―, entró a la oficina y palideció igual que yo. La mancha de sangre ya corría hasta los tobillos. En brazos de un solícito Peter llegué al estacionamiento seguida por todo el personal de la firma, incluso Vicent estaba atrás de mí, ordenando, gritando desesperado porque encontraran a su hijo.

Peter manejó como loco hacia el hospital, un gesto inútil considerando lo que Gloria, él y yo ya sabíamos, ya no había bebé.

Lloré y lloré, supliqué, rogué, ese día fue la primera vez que deseé estar muerta, un pensamiento que me iba a perseguir por un tiempo.

Josh no tardó en llegar al hospital, solo que, ya no existía un por qué. Gloria superó su repudio por Josh y me acompañó durante toda la noche. A las tres de la madrugada entró una enfermera con varios documentos en mano, necesitaban mis datos y los del bebé.

―Puedes pensar en él, hablarle. Y por esa razón necesitas un nombre ―insistió Gloria cuando me negué a darle nombre, si no le daba nombre, no existía, y si no existía, no iba a sufrir. Que ese dolor que sentía, matándome, desgarrándome, solo era una ilusión. Pero no lo era.

―June ―susurré. El mes que vino a mí.

La enfermera también me entregó dos rosas blancas.

―Son un emblema― murmuró consolándome. Mi bebé era muy chiquito, no había restos para enterrar, solo pequeños trozos de amor para incinerar. Besé una rosa, la mojé con mis lágrimas, la acuné en mi pecho, y se la devolví temblando. Josh la tomó primero, él también la besó antes de dársela a la enfermera y verla partir. Esperaba que esa flor si llegara a mi bebé, que se fuera con un beso de sus padres, con el amor que sentía por él. 

La otra flor siempre está conmigo, como recuerdo del amor que perdí.

―Fue mi culpa ―fueron mis primeras palabras al salir del hospital.

―No, no es cierto, no fue culpa de nadie, escuchaste al doctor. Esto sucede, porque... simplemente sucede ―esa tarde insistí en caminar a casa. Lado a lado, a paso lento, me torturé―. Podemos intentarlo después. Algún día.

― ¿En serio, Josh? ¿Crees que algún día quiero volver a pasar por esto? ―Bajó la mirada por un momento, no lo suficiente.

―Sí. Todas las mujeres quieren tener hijos. Un día tú también vas a querer.

Llegando a casa me metí a la cama sin ilusión de que me acompañara. Usualmente su amabilidad tenía poca mecha.

―Bueno, te tengo noticias, Josh. Yo no.

Fue rápida la trasformación, era como un camaleón, cambiaba de personalidad de acuerdo con el color de la situación.

― ¿Sabes qué fue lo primero y único que pensé la primera vez que te vi? ―Ya no mostraba careta de consuelo, ya usaba su habitual y diabólica decisión―. Tengo que perpetuar esos genes. Tus ojos, mi carácter, vamos a tener dos niños y una niña, ya verás.

¿Era su manera de decirme que tenía planes? ¿Qué un día íbamos a tener una familia? ¡¿Qué carajo hacía con este hombre?!

―Yo no quiero hijos, Josh. Siento arruinar tus planes.

― Dices eso ahora porque estás dolida. Se te va a pasar.

Y con eso dio por terminado el luto.