Ahora 10
Sus pequeños toques en la puerta me despertaron. A tropezones y maldiciendo me levanté de la cama, en cuanto abrí la puerta el rechoncho chiquillo entró ―teníamos un par de días de guardar la distancia―, no habló, simplemente subió a la cama.
Me asomé por la puerta esperando la llegada del príncipe encantador, después recordé que era domingo y que era el único día que Alan dormía más de seis horas y regresé a la cama.
―Ya es hora de levantarse… ―murmuró con esa voz de inocencia a mando que me encantaba.
―No, yo todavía tengo sueño, es muy temprano ―me quejé adormilada. El calor de las sabanas también lo llamó, porque...
― ¿Cinco minutos? ―Preguntó bostezando. Sonreí todavía más cuando, se metió bajo el edredón y cerró los ojos sin esperar mi respuesta.
Lo arropé y me acosté encima del edredón, tomé una frazada y me cubrí admirando sus angelicales facciones. Su perfecta carita redondita quedó cerca de la mía. Sus ojitos dormilones me veían con mucha atención. Tenían un aro dorado, muy dorado, era como ver el relámpago del tesoro al final del arcoíris. Sin notarlo, me fui enamorando de esos ojos.
―Me gustan tus ojos, son del color del cielo.
Creo que todos los colores se me subieron a la cara. Ese chiquillo tenía el encanto de todo un reino, no solo del príncipe, tenía la capacidad de hacerme sonrojar como nadie.
―A mi me gustan los tuyos. Son del color del oro ―sonrió y me guiñó un ojo muy coqueto. Este chiquillo iba a ser un terremoto con las chicas, con solo cinco años ya me tenía babeando por él.
―Tía Amy dice que valen oro.
Reí con la luz de su voz―: Tía Amy tiene razón. Vales oro, Cielo ―sacó su manita por debajo del edredón, la llevó a mi mejilla y así me perdí en el mejor de los sueños.
Desperté porque sentí una presencia. Con trabajo abrí los ojos y me encontré con un angelito durmiendo. Lo observé detenidamente y me dejé envolver en la calidez de su piel, de sus cejas revoltosas y la perfección de sus labios. Bien hechecito, ese niño estaba bien hechecito. Y sin importar las advertencias de Alan y mi cabeza, tenía que aceptar que el chiquillo me tenía cada vez más conquistada con sus impertinencias y su dominio.
Retiré su manita de mi mejilla para dar la vuelta y levantarme. Tenía que llevarlo a su habitación antes de que su padre despertara y me matara. Cuando llevaba medio cuerpo me topé con unos pies a la altura de mis rodillas. Me asusté y levanté el torso.
―Lo vas a despertar ―susurró Alan.
Ese hombre era tentación en su máxima expresión; Sudado, con el cabello revoltoso y la camisa pegada al marcado abdomen, descansaba sentado en una silla con las piernas arriba de la cama. Una sudadera cubría su espalda, tenía frio, y obviamente, venía a sacarme a patadas. Justo era decir, que tenía razón, ya me lo había advertido. Aun así―: El vino, yo no fui por él ―dije a la defensiva.
―Ya lo sé.
Me vio a los ojos y se quedó ahí; Quieto, respirando pausadamente y analizándome. Nunca me sentí tan juzgada como en ese momento, ni siquiera mi familia me había observado de esa manera. Tragué aire y por primera vez desde hace mucho tiempo sostuve la mirada. No se amedrentó, al contrario, bajó los pies de la cama, recargó los brazos en las rodillas y se mojó los labios. Fue un movimiento sencillo, y, sin embargo, a mi me pareció de lo más erótico que había visto en mi vida.
― ¿Eres buena persona Christine Adams? ―Preguntó con mucha solemnidad, mirándome a los ojos y esperando una respuesta sin parpadear.
Empecé a temblar sin control alguno, apenas y alcance a controlar un gemido que iba a desatar en llanto. Me mordí los labios y respiré varias veces para calmar mis emociones. Él no tuvo una sola reacción por la conmoción que causo en mi, simplemente esperó pacientemente a que me recompusiera y pudiera dar una respuesta; Ya tenía un par de días hecha un asco, su advertencia, los correos de Josh no paraban y solo me turbaban. Después de unos segundos asentí. Sí, yo era buena persona, un poco idiota, pero buena persona. El hecho de que cometiera un par de errores no me hacía mala persona, me hacía humana, ¿cierto?
―Si Alan. Soy buena persona.
No sé si fue el tono de mi afirmación o que él tenía la habilidad de ver a través de los ojos, pero me creyó. Vi como sus facciones se relajaban lo suficiente para poder subir la comisura de sus labios y regalarme la primer semi sonrisa desde que nos conocíamos.
―Bien ―expresó mientras se levantaba y me mostraba su escultural y trabajado cuerpo―. ¿Qué tanto quieres un trago ahora? ―Era una manera cruda de saber en dónde estaba parado. Me gusto. Ya sabía que siempre es mejor hablar las cosas de frente y directo, con Josh nunca lo hice.
― ¿Quiero o necesito? ―El hecho de que aplaudiera su honestidad, no justificaba el tercer grado. Ya empezaba a retorcerme los ovarios―. Tu no me conoces, Alan. Me ves y piensas, ‘¡Adicta!’, pero eso no es todo lo que soy. Soy abogada, de hecho, una muy buena abogada. Soy hija, hermana, no solo soy una adicta…
―Yo no pienso eso de ti ―interrumpió. Fue raro que no lo matara, de hecho, ni siquiera me molesto que me interrumpiera. Esto de la sobriedad era todo un mundo por descubrir.
Después de un suspiro y otra escaneada a mi persona―: Alex tiene cierta atracción hacia ti. Normalmente, no permito que interactúe a solas con las personas que forman parte del Centro, pero voy a hacer una pequeña excepción contigo. Confío en que sepas lo importante que es esto para mi. Así que, si en algún momento sientes que no lo puedes manejar, no dudes en decírmelo.
Me estaba brindando la confianza para poder estar con Alex a solas. ¡Él era el loco! ¡¿Cómo diablos permitía qué Alex estuviera con alguien como yo?!
Dos segundos después, me sentí la persona más importante del universo.
―No te preocupes. Yo lo cuido.
―O él a ti ―contestó justo antes de salir de mi habitación.
Tenía razón, era más probable que Alex me cuidara a mi, que yo a él.