V

Mikimoto siempre había creído inmunizado a su compañero contra actitudes opuestas a las normas; le había visto actuar sin modificarse, como un mecanismo de precisión. Sin embargo, su actitud ante las flores...

Consternado, apretó el pulsador carmesí que controlaba las iniciativas del robot especialista en rastreo y rescate.

—¡Urgencia! ¡Urgencia! ¡Urgencia! —repitió más de cien veces el fono de alarma haciendo lucir sus letras una y otra vez en el recuadro rojo de polthen esmerilado. Después de su silencio, la respuesta fue un traqueteo en la planta baja estanco número cero. Y en seguida Mikimoto vio salir el robot al aire libre, buscar una zona dentro del campo visual de la nave y detenerse, según sus células le indicaron, para recibir órdenes.

—Máquina Dimensión a Robot 457 —llamó Mikimoto a través de un rayo fotónico. El vehículo autónomo replicó encendiéndose su luz piloto de tono rojo incrustada en la frente.

Mikimoto observó durante unos segundos la forma de negro escarabajo con cárdenos tintes de la máquina, y cuando vio emerger de su lomo dos antenas amarillas, le habló de nuevo en emisión programada en clave.

—Escuche...

Inmediatamente después de la recepción, la coleóptera estructura del robot androide poseedor de ruedas cilíndricas acolchadas, giró sobre sí mismo dirigiéndose hacia el punto señalado en clave y con misión específica.

Llegó hasta el dimensionauta espacial y lo levantó con sus fuertes brazos. Las flores habían desaparecido. Si no fuera por las huellas marcadas en la tierra se podría haber pensado en una alucinación. El robot sacó fotografías de la zona y luego partió con su carga hacia la nave, desde donde Mikimoto le transmitió nuevas órdenes.

—Máquina Dimensión a Robot 57. ¡Rápido! Entre por la rampa siete y traslade su carga a la Cámara Sanitaria.

Apagó el contacto de comunicación. Subió con el ascensor interno hasta el recinto médico, donde aguardó al robot. Desde lejos, muy amortiguado, le vino el chirrido de la portañola exterior y los bufidos del aire al escaparse en las cámaras de presión y volver a entrar. Al poco encendióse la anaranjada luz que existía al frente, sobre la puerta que, con un característico zumbido, se abrió empujada por el robot. White continuaba inanimado sobre los potentes brazos de vidrio flexible de la máquina autónoma. Mikimoto se aproximó muy agitado a su inconsciente compañero, en ánimo de auxiliarle con rapidez.

—¡Dios mío! —exclamó al mirarle el rostro a través del plástico azulino del casco con cierre hermético... White, aunque vivo, estaba contraído lo mismo que una fruta seca y tapizado por millares de pequeñas flores que, como amarillos insectos, le hormigueaban por encima, le entraban y salían por la nariz, la boca y los oídos. Dirk parecía una momia cubierta con retazos de áureas florecillas desasosegadas.

—¡White! ¡White!

Mikimoto inició la ardua labor de liberar al enfermo de su engorrosa escafandra. Pero, contra toda lógica, sintiéndose cada vez más impulsado hacia un sentimiento de afecto por aquella hervorosa alfombrilla fluorescente que no se daba descanso... que incomprensiblemente traspasaba con su aroma el hermético aislamiento del hombre encerrado en su traje...

—Quietas, quietas —murmuró inconscientemente desabrochando con pausa el traje de su agonizante compañero.

Las florecillas seguían en hormigueo. Su perfume le trasladaba a un mundo de embriaguez y de absurdo.

—Sí, florecillas, tenéis derecho a la vida. Haré para vosotras un jardín. —Mikimoto habíase olvidado de White. Mikimoto sólo amaba a las flores, a las flores—. Un jardín, queridas mías, un jardín...

Afuera, grandes flores con aspecto de girasoles, de serpientes de alcachofas... ondulaban hacia la nave...