Ahora 26
Durante los siguientes días tuve cuidado de no topármelo. Preparaba el desayuno muy temprano, ya estaba servido para cuando ellos salían de sus habitaciones, solo les dejaba una nota diciendo que tenía que estar en la escuela temprano. Si no era el pretexto de la escuela, era el de correr, el de las sesiones, el de armar la nueva oficina. Cualquier cosa con tal de mantenerme alejada del hombre que con tanta facilidad alborotaba mis emociones.
La oficina en realidad era un excelente pretexto, no podía negar que era genial vivir en Los Ángeles, tener un gran apartamento, una gran oficina, carros, joyas, ropa ―también era innegable que esa época fue la más mierda de mi vida―, pero armar la nueva oficina le dio un nuevo significado a mi carrera, me ayudaba a reforzar todo lo que estaba logrando.
― ¿Alguien te ha dicho que tienes futuro en esto de la pintura?
―Alex, justo me acaba de decir eso ―el chiquillo huyó cual cobarde al preguntarle si quería ayudar. Alan no huyó como su hijo, él simplemente tomo una brocha y empezó a dar brochazos a diestro y siniestro junto a mí―. Eres un asco. Tú no tienes futuro para esto ―llevada dos minutos pintando y ya tenía salpicada la cara, el cabello, y lo ropa.
―No vine a pintar ―se acercó y me besó ligeramente en los labios.
Me beso con mucha gentileza, demasiada si me preguntan. Yo no quería gentileza, yo quería besos fuertes y rudos, que me dejaran moretones, que se grabaran en mi memoria para que el día de mañana los pudiera recordar.
― ¿Debí preguntar si podía hacer eso? Me huyes, no sé qué piensas.
Al parecer, no solo mis sentimientos andaban alborotados.
―No tienes que preguntar. Puedes besarme cuantas veces quieras.
Alan me besó otra vez, y otra vez, y otra. Para cuando acabo de besarme, mi sonrisa no podía ser más grande.
― ¡Chris, tienes una llamada! Es un tal Josh Miller. Dice que es tú…
Mi pobre sonrisa se asustó―: ¡Ya voy, Jesse! ― ¡Joder! Entre la interrupción y el beso, mi corazón brincó hasta el techo.
¿Cómo diablos consiguió el número? Normalmente, no hubiera contestado, pero con Alan tan cerca, era imposible.
―Tengo que contestar.
― ¿Quién es Josh?
―Ahora regreso ―salí de la oficina rogando para que no me siguiera.
Asesiné con la mirada a Jesse cuando me paso mi teléfono, ni siquiera recordaba habérselo dado. Tratando de tener un poco de intimidad, me dirigí con pasos cortos a la oficina de Alan.
― ¿Qué diablos quieres, Josh? ―Mi ‘hola’ no fue amistoso.
― ¿Cuándo piensas regresar a casa? ―El suyo tampoco lo fue. No sé bien si fue un grito, gruñido o jadeo lo que salió de mi boca―. ¿Por qué me abandonaste? Se supone que eran un par de semanas. Tú y yo pertenecemos al uno al otro ―otro grito, gruñido o jadeo fue mi respuesta―. Nuestra relación no era perfecta, porque nunca pude darte lo que tú quieres. Déjame intentarlo una vez más. Yo te amo, Muñeca.
―Josh… me mandaste al hospital. Estuve inconsciente por días, ¿cómo puedes amarme?
―Solo quería que entraras en razón ―reí de impotencia, de tristeza.
―No vuelvas a llamar a este teléfono, no me hagas cambiar de número, si quieres comunicarte conmigo, mándame un email.
―No me contes… ―colgué en cuanto vi entrar a Alan. Un escalofrío recorrió mi cuerpo al sentir la penetrante mirada, temí que descubriera mi viejo yo.
―Lamento haber…
― ¿Quién es Josh? ¿Algún corazón roto que dejaste en Los Ángeles?
El tono de la interrupción no era acusatorio, era demandante y defensivo. Y como no existe mejor defensa que el ataque―: Yo no te pregunto por tus novias, Alan.
― ¡Novias! ¿Cuáles novias?
―Mary… ―mi tono era más defensivo que el de él, tuve que reprimir el primitivo impulso posesivo, recordar que un par de besos no lo hacía mío―. No es mi asunto, pero vi a Mary salir de tú habitación ―la cara se le iluminó.
―Ahhh, Mary. Solo me estaba dando su opinión, eso es todo.
― ¿Opinión de qué, de tú cuerpo?
Qué creía que era, ¿una niña? Yo sabía lo que estaban haciendo. Mary era tímida, pero era una mujer muy bella que compartía su pasión por la música. Y no quería saber que más, era una tortura cada vez que los imaginaba.
Su carcajada no paraba, di un paso y me volvió a detener con el simple tono de su voz―: Mary es como mi hermana, de hecho, es algo así como mi hermana política. Es hermana del esposo de mi hermana. Somos familia ―un gran peso abandonó mis hombros, un peso que ni siquiera estaba consiente de haber cargado.
― ¿Mary? ¿Nuestra Mary? ¿La que toca el piano magistralmente?
―La misma que viste y calza.
Antes de que indagara más, me cortó―: Ya te voy conociendo, Christine, no cambies de tema. ¿Quién es Josh?
No podía decirle quién era Josh, porque todavía no estaba segura de qué papel tenía Josh en mi vida. Era eso, o el hecho de que temía su rechazo.
―Josh… Josh es un cliente.
Literalmente, se rio de mi mentira; Negando, murmurando cosas sin sentido, y despachándome evitando mi mirada, se dirigió atrás de su escritorio.
No volvió a levantar la cara, me ignoró, como bien lo merecía.
El problema era, que yo no quería ser ignorada, yo quería que notara cada uno de mis pasos, que siguiera mi avance de cerca, que se sentara junto a mí y me preguntara cosas que yo no podía contestar, sobre todo, yo quería iniciar mis días desayunando con él. Los siguientes días uso el pretexto del trabajo para ignorarme por completo, empezaba a doler.
― ¿Por qué no simplemente le dices quién es Josh? ―Preguntó Jesse viendo mi sufrimiento.
Acabando la sesión del día, Alan se acercó a los integrantes, evitándome claramente.
― ¿Qué le puedo decir? ¿Qué es mi versión masculina?
Rumbo a la puerta, Alan volteó a verme, cruzamos miradas por un segundo antes de que bajara la cabeza y saliera del salón
― ¿Tenías mucho en común con Josh? ―Jesse me ofreció un pastelillo que agradecí profundamente, necesitaba el azúcar.
―Mucho ―aseguré sin pensar―. Yo lo amaba y él se amaba a sí mismo. Estábamos enamorados de la misma persona ―el amargo sabor de la ironía fue amortiguado por el delicioso sabor de la fresa diluyéndose en mi boca.
― ¿Crees que él no te amaba?
―No es que no crea. Es que sé, que él no me amaba.
― ¿Por qué dices eso?
Nos sentamos en uno de los sillones del pasillo, él disfrutando de un café, yo de mi pastelillo. Estos eran los momentos que más me gustaban, podíamos hablar de todo y de nada por horas si nos sentábamos con un café y pastelillo en mano.
―Porque así es. En ningún momento me engañe esperando un final feliz con él. Yo sabía que Josh no era el hombre indicado para mí, lo supe desde el momento que crucé una mirada con él. Lo que pasa es que me engolosine con el hombre equivocado.
― ¿Te duele? ¿Estás sufriendo por desamor?
Busqué en mi interior por ese sentimiento que creí era amor. No lo encontré, solo encontré dolor―. Sí, si me duele. Me duele el saber que lo amé más a él, de lo que me amé a mí misma.
―Por eso estas aquí ―afirmó Jesse con una dulce sonrisa.
―Por eso estoy aquí ―confirmé sonriendo de la misma manera.