Ahora 19

 

El sudor recorría mi espalda… su barba raspaba mi pecho… su jadeante voz repetía: “Así… así…”. El vaivén de su cadera subía y bajaba mi cuerpo… sus dedos se enterraban en mi cintura… su piel se hinchó, palpitó, mi carne contrayéndose lo acompañó...

Un jadeo me despertó.

En cuanto regresé a mí, volteé a un lado, lo único que me faltaba era tener sueños húmedos junto a un niño de cinco años. Afortunadamente en la cama solo estaba yo. ¡No! En realidad, eso era un infortunio.

<< ¡¿Por qué?!>>, me grité a mí misma mientras rodaba por la cama envolviéndome en las sabanas. << ¿Por qué? ¿Por qué no dejaba de pensar en él? >> Ni mi cabeza, ni mi corazón entendían por qué tenía constantemente a Alan en el pensamiento. Cualquiera que fuera la razón, me llenaba de aprensión. Simplemente no podía dejar de pensar en él, se resistía a alejarse sin importar mis intentos de empujarlo afuera de mi mente. Si no detenía esta barbaridad, me iba a meter en problemas, casi los podía oler, olían a un hombre de barba tupida, ojos dorados y corazón de oro.

<< Es la falta de sexo>> Esa era la única respuesta lógica que podía entender. Si no fuera eso, ¡ya estaba en problemas!

― ¿Hace cuánto que no tienes sexo? ―Fue lo primero que dijo Jesse cuando le conté mi sueño. 

―Más de lo que debo.

―Es eso, necesitas un poco de hombre. 

Compartía un gran mundo imaginario con Jesse, solo que a veces, era necesario que algunas cosas pasaran en el mundo real.

― ¿Y qué se supone que voy a hacer? ¿Entrar a un bar y seducir al primer extraño que se atreviese? 

―Sí, ¿por qué no? Lo único que tienes que a hacer es acercarte a alguien y decir: No sé si tienes una relación, ni siquiera quiero saber tú nombre, solo quiero pasar una hora desnuda contigo, pretender que nunca pasó, y recordarlo por siempre ―chasqueó los dedos antes de―: Y, ¡bam! Sexo sin compromiso como remedio para los sueños húmedos. ¡Hoy es noche de chicas! ―anunció Jesse abrazando mi hombro y dándome un beso en la frente―. Vamos todas las chicas, incluyéndote.

―Ya no voy a clubs o bares, Jesse.

―Oh, está bien, no vamos en busca de alcohol, vamos en busca de desahogo ―yo no quería desahogarme, suficiente tenía con las jodidas sesiones. Leyendo mi expresión se corrigió―: Sexo. Vamos en busca de sexo, ¿lo recuerdas? ―Vagamente―. Además, va Boris ―ya conocía a Jesse lo suficiente como para saber que nunca juzgaba a nadie basado en su carro, trabajó, o adicción. Era de mente muy abierta y aceptaba toda clase de culturas. Por ejemplo, era gran amigo de un afroamericano extraficante de drogas llamado Boris; Ojo negro, mentón fuerte, sonrisa desgarradora, y cuerpo de revista pornográfica gay. Demasiada tentación como para negarme. Jesse insistía en que necesitaba un poco de Boris, ¿quién era yo para negarme a seguir las instrucciones de mi amigo―padrino―terapeuta?

Llegamos a un bar de las afueras de la ciudad a las diez de la noche, según Jesse era conocido por su buena música. Boris no apareció, pero no faltaron los tiburones que inmediatamente se alertaron al ver a cinco mujeres acompañadas por un solo hombre.

―Oh, ya viene.

El musculoso rubio caminó hacia nosotras parando directamente enfrente de mí. Solo le tomo cinco minutos de acechamiento.

―Espero que no les moleste otro trago, un grupo de mujeres tan guapas no deben levantar la mano ni para ordenar ―le dio un trago a su cerveza sin dejar de mirarme a los ojos. Tenía que darle crédito, sus ojos se quedaron en los míos, era una señal de honestidad―. Soy Bob, ¿y tú eres?

―Chris ―dije riendo cuando caí en la cuenta de que le di mi nombre real―. Gracias por el trago ―empujé la copa hacia el centro de la mesa tratando de no ser grosera―, pero tengo novio ―su carita perdió un poco de brillo, lastima.

―Claro, por supuesto que tienes novio. Suertudo el tipo.

―Gracias, Bob. Lo mismo digo.

Sonreí con la alusión a mi novio imaginario. Buscando en su cartera, sacó una tarjeta. Ofreciéndomela, recalcó―: Esperó tú llamada si cambia tú estado civil ―asentí riendo y observando cómo se alejaba lo que bien podría ser el remedio para los sueños húmedos. Pero solo llevábamos cinco minutos, necesitaba tener un panorama más amplio… Y valor, por supuesto.

Bajé la mirada a su tarjeta y lo único que pude ver, fue un par de ojos dorados sonriéndome con una expresión amorosa, como si yo fuera el sol de su universo. ¡Mierda!

Bailé un par de ocasiones con las chicas, me negué en todas cuando algún extraño me invitaba. No era tan diferente a un viernes social en el Centro ―era una actividad para socializar que formaba parte del programa, básicamente era bailar uno contra todos, tomar café, y enterarte de los últimos chismes del Centro―, ni siquiera me llamaba el olor del alcohol.

Poco a poco iba entendiendo a la gente que no bebía, simplemente vives sin letargo. Ahora era consiente de mis pasos, de mis decisiones, de mis actitudes, incluso de mis sentimientos. Me gustaba, me gustaba la sobriedad.

― ¿Ya te quieres ir? ―Preguntó Jesse retirando el sudor de su cuello. Su cabello mojado le daba cierto aire de madurez, mucho mejor que el anaranjado zanahoria que manejaba todos los días. A punto estaba de sugerirle que adoptara ese nuevo look, cuando en mi vista periférica apareció un modelo de revista y no menos.

― ¡Oh, Madre! ―Murmuré. ¡Andrew Duncan Harris entró a la casa, señoras! Creo que incluso la música paró. El doctor venía a matar; Mezclilla negra, polo negro, chamarra de cuero negra, ¡Joder con los Duncan!

― ¿Una servilleta? ―Preguntó Jesse mientras se seguía limpiando el sudor. Si, si necesitaba una servilleta, el hombre estaba para babear. Hice todo lo posible para no voltear en su dirección, solo que Jesse y yo no servíamos como espías, lo fuimos siguiendo a dónde iba―. Ven, vamos a bailar o de veras vamos a empezar a babear ―seguí a Jesse a la pista y por un momento me olvidé del doctor Duncan. Por la tercera canción ‘punchis-punchis’ ―música electrónica donde lo único que registra tú sistema auditivo es un ‘punchis’―, regresé a mi lugar, demasiado punchis para mi sobriedad.

―Disculpa, ¿alguien está sentado aquí?

― ¡Madre! ―Brinqué.

―No, soy Andy.

Sonriendo y enrojeciendo, negué: ―No creas que soy así de neurótica, solo que tomo mucho café. 

― ¿Te molesta? ―Preguntó señalando el banco vacío enfrente de mí.

―No. Por favor ―no tenía por qué estar nerviosa, solo era un pediatra publicado, nada del otro mundo―. ¿Qué hace aquí, doctor Duncan?

―Bailar ―lo sé. Fue una pregunta estúpida―. ¿Por qué la gente se ve tan sorprendida cuando ve a doctores en el mundo real? También comemos, bebemos, incluso bailamos.

―Supongo que echa a perder la ilusión. Nadie quiere ver a los súper héroes haciendo cosas mundanas.

―Tú tienes un hermano que es doctor, tú estás acostumbrada.

―Oh, es diferente. Mi hermano es un súper héroe de verdad.

―No más que yo ―presumió levantando su brazo en un gesto muy heroico. Era fácil hablar con los hermanos Duncan, exceptuando al menor, por supuesto.

― ¿Cómo sabes que tengo un súper héroe como hermano?

―Oh, Chris, últimamente tú eres el tema favorito entre mis hermanos.

Y los Duncan el de mi cabeza. No quería continuar con ese tema, así que fui por un camino más seguro.

―En mi casa yo soy la súper heroína, Nic dice que tengo síndrome del Capitán América. Siempre traté de pelear por ella, nunca aprendí que a veces las personas tienen que pelear por sí mismas.

Lo bueno es que no era mi terapeuta.

―Nic… ¿Cómo está?

 Sus verdosos ojos se alumbraron.

―Casada ―su sonrisa era muy jovial, muy sincera―. ¿Te puedo hacer una pregunta personal?

―Siempre puedes preguntar ―le dio un trago a su cerveza sin importarle estar en presencia de una alcohólica, eso me gustaba mucho de él, actuaba como si yo fuera una persona normal. Era raro encontrar gente sin prejuicios.

― ¿Tuviste algo que ver con Nic?

Le volvió a dar otro trago a la botella, analizaba su respuesta―: Tu hermano no lo permitió.

― ¡Mira! Te digo que mi hermano si es un súper héroe.

El resto de mi noche fue en compañía de Andrew Duncan. Me platicó que su consultorio estaba a tres calles de las oficinas de su hermana, que Adam hasta hace poco viajaba mucho y que por lo mismo vivían juntos. Que solo hasta ahora, se cuestionaban la posibilidad de vivir separados.

― ¿Te imaginas? Hemos vivido juntos desde el vientre, es difícil imaginarse no viviendo con él ―y no se avergonzaba de ello. Era un hombre hecho y derecho que no se apenaba al decir que siempre había vivido con su hermano―. Tiene sus ventajas. A veces sus mujeres se quedan para el desayuno y termino de comérmelas yo ―mi carcajada debió alertarlo de que su lengua andaba suelta. Dejó la botella en la mesa, y me sacó a bailar; Bailamos, hablamos, nos reímos, incluso nos burlamos de nuestros súper poderes. Cuando anunciaron la última canción de la noche, salimos uno junto al otro. Jesse ya se había ido con las chicas, Andy se ofreció a llevarme y nadie objetó nada, de hecho, Jesse se despidió elogiando mi elección para remediar los sueños húmedos.

Durante el camino a Rockland me contó un par de aventuras de cuando eran niños, al parecer los niños Duncan eran un torbellino, incluso su hermana pequeña.

―La extrañamos mucho, todavía estamos ideando un plan para que regrese a casa.

Iba a preguntar más sobre ella, cuando estacionó afuera del loft. Sonreímos y por un momento sentí que pasaban chispas entre su asiento y el mío. Volteé al loft e inmediatamente las chispas desaparecieron.

―Gracias… Yo… voy para allá ―señalé el loft como una verdadera idiota.

―Lo sé ―los dos asentimos. Los dos lo entendimos―. Fue bueno verte.

―Lo mismo digo.

Los doctores no planean, ellos son entrenados para reaccionar. Yo no, los abogados planean, incluso hasta tres pasos por adelantado. Ya me había desviado de mi camino una vez, no lo iba a volver a hacer.

Y que no se malinterprete, me gusta la idea del mundo de las parejas, ya fuera de amistad, de compañerismo, o de amor. Mis padres seguían juntos y eran felices. Nic y Oli eran felices. Me gustaba la esperanza loca de creer que algún día yo podía tener algo así, incluso aceptaba algo que fuera parecido. Dormía con esa esperanza ―aunque fuera falsa―, de que algún día iba a estar preparada para el amor. Solo que el amor es un compromiso. Y yo todavía no estaba lista para eso. Ya tenía amigos, tenía esperanzas, el amor bien podía esperar.

En vez de entrar al loft, me dirigí a la playa. Sintiendo la arena bajo mis pies, la fría brisa nocturna sobre mi piel, y mirando la luna que durante tanto tiempo nubló mis sentidos, fui consciente de que la sobriedad era mi mejor elección. De que los errores, que seguramente iba a seguir cometiendo, tenían otro significado porque los hacía con los cinco sentidos, mis pensamientos eran más claros, tenía una perspectiva del mundo más cristalina, incluso más esperanzadora, todo se sentía más personal. Me gustaba, podía saborear la sobriedad, la claridad, la persona en la que me estaba convirtiendo. Por primera vez en mucho tiempo, pude ver la luna y no ver el reflejo de una persona en decadencia.

Empecé a perdonar.