Ahora 42
―Sí no lo veo, no lo creo. Adam tiene razón, estás a pasos de decir: Te amo, cásate conmigo, y dame cincuenta hijos.
La voz femenina se me hizo conocida, aun hablando en español, solo que no alcanzaba a darle una cara.
―No, no es verdad. ―y extrañamente, la voz de Alan se escuchaba indefensa. ¿Con quién hablaba? El solo hablaba en español con sus hermanos.
Detuve mi entrada a la cocina solo para darle tiempo al monstruo verde de los celos a que se calmara. Estaban en casa, y aunque llegué témpano de la escuela, dudaba que Alan se atreviera a ser infiel bajo el mismo techo en que dormíamos, sobre todo, considerando que Alex debía andar por aquí.
―No te creo. Deja de jugar a ‘soy un súper macho’, y acéptalo. ¿Ya estás listo para ser un hombre de bien?
― ¡Estás loca! El viaje te hizo daño. No voy a aceptar nada, porque no es verdad. Es cierto, estoy empezando a tener problemas mentales, a veces la quiero matar, pero es cosa de verla, y ¡joder! Solo la quiero besar ―la sencilla risa de la mujer hizo eco con la mía, pobrecillo, mi Cosa la tenía difícil conmigo.
― ¿Por qué la quieres matar?
Exacto, ¿por qué? Sí yo era una perita en dulce.
―No cede… No me deja entrar del todo. Se resiste a recibir cariño, a perdonarse, no se perdona por cometer errores ¡cuándo todos cometemos errores! Deberías ver su cara cuando la halagas… no lo cree. ― ¡Yo no hacia eso! Bueno… no conscientemente―. Y de todos modos te quieres casar con ella ―que rara mujer, ¿por qué insistía en algo que obviamente no era verdad?
La risa de Alan coincidió conmigo.
―Es lo más que voy a aceptar, así que ven acá, y deja de joder ―terminé de entrar a cocina para encontrarme a la mujer entre los brazos de Alan.
― ¡Soy Amy! Soy su hermana, no dispares… ―fue la reacción de la mujer a mi entrada. Una mujer dos centímetros más alta que yo, delgada, aunque con curvas en todos los debidos lugares, ojos enormes de un color muy conocido y pestañas muy espesas. Una enorme sonrisa enmarcó su cara acentuando el cabello color chocolate, exactamente del tono de Alex. Tenía una tez apiñonada que le daba un aire entre latino y libanés, muy guapa, muy, muy guapa―. Vaya, vaya…, pero si eres guapísima ―se dirigió a mí con total familiaridad―. Con razón lo traes loco.
―Ya te dije que no estoy loco ―Alan me hizo un guiño muy coqueto, se le veía muy contento.
―Por supuesto que estás loco, es uno de los síntomas de estar enamorado ―terminó de decir Amy antes de tomarme por sorpresa entre sus brazos. Era un abrazo que trasmitía cariño, comprensión, un abrazo como los de Alex o los de Alan, de esos que se sienten en el alma.
―Mucho gusto, Amy ―devolví el abrazo titubeante, casi con lágrimas.
―Lamento que llegáramos sin avisar, pero si no llegaba para el cumpleaños de Alex, no me lo iba a perdonar.
Alex estaba a un par de semanas de cumplir años, ya había empezado a planear su cumpleaños. Y hablando de Alex…―: ¡Cielo, mira, son mis primos! ―Como su padre, Alex borboteaba felicidad. Me hinqué para recibirlo entre mis brazos, venia seguido por dos cositas bellísimas, que, aunque venían vestidos iguales, claramente se distinguía que eran una niña y un niño. La niña se acercó muy decidida, muy como su madre.
―Soy Mandy.
―Amanda, cariño, tienes que decir tú nombre completo cuando te presentas, ya después les puedes decir que te pueden decir Mandy ―fue la explicación del hombre que seguía a los niños, un tipo de hombre que solo te encuentras en las calles italianas; Alto, musculoso, un poco desgarbado, pero de una manera interesante, muy sexi. En cuanto crucé mirada con él, supe quién era, los enormes ojos azul turquesa de pestañas espesas eran inconfundibles, era el hermano de Mary, Austin. Sonrió y unos hoyuelos iguales a los de su hermana aparecieron, ¡caray, hablando de genes atractivos! ―. Christine ―se dirigió a mí con mucha seguridad en su andar, a diferencia de su hermana, su mirada era fuerte, la actitud era fuerte, aunque no agresiva, el hombre era poderoso. Me levanté para recibir su mano e igual que con Alan, solo le llegué al pecho.
―Sí… Christine Adams ―mi mano era pequeña comparada con la suya, si todo estaba en proporción, Amy la pasaba muy bien en las noches.
―Soy Austin Martin, el hermano de Mary.
―Me lo imagine, tienen los mismos ojos ―la sonrisa se amplió y los hoyuelos se profundizaron, así se parecía todavía más a su hermana.
―Mary me ha hablado mucho de ti.
―Esperó que solo lo bueno…
―Por lo que se me ha dicho, solo hay cosas buenas ―sentí claramente cómo iba subiendo el rubor, ¡cielos! Colegiala y no menos. Y para colmo, ¡enfrente de Alan! Afortunadamente la risa de Amy disimuló mi embarazoso comportamiento.
―Tiene ese efecto con las mujeres, no te preocupes ―las mejillas de Austin estaban todavía más rojas que las mías, las ocultó entre el cabello de Amy cuando la recibió con los brazos abiertos. Fue gracioso ver lo que hacen las hormonas con nuestro cuerpo. Amy era una mujer muy segura, aun así, se convirtió en muñeca de trapo cuando su marido le sonrió y murmuró algo en su oído, todas las tonalidades de rojo aparecieron en la cara de Amy. Justo era decir, que ella tenía el mismo efecto en él, el hombre parecía listo para el ataque si alguien se acercaba a su mujer.
Alan veía el espectáculo recargado en la encimera con los brazos cruzados en el pecho. No estaba enojado, aunque el borboteo de alegría ya había bajado de nivel. Ladeé la cabeza disculpándome por el bochorno, él aceptó la disculpa sonriendo, negando, y estirando su brazo hacia mí. Fue tocar sus dedos, para que el mundo dejara de existir.
―Cosita, te tienes que comportar. No puedes ir por la vida sonrojándote con todo el mundo ―mi sonrojo empeoró al sentir su aliento sobre mis labios. Mi boca se entreabrió por reflejo, por necesidad. Sonriendo todavía más, atrapó mi labio inferior entre sus dientes. Riendo como idiotas, nos perdimos completamente en los ojos del otro. ¡Cielos, adoraba a este hombre!
―Llevo a los niños a los juegos ―cortó el momento Amy. Tuve que cerrar los ojos para regresar a mí, por momentos olvidaba que existía el mundo si Alan me sonreía.
∼∼∼§∼∼∼
Sentada en el pavimento junto a Amy, observando como tres niños que bien podían ser hermanos jugaban, y esperando que Alan y Austin tuvieran la comida lista, era una de las tardes más relajadas de mi vida.
― ¿Alan ya te hablo de Cristina? ―Definitivamente Amy era directa, ni siquiera pestañeo en un tema que yo sabía era delicado.
―No habla de ella.
―No… casi no habla de ella ―bajó la mirada mientras hacía patrones sin sentido en el piso. Cuando volvió a hablar, lo hizo en un murmullo―: Alex llegó de sorpresa, ninguno de los dos se lo esperaba. Pero lo tomaron muy bien, para ser una pareja que se acostaba de vez en cuando, estaban felices con el embarazo.
― ¿Cómo? ¿No estaban casados?
El semblante de Amy se aligeró, incluso sonrió―: Por supuesto que no. Eran amigos con derecho a roce por no decir menos.
―Me dijo que era viudo.
―Porque lo es. Cuando se enteraron que Cris estaba embarazada, eran solo amigos, pero cuando Cris falleció… No creíamos que Alan le sobreviviera. La ama profundamente, más de lo que un papel puede decir.
―Oh… ―dolió que hablara en presente.
―Alan es de los hombres que se entrega hasta la médula, es una característica de los artistas que no tienen los simples mortales; Les duele más, sufren más, aman más. Y mi hermano es un artista de pies a cabeza ―sí, sí lo era. No existían las barreras para los sentimientos de Alan, por eso es que podía ver el alma, porque para él no existían los límites.
― ¿Conoces las viejas instalaciones del Centro? ―Asentí recordando el edificio, era pequeño comparado con el nuevo, escondido―. Lo recuerdo como si fuera ayer… ―cerró los ojos y se perdió en la memoria―. Era domingo. El personal del Centro trató de localizar a Alan, pero primero consiguieron a Adam, fue él el que se encargó de avisar… Llegamos al hospital temerosos, Alex tenía solo treinta y un semanas, todavía no era tiempo… ―tuvo que tragar aire antes de poder seguir―. Andy… Andy no pudo hacer nada. Cuando llegó, Cristina ya estaba en quirófano… Destrozada… El maldito que la golpeo no paró hasta que la dejó inconsciente, le rompió un brazo, la mano, un par de costillas, la azotó contra el piso hasta fracturarle el cráneo… ¿Te imaginas? Golpeó a una mujer embarazada hasta matarla y no lo recuerda. En el juicio siempre alegó no recordar. ¿Cómo puedes matar a alguien y no recordarlo? ―Porque tú cerebro se nubla, todo se vuelve borroso; Los sentimientos, las acciones, uno mismo se vuelve borroso―. No hubo manera de salvar a Cristina, su corazón no resistió. Pero salvó a Alex, fue capaz de proteger a su hijo con brazos y piernas hasta que quedó inconsciente. Alex no estaría aquí si Cristina no hubiera luchado por él ―vi a mi rechoncho pedacito de cielo y se me fue el aliento. ¡Oh, Cielos! Era impensable suponer que entendía el sufrimiento de Cristina. Saber que atacan a tú hijo y… No, no lo podía imaginar.
―Alan lloró en mis brazos por horas hasta que quedó sin lágrimas. Sacó todo el dolor de un solo tirón, sabía que tenía un bebé que lo necesitaba… Fue una noche terrible ―guardó silencio un par de segundos, recuperándose, regresando al presente―, pero llego el día, y con el Cristian Alexander Duncan… ―su mirada se iluminó, volvió a ser ella―. Mi Angelito era chiquitito, su piel era blanca casi trasparente, abrió sus ojos dorados y…
―Lograste ver el tesoro al final del arcoíris ―la sonrisa de Amy me dio la razón.
―Sí, te alumbra la vida. Me enamoré de él en cuanto lo tuve entre mis brazos… Creo que sabes a lo que me refiero, ¿cierto? ―Con cada célula de mi cuerpo―. Yo tengo un gran respeto por todos mis hermanos, son mis adorados… Pero Alan… Lo vi caer bajo, tocar fondo e impulsarse para levantarse como los grandes. Mi hermano es admirable... ―asentí con el corazón latiendo a mil por hora, Amy tenía toda la razón, Alan era admirable―. Y ahora está perdidamente enamorado de ti ―mi corazón de ir a mil por ahora, se detuvo de un solo golpe, estos Duncan me iban a ejecutar.
―Yo… yo…
―Yo supongo que tú también, solo basta ver lo enamorada que estás de Alex para suponer que el papá no te es indiferente del todo.
¿Cómo me iba a ser indiferente, si de la noche a la mañana se volvieron mi todo?
―A veces… ―la mujer confió en mí, ¿por qué me era tan difícil confiar de regreso? Luchando contra mis instintos, cedi―. No creo ser lo mejor para ellos.
― ¿Por qué dices eso? ¿Por tú enfermedad? ―Las preguntas no tenían un solo acento de morbosidad, simplemente quería entender mi sentir.
―Algo en mi cabeza dice que merecen algo mejor ―buscó una respuesta entre las piedritas del pavimento, cuando la encontró, simplemente me rodeó con uno de sus brazos y me dio la bienvenida.
―Pensar con la cabeza nunca es bueno, más vale hacerlo con el corazón.
∼∼∼§∼∼∼
―Creo que estoy celosa de tú hermana.
Pasamos una tarde maravillosa con Amy y su familia, incluso insistí en que se quedaran a dormir, Amanda y Aarón ya dormían plácidamente cuando anunciaron que se iban a casa. Tenían un piso en uno de los edificios más antiguos de la ciudad. Entendía su resolución de dormir en su propia cama, nada como estar en los brazos de tú hombre bajo tus propias sabanas, o en el sofá de tú sala escuchando una película mientras solo puedes estar al pendiente de la persona que acaricia tú mejilla con las yemas de su mano en total descuido.
― ¿Por? ―Recargué mi cabeza en el hombro de Alan y me dejé seducir por su fragancia.
―Ella sabe quién es. Qué es lo que quiere.
Con un bufido contestó―: Siempre lo ha sabido ―acarició mi mejilla con un tiento que causaba miedo―. ¿Tú no?
―No sé. Creo saber lo que quiero ser, pero todavía no llego ahí.
―No tienes que llegar a ningún lado, Cosí, solo tienes que ser ―su caricia se volvió demandante.
―No… es difícil de explicar… Siempre estuve muy segura de lo que quería ser, pero cuando fue tiempo de serlo, tomé la decisión de enfermar. ¿Crees qué eso es lo que soy? ¿Qué siempre voy a ser una persona enferma?
Ajustó su mano en mi cuello y me forzó a verlo―: Creo que tomaste una mala decisión. Eso es todo. Una mala decisión no define lo que somos. Christine Adams, tú verdadero tú, yo lo veo claramente, Alex lo vio desde el primer instante, solo necesitas tiempo para que lo veas por ti misma.
―Tal vez… ―acabé con la distancia y mordisqué sus labios, en cuanto sentí que su cuerpo pedía más, volví a hablar. Él siempre me torturaba, era tiempo de que también sufriera un poquito con la espera―. ¿Cuál de los cuatro es el más… exitoso? Hablando de dinero.
―Amy ―ni siquiera lo dudo. No tuvo compasión por mi apuesta por el menor de los Duncan, las echo al piso sin compasión. ¿Pues cuánto dinero tenía Amy? Él era el dueño y administrador de un Centro que tenía lista de espera, Andy era un doctor publicado, y Adam estaba al mando de una fábrica, no se podía decir que los hermanos Duncan fueran ociosos―. Y eso que reparte las ganancias con sus amigos.
― ¿Sus amigos?
―Sí, sus amigos. Saliendo de la universidad se unió con cuatro amigos e iniciaron HDJD.
― ¡¿La inmobiliaria?!
HDJD era una cadena con representación por todo lo largo y ancho del país, incluso en algunos países de Europa. Ofrecían ventas, ingeniaría, y construcción especializada, eran conocidos por su excelente servicio, si querías rentar, comprar o construir una casa sin problemas, con ellos era una garantía. Nunca imaginé que fuera de su hermana.
― y Constructora. Esa misma ―se levantó del sillón para servirse café, cuando regresó, se sentó enfrente de mí con sus pies en mi regazo. Mmm, esto de jugar a ver quién tortura más se ponía interesante. Inmediatamente le quité los zapatos para acariciar sus pies, me encantaban sus pies y sus manos… y su cara, y su abdomen, y su cabello, ¡diablos! No había una cosa que no me gustara del hombre―. Empezaron desde cero, los cuatro pusieron la misma cantidad de dinero, y de trabajo. La clave fue que los cuatro son muy buenos en su rama; Karen hace maravillas con el dinero, nadie administra como Larry, Mark en construcción, y Amy es un genio de las relaciones públicas.
― ¿Los conoces a todos? ―Su risa contestó la pregunta absurda.
―Por supuesto que los conozco. Son parte de la familia ―vaya con la familia Duncan, estaban llenos de sorpresas―. Amy reparte su vida entre Londres y Filadelfia, vive medio año aquí, y lo que resta allá. Que con los gemelos ya grandes van a tener que cambiar de vida, Mandy y Aarón tienen que entrar en la escuela y tener un poco más de estabilidad ―meditó en voz alta.
― ¿Por qué se reparten así? ¿Austin y Mary son ingleses? ―Cambió de posición, bajó los pies, me sentó en sus piernas y acarició mi cabello con su nariz, se hundía en mi cabeza de la misma manera en que se adentraba en mi corazón, se hacía espacio acariciando con ternura, cualquier barrera que yo interpusiera se derrumbaba con facilidad.
―Mmm… no… ―murmuró finalmente derritiendo completamente mi cuerpo, si seguía así, iba a volver a sucumbir a su tortura―. Toda la familia de Austin es de aquí, tiene una empresa como la de Amy en Europa. Entre los dos tienen una cuenta que ni juntando la de mis hermanos y la mía les llegamos. Son una pareja exitosa ―y guapa, ambas familias eran guapas, Mary era una mujer hermosa, y Alan… él no tenía comparación―. A mí me parece que es demasiada perfección, ¿sabes? Son guapos, son exitosos, entre los dos hablan ocho idiomas…
― ¡Ocho! ―Hablando de gente que no tiene nada que a hacer.
― ¿Tú crees? Es… demasiado ―hizo un gesto de asco de lo más tierno.
―Eres un envidioso. Ya te gustaría tener una pareja así.
― ¿Para qué, Cosita? A duras penas nos entendemos en inglés, y tú todavía no aceptas que hablas español.
Me enrosqué en su regazo cual gata mimosa―. Así me entero de cosas que no debo enterarme ―antes de que me sacara la confesión masacrándome con besos, seguí indagando sobre su obviamente favorita hermana―. ¿Qué idiomas hablan?
―Amy habla español, italiano, portugués y finalmente aprendió francés. La muy tonta no podía aprender francés ―a mí me parecía que Amy no tenía un pelo de tonta―. Austin solo habla español, francés, mandarín, japonés y griego ―y, por lo visto, Austin tampoco tenía un pelo de tonto. Alan tenía razón, era demasiada perfección.
― ¿En tú casa todos hablan español?
―Sí. Es el idioma oficial de los Duncan. Mi abuela tenía facilidad para los idiomas, también hablaba unos cuantos, aunque su preferido siempre fue español.
― ¿Tú en qué idioma prefieres hablar? ―Mi lengua trazó su quijada causando un estremecimiento en todo su cuerpo. ¡Mmm, mi Cosota!
―Uy, Cosita, yo solo tengo dos opciones, aunque si me das a escoger, prefiero español, es más… rico ―me levantó de mi posición para que mis piernas se envolvieran en su cintura. Esa sensación de halo que nos envolvía se apoderó de mi mundo, solo existíamos él y yo, y su boca, sus manos, su piel, solo él.
―Alan… Cosota… ―era la primera vez que le hablaba en español, ¡y funcionó! El dorado destelló con deseo, su piel enardeció, ¡él enardeció! Los besos no eran cariñosos, eran ¡aquí te como! Cada centímetro de mi piel fue bellamente examinada con su boca y con sus manos, con amor.