Antes 5

 

La profecía de Olivier se cumplió treinta y tres meses después de dejar Great City. Regresamos, porque Mari murió. Un escalofrío me recorre cada vez que recuerdo la helada voz de su madre confirmando el mayor temor de mi familia: ―Mari está muerta ―seca, fría, deshumanizada fue la respuesta de la novia de Chucky a mi insistencia de hablar con Mari.

Aun cuando las llamadas se hicieron esporádicas, nos seguíamos la pista. Tenía cinco meses sin saber de ella, y ella nunca se negaba a hablar conmigo. La última vez que hablamos se le oía apagada, más triste de lo normal.

Muerta… Fue una tormenta perfecta la que se creó en mi interior; Culpa, dolor, odio, impotencia, todas las sensaciones negativas del diccionario se crearon y se quedaron ahí, echando raíces en lo más profundo de mi ser. Una enorme roca que terminó ahogándome.

No me dio tiempo suficiente de regresar por ella…

La ley no me encantaba, de hecho, a veces la ley apesta, como la vez que nos explicó el abogado de mis padres que no podían adoptar a Mari, por ley no podíamos quitársela a María, aunque esta fuera Chucky. Supongo que desde ese tiempo la ley no me encantaba, solo me gustaba lo suficiente. Porque, aunque aburrida, bien se puede usar como arma. ¿Quieres destruir a alguien? ¿Hacer que se arrepienta de lastimarte? ¿Hacerla llorar sangre por cada lágrima que le causo a un ser querido? Las leyes pueden hacerlo por ti.

Mis planes tampoco resultaron como lo tenía previsto; ¿Eres hermana de Olivier Adams?”, eso fue lo primero que preguntaron en Harvard. Mi hermano dejó estela, y no era para menos, mientras yo apenas empezaba, él ya tenía en el buzón varias propuestas de trabajo en los mejores hospitales del país. El señor se estaba dando tiempo de estudiarlas para tomar una decisión, mientras tanto, se mataba en su especialización.

Que no se confunda, yo ¡adoro a Olivier! Pero no quería vivir bajo su sombra, ya suficiente tenía con tratar de alcanzar la barra de su éxito, el tarado la puso tan alta, que incluso usando mis mejores tacones me iba a costar trabajo alcanzarlo.

Así que decidí cambiar los planes de toda la familia y mover mis estudios a la SLS ―facultad de derecho de Stanford―, al otro lado del país. Empecé con un poco de atraso mi semestre, nada que me causara problemas. El problema fue para mis padres que acababan de comprar casa en New Hampshire y no pudieron seguirme. Tal vez la decisión de cambiar Boston por California, fue el boleto de mi viaje en el tren de malas decisiones que iba a transformar mi vida y convertirla en un total caos.

Pensé que California era perfecta para mi; El clima, las playas, el ambiente mucho más relajado que en Boston, todo se sincronizaba perfecto para que yo también dejara estela.

En un principio hablaba muy seguido con Mari, le insistía en que fuera a visitarme. Ella no conocía el mar, el sueño de conocerlo lo tenía en la palma de la mano y no lo tomó. Las llamadas poco a poco se hicieron más esporádicas; Su matrimonio, mi escuela, la vida pasó. Me consolé, o más bien me escondí atrás de los recuerdos, el cariño, el respeto de la hermandad que teníamos, aquel acuerdo que teníamos de: ‘A donde quiera que tus vayas, yo iré’, solo quedo en eso, en un acuerdo sin cumplir.

No estaba muy claro quien lo rompió, tal vez fui yo al no quedarme en Kansas, tal vez fue ella al casarse, tal vez fue el destino que nos separó.

Regresamos a Great City a regañadientes, Olivier y yo nos presentamos en lo que había sido la jaula de oro de Mari, una casa modernista llena de ventanales, estaba rodeada de cuidados jardines. Casi la pude ver bajo el arrollador sol plantando y cuidando las flores. Desafortunadamente, la jaula de oro no nos dio respuestas, solo una sensación amarga de que algo grave paso ahí. 

Empezamos a caer en la desesperación, teníamos cerca de doce horas rogando por un poco de información, y el pueblo se negaba a hablar. Fue un ramalazo de aire cuando llegó la primera esperanza:

―Mari no murió, solo desapareció ―nos informó una vecina cuchicheando y volteando a todos lados. La gente del pueblo se negaba a hablar de ella, era como si simplemente no hubiera existido.

Indagando por aquí y por allá más profundamente, nos enteramos que la familia de Dennis se mantenía al tanto del abuso en el que vivía Mari, su papá, sobre todo. Era un abogado muy renombrado en el estado de Kansas que se dedicaba a cubrir con un poco de tierra las estupideces que hacia su único hijo. Algo me decía que la desaparición de Mari no era lo que ellos declaraban. Por más que me doliera, algo dentro de mi gritaba que Mari estaba muerta, tal vez enterrada en los cuidados jardines de la elegante casa.

Según la familia del bastardo de Dennis, se metieron a su casa para asaltarlos y en el último momento decidieron llevarse a Mari. Que Dennis la había defendido con toda su garra y por eso había acabado en el hospital, aunque que al final, Mari simplemente desapareció. Ya había una denuncia. Una denuncia que nadie seguía, ni siquiera los padres de Mari.

Esa familia siembre fue un caos, la mamá enferma de religión y el papá enfermo de alcohol. ¿Qué clase de madre pregona que su hija murió en vez de aclarar que desapareció?

A todos nos dolía Mari, mis padres la querían como una hija, yo, como una hermana, pero mi hermano, mi hermano estaba enamorado de ella, siempre lo había estado. Desde niños la veía con ojos en forma de corazón, le tenía paciencia, la cuidaba, sufría con ella cuando su madre la golpeaba, queriéndola tener y sin poder reclamarla.

―Oli…

―No, Chris, ahora no.

Miré a mi padre por un poco de ayuda. Desde que llegamos al inmundo pueblo, Oli no había probado bocado, se le veía ojeroso, pálido, teníamos que hacer algo.

―Voy a buscar a Antonio.

Antonio Correa, el papá de Mari, lo único que recordaba de ese hombre era su olor. Olía a alcohol barato: Su boca, su ropa, todo él apestaba a alcohol. No creía que pudiera ayudarnos a encontrar a Mari, él nunca estuvo para ella.

―Antonio es un borracho, buscarlo no va a servir de nada ―le hablé a la puerta ya cerrada. Mi papá salió de la habitación del hotel muy decidido, eso no le iba a servir de mucho. El papá de Mari siempre estaba alcoholizado, sentado por horas con un vaso en mano en el porche de su casa era como lo recordaba.

―Antonio ya no toma. Tiene un par de años sobrio ―nos sorprendió mi mamá mirando al vacío, la pobre la estaba pasando igual de mal que Oli―. La primera vez que María le negó la entrada a su casa, Antonio dejó de tomar. Encontró a Mari sentada en su porche con un ojo morado y el labio partido. Ese fue su último día en estado de ebriedad ―mi madre guardó silencio luchando por contener las lágrimas. Aunque ninguno de los cuatro lo manifestara con palabras, los cuatro nos sentíamos culpables de la desaparición de Mari.

Pasamos la noche en vela con la esperanza de que mi papá tuviera suerte y nos trajera un poquito de esperanza. No fue así, pasaron semanas y no encontramos respuestas. Oli estaba a punto de perder el trabajo, yo de perder el semestre, ya habíamos creado un sitio pidiendo ayuda, pegado volantes, incluso contemplamos la posibilidad de unirnos con Dennis para encontrarla, eso último fue lo que hizo que Antonio finalmente nos diera respuestas.

―Mari es una mujer inteligente. Cuando no encontró apoyo en su casa, en su familia política, o en la perra de su madre… ―era la primera vez que escuchaba a mi padre maldecir, ¡bien por él! De verdad que María le hacía honor a su nombre. ¡Chucky! ―busco ayuda externa. Un centro de familias en crisis le dio el albergue y los cuidados que ella necesitaba, gracias a ellos es que salvó la vida ―agarró las temblorosas manos de mi hermano y volvió a afirmar―: Está viva, Oli. Está bien. Solo que no puede contactarnos por precaución. Está viva ―y yo no había estado ahí para ayudarla. Tuvo que pedir ayuda en un lugar lleno de sufrimiento y dolor, porque yo no estaba ahí―. Antonio insiste en que está bien, que la dejó maltratada físicamente, pero que no toco su espíritu ―mi corazón tembló, no quería imaginar el infierno que vivió―. Mari es fuerte.

― ¡Por supuesto que es fuerte! ―Finalmente, escuché a mi hermano con firmeza. Al pobre le regresó media alma al cuerpo, el día que constatáramos que Mari realmente estaba bien, le iba a regresar completa. Igual que a mi.

Mi padre pasó las siguientes horas explicando lo que Antonio le dijo a regañadientes. Mari hizo lo posible para defenderse, le dio una buena paliza a Dennis, ¡me hubiera encantado verlo! Armó un caos en su casa para que fuera creíble lo del secuestro, según Antonio iba con un poco de dinero. Lo único que mi padre no logró, fue sacarle su dirección o teléfono para comunicarnos con ella.

―En eso si fue muy categórico. Y la verdad, lo entiendo. Él sabe que su hija está a salvo lejos de aquí, es por la seguridad de Mari. Antonio se va a ir a la tumba con esa información.

El día siguiente salimos de Great City, y como Mari, para nunca más volver.