Ahora 3
―Me llamo Alex.
Era un chiquillo que no tenía más de cinco años, de cabello chocolatoso un poco largo, alborotado, con las mejillas sonrojadas y la sonrisa más bonita que había presenciado.
―Hola, Alex, yo soy Chris.
Sus ojos dorados se abrieron impresionados, destellando.
― ¿Eres un ángel?
No era la primera vez que alguien preguntaba eso, pero en su voz se escuchó diferente, casi real. Negando me agaché para estar a su altura.
―No, Cielo, solo soy Chris ―Extendí mi mano para saludarlo cuando él me sorprendió abrazándome, nunca sentí un abrazo tan sentido. Sus rechonchos brazos cubrían mi cuello acercándome a él, con cariño, con ilusión. Era una pequeña alma que toca, de esas que dejan huella. Cerré los ojos disfrutando la hermosa energía que de él radiaba, cuando nos interrumpieron―: Alex, ¿quién es tú amiga? ―dijo uno de los dos excelentes ejemplos del género masculino que aparecieron de la nada. Me permití observarlos de arriba abajo, obviamente eran gemelos idénticos y ¡muy buenos especímenes! Grandes ojos color miel con toques de verde, altos, cabello achocolatado ondulado, la única diferencia notable, es que, el que habló, tenía cuerpo de futbolista americano, mientras el otro, de futbolista de soccer. Y considerando que a mi me gustaba el deporte en general, con gusto me ponía a practicar con cualquiera de los dos. ¡Cielos! Los meses de abstinencia se manifestaban.
― ¡Es mía! ―anunció Alex tomando mi mano con las suyas. Sonreí junto con el par de hombres. Tenía carácter el chiquillo. Levantando las manos en rendición, el que habló siguió le corriente.
― ¡Ey, amigo! Tú la viste primero ―Alex me jaló sin aceptar resistencia. Traté de tomar mis maletas, pero el par de futbolistas ya se estaban haciendo cargo de ellas. Por un momento olvidé lo diferente que actúan los hombres afuera de Texas, aquí si detenían puertas para que pasaras y ayudaban con las maletas. Les sonreí por inercia, era bueno volver a la civilización ―por cierto, soy Adam Duncan ―el futbolista de americano habló haciendo un guiño en mi dirección ― y soy ingeniero ―agregó. Fue instantánea mi sonrisa.
―Y yo Andy, yo soy doctor.
―Pediatra… ―lo corrigió Adam.
―Doctor publicado y certificado ―recalcó con una mueca Andy. Eran encantadores e increíblemente idénticos, incluso la voz era idéntica.
―Encantada. Yo soy Christine Adams. Mi hermana, Nic Adams, habló para anunciar mi llegada.
A los dos les brillaron los ojos con la mención de Nic. Ahora entendía lo que dijo Oli sobre los Duncan, ellos definitivamente eran los noviecillos de Nic.
Siguiendo la corriente, me dejé guiar por el vestíbulo hasta que entramos a la oficina principal donde todavía se leía “Dirección” en la puerta.
Si así iba a ser todo el programa, no veía ningún problema cumpliéndolo. Un tercer espécimen apareció, solo que esté, estaba rodeado de papeles, cajas, y no se dio por enterado de que entramos. Con él, mi vista se tomó su tiempo, no era apuesto, ¡era bello! Con él aplicaba tal adjetivo a pesar de ser un espécimen tan masculino. Era delgado, pero de una manera fuerte, de hombros anchos y brazos musculosos. El cabello más lacio que el de ―obviamente― sus hermanos, era de un brillante y espeso chocolate claro, su bronceado rostro mostraba muestras de cansancio y mucha determinación. Con él era un gran, ¡yumi-yumi-yumi!
Antes de que yo pudiera hablar, Alex se hizo notar―: Pá, ¡mira!
El tercer espécimen subió la mirada causando que diera un paso atrás. No dijo una sola palabra, solo con la mirada hizo que mi estómago se hiciera nudo, que mi cuerpo instantáneamente se alertara, la sensación que me invadió fue muy parecida a la que tuve la última vez que usé una droga, una ola de alivio, de abrumadora paz detuvo mi respiración.
Me sentí incomoda, la mirada arrancaba capa por capa hasta llegar a tú médula, eso no era bueno, nadie debía tener eso poder. Además de que, inmediatamente supe que ese hombre era de los que se tiraba todo, orgánico e inorgánico.
―Alan, es Christine, la cuñada de Nic ―anunció con un deje juguetón Adam. Nic decía que era un gran amigo de ella, le faltó decir que era terriblemente guapo.
―Hermana, Nic es mi hermana ―lo corregí con una sonrisa.
Alan no apartó su mirada de mi persona, sus ojos me examinaron hasta llegar al punto que podía estar segura sabia el color de mi ropa interior. Hurgaba el alma con la mirada.
―Alan Duncan ―algo adentro de mi pecho dolió cuando habló. Extendió su mano en mi dirección, pero la bajó de inmediato, estábamos muy lejos uno del otro para un saludo de mano. Corrigió su error, recorriendo su cabello con la mano, ¡y apareció el modelo perfecto! ¡Diablos! Era tóxico, olía a problemas, a tentación, su aura brillaba en rojo con un cartel parpadeando en neón, ‘peligro, acérquese bajó su propia responsabilidad’. Mi pulso tomó una velocidad peligrosa, repentinamente me sentí mucho más nerviosa―. Alex, ¿ya hiciste la tarea, o te la has pasado jugando con estos? ―Alex apretó mi mano y con un guiño salió corriendo de la oficina, ¡qué chiquillo tan encantador!
―Es muy guapa ―afirmó Andy en español.
Me sorprendió que hablara tan bien, ni siquiera se le escuchaba el acento americano.
―Y esta muuyy buena ―contestó el ingeniero también en un perfecto español.
¡Idiotas! ¿Qué creían? ¿Qué no les entendía? Mi español también era perfecto, lo medio aprendí desde niña; Nic tenía descendencia mexicana y para no perderme en sus conversaciones con su papá, me enseñó. Al llegar a California lo perfeccioné, todo mundo habla español en California. Incluso con Josh llegué a hablar en español, él lo evitaba, claro, pero a mi me gustaba, me recordaba mi niñez. ¡Y este par de idiotas creían que podían hablar de mi sin que yo me enterara!
―Y se ve que lo sabe bien. Es creidita la Cosita ―Alan se recuperó pronto de su letargo, porque la afirmación fue rápida y con un gesto desdeñoso.
Trío, ¡era un trío de idiotas! Tuve que esconder la sonrisa, ¡de lo mucho que me iba a enterar con estos tres!
―Si saben que es de mala educación hablar en otro idioma enfrente de las personas, ¿verdad?
―Ya ven, ¡creidita! ―volvió a afirmar Alan sin importar mi queja. Para creidito, ¡él!
―Pues yo si le daba ―afirmó Adam. Los gemelos chocaron manos como un par de adolescentes, además de guapos eran divertidos. Inmediatamente me cayeron bien. Todo lo contrario de Alan que me veía de esa manera rara, haciendo una radiografía de mi alma.
― ¿Hablas español? ―preguntó Alan viendo directo a mis ojos. Tomó todo mi auto control no bajar la mirada y difuminar la idiota sonrisa que provocaron los gemelos―. Señorita Adams, ¿habla español? ―en contra de mis creencias, tuve que fingir ser idiota.
― ¿Me estás hablando a mi?
No se lo creyó―: Tengan cuidado con lo que dicen, la Cosita habla español.
― ¡No! ―contestaron los gemelos al unison.
―Ay, hermanito, ahora si te fallo, está güerita solo sabe decir tequila y gracias en español ―. Y el ingeniero entraba en mi lista negra. No importo que su comentario no fuera en modo burlón, era un comentario de mal gusto. Afortunadamente Alan estuvo de acuerdo conmigo.
― ¡Eres un idiota, Adam! ―le dio el puñetazo que yo no podía darle en el hombro antes de acercarse a la puerta de la oficina―. Si me permiten.
Los gemelos salieron sin rechistar.
―Disculpa a mis hermanos, a veces se comportan como adolescentes ―dijo ya toda propiedad.
Mientras cerraba la puerta pude terminar de admirarlo; Pantalón oscuro y playera de cuello V que se ajustaba a los esculpidos músculos, todo cubierto de polvo y pintura. Regresó con pasos firmes al escritorio y tomó asiento, en ningún momento volvió a verme. Abrió un folder y empezó la inquisición. Empezaba la vida pagando las consecuencias.
―Como te habrás dado cuenta estamos en transición, las instalaciones todavía no están listas para recibir a nadie y el dormitorio anterior está lleno, pero parece que eres un caso especial.
Su mirada era penetrante, su voz autoritaria, aunque su aspecto era de un chico, su actitud era de un hombre que no aceptaba juegos tontos de abogadas alcohólicas. Sus brazos se tensaron en el momento que un mechón de cabello cubrió sus ojos.
Mi pulso subió un poco más. Estaba nerviosa antes, pero verme a solas con él, lo empeoro un millón de veces.
―Lamento que estés en la posici…
―No. A mi nadie me obliga a hacer nada. Mi trabajó es apoyar, y eso estoy haciendo. Solo que las circunstancias no son de mi total agrado. Tengo un hijo y como te podrás imaginar no es mi primera opción que uno de los internos duerma junto a él.
¿Qué podía decir? Tenía absolutamente toda la razón. Aunque la ‘interna’ fuera yo.
―Yo nun…
―No es necesario que digas nada. Solo trata de cumplir con el programa y todo va a estar bien. Alex sabe cómo comportarse, espero que tú también ― ¡Jódete!, quería gritar, ya lo haría cuando acabara el afamado programa―. Estos son los horarios, las reglas. Tengo entendido que tus clases empiezan en un par de días, así que vas a tener tiempo suficiente para acomodarte y empezar de nuevo ―hizo una pequeña mueca que me pareció sincera. Claro que solo duro unos segundos y pude haberla imaginado―. Te llevó a tú habitación ―agarré los panfletos con las reglas y horarios, me peleé con mis maletas y el neceser, y lo seguí obedientemente.
Caminaba delante de mi sin molestarse en hacer un poco de plática. Los trabajadores que nos encontramos en el camino lo saludaban, él contestaba amigablemente, se veía que era alegre, a lo mejor usaba el tono de inquisidor solo con los internos.
Saliendo del área de oficinas entramos a un amplio pasillo, caminamos por una serie de salones con bancas abandonadas, y llenas de polvo.
― ¿No tengo que firmar nada? ―pregunté cuándo llegamos a la puerta doble que bloqueaba el pasillo principal.
―No. El día que decidas que ya estás lista para regresar a tú vida, me devuelves las llaves y te vas. Aquí nadie está por contrato, todos están por voluntad ―parecía que era verdad eso de que compartían la filosofía de El Rancho. Sacó un par de llaves de su bolsillo y me las entregó―. Esta es la puerta que divide el centro con mi casa. Siempre está cerrada, solo las personas que tienen llave están autorizadas a entrar. Por favor, no le des la llave a nadie, aquí duerme mi hijo, es importante su seguridad.
―Por supuesto.
Pasamos por las puertas dobles y en efecto, entramos a una casa. Ya no había salones de clase, había piso de madera, paredes cubiertas de un fino tapiz color hueso y decoradas como en una galería de arte con bellas fotografías y pinturas. Era cálido y limpio. La estancia era el conjunto de lo que debieron ser dos salones, pasamos por la cocina para encontrar un pequeño, aunque servicial desayunador.
―El comedor todavía no está listo, pero en la cocina todo funciona ―el mobiliario era poco, aunque a la vista costoso. No era una casa de un hombre soltero, tenía cierto toque femenino, acogedor. Solo hasta ahí me pregunté por su mujer. Nadie había mencionado a su esposa―. Por el momento solo tenemos un baño funcionando ―señaló abriendo una puerta pasando la estancia. También estaba en remodelación, solo tenía una regadera, no tina, no vista a la bahía de Los Ángeles―. Tu habitación, es mi habitación de invitados, solo que todavía hay material de escuela que dejaron olvidado, necesita limpieza, pintura, y probablemente una reparación menor. Pero esta habitable ―al final del enorme corredor se encontraba otro corredor formando así una ‘T’ por todo lo largo y ancho del lugar.
Su casa era parte de la escuela adaptada como un loft, bien adaptado sería una mejor descripción; Derrumbaron paredes, armaron arcos para que se creara un espacio grande y acogedor, bonito, elegante. En cada extremo del último corredor se encontraban dos series de puertas francesas.
―Esa es la puerta principal ―dijo señalando las puertas de la izquierda―. La abres con la misma llave que abrimos la puerta trasera. Y ―pegada a las puertas francesas del otro extremo, había una puerta completamente arruinada e inservible―, esta es tú habitación.
Forcé a mi mente a visualizarse en el abandonado salón de clase y no en el lujoso departamento de los ángeles.
―Es perfecto. Gracias ―en realidad era muy amplio. Como él bien dijo, solo necesitaba pintura y los muebles adecuados para ser una gran habitación. Eso no le restaba importancia al hecho de que me dio la habitación más alejada y escondida de su casa. A la mejor su esposa no estaba de acuerdo con mi estancia―. ¿Tu mujer sabe…
―Soy viudo.
Las palabras fueron enérgicas y dolorosas, pude escuchar el dolor, yo entendía ese dolor.
Volvió en si rápidamente―: La verdad es que no te esperaba hoy. Ni siquiera hay una cama, el mobiliario llega en un par de días, pero…
Una avalancha de mariposas pirueteó en mi estómago con el tono bajó de su voz, por un segundo me dejaron sin palabras, ¡bastardas! Afortunadamente, me recuperé igual que él―: Si me lo permites, yo puedo hacerme cargo de eso. Es lo menos que puedo a hacer por ‘el favor’. Sé que es parte de tú casa, no lo querrás amueblar como uno de los dormitorios.
Inclinó la cabeza, y por primera vez pude ver el color de sus ojos, tenía el mismo tono de ojos que su hijo, eran enmielados y al mismo tiempo de un fuerte dorado. Un dorado derretido que en este momento borboteaba. Estaba molesto. Al hombre le costaba trabajó darme la bienvenida. Si las circunstancias hubieran sido diferentes probablemente hubiera salido de su casa inmediatamente, pero las circunstancias… Bueno, las circunstancias ameritaban que le diera mi mejor sonrisa.
―Los favores no se pagan, señorita Adams, simplemente se hacen. Está bien que te hagas cargo de la decoración, solo porque aquí vas a dormir, no como pago de nada, ¿estamos de acuerdo?
―Por supuesto ―asintió y dio la media vuelta para dejarme a solas con un par de pupitres, un viejo pizarrón, y dibujos de niños tirados en el polvoriento piso―. En las inmediaciones se puede tomar un paseo a lo largo de la costa, en el bosque ―dijo señalando la gran ventana que tenía a mis espaldas―, vas a encontrar varias rutas de senderismo, solo ten cuidado de no perderte ―guardó silencio por unos segundos. Tenía experiencia descifrando a las personas, mi trabajó así lo requería, pero su mirada no la supe interpretar, tampoco los segundos que guardó silencio observándome. De repente regresó en sí negando y bajando la mirada―. Y… bienvenida a tú nuevo hogar ―le agradecí con una sonrisa. Después de todo no era un ogro completo, solo a medias.
Salí del Centro siguiendo uno de los consejos de Nastia ―la mejor amiga de Nic, modelo internacional, eslovena y completamente loca―: “La verdadera felicidad solo se puede encontrar en una cosa, ¡compras!”. Tenía razón, en cuanto llegué a la calle principal y encontré una extensa variedad de tiendas, la felicidad llegó a mi.
Rockland era un pueblo pintoresco, nada que ver con Great City. Según Wikipedia, su mayor atractivo era su apertura a las artes, según yo, era la enorme variedad de tiendas de diseñador outlet. Además, de que las personan tenían ese encanto que solo se encuentra cuando tú mayor preocupación es no perder las ofertas; A diferencia de Rodeo Drive, la gente saludaba, sonreía con naturalidad.
Me dejé poseer por el espíritu de Nastia y compré todo lo que se me atravesó: Varios cambios de cama, un escritorio, un par de sillas, un sillón, un puf de Star Wars para Alex, y, solo como agradecimiento, un juego de baño para Alan. Lo mejor de todo, es que ellos lo entregaban. En cuanto dije: “En el Centro Comunidad Libre, con Alan Duncan”, las puertas del pueblo se abrieron, me recibieron como si fuera familia. Alan los tenía bien educados, en otro lugar me hubieran cuidado las manos, los adictos tienen un estigma de personan poco honestas, es justo decir, que es un estigma ganado de sobra.
Tuve que pedir la cama por internet, no encontré nada a mi gusto, pero un día que pasara en el suelo no iba a pasar nada. Mi anfitrión no estuvo de acuerdo.
―No vas a dormir en el suelo ―afirmó Alan con mal gesto mientras me preparaba para dormir.
―En El Rancho dormí varios días en el suelo, no pasa nada.
Ya tenía el frio suelo de mi habitación limpio y listo con un edredón como cama.
―Ya no estás en El Rancho… Te dejo mi cama, yo puedo dormir en el sillón.
¡De ninguna manera!
―No, Alan. Yo puedo dormir perfectamente aquí.
No le gusto ni tantito mi negativa. El hombre tenía pinta de príncipe encantador, pero en el fondo era un buen ogro, ¡todo el tiempo enojado!
―Te vas a congelar. La temperatura baja mucho en la noche ―advirtió dando la media vuelta y cerrando la destartalada puerta con un azote. Solo por precaución, saqué de las bolsas otro par de edredones y me preparé para dormir.
Antes de que Morfeo me llevara por completo, me sentí inquieta, enojada, no supe explicar el porqué. Ya había pasado por todas las etapas de la desintoxicación, ¡ya estaba cansada de ellas! Enojo, culpa, tristeza, frustración, perdida, mayormente eso, perdida, aunque según yo, ya las había superado en El Rancho. No entendía esta inquietud.