Antes 41

 

―Ey…

― ¿Mmm?

Medio dormida, medio despierta, medio borracha, medio consiente recargué mi cabeza en el pecho de Josh. Regresar de una boda donde el amor es el ingrediente principal, siempre dan ganas de cariño. Al bajar del avión, lo primero que hice fue llamar los brazos de mi prometido.

―Te amo ―acaricié su tornado abdomen con la palma abierta hasta que llegué a su corazón, me detuve para sentir el estruendoso palpitar, adentro de Josh siempre era una tormenta, todo lo contrario de lo que reflejaba su exterior―. Quiero que vivamos juntos, que tengamos hijos, que formemos un hogar ―si no conocías a Josh, podías creer que era perfecto; Inteligente, divertido, con dinero, guapo, y como esa noche, romántico. Pero yo lo conocía―. ¿No me vas a contestar? ―Y empezaba el espectáculo.

―Yo también te quiero.

― ¡¿Y?!

―Y esta no es la primera vez que tienes estas locas ideas. Lo haces todo el tiempo, tienes un momento de… lucidez…

― ¡¿Lucidez?!

 ―O como quieras llamarlo… ―para esto Josh ya se había levantado, arrastrado las sabanas hasta dejarme desnuda y expuesta, algo que le daba cierto control, y maldecido por lo bajo a todos mis ancestros―. Mañana se te olvida, Josh. Se te olvidan tus propias palabras, o creas otras. ¿Quieres formar algo conmigo? Deja de dormir con otras mujeres ―Josh tenía los ojos color verde gato, cuando le proponía semejante disparate, se convertían en rojo tormenta.

― ¡¿Por qué siempre pides estupideces?! No importa con quien duerma, importa a quien quiero. Además, tú también coges con otra gente. ¿Crees que no sé lo de Peter?

Era cierto, solo que yo no le proponía disparates como tener hijos.

―Muy bien, vamos a comprometernos a hacer algo real.

― ¿Cómo qué? ―Preguntó entrecerrando los ojos. Él también me conocía, sabía que yo también podía ser medio retorcida.

―Como a ser monógamos.

Hubiera aceptado un golpe con más agrado, que mi sugerencia.

―Ahora la que está teniendo ideas locas eres tú, Muñeca.

― ¿Por qué no? ¿Cuántos años tenemos juntos? Es hora de ponernos serios. Entre los dos podemos comprar la casa que queramos, hacer de la firma de tú padre, nuestra firma. Así si podría tener hijos, muchos hijos.

Poco a poco el semblante satisfecho que le dejó el orgasmo fue desapareciendo, fue perdiendo color, fue recobrando la cordura, la ternura que por un momento lo atrapó para exponer a la luz al verdadero hombre, a Josh Miller.

―No pienso hacer nada de eso. La vida que quiero es esta, la que tenemos. Tú en tú casa, yo en la mía, tú con tú vida, yo con la mía. Y si no te gusta, ¡al carajo!

Abrí los brazos y le di la bienvenida al hombre de mi vida.

―Bien, Josh, ¡al carajo! Ahí está tú ropa. Ahí está la puerta. Adiós.

A gatas recorrí la cama, me incliné por la sabana que descansaba en el suelo, y me acomodé para dormir. Segundos después sentí su cuerpo acoplarse al mío, como una sombra, como una cruz, como el hombre que me prometió una vida diferente a la que yo soñaba de niña, y lo cumplió; Siempre con una copa en la mano, con una línea guardada en el pantalón. Siembre semiconscientes, siempre semifelices. Definitivamente era una vida diferente a la que soñé.

 No siempre era mala mi relación con Josh, me balanceaba mucho con él, me cargaba, a veces demostrativo, no le importaba quien estuviera presente, si él quería besarme, me besaba. Bien, con la boca bien abierta, con la emoción bien puesta. Y si de veras lo romántico le ganaba, hacia esa cosa que me encantaba.

―Ven, Christine ―murmuró cuando me resistí a parar. Era medianoche y yo tenía corte al siguiente día―. Vamos a ver la luna y las estrellas ―palabras mágicas para mí. Subíamos al techo del edificio y buscábamos la luna, las estrellas, a veces se veían, otras se escondían de nosotros, pero siempre estaban ahí, nosotros sabíamos que estaban ahí. Olvidaba al hombre arrogante y caprichoso, y me enamoraba del romántico, tierno e inteligente.

―Tú eres la Luna ―afirmó besando mi cuello, mi espalda, a mí―. Yo solo soy la simple y solitaria noche ―vigilamos a la luna y las estrellas hasta que desaparecieron. Meciendo nuestros cuerpos, riendo, jugando, cogiendo, amándonos a nuestra manera.

―Muñeca… ―ahora no hubo susurros ni mimos, ahora regresábamos a la realidad.

―No esperaras que vaya a trabajar, Josh ―con trabajo abrí un ojo para ver al reloj de mi celular marcar las siete.

―Sí. La gente no se divorcia sola, necesitan de tú ayuda para ser felices.

Se limpió los restos de polvo blanco de la nariz y me entregó un irlandés bien caliente. ¡A trabajar!

Retomé el trabajo con más ímpetu, acepté clientes condenadamente demandantes. Era gente difícil, pero justo la gente demandante es la que sabe lo que quiere. Tienen claras sus expectativas, y esperan que se cumplan. Para mi era mucho más sencillo trabajar con ellos, porque yo era de la misma manera. Me era mucho más fácil trabajar con ellos, que con la gente que se deja llevar, ellos son mucho más difíciles de complacer, porque no saben lo que quieren. Toma mucha más paciencia y tiempo asistirlos, y lo que menos tenía en esos momentos, era paciencia y tiempo.